La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 39

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AÚN NO HE TERMINADO CONTIGO

 

 

 

Pablo…

Tiene la espalda y una pierna, arqueada, apoyadas en la pared, las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada. Lleva unos jeans desgastados, sus habituales botas y una camiseta verde oscura. Sus ojos no dejan de mirarme, brillantes, aún en la oscuridad, y su semblante atormentado y sombrío me indica que ha sido testigo mudo de lo que acaba de ocurrir con Hugo.

Pasan millones de segundos hasta que rompo el silencio, tiempo suficiente para leer a través de sus ojos el dolor que le he causado.

—¿Qué… qué haces aquí?

Sigue taladrándome con la mirada…

Sigue sin decir nada…

Cierra los ojos, se tira del pelo… Y se impulsa hacia delante, nervioso.

—¿Qué cojones era eso? ¿Qué haces besando a ese tío?

¿Para eso ha venido? ¿Eso es lo único que tiene que decirme?

—No tengo por qué darte explicaciones —le aseguro, y abro el bolso y saco la llave de mi portal, decepcionada.

—¿En serio? ¡Llevo más de diez horas en un avión solo para verte! ¡Y cuando llego, te veo con ese cabrón!

Me giro y me preparo para enfrentarme a él.

—No insultes a Hugo —trato de no perder los nervios.

—¿Lo defiendes? ¡¡Te estaba besando!! ¡¡Estaba besando a mi novia!!

—¡¡Yo no soy tu novia!! ¡Saliste huyendo a diez mil kilómetros! ¿Recuerdas? ¡¡Y yo no te he pedido que vinieras!!

—¡Es cierto! —Traga—. ¡Tú nunca pides nada! ¡¡Nada!! ¡Pero después lo esperas todo! —grita a pocos centímetros de mi cara.

—¡¡Vete!! ¿Me oyes? ¡¡Vete y no vuelvas!! ¡No quiero saber nada de ti!

—¡¿Eso quieres?! ¡¿Desaparezco?!

—¡Siempre lo haces! ¡Es lo que mejor se te da! ¡¡Desaparecer!! ¡¡Te da igual lo que yo quiera!! ¡¡Sigues siendo un niñato engreído que cree que puede hacer lo que le dé la gana!! ¡Te fuiste! ¡Y yo… Yo solo trato de ser feliz! —vocifero—. ¡No creo pedir demasiado!

Nuestras respiraciones se escuchan en el mutismo de la noche y resaltan cuando los dos callamos después de gritarnos con las narices casi pegadas.

Camina de un lado a otro, nervioso, hasta que respira varias veces y detiene el paso delante de mí.

—¿Y lo eres? —pregunta un tono más calmado, pero aún excitado—. ¿Eres feliz sin mí? Porque si es así, me iré y no volveré a molestarte.

Medito si ser sincera con él; hasta ahora, ni ser honestos el uno con el otro nos ha llevado a buen puerto.

—Aún no lo he logrado —concluyo.

Sus ojos viajan de mi boca a mis labios en destinos de ida y vuelta. De repente, acorta los centímetros que nos separan, me agarra del pelo y estampa su boca contra la mía. Me besa con pasión, su boca inunda la mía y mis manos se aferran a su cuello con ganas. Me empuja hacia atrás y pega mi espalda al cristal de la puerta sin dejar de devorarme. Abrimos entre manotazos e irrumpimos en el portal dando tumbos sin poder dejar de tocarnos. Entramos en el ascensor de la misma manera y, cuando llegamos a mi piso, ya me he deshecho de su camiseta y admiro todos y cada uno de sus tatuajes.

—¿Qué cojones es esto? —pregunta, al levantar mi vestido y encontrarse con el aparatoso cancán.

Me da la vuelta y baja la cremallera de mi espalda a la velocidad del rayo. Agarra la prenda y me la saca por la cabeza, haciendo lo mismo con la enagua. Me observa de arriba abajo con el semblante libidinoso y admira mi cuerpo, solo cubierto con ropa interior color champán.

Me cubre los glúteos con las dos palmas, me insta a que lo rodee con las piernas y me lleva en volandas hasta la cama, en la que me tumba. Riega cada centímetro de mi piel con sus besos y me doy cuenta que lo he echado de menos mucho más de lo que pensaba, cosa que me resultaba casi imposible. Me estremezco ante sus caricias y me retuerzo sobre mí misma cuando muerde mi sexo por encima de las bragas. Agarra el encaje por los lados y la baja despacio, demasiado, si tenemos el cuenta el ritmo que llevábamos. Me abre las piernas y lame desde mi tobillo derecho hasta llegar a mis labios vaginales, abrirlos y adentrarse allí, catapultándome a un orgasmo desenfrenado.

Me aferro a las sábanas y grito su nombre sin poder contenerme. Se limpia la boca con el antebrazo, se baja de la cama, posa los pies en el suelo y se baja los pantalones y los slips. Su imponente miembro se yergue delante de mí y vuelvo a excitarme de manera desmesurada. Se arrodilla entre mis piernas, une su pecho al mío y me besa, de nuevo, con una sed inaudita.

—Ponte un condón —le pido, al notar su polla rozar mi entrada.

—No me he acostado con nadie desde que lo hice contigo —me muerde un pezón y jadeo—. ¿Y tú? —Conecta nuestras miradas y noto que deja de respirar un segundo.

Niego con la cabeza y un brillo fugaz le cruza los ojos.

Empuja hacia mí y la noto entrar y hacerse hueco.

Gemimos al unísono cuando llega al final y choca contra lo más profundo.

—Joder… —masculla—. Te he echado mucho de menos.

Comienza a entrar y salir sin contención, sin cuidado y con mucha premura. No duramos demasiado. Me corro gritando y él lo hace casi al mismo tiempo, llenándome por completo.

Se retira al terminar de empalarme y tumba su cuerpo a mi lado, con la respiración todavía a mil por hora.

—Ha sido rápido —digo, entre jadeos.

—Aún no he terminado contigo. —Me coge en brazos y me folla en la ducha.

No hablamos demasiado.

En realidad, no cruzamos más de siete palabras.

Caemos exhaustos sobre el colchón y el profundo sueño nos visita justo al cerrar los ojos.

 

Me despierto relajada y con un dolor reconfortante acuciando todos los músculos de mi cuerpo. Huelo a sexo sin abrir los párpados y los recuerdos de la noche pasada me dibujan una sonrisa de felicidad en la cara. El sonido de la ducha llega a mis oídos como una preciosa melodía y abro los ojos satisfecha y emocionada por tener a Pablo a mi lado.

Me incorporo y un pequeño mareo me obliga a tomarme el momento con más calma, pero son tantas las ganas de abrazarlo y besarlo, que me levanto de un salto y camino hasta el baño haciendo de cada paso el trayecto hasta mi futuro. Abro la mampara y veo cómo el agua resbala por su colorida espalda. Le rodeo la cintura con los brazos y poso las palmas sobre su vientre. Lo noto contraerse, se gira y me mira. Me mira como si hubiese encontrado lo que buscaba. Me besa con ternura y, en contra de lo que esperaba, (básicamente que me empotrara contra los azulejos), me suelta y me susurra que me espera fuera. No me considero adivina y no tengo ese sexto sentido que se aprecia en la mayoría de las mujeres. Tal vez porque nunca lo he necesitado. Sea como sea, mi cerebro me chilla que algo no va bien, y salgo sin ni siquiera mojarme el pelo. Lo veo recoger su ropa y vestirse junto a la cómoda.

—¿Te vas? —pregunto, contrariada. Él no responde y se pone la camiseta—. Pablo. —Me ignora y sale al salón.

Rodeo mi cuerpo desnudo con la sabana blanca y lo sigo.

—Pablo —lo llamo y me mira.

—Anoche estabas besando a Hugo.

—No significó nada. Es solo un amigo.

Un segundo.

Respira.

Dos segundos.

Respira.

Tres segundos.

Explota.

—¡Me voy dos putos meses, Nerea! ¡Dos! ¡Y te enrollas con otro!

—¡Yo no sé qué has estado haciendo durante todo este tiempo! ¡Ni siquiera sabía si volverías! —contesto, enfadada.

—¡Claro que volvería! ¡Siempre vuelvo a ti! ¡Siempre! ¿No lo ves? ¿No ves que me convierto en una jodida mierda sin ti?

—¡Lo dices como si te pesara!

—¡Porque lo hace, Nerea! ¡¡Lo haces!! —Me señala con un dedo—. ¡Tienes el poder de destruirme!

—¿Para qué has venido? —formulo. No dice nada e insisto—. ¡Dime! ¡¿Para qué has venido!?

—¿No lo sabes? ¿De verdad tengo que explicártelo?

—¡Tal y como yo veo las cosas, has hecho miles de kilómetros para follarme y volver a dejarme tirada!

Rodea con las dos manos su cuello y se mueve como un mono enjaulado.

—¡¿Follarte?! ¡¡Vengo a buscar a la mujer de mi vida y la encuentro saliendo con otro!!

—¡¡Yo no salgo con nadie!! —bramo—. ¡Esto es lo que siempre va a ocurrir!, ¿no? Tú te irás de gira, de conciertos, de promoción… y yo me quedaré aquí, esperando a que te acuerdes de mí, ¡a que se te antoje venir a visitarme! ¿No es así? ¿Me equivoco? —Doy un paso hacia él y levanto el mentón—. Pues no estoy dispuesta a compartirte, ¡ni a compartirme! ¡Esa no es la vida que busco! ¡Así nunca lograré ser feliz! ¡¡Me merezco más!! ¡¡Los dos nos merecemos más!! ¡¡Mucho más!!

Me doy cuenta de que llevaba razón anoche cuando dijo que yo lo quería todo. TODO.

—Nerea… —se aplaca—. Yo… A veces, cuando te digo que te quiero, siento que estoy mintiendo, porque lo que siento aquí —se señala el corazón— no se puede definir, pero me aterroriza que no funcione, me da pánico convertirme en la persona que un día fui y no me gustaría que me vieras en esas condiciones. Me odiarías, me detestarías y eso sí que jamás lo superaría. —Sé que se refiere a drogado y perdido.

—Algunas veces hay que apostarlo todo, aún a sabiendas de que lo perderías. —Respiro varias veces y sigo, al ver que no está dispuesto a arriesgar por nosotros—. Vete, Pablo. No quiero discutir más contigo. Vete y no vuelvas si no es para dármelo todo. —Me agarro con fuerzas a la sábana y me giro, para dejar de mirarlo. El dolor que me acucia el pecho está a punto de dejarme sin respiración.

—¿Qué quieres? ¿Qué quieres de mí? —La voz le tiembla.

—Quiero mis estrellas. —Entro en mi dormitorio y cierro la puerta de un fuerte golpe.

 

Espero a que salga de mi apartamento para derramar cientos de lágrimas sobre la almohada. Algunas veces esperamos tanto de otras personas que la decepción, al no recibir lo que esperamos, nos aplasta como el lodo que cae por una montaña empujado por un gran temporal. Pablo se va. Se va de mi vida tal y como llegó hace tres años, sin esperarlo y con la fuerza de un huracán, dejando un reguero de desolación a su paso.

Los siguientes días no mejoran al primero de su partida. Mi vida se convierte en un desierto desolador en el que no encuentro cobijo ni cordura. Mis amigos y familia me animan, prometiendo que todo mejorará, que el tiempo curará mis heridas y que el sol volverá a brillar. Yo dudo que eso llegue a ocurrir, porque la huella de un amor tan grande no se puede borrar. Y es su huella, la de Pablo, la que se graba a fuego en mi alma; y no la de mi marido, con el que pasé gran parte de mi vida. El amor no se mide en tiempo, no; y esto me lo recuerda a base de dejarme las carnes abiertas.

Dos semanas no son suficientes para aprender a respirar sola, y más con la noticia de que The Fox’ Lair dará el primer concierto de su gira de otoño en Madrid, dentro de un par de días. Esto me hunde más, y no es solo el hecho de saberlo tan cerca y no poder besarlo, sino el bombardeo de noticias en la televisión y revistas en los kioscos de todas las esquinas. Los chicos salen en las portadas de todos los noticieros y periódicos, bombardeando a bombo y platillo el estreno de su nuevo disco.

Carol me llama el viernes nueve de octubre para salir por la noche a tomar un par de copas. «Venga, hazlo por mí, que llevo una semana trabajando en turnos de dieciséis horas», lloriquea.

—Hoy no es buen momento, de verdad —me lamento, con la vista puesta a través de la ventana de mi oficina, al recordar que Pablo y la banda cantarán en el Wanda Metropolitano.

—Nena, hoy es el día perfecto para volver a ser feliz.

Yo hoy me quiero morir.

—Te recojo a las ocho —insiste.

—Es muy temprano.

—Es una hora perfecta para tomar un buen vino. Ponte guapa. Y maquíllate, quiero ver a mi amiga de siempre. No a la ermitaña sin depilar en la que te has convertido.

—Los pelos abrigan.

—Hace veinticinco grados.

 

Subo al coche de la pediatra a la hora indicada. Rocío me da un beso desde el asiento delantero y hace alusión a mi ropa casual.

Me repaso con la mirada y no le encuentro fallo a mi elección para salir de tapas. Vaqueros, camiseta blanca de cuello ancho y botas a la altura de los tobillos color camel, con abertura en los dedos y flecos en los laterales.

—Vas estupenda —me piropea Carol.

 

Nos hacemos un hueco en un local muy conocido de Madrid y pedimos una botella de vino blanco. En la segunda copa, veo a mi hermana caminar hasta nosotros.

—¿Qué haces tú aquí? —Me extraño de su presencia, ya que la suponía en el concierto de su amigo, en primera fila y cantando a voz en grito todas sus canciones.

—Cenar con mi hermana y sus amigas. ¿Por qué? ¿Dónde debería estar? —pregunta con inquina.

Me atuso el pelo y la ignoro.

Se sienta a mi lado y pide una Andechs Doppelbock Dunkel. Así, como suena. (Vale, como suena con la pronunciación alemana de Cristina). Nos cuenta que conoció esta cerveza negra en su viaje por el mundo junto a Lucas y terminamos escuchando anécdotas de los miles de kilómetros que hizo antes de casarse. Hablamos también sobre el próximo traslado de Rocío a Nueva York y nos hace partícipes de la idea de visitar a su hermana antes de marcharse. Pagamos la cuenta entre todas y volvemos a subir al coche, esta vez las cuatro; Cristina en la parte de atrás a mi lado.

Carol pulsa el botón de la radio para poner algo de música y la voz de Pablo inunda, de repente, toda la estancia, acariciando mi piel (en mi contra) y provocando un nudo en mi garganta.

—Quítala —pido, después de conseguir tragarlo.

Veo que mis dos amigas se miran, cómplices y preocupadas, y mi hermana pierde la mirada por la ventana.

—¿Qué? —Arqueo una ceja, oliendo a quemado (metafóricamente hablando).

—Nada. Ha sido sin querer. No pensé… —La pediatra tartamudea.

—Olvidémoslo y vamos a tomar esas copas —la corta la andaluza y cambia de tema.

Recorremos varios kilómetros escuchando a Cyndi Lauper cantar Time After Time.

Rocío sube el volumen y grita que le encanta esta canción.

—A veces olvido que sois de otra época —bromea mi hermana.

—Muy graciosa. —Simulo una sonrisa tirante durante un segundo y tuerzo el gesto. Miro hacia delante y mis ojos topan con algo que no me gusta en absoluto.

