La estrella de Nerea
Capítulo 13
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EL DÍA D
Miro por la ventana de la habitación a los jardines del Mirador de Cuatrovientos abstraída. Con la yema de los dedos me acaricio uno de los pendientes que Cristina me regaló hace unos años y que adoro. En menos de una hora celebraremos su boda con Lucas. No podía haber elegido un lugar más mágico, todo rodeado de vegetación y decorado en tonos blancos de una manera exquisita. Me recuerda mucho a mi enlace con Sebastian. Más o menos la misma época y a cielo descubierto, bajo un manto de estrellas. Suspiro y sonrío dejando escapar un deje de añoranza.
—No encuentro la pulsera de la abuela. —Mi hermana me despierta de la ensoñación. Saca una mano del mono de raso azul agua que lleva puesto y se palpa la otra muñeca.
—La tienes en la mano, Cris. Tranquilízate, todo va a salir bien. —Se la quito y me hago cargo de ella—. Cuando termines de vestirte, te la pongo.
—No la vayas a perder. —Mueve la cabeza de lado a lado, nerviosa.
—Siéntate y déjamelo todo a mí. Yo me encargo. —La agarro por los hombros y la obligo a relajarse—. ¿Por qué estás tan nerviosa?
Cierra los ojos y resopla.
Nuestra madre entra en el dormitorio con una infusión de tila en una mano.
—Bébete esto, cariño. Te sentará bien. —Lo deja sobre una mesita redonda de metal y cristal negro y toma asiento junto a mi hermana.
—¿Lleva alcohol? —pregunta Cris.
—No, claro que no —le responde con el ceño fruncido.
—Mamá, ¡yo necesito un Bacardi con Coca Cola, no una tilita! —Levanta las manos y el tono de voz.
—¿Quieres llegar borracha a tu propia boda? —Se incorpora y pone los brazos en jarra.
—Lo haría mucho más divertido.
Nuestra progenitora se lleva la mano al pecho y comienza a dramatizar. Por fortuna, mi padre aparece, la interrumpe y nos libra de escuchar el sermón de turno.
—Los invitados están a punto de llegar. Tenéis que terminar de arreglaros —nos informa papá—. ¿Estás bien? —pregunta a mi hermana.
Esta asiente con la cabeza mientras vierte agua de una jarra con hielo a un vaso que luego se lleva a la boca y bebe.
Miro el reloj y me sorprende que sea tan tarde.
Mía abre la puerta y asoma la cabeza por ella.
—Comenzamos en media hora. Los invitados están llegando.
—Gracias, Mía. Que vayan sirviendo la limonada y el vino.
—Cariño, vámonos. Será mejor que esperemos fuera. —Mi padre agarra a mi madre del brazo y la insta para salir.
—¿No necesitáis ayuda? —me pregunta a mí. Mi hermana me mira con las cejas levantadas y negando con la cabeza.
—No, mamá. Estamos bien. Tú, disfruta.
Respiramos hondo cuando desaparecen por el pasillo y nos quedamos solas de nuevo. Por un momento, la habitación ha parecido el Camarote de los hermanos Marx. El complejo nos ha cedido algunas habitaciones para que los novios y la familia puedan prepararse para el evento. Tienen unas dimensiones considerables, con una gran cama de matrimonio con dosel de madera en el centro y baño propio con bañera de hidromasaje. Los novios, mis padres y mi marido y yo pasaremos la noche aquí.
—Vamos muy mal de tiempo, Cris. Tienes que ponerte el vestido —la apremio, y camino hasta ella.
—No me gusta el peinado. —Se mira en el espejo que tenemos en frente y que ocupa toda la pared norte.
—No digas estupideces. Es perfecto. Venga, levanta las manos y te lo coloco desde arriba.
Lo cojo del maniquí en el que lo tenemos colgado para que no se arrugue ni mute a ninguna forma extraña y se lo pongo por la cabeza. Lo hago descender por su cuerpo con cuidado y lo ciño a él, cerrando todos y cada uno de los botones de su espalda.
—Pareces una princesa. —Suspiro cuando termino y la miro. Observo que su cara la adorna una sonrisa triste a la vez que acaricia la falda del vestido con un brillo apagado en los ojos—. ¿Qué ocurre?
—Nada. Es solo… Me da miedo que no salga bien. —Se sincera.
—¿Por qué debería salir mal?
—No lo sé. —Agacha el semblante.
—Cris… —Le levanto el mentón con un dedo para conectar nuestras miradas—. ¿Tienes dudas? Si no estás segura, no tienes que hacerlo.
—No son dudas, pero… No soy especial. Yo… Yo siempre he querido ser como tú. Os veía a ti y a Sebas y quería lo que teníais, pero ahora… —Cierra los ojos y los abre—. Ahora veo que no eres feliz con él y me pregunto si también me pasará a mí.
Trago saliva por el golpe emocional que me acaba de dar y trato de no descomponerme.
—Lo siento, no quería decir eso, estoy muy nerviosa. —Se disculpa.
—No lo sientas. Llevas razón. Mi matrimonio no funciona desde hace mucho y nada de lo que hago lo mejora. Pero eso no significa que a ti te vaya a pasar lo mismo.
—Yo… —Se toca la frente.
—Cristina. —La agarro las dos manos con cariño—. No puedo prometerte que serás feliz con él para siempre. Los finales felices son historias sin acabar. Habrá épocas buenas y otras no tan buenas. Tendréis que luchar para que funcione y, si algún día decidís seguir por separado, yo estaