La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 12

Página 17 de 50

12

 

PREFIERO BAILAR

 

 

 

Nos metemos las tres en uno de los cuartos de baño y cerramos con pestillo. El diseñador de este espacio lo convirtió en una estancia más elegante que el salón de mi propia casa. Se dejaron una pasta en decoración.

—Venga, mea —la arenga Rocío—. O lo meo yo. No puedo más. —Deja la copa sobre el lavabo y pega saltitos.

—Hay más inodoros. Entra allí. —Señalo al fondo. Ella desaparece dentro y le aconsejo a Carol que orine ya o empezará a venir gente y a llamar a la puerta. Nos hemos apoderado de todo el aseo.

Se levanta el vestido verde botella y se baja las bragas mientras yo abro el paquetito.

—Toma. —Se lo ofrezco y lo coge.

—Mira hacia otro lado o no me concentro.

Le doy la espalda y, en ese momento, comienzan a golpear la puerta.

—Joder, así no hay quien pueda —se queja la pediatra.

—Venga. Estás acostumbrada a las situaciones de estrés —la animo— ¡Un momento! —Grito a quien sea que está a punto de hacer un agujero en la madera.

—Ya he terminado. Ahora solo hay que esperar tres minutos.

Abro la puerta y fuera hay una fila de seis personas que nos miran con mala cara cuando logran entrar en el baño. Nos encerramos las tres en uno de los inodoros y dejamos el palito en posición horizontal sobre la cisterna.

—Míralo tú —me pide Carol.

—¿No quieres hacerlo tú? —le respondo.

—No, no. Te lo dejo a ti.

—No quiero que recuerdes siempre que yo te di la mala noticia.

—¿Tan segura estás de que es positivo?

—No lo sé.

—Es negativo —nos corta Rocío.

Las dos la miramos con cara de haber escuchado a Adam Levine decirnos que quiere casarse con nosotras.

—¿Qué?

—Que no estás embarazada. —Coge la prueba y nos la enseña—. Hala, asunto resuelto. Ahora, ¿podemos emborracharnos como nos merecemos?

Nos abrazamos a la andaluza y el palo cae a algún rincón del suelo, quedando allí olvidado, como el mal trago; al menos, por ahora.

Bailo con Cristina mientras cantamos a coro con Maluma sus Felices los 4. La terminamos desgañitándonos, dándolo todo en la pista de baile que hemos creado dentro del reservado. Damos vueltas agarradas de las manos y girando sobre nosotras mismas. En un momento dado, veo que desaparece de mi vista. La busco en un radio de trescientos sesenta grados y la observo correr hasta estamparse contra el pecho de Pablo. Este tiene que soltar la cintura de la chica que le acompaña para cogerla. Trago saliva como si de cristales se tratase y un estremecimiento de celos que no sentía desde hacía tiempo resquebraja un poco mi corazón de piedra. El roquero la abraza con cariño y le da un beso en la mejilla. Hablan durante un rato, no sabría asegurar si es mucho o poco porque pierdo la noción del tiempo y no reacciono hasta que Carol y Rocío se apostan a mi lado y me preguntan si sabía que vendría.

—Lo comentó antes Lucas, pero no tenía ni idea. Es normal, es su mejor amigo.

—Lo que te decía. Ese de niño tiene lo mismo que yo de gallega. —La andaluza lo mira de arriba abajo, repasando cada centímetro de su escultural cuerpo. Comprobando que las chaquetas de cuero le quedan incluso mejor que antes.

—Desde luego. Pablito siempre ha sido mucho Pablito. —La sigue Carol.

Así no ayudan.

—Voy a por otra copa. —Giro sobre mi cuerpo, desaparezco entre la decenas de invitados y dejo a mis queridísimas amigas moviendo el cuerpo al ritmo de El Anillo de Jennifer López. No me gusta nada esta canción, pero me es imposible pasar de ella y no tararear por lo menos el estribillo. «¿Y el anillo pa´cuando?»

Espero junto a la barra a que me sirvan lo que he pedido. Dos tíos llegan a mi lado y comienzan a hablar y a reír a carcajadas.

—Rubia, nosotros te invitamos a la copa —me dice uno de ellos, con un marcado acento inglés.

—No, gracias —contesto sin mirar y de manera muy cortante. Agarro mi bebida y me doy la vuelta para alejarme de allí; pero, de pronto, me topo con los ojos de Chase.

—¡Nerea! ¡Eres tú! —Levanta las cejas.

—Hola, chicos. ¿Qué tal? —Intento ser simpática con ellos. Robbie me saluda al otro lado. Me libro de los dos correspondientes besos, sin embargo, se agachan y me dan tal abrazo cada uno que casi se me cae el gin-tonic al suelo.

—Tratando de pasarlo bien. Estás preciosa, como siempre. —Chase me agarra de la cintura y me pega demasiado a él. Sonrío tirante y trato de separarme.

—Este vestido es muy sexi. —El otro roquero me agarra del brazo.

Comienzo a sentirme un poco abrumada y a punto estoy de soltarles una estupidez cuando Allan llega hasta nosotros y los salva de una inminente patada en las pelotas.

—Vamos, tíos. No la agobiéis. Dejadla en paz. —Me agarra de la mano, tira hacia él, me da un beso en la mejilla a la vez que me pide disculpas y me suelta.

—¡Eh, tío! ¡Nosotros la hemos visto primero!

—Iros a dar la tabarra a otra.

—Y si no, ¿qué? —Robbie se cruza de brazos y sonríe.

—Tendré que daros una paliza. —Se marchan riendo entre ellos y sin decir nada más. —Perdónalos. Son unos salvajes.

—Me alegro de verte. —Sonrío.

—Yo también me alegro. Ha pasado mucho tiempo. Supuse que vendrías. —Pide una cerveza al camarero que espera detrás de la barra.

—Sí, claro. No podía perderme una de las tantas despedidas de mi hermana. —La señalo mientras ella se sube a un sofá y baila sobre él de una manera acelerada.

—Creo que debería parar de beber o Lucas la tendrá que llevar en brazos de vuelta a casa. —Coge la cerveza y se la lleva a los labios.

—Yo diría que el novio tampoco está en muy buenas condiciones. —Observamos cómo compite a hacer pulsos con sus amigos sobre una mesa.

—Déjalos que disfruten mientras puedan. Dentro de una semana firman la sentencia de muerte. —Sonríe de medio lado.

—Bonita forma de definir el matrimonio. —Levanto la copa y brindo al aire.

—¿Cómo lo definirías tú?

—A esta hora solo recuerdo cómo me llamo. No me pidas más.

Los dos reímos y, en el movimiento, nos giramos hacia un lado. Mis ojos recaen sobre lo que sucede a tres metros de nosotros. La espalda de Pablo reposa sobre una pared y sus brazos rodean la cintura de Dayana. Esta le agarra de la camiseta y le besuquea el cuello. Él sonríe y yo tengo ganas de ahogarme entre la ginebra, la tónica, la pimienta de Jamaica, la pimienta rosa y las bayas de enebro. Si le echan más ingredientes a la copa, se convierte en una ensalada.

Debería apartar la mirada y centrarme en mi acompañante, pero como soy un poco masoquista (y bastante cotilla), pues sigo recreándome con el (fatídico) espectáculo. Dayana lo agarra por la cinturilla del pantalón y le muerde el labio inferior, tirando de él hasta soltarlo. Él se pasa la lengua por encima y después se echa hacia delante para decirle algo al oído. No veo la cara de ella para sopesar su reacción, pero pega la pelvis a la de él y lo besa. Atisbo sus lenguas con todo detalle, así que estimo que ya tengo suficiente para morirme y le doy un largo trago a mi bebida.

—Nerea, él… —Allan va a decir algo que prefiero no escuchar.

—¿Quieres bailar? —lo corto, lo agarro del brazo y lo llevo junto a Rocío y Carol. No sé si se conocen ni me importa. Los presento y nos movemos al son de varias canciones, tantas que pierdo la cuenta y los pelos se me pegan a la frente.

—Parece que va a olvidar a Carlo. Al menos por esta noche —me grita Carol al oído y me señala el lugar exacto donde nuestra amiga tontea de una manera descarada con Allan.

—Él sale con alguien. No creo que caiga en sus redes.

—Apuesto mis Marcan a que antes de que termine la canción, lo tiene contra la pared.

—¿Estás loca? ¿Tan segura estás de sus dotes de seducción que apuestas uno de tus Manolo? —Abro los ojos, asombrada. Ella asiente con la cabeza, sonríe, me agarra del mentón y me gira para que los mire. Se comen la boca (porque a eso no se le puede llamar beso) apoyados contra una columna—. Es horrorosa. —Nos reímos.

Seguimos bailando hasta que nos comienzan a doler los pies y le pido que nos sentemos un rato. Carol mira el reloj y decide marcharse. Las cuatro de la mañana es una hora más que aceptable para llegar a casa y que Andrés ya esté profundamente dormido. Agarro el bolso con la mano y me ofrezco a acompañarla fuera. Se niega en rotundo a que coja frío y enferme a escasos días de la boda de mi hermana, pero insisto en ello porque mis ganas de fumarme un cigarrillo superan el pánico a resfriarme para tal evento. Mierda de droga adictiva. Me pongo la chaqueta y la convenzo de que no pasará nada.

—Te espero a que te lo fumes y ahora llamo al taxi.

—Da igual. Vete. No quiero que tengas problemas por mi culpa.

—Nena, mis problemas no tienen nada que ver contigo. Me los busco yo solita.

—Todo saldrá bien. Ya verás. —Me llevo el humo al pecho.

—Eso espero. —Suspira—. ¿Qué tal lo llevas tú?

—¿El qué?

—¿Crees que no me he dado cuenta de cómo miras a Pablo? Y ni siquiera os habéis saludado.

—No hemos coincidido. Ahí hay mucha gente. Lucas ha invitado a medio Madrid. —Me rodeo la cintura con una mano, tratando de mantener a raya el frío, y fumo con la otra.

—No lo ves desde hace tres años y… ¿te da igual? —Frunce el ceño.

—Nos hemos visto esta semana un par de veces.

—¿Qué? —Grita.

—Con Cristina. No te emociones. —La freno.

—¿Estás loca? ¿Te recuerdo lo que te costó olvidarte de él? ¿Te digo la de noches que me llamaste llorando?

—No hace falta. No lo he olvidado. —Me enfado.

—No te pongas así. No quiero que tengas que volver a pasar por lo mismo otra vez.

—¿Qué te hace pensar que yo sí quiero?

Las dos nos quedamos en silencio.

—No pasa nada. Anda, vete. Voy a buscar a Rocío y nos vamos a casa.

—¿Por qué duerme la loca hoy en tu casa?

—Mejor se lo preguntas a ella mañana. —Tiro el cigarro al suelo, lo piso y le doy un pequeño abrazo.

Se sube a un taxi, que paramos en ese momento, y le digo adiós con la mano hasta que desaparece de mi vista. Entro de nuevo en el club, camino hasta el reservado y miro hacia todos lados sin encontrar a Rocío. Le doy un toquecito en el hombro a Cristina para que deje de sobarle el culo a Lucas y me haga un poco de caso. Me mira sin dejar de pellizcarle el glúteo a su futuro marido y le pregunto si ha visto a mi amiga.

—Yo qué sé. Estaba contigo.

Pongo los ojos en blanco y paso de ella. Camino hasta donde la dejé la última vez que la vi. No está. Voy a la pista de baile, miro en todas las barras (que no son pocas), busco en el cuarto de baño más cercano y, al no encontrarla, subo al de la primera planta. Nada, ni rastro de la actriz andaluza afincada en Madrid. Me dispongo a bajar las escaleras de nuevo, cuando el asa del bolso se engancha en un picaporte y se rompe. Observo con pena el desastre en que se ha convertido mi Prada rojo y trato de arreglarlo entre resoplidos.