Pero…

—¿Qué es eso? —Me incorporo hacia delante. Ninguna dice nada—. ¿Adónde vamos? —Levanto el tono, incrédula, con el Wanda Metropolitano frente a nosotras—. ¿Adónde me lleváis? —inquiero, cada vez más alarmada—. Para —ordeno, pero Carol me ignora y sigue conduciendo, echando miraditas a las cómplices—. ¡Para o me tiro! —Cojo la manilla de la puerta y Cristina me agarra de la cintura.

—¡Suéltame!

—De eso nada. Vamos a ver el concierto. No pienso perdérmelo por nada del mundo.

—Me parece perfecto, ¡pero yo no pienso entrar ahí!

—Claro que sí.

—¡Por supuesto que no! ¡No podéis obligarme!

—¿Qué te apuestas?

Forcejeo con mi hermana, hasta que el coche se detiene, e intento escapar. Consigo abrir la puerta y salir, sin embargo, justo cuando voy a comenzar a correr, un brazo fuerte me agarra de las manos y tira de mí.

Me choco con el semblante culpable y comprometido de Lucas.

—¿Qué es esto? —Abro los ojos de par en par.

—Lo siento. Tu hermana me ha amenazado con mandarme a dormir en el sofá hasta Navidad, y para eso quedan más de dos meses.

Mis queridísimas amigas y la impresentable de mi hermana se detienen delante de nosotros.

—¿Habéis perdido el juicio? ¿Queréis decirme qué os proponéis?

—Queremos ver el concierto y nos pareció oportuno que tú también vinieras —habla Cristina.

—¿En serio? ¿A quién le pareció buena idea?

Todos la miran a ella, que sonríe de oreja a oreja, sin sentirse culpable.

—Vas por tu propio pie, o Lucas te lleva en brazos. Elije.

—Os odio. —Me suelto—. A ti también —le digo a mi cuñado, y comienzo a caminar.

 

Casi todo el mundo está dentro. Más de sesenta mil personas han pagado una entrada a un precio desorbitado para ver al grupo del momento. Nosotros entramos por una pequeña puerta lateral, tras esperar a mi hermana y verla hablar con uno de los vigilantes de seguridad. Este se toca la oreja y mueve la boca. Deduzco que se comunica con alguien a través del pinganillo. Unos minutos más tarde, nos acompañan hasta la zona vip, a un metro del escenario, y todos nos emocionamos (hasta yo) al observar la inmensidad y grandeza del recinto que nos rodea. Una grada dividida en tres niveles, formando tres anillos continuos a excepción de la grada alta del lateral oeste. No cabe un alfiler, cada hueco lo ocupa alguno de sus millones de seguidores. El barullo que se forma es ensordecedor y Cristina tiene que gritarme para decirme que va con Lucas a por unas cervezas.

—Esto es impresionante. —Se desgañita Rocío, con la mirada puesta en el escenario.

Una plataforma de más de cuatrocientos metros cuadrados, a dos metros del suelo. Una inmensa pantalla que la rodea de punta a punta y docenas de altavoces gigantes por todas partes. Dos pantallas más en los dos lados, de unos veinte metros de altura cada una y focos enormes apuntando aquí y allá.

—Y querías perdértelo —sigue a voces, y saltando de alegría.

Lucas reparte las bebidas y trato de entender por qué mi hermanita, esa que me adora, desea hacerme pasar por este mal rato. No encuentro explicación a sus ideas de pacotilla y me repito a mí misma que voy a pasarlo bien, como en un concierto más, y bailaré en todo momento (en todo los momentos que no desee subirme a un altavoz y ahorcarme con un cable).

—¿Y Cristina? —No ha vuelto con él.

—Ha ido a ver a Pablo.

¿Por qué pregunto?

Termino con la cerveza de un trago y abro la boca simulando una arcada.

¿Por qué bebo cerveza si no me gusta?

Le pido otra a mi cuñado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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