La estrella de Nerea
Capítulo 40
Página 45 de 50
40
ESTRELLAS
Todo el mundo comienza a gritar en cuanto las luces se apagan y una nota de música da el pistoletazo de salida al espectáculo. La guitarra eléctrica comienza a sonar con garra, el teclado le acompaña, la batería se une… Y la voz de Pablo remueve los cimientos de todo el estadio y de mi corazón. Un foco lo ilumina solo a él, y su cuerpo se mueve al ritmo de una música muy cañera. Comienza fuerte. El público enloquece cuando lo ve aparecer y levantan las manos inundados de euforia.
Se le ve concentrado. Sonríe, interactúa con su público y se lo pasa bien. Un sentimiento de felicidad me inunda por completo al comprender que Pablo rebosa una inusitada alegría.
Sin poder evitarlo, llega la tan esperada canción. «Sin ti mi música no suena». En los primeros acordes trato de escabullirme, pero mi hermana aparece de la nada, me agarra de la muñeca y me pide que aguante un poco más. Suspiro y le indico que sí con un gesto de cabeza.
Vuelve a hacerme daño, esta canción siempre lo hace. Plasmó sobre ella todo el dolor que sintió cuando lo abandoné y supo devolvérmelo en forma de una preciosa melodía.
Por primera vez, la escucho entera.
«Odio este pequeño trozo de papel
porque es él y no tú quién está ahora entre mis manos.
Odio esta guitarra,
porque es a ella y no a ti a quién puedo acariciar.
Odio al mundo
porque él te tiene ahora y no yo.
Me odio a mí mismo
porque destrocé aquello por lo que tanto luché.
Memorias y deseos de cosas
que dejaron de existir.
Un murmullo de desconfianza en toda alma
que un día creyó en mí.
Solo fuimos deformes siluetas
intentando dar vida a un amor
que quizás nunca debió llevarse a cabo,
seres imposibles de comprender
por miedo a expresar sus sentimientos
sin malos ojos que los miren.
Dos personas que se aman con locura
y que jamás olvidarán ese perfume que les hizo estremecer.
¿Recuerdas?
Tú me enseñaste cuál es la Osa Mayor y la Osa Menor,
aunque esta última jamás logré encontrarla.
Tal vez porque estaba distraído
observando la inmensa luz serena
que desprendían tus maravillosos ojos mirando al infinito.
Fue tal el miedo y la soledad al perderte,
que hasta un piano tocado por mil almas verdaderas
no me parecía una sinfonía sincera
para dos corazones enamorados…
Por qué será que sin ti mi música no suena.
Una estatua intentando ser modelada,
confundida y desesperada
por el solo motivo de la falta de tu ser.
Siento que floto en una niebla que va a la deriva,
que estoy solo y confundido, pido auxilio y nadie me escucha…
Solo quiero volver a sentir tu piel.
Oír flotando el miedo, la desesperación,
no poder decirle al mundo que te sigo amando…
una impotencia indefinible al no besar más tus labios.
Tal vez vuelva la locura que un día nos unió,
tal vez se vaya la razón que un día, sin quererlo, nos separó.
Ahora solo intento sobrevivir.
Conformarme con recordar que me moría con tus besos.
Menos mal que existen los recuerdos,
así jamás podré olvidarme de ti».
—Ha cambiado la letra —asegura Cristina, al terminar la canción y durante el segundo que el complejo se queda en silencio antes de estallar en una gran ovación.
—¡Buenas noches, Madrid! —brama Pablo.
El estadio al completo se levanta y a punto están de echarlo abajo.
—Me hace muy feliz estar aquí hoy y compartir esto con la tierra que me vio nacer. —Aplausos—. Hoy estoy nervioso —«Noooo»—, porque… Tengo que contaros algo. Creo que debo contaros algo. —Se limpia el sudor de la frente con un trapo que le acercan y lo tira al suelo—. Veréis… Esta noche me gustaría ser sincero. Con vosotros, que siempre me acompañáis; conmigo, me lo debo; y con alguien muy especial e importante para mí. Por esa persona escribí esta canción y, aunque le agradezco la inspiración, lo hice por el motivo equivocado.
—Noooo. Wooooow…
—Sí, me equivoqué, y lo reconozco. ¿Qué os parece si la hago subir y le pido perdón como se merece?
—Síííí, síííííí. Sííííííííí—el griterío es atronador, y le acompañan aplausos y silbidos.
