La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Página 46 de 50

 

15 de diciembre.

Candem Town.

 

—Tengo frío. Ya podías haber elegido para casarte una isla del Pacífico —mi hermana se queja, con un abrigo de pelo sintético burdeos y sacando un cigarrillo del paquete de tabaco.

Solo una carpa blanca, de unos diez metros cuadrados, nos cobija.

—Este lugar es especial. ¿No hueles a magia? —Sale vaho de nuestras bocas mientras hablamos. Estoy casi segura de que estamos a menos de cero grados.

—No huelo a nada. Tengo la nariz congelada.

—Dame un cigarro —le pido, a la que se ha vuelto fumadora social.

—No puedes —me regaña.

—Es el último. Esta noche se lo diré y me quedaré más tranquila.

—Por favor, por favor, por favor, déjame estar presente para verle la cara. —Une las palmas de las manos en «modo rezo», y suplica.

—¿Tan mal crees que le sentará?

—Le van a salir las pelotas por la boca. Me gustaría, si no es mucho pedir, hacerle también una foto. Me forraré con ella. —Tuerce el gesto, divertida.

Me muerdo el labio inferior y vuelco los ojos.

Nos fumamos el cigarro esperando a mi padre, perdido entre el laberinto de callejuelas. Mi madre ha bajado ya tres veces preguntado por su informal marido. La culpa es mía, lo he enviado a por una botella de agua y se habrá desorientado.

Lo vemos llegar unos minutos más tarde con Joel y Toni a cada lado.

—He encontrado al padrino.

—Lo siento, cariño. Todas las calles son iguales —mi progenitor se disculpa.

—Hoy eres, más que nunca, una Diva. —Toni me da un abrazo, interrumpido por las prisas de su novio por comenzar con la ceremonia—. Te esperamos arriba.

—¿Estás preparada?

Nunca jamás lo he estado tanto.

Rodeo el brazo de mi padre con el mío, salimos de la carpa y veo el callejón de piedra, solitario, alumbrado por una única farola, de hierro y con luz amarilla. Aquella entrada a ese lugar mágico que Pablo me enseñó hace casi cuatro años me espera para recorrerla y guiarme hasta Mi Estrella.

Caminamos en dirección a la escalera, en la que me detengo un momento para agarrarme el vestido, levantarlo unos centímetros y subir escalón a escalón sin tropezarme y estampar mi cara contra el hierro.

Llevo un modelo digno de un cuento de hadas. Blanco, con piedras preciosas que brillan hasta en la oscuridad pegadas por toda la falda. Mangas largas de encaje y cuello en forma de corazón. Firmado por el diseñador Julie Vino. Y un abrigo blanco largo con gorro, muy al estilo Caperucita Roja.

Cuando llego arriba, veo a todas las personas que nos quieren. Carol, Rocío, Andrés, Carlo, mis padres, los suyos, mi hermana, Lucas, Mía, Joel, Toni, Allan, Chase, Robbie, Peter, Marcella, Britany y su marido, Arthur y nuestros familiares más cercanos. Hemos decidido hacer una boda íntima. Así que el número de invitados no superan los cincuenta. Hay dos filas de sillas blancas de hierro, con cojines, flores y globos del mismo color.

Paseo sobre el empedrado de la plaza en la que pasé uno de los momentos que me han mantenido cuerda mientras no lo tenía a mi lado y veo a Pablo sonriente, con los brazos a cada costado y el mismo brillo que yo en los ojos. Sujeto con fuerza mi ramo de rosas rojas, mis preferidas, y me contengo de aligerar el paso y llegar hasta él.

Suena Every Brath you Take de The Police. Canción elegida por Pablo, por ser especial para nosotros. Yo quería una de él, pero se negó. No le pedí explicación por su decisión.

El padrino y yo nos detenemos delante del novio y de las miles de lucecitas que adornan el arco de encima de su cabeza. Mi padre alarga el brazo para ofrecer mi mano y, antes de soltarme y dejar que Pablo la agarre con fuerza, le dice:

—Cuídala, Pablito. Sé dónde vives.

—Se lo prometo, señor. —Asiente con la cabeza en una corta y leve reverencia.

 

La ceremonia no se hace demasiado larga, sobre todo porque no queremos asesinar por congelación extrema a nuestros familiares y amigos. ¿La razón de celebrarla aquí en esta época del año? No queríamos esperar más, deseábamos a las estrellas como testigos y que la magia lo inundara todo.

Este es su lugar favorito.

Y ahora también es el mío.

El maestro de ceremonia termina con el típico «podéis besaros» y mi ya marido me agarra de la cintura, me levanta unos centímetros y susurra sobre mi boca:

—Estaba deseando que llegara este momento. —Nuestros labios se rozan unos milímetros, hasta que desatamos nuestras ganas de saborearnos y nos besamos con pasión.

Todos comienzan a gritar y a jalearnos y sonreímos sin separarnos ni dejar de mirarnos.

—Tengo una sorpresa para ti —me indica.

—Yo también tengo que decirte algo.

—Primero yo. Escucha, mira, canta a voz en grito y disfruta.

 

Suenan los primeros acordes de Hymn For The Weedend en acústico y, de repente, un telón negro apostado delante de nosotros y detrás del arco de luces, cae al suelo, dejando al descubierto a la banda al completo de Coldplay, en carne y hueso, a dos metros de nosotros.

Miro a Pablo con la boca abierta y él se encoge de hombros.

—¿Pero cómo…?

—Chris es un buen tío…

Cantamos la canción a coro y, antes del final, comienza a nevar y me pongo frente a él, regalándole mi mirada más emotiva.

—Bésame —le pido, esta vez yo a él.

—¿Por qué? —realiza la pregunta que yo le he hecho incontables veces.

—Porque me apetece, y hace mucho, alguien me dijo, que los besos nunca sobran.

—A ti no te van a faltar.

—Eso espero.

Nos besamos de nuevo, con la yema de sus dedos acariciando mis mejillas y los copos de nieve cayendo sobre nosotros.

—Vas a tener que conformarte con esto —señala la nevisca.

Arrugo el entrecejo sin entender a qué se refiere y él sigue hablando.

—Una vez me confesaste que deseabas ver a Coldplay en concierto y cantar hasta quedarte sin voz. También ser el universo de alguien y que te besaran bajo la lluvia. Eres mi universo, pero aún no tengo poderes para controlar el clima. Espero que te sirva la nieve.

—¿Cómo puedes acordarte de eso?

—Jamás olvidaré ni un segundo de los pasados contigo. —Nos abrazamos—. Y ahora, ¿qué es eso qué querías decirme? —Me mira.

—Estoy embarazada —suelto sin más.

Él se queda rígido y pasmado.

—Estoy embarazada de gemelos.

Parpadea varias veces y se tambalea, blanco como la nevada que se acumula en el suelo.

Un flash nos deslumbra y veo a Cristina tirar una foto.

—¡La tengo! ¡La tengo! ¡A esa cara me refería!—grita, triunfal, con la cámara en las manos.

—Pablo, ¿estás bien? —pregunto, apretándole la mano.

—Sí… claro que… sí. —Se repone en segundos.

—¿No estás contento? —El miedo a su respuesta se refleja en mi cara.

Tira de mí y me pega a él.

—Creí que ya era feliz por tenerte a mi lado, pero acabas de llevar mi dicha hasta el infinito. ¿Vamos a ser padres?

Asiento con la cabeza, me abraza y me levanta. De fondo sigue sonando, en directo, mi grupo preferido, después de The Fox’ Lair, por supuesto; y todos se acercan a darnos la enhorabuena.

 

 

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page