—Quiero irme a casa ya —mascullo, y me siento en uno de los escalones enmoquetados. Apoyo los brazos en mis piernas, cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás, estirando el cuello.

—¿No lo pasas bien? —Escucho la voz de Pablo delante de mí. Abro los ojos y su perfecta imagen me da una buena bofetada. Tiene las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros negros muy rotos y caídos, y me quedo embobada con sus fuertes brazos tatuados.

—No tanto como tú —musito sin poder evitarlo.

No sé si no me escucha o no quiere hacerlo. Toma asiento a mi lado y, en un acto reflejo, pego un casi imperceptible saltito y me separo de él.

—Venga. Dime. ¿A qué viene esa cara?

—¿Qué cara? —Me armo de valor y lo miro con gesto abatido.

—Esa. —La señala.

—Solo estoy cansada. Quiero irme a casa.

—Puedo llevarte si quieres.

—No, gracias. No es necesario. Además, no puedo. Estoy esperando a Rocío.

—¿Te refieres a esa amiga tuya que devoraba la boca de mi amigo?

Esa misma.

Asiento con la cabeza.

—Juraría que ella no te ha esperado a ti. —Arrugo el entrecejo—. Se fueron hace más de una hora.

—Joder. —Me masajeo la frente.

Yo la mato. A este ritmo de asesinatos me quedo sin familia y sin amigos.

Escuchamos unos pasos y las risas de varias chicas llegar hasta nosotros. Nos preguntan si pueden pasar y Pablo se echa hacia un lado, (mi lado), pega su cuerpo mucho al mío y les hace hueco para que sigan su camino. Levanto el semblante y me topo de lleno con sus ojos, a dos centímetros escasos de los míos. Durante tres segundos ninguno dice nada, al cuarto, reacciono y me levanto.

—Bueno, pues… Después de saber que mi amiga ha preferido a Allan y que voy a dormir sola esta noche… —juro que esto lo digo sin ninguna intención—, será mejor que me vaya. Se está haciendo tarde.

Pablo resopla, se revuelve el pelo en una acción muy sexi y también se incorpora.

—Nerea, deja que te acompañe. Es muy tarde.

—No hace falta.

—Pero quiero hacerlo —insiste.

—¿Dónde está tu amiga? —Cambio de tema aunque no escojo uno muy adecuado. ¿Qué me importará a mí dónde está su acompañante?

—Se fue hace un rato. Coge un avión dentro de un par de horas.

—¿Va a desfilar a Londres? —Bromeo, porque parece modelo de pasarela.

—A Milán, en realidad.

Acierto de lleno.

—Disculpa. Eres Pablo Aragón, ¿verdad? —Nos interrumpe una vocecilla a nuestro lado. Miramos en esa dirección y comprobamos que son las chicas que subieron hace un momento—. Estaba segura. ¿Te importa hacerte una foto con nosotras?

Me da la impresión de que les va a contestar algo así como que no es buen momento, sin embargo, sonríe con tirantez y les dice que sí. Ellas comienzan a saltar y lo rodean. Yo aprovecho la confusión para escaparme y bajar las escaleras. Busco a Cristina y le digo que me marcho. Ni siquiera sé si se entera. Salgo a la calle e intento parar un taxi que, a estas horas, escasean. Miro hacia la puerta con la sensación de que Pablo saldrá de un momento a otro. Bajo de la acera, nerviosa, y miro en ambas direcciones. Diviso un taxi con la lucecita en verde a lo lejos y levanto la mano. Consigo que pare a unos metros y camino con prisas hasta llegar a él.

—¡Nerea, espera! —Escucho que grita mi nombre detrás de mí.

No obstante, hago caso omiso a su petición, subo al coche y le pido al taxista que nos vayamos.

Huyo sin mirar atrás.

De él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page