—Estoy de acuerdo con vosotros. Y nunca he estado tan seguro de algo en toda mi vida. —Agacha la mirada y apunta a nuestra zona—. ¡Nerea! ¿Serías tan amable de venir y acompañarme?
¿Qué?
¿Qué?
¿Nerea?
¿Quién es Nerea?
¿Yo?
¿¿¿Quéééééé???
Las manos empiezan a temblarme y la cerveza se me cae al suelo. Por fortuna casi la había acabado y solo me salpica un poco los dedos. Carol y Rocío me miran con una sonrisa enorme en la cara y yo solo tengo ganas de darles bofetadas hasta en el cielo de la boca.
—Venga, sube. ¿A qué esperas? —me anima Cristina.
—¡No! —Me quedo clavada en el suelo.
—¡Venga!
—Vamos, nena.
—Sí, cariño.
—¡Que no!
—O subes tú, o subo yo y le cuento al millón de personas que tienes tres pezones —amenaza mi hermanita.
—¡Yo no tengo tres pezones!
Se cruza de brazos, encoge los hombres y tuerce la boca en un gesto muy malvado.
Bufo varias veces y repaso a los cuatro con una mirada asesina.
Un vigilante de seguridad se planta a mi lado y me pide que le acompañe. Lo miro con reticencia y pasan unos segundos hasta que accedo.
—¡Vamos a animar a Nerea. Parece que le da un poco de vergüenza! —Escucho al roquero, que asesinaré luego, por los altavoces.
Subo por unas escaleras de la parte trasera y camino sobre la plataforma como si mis piernas se hubieran convertido en plastilina. Achino los ojos cuando un gran haz de luz me apunta y pongo la mano sobre mis cejas a modo de sombrilla. No veo ni por dónde piso.
De pronto, el foco, se posiciona encima, sin encadilarme y me percato de lo inmenso del lugar y del poder de convocatoria del grupo de rock. Miles de ojos puestos sobre mí convierten mi nerviosismo en una ansiedad incontrolada, sensación que no mengua cuando Pablo llega a mi lado, me agarra de la mano, me mira y sonríe.
—Voy a matarte —mascullo entre dientes, entre enfadada y frenética.
—Lo hiciste el día que me enamoré de ti —susurra solo para nosotros dos. Se acerca el micrófono a la boca y sigue—. ¡Os presento a Nerea. La mujer de mi vida!
—Ohhhhhhh, ohhhhhhh, ohhhhh —replican todos al unísono.
—Veréis… Esta canción habla de nuestra historia de amor y de todo lo que siento por ella. A veces he querido odiarla, pero nunca lo he conseguido. —Eso podía habérselo ahorrado. Ahora sus fans querrán convertirme en papilla—. Los dos, sin darnos cuenta, nos hemos hecho mucho daño. —Por favor, no salgo viva de aquí—. Y yo he estado haciendo el imbécil durante más tiempo del que me gustaría. ¡Pero se acabó! —«Wooooooow, woooow»—. He aprendido de mis errores y ELLA —me aprieta con sus dedos— me ha enseñado que juntos podemos lograr lo que deseemos y, aunque sé que soy muy egoísta al quererla solo para mí, no puedo hacer otra cosa que luchar por nuestro futuro e intentar mantenerla siempre a mi lado. —Se gira y se arrodilla. SE ARRODILLA. Me tambaleo de la emoción y él espera para soltarme. Deja el micrófono en el suelo y me pregunta si estoy bien. Saca de su bolsillo una cajita plateada, la abre, y aparece ante mí un anillo con un diamante incoloro y transparente, engarzado en una estrella de platino.
Me tapo la boca con las manos.
Vuelve a agarrar el micro.
No se escucha nada en las gradas.
El público se ha quedado mudo.
—No estoy seguro de tu respuesta, no sé si aún me amas, no sé qué será de nosotros después de esta noche… Solo sé que, lo que venga, quiero vivirlo a tu lado. Lo que siento por ti lo supera todo, incluso esto. Si me pides que lo deje, lo dejaré. Ni mi carrera es tan importante como tus besos.
—Wooooww. Noooo. Nooooo. Buuuhhhhh —el estadio enloquece.
—Si me perdonas y me elijes, prometo dártelo todo —sigue.
El gentío comienza a gritar y se escuchan voces de lamentos y enfados. Definitivamente, voy a morir aplastada por la masa humana.
—Tu también me enseñaste que a veces hay que arriesgar, aunque no sepas si ganarás la partida… Nerea… ¿quieres casarte conmigo? —pregunta sonriente, y el flequillo cayéndole sobre la frente.
—¿Te has vuelto loco? —le imito en el gesto—. No era esto a lo que me refería. —Disimulo para que nadie se entere.
—Lo sé —musita para él y para mí—, pero estoy harto de dar pasitos contigo sin llegar a ningún sitio. Tú me enseñaste a pisar con fuerza para no desestabilizarme y caer.
—¿Y crees que esta es la mejor solución a nuestros problemas? Acabo de divorciarme —expongo, sin creerme lo que digo.
«¡Pídemelo a mí!», «¡Yo me caso contigo!». «¡Te doy diez hijos». «¡Te lo cambio por mi marido!», son algunas de las peticiones que nos llegan desde el gentío.
—Y yo acabo de desprenderme de mis miedos. —Escucho el latido de su corazón—. Si me dices que no, me caigo muerto. —Se lleva la mano al pecho.
Miro el anillo y lo miro a él. Y me digo a mí misma que le transmita la respuesta que sé desde que hincó las rodillas en la plataforma.
—Sí, por supuesto que sí —respondo, sin el más mínimo atisbo de duda.
En su cara se pinta la sonrisa más feliz que haya visto jamás. Se levanta, desliza el anillo por mi dedo y nos miramos como si fuese la primera vez.
Se despega unos milímetros y grita a través del micro:
—¡Ha dicho que sí!
—Woooooow, wooooow, wooooow —todos los presentes claman a voz en grito.
Vítores.
Más aplausos.
Más silbidos.
Entrelaza sus dedos entre los míos y nos pone de frente a las gradas. Quiero que el escenario se abra y esconderme debajo.
—Para esta mujer, mi futura esposa. —Levanta nuestras manos para señalar el anillo ya en mi dedo y todos los presentes gritan. Nos miramos y sonreímos a mandíbula batiente—. Para ella, las estrellas, son imprescindibles para ser feliz. Los astros siempre nos han mantenido, de alguna manera, unidos. De cualquier forma, yo acabo de prometerle todo, y quiero empezar hoy. ¡Ahora! ¿Queréis ayudarme?
—Sííííí, sííííí… —La multitud se levanta.
—Ok, ok… —La aplaca con una mano—. ¿Qué os parece si convertimos esto en un improvisado firmamento? Ya sabéis cómo hacerlo. —Una milésima de segundo después, las luces de los focos se apagan y todo se llena de destellos blancos que cobran vida al son de una nueva melodía muy bajita. Todos sus fans encienden las linternas de sus móviles y apuntan hacia nosotros. Desde el tejado comienzan a descender estrellas colgantes, las mismas que salpican la pantalla de medidas descomunales. Mire donde mire solo hay estrellas, pero a mí solo me importa una.
Y es una estrella de rock.
Tira de mi brazo, se mete el micrófono en el bolsillo trasero y une nuestros pechos, sin soltarnos de las manos.
—Aquí tienes tus estrellas —musita a pocos centímetros de mi boca.
Le rodeo el cuello con la manos y me pongo de puntillas para llegar con soltura a él.
—Eres increíble, pero tú eres mi estrella, Pablo. La única que ilumina mis días y que necesito para ser feliz.
—Te amo —roza con su nariz mi nariz.
—Te amo —respondo, olvidando dónde estamos y de que, casi setenta mil personas, son testigos directos de nuestro momento íntimo.
—Y ahora te voy a besar —asegura.
—¿Por qué?
—Porque sin ti, LA MÚSICA, no suena. —Por fin, unimos nuestros labios y todo explota en un gran festival. Una música muy potente comienza a sonar y los asistentes al concierto se vuelven locos. Luces de fuegos artificiales colorean el cielo y el estadio, y un millón de papeles plateados vuelan alrededor.
Pablo me coge en volandas y empieza a dar vueltas sobre nosotros mismos, riendo a carcajadas y rebosando felicidad.
FELICIDAD, qué bonita eres.
Detiene el movimiento un rato después y me deja sobre el suelo sin soltarme.
—Termino el concierto y te dedico el resto de mi vida.
Nos besamos con pasión y los silbidos vuelan hasta nosotros. Sonreímos, avergonzados, y me acompaña hasta detrás, desde dónde veo el resto del espectáculo, a la espera de que finalice de contar las historias que compone, para empezar la nuestra propia.
Porque este no es el FIN, sino solo el PRINCIPIO.
Esta vez de verdad, con madurez, sin miedos y muchas ganas de que salga bien.
Luchando.
Pase lo que pase.
Juntos.