La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Cuatro años después…

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Cuatro años después…

En una carretera cerca de Los Ángeles, California.

 

Miro a través de la ventana y me entretengo admirando el paisaje semi desértico. Hace mucho tiempo que aprendí a valorar los momentos fugaces en los que me puedo relajar, que no son muchos. Nuestro ritmo de vida  es una locura. Una locura elegida y que nos hace feliz, aunque nos gustaría dar a nuestros hijos un poco de más estabilidad y tranquilidad. También tratamos de estar juntos la mayor parte del año, pero no siempre lo conseguimos. La sede de mi empresa sigue estando en Madrid y Pablo tiene muchos compromisos profesionales que no puede eludir. En más de una ocasión ha pensado dejar el grupo y dedicarse a componer para otros, sin embargo, le he quitado la idea de la cabeza. Este, la música, es su mundo; y yo, nosotros, ya formamos parte de él. Normalmente viajamos en avión mientras que el resto del equipo lo hace en este autobús, pero esta vez el trayecto no era demasiado largo y decidimos acompañarlos. Además, a las niñas les encanta estar con Allan y los chicos, y les pareció una idea magnífica pasar la mañana aquí dentro. Saltaron de alegría cuando se enteraron.

Oliver, nuestro bebé de nueve meses, duerme sobre mi pecho después de haber desayunado y pasado una mala noche. Ya le han salido ocho dientes y no lo está pasando muy bien. Mis ojeras son el reflejo perfecto de que a mí también me está afectando no poder dormir más de dos horas seguidas, pero no me quejo (demasiado), tengo lo que siempre soñé, me siento plena.

Escucho unos pasitos rápidos por el pasillo, junto al pequeño salón, y veo a Kiah correr por él. Sé adónde va. Milo, el conductor, la tiene ganada a base de caramelos y, a pesar de que no me hace gracia que coma azúcar a todas horas, no puedo evitar que le pida más.

Me incorporo y me tambaleo por el movimiento del vehículo. Chase llega a mi lado con rapidez y coge el bebé, preocupado. Le doy las gracias por el gesto y le pido, a sabiendas de que está deseando pasar un rato con el peque, que se ocupe de él mientras voy a hablar con Pablo. Toma asiento delante de mí y le hace carantoñas y arrumacos. Juraría que se le ha despertado el instinto paternal, y, creedme, me extraña excesivamente. Él sigue viviendo al límite y cada noche nos presenta a una chica nueva. Robbie sigue su estela y hace lo mismo. No los critico ni los envidio. Cada cual encuentra la felicidad a su manera.

Camino hasta la parte de atrás y, antes de llegar, escucho a Pablo discutir con Yvaine, la más grande de las dos gemelas. Nació unos minutos antes que su hermana. Padre e hija siempre están como el perro y el gato, pero sé por qué ocurre esto; son exactamente iguales y sus personalidades colisionan a cada minuto. Observo a Allan reírse y chocar su gran mano con la de mi pequeña, como si hubieran ganado un juego importante. Están sentados en un sofá rojo muy grande.

—Pablo, ¿queréis dejar de pelearos? —le pido.

—¡Ha empezado ella!

Sí, señores y señoras. Pablo, mi marido, con casi treinta y cinco años, padre de la criatura, la que se supone una persona madura y responsable, ha respondido con «¡Ha empezado ella!» cuando le he pedido un poco de paciencia y sensatez ante una niña pequeña.

A veces parece que tengo cuatro hijos en vez de tres, porque el roquero cañón se porta como un niño pequeño en muchas situaciones. En otras no, y he de admitir que esto forma parte de su encanto. Porque él siempre será ese niño que me perseguía con un balón y al que se le derretía el helado en la mano mientras me observaba. Aún lo hace, y lo admiro por ello.

—Pablo. Que tiene tres años. —Pongo un brazo en jarra—. Ven, cariño. —Le pido a la niña que me siga—. Vamos a tomar un zumo.

—Yo quiero con papi. —Se tira encima de él y le rodea el cuello con los bracitos.

A pesar de que discuten a cada momento, no pueden estar el uno sin el otro, y a Kiah le ocurre lo mismo.

—Allan, por favor, ¿puedes traer a Kiah para que coma algo?

—Por supuesto. —Pasa por mi lado y me da un beso en la mejilla.

—Eh, ¡no sobes a mi mi mujer —declara, sin ningún tipo de acritud, sino todo lo contrario—. Ven aquí. —Mi marido me señala el hueco de su lado.

Me siento y apoyo la espalda en su brazo, que me rodea los hombros y me acaricia la piel.

—Estás muy guapa cuando te enfadas.

—Tengo cara de zombi. No he dormido nada.

—Estás perfecta. Eres perfecta. —Me da un beso en la nariz.

—Yo quero oto beso —pide Yvaine, agarrando su cara.

Pablo le besa la nariz y sigue por los ojos, hasta morderle el cuello y provocar las risas de la niña.

Allan llega con Kiah en los brazos. Rectifico: Allan llega con Kiah boca abajo, agarrada por los pies y sus pelitos rubios cayendo hacia el suelo. La risa de esta también nos llega como música celestial.

—Aquí traigo un paquete. —La mueve de lado a lado e Yvaine comienza a gritar que ella también quiere.

—Antes tenéis que desayunar. Después el tío Allan sigue jugando con vosotras. —La deja sobre el suelo.

—Pometiste que nos llevarías a Disneyland Park —recuerda Kiah.

—Iremos esta semana. Pero solo si os portáis bien.

—Papi, también viene. ¿A que sí, papi? —inquiere Yvaine.

Voy a la cocina a por los zumos de las pequeñas y los dejo charlar sobre el día que pasarán en el parque de atracciones.

—¡Nerea! ¡Tú teléfono está sonando! —Escucho a Robbie gritar y a Chase reprocharle que va a despertar al niño.

Cojo el teléfono y me alegro al comprobar quién llama.

—¡Hola, Dani! —Saludo, y aguanto el teléfono entre el hombro derecho y la oreja para exprimir la naranja mientras hablamos.

—¡Hola, Nerea! ¿Qué tal todo?

—Muy bien, gracias. ¿Y tú qué tal?

—Todo perfecto. Escucha, supongo que no andas bien de tiempo. Un amigo necesita tu ayuda para el aniversario de su galería. —Acierta de lleno. Me pilla en muy mal momento.

—Por supuesto. ¿Cuándo quiere celebrar el evento?

—Dentro de un par de meses —anuncia, tras unos segundos.

—De acuerdo. Llego a España en tres semanas. Llama a Joel y él se encargará de todo mientras tanto.

—Muchísimas gracias. Llámame cuando estés por aquí, hace mucho que no nos vemos.

—Claro. Tengo muchas ganas de verte. Un beso. —Dejo el móvil junto a la cafetera.

Unos brazos me rodean la cintura y me besan bajo el lóbulo de la oreja.

—Tengo ganas de ti —susurra muy cerca, y todos mis vellos se erizan. Mete una mano debajo de mi vestido y me toca la parte interior de los muslos.

—Cariño, este no es un buen momento.

—Te necesito —lloriquea, guasón.

—Y yo a ti. —Dejo las naranjas sobre la encimera, me vuelvo y lo miro—. Te prometo que esta noche la tendremos para nosotros.

—Esta noche no puedo. Tenemos prueba de sonido.

—Te esperaré despierta.

—¿Lo prometes? —Se le iluminan los ojos.

—Lo prometo. —Le doy un pequeño beso sobre los labios, pero él se pega a mí y lo hace largo e intenso.

—Buah, ¡qué asco! ¡Papi y mami se comen ota vez! —comenta Kiah, señalando hacia nosotros con el dedito.

Yvaine nos mira muy seria, de pie, a su lado.

Son exactamente iguales. Algunas veces, hasta a mí me cuesta diferenciarlas.

Le doy los vasos con las cañitas a Pablo, que se las lleva atrás y se encarga de que se lo tomen todo. Yo vuelvo a por Oliver, que comienza a llorar y a quejarse en los brazos de tío Chase, como quiere que lo llame.

 

Llegamos al hotel y una horda de periodistas y fotógrafos nos esperan en la puerta, cámara en mano. Nunca llegaré a acostumbrarme a levantar tanto revuelo a nuestro alrededor, aún así, no me molestan demasiado y nos dejan, a mí y a los pequeños, bastante espacio. Desde que Pablo les pidió un poco de respeto hacia nosotros, tras una disputa con un reportero en un parque infantil, suelen llevar a cabo el contrato tácito: el roquero famoso les atiende y a nosotros nos dejan en paz.

 

Me acuesto al comprobar que pasan las doce de la noche y mi marido aún no ha llegado desde la cinco de la tarde. Los niños duermen y aprovecho para hacer unas gestiones de GonBa a través de la red. Envío algunos correos y hablo con Joel sobre el encuentro que acaba de tener hoy con el amigo de Dani, por lo visto un hombre muy atractivo y educado; todo en palabras (o letras, porque ha sido por mensaje) de Joel. Leo también dos emails de las chicas. Carol me recuerda que el próximo mes cumple años Raúl, y le prometió a sus amigos que su tío Pablo, el cantante de The Fox’ Lair, estaría en la celebración. Rocío me escribe desde Japón, donde rueda su última película junto a Antonio Banderas y Dwayne Johson (más conocido como The Rock). Mi amiga conquistó América y al mundo entero, convirtiéndose en una de las actrices más cotizadas. Me informa de que viajará a Los Ángeles (donde tiene su residencia principal ahora) porque su hijo Roma (llamado así por la ciudad en la que lo engendraron) de dos años, se ha tenido que someter a una operación de urgencia al caerse y romperse la clavícula, y que no nos ha dicho nada porque fue inesperado y muy rápido. Me tranquilizo al seguir leyendo y comprobar que todo ha salido bien. Estaba con Carlo cuando ocurrió y ella viaja hasta aquí para encontrarse con ellos. El chef abrió un restaurante en esta ciudad para poder pasar el mayor tiempo posible con mi amiga.

Como se entenderá, hace ya tres años que convertí a Joel en mi socio; se lo merecía y yo no podía llevar adelante la empresa desde la distancia, y me negaba a cerrarla y olvidarme de ella. Así que ese fue mi regalo de agradecimiento por cuidar de mí tan bien durante tantos años. ¿La consecuencia? Ha vuelto a quedarse sin pelo. Dice que se lo provoca el estrés. Yo creo que es imposible luchar contra el destino escrito en el ADN. Y en el suyo se leía en mayúsculas y en negrita que iba a quedarse calvo.

 

El cuerpo de Pablo hunde la cama y, entre sueños, huelo su perfume y reacciono. Siento sus cálidos labios besar mi mejilla.

—Duérmete, nena. Es muy tarde.

—No. Estoy despierta. —Intento abrir los ojos y girarme hacia él.

—No pasa nada. Yo solo necesito esto. —Lleva su nariz a mi pelo y aspira—. Hueles bonito.

—No mientas, huelo a leche agria. Oliver me ha vomitado encima.

Sonreímos en la oscuridad.

—Leche agria. Mi olor favorito —me lame el cuello y me revuelvo.

—¡Pablo! —lo empujo—. Soy un desastre. Hace días que no me peino.

—No digas tonterías. Cada día estás más guapa.

Refunfuño, y él alarga el brazo y enciende la luz de la mesita.

—Venga, dime qué te pasa —me pide, sin perder la sonrisa.

—Te prometí que te esperaría despierta. —Me siento decepcionada conmigo misma.

—Nena, ha sido culpa mía. Es normal que estés cansada. No paras en todo el día.

Pongo los labios en una fina línea y me tapo la cara con las manos, con los codos sobre las rodillas.

Pablo se arrodilla delante de mí, sobre el colchón, me agarra de las muñecas y me despeja el semblante, instándome a que lo mire.

—Nerea. Cariño. Llevamos unos meses muy intensos. Las niñas cada día corren más y Oliver no para de llorar. Vamos de una ciudad a otra, de concierto en concierto sin descanso. No puedes estar todo el día pendiente de todo el mundo, incluso de la banda, y pretender tener fuerzas de hacer el amor de madrugada. Es normal que te sientas superada, a veces ocurre, solo hay que reconocerlo. No pasa nada si pides un poco de ayuda.

—Necesito ayuda. —Admito.

—¿Ves? No ha sido tan difícil. —Se agacha, me agarra de las nalgas y tira hacia él de un golpe, con mis piernas a cada lado de su cuerpo y mi sexo a pocos centímetros del suyo—. ¿Sabes qué vamos a hacer? Voy a empezar por deleitarte con dos o tres orgasmos, ¿te parece? —me giña un ojo.

—No sé si podré. —Finjo hacerme la dura.

—No me subestimes. —Levanta mi camisón y se fija en mis braguitas de encaje blanco—. Tengo una amplia experiencia en el tema.

Le doy un manotazo en el pecho y nos reímos.

Él me agarra la mano, la aparta hacia un lado y dibuja besos por mi mandíbula, mis labios y mi cuello. Suspiro cuando llega a los pechos y los lame sobre la camisola de seda beis. Sigue por mi costado, el vientre y… muerde mi monte de venus…

Jadeo.

Esto es lo que necesito… Un momento de intimidad con el amor de mi vida.

De repente, escuchamos a lo lejos el llanto de Oliver y, aunque intentamos ignorarlo, terminamos por desconcentrarnos y reírnos de la situación. Dos segundos más tarde, aparecen las gemelas sin llamar a la puerta como dos torbellinos y se tiran sobre la cama sin avisar.

—¿Qué hacéis aquí? —les pregunta Pablo, con las dos encima y relajado, a pesar de que han interrumpido nuestro conato de orgasmos múltiples.

—Yvaine me ha despetado. —Kiah se frota los ojos caramelo y apoya la mejilla en el pecho de su padre.

Su hermana bosteza y la imita, cerrando los ojos en la misma posición y coloreando nuestra cama con sus pelitos rubios.

—Voy a ver qué le ocurre a Oliver. —Me levanto, lo cojo de la cuna y vuelvo unos segundos más tarde. Las niñas duermen agarradas a su padre y el niño cierra los ojos en el momento exacto en el que lo tumbo sobre el colchón. Por fortuna, la cama mide más de dos metros de ancho.

Pablo lo mira, agarra su manita y la acaricia. Apago la luz con la sensación de que todo lo que deseo y necesito está en este par de metros cuadrados.

Cierro los ojos con la cabeza sobre la almohada y suspiro. Poco a poco, el silencio, se hace más grande, y en el hueco que deja la noche solo se escuchan las respiraciones de los cinco acompasarse.

—A esto me refería.

—¿Mmm…? —Pregunto, medio dormida.

—Esta es la música que he querido crear siempre. Vosotros sois mi más increíble melodía.

 

 

 

 

FIN.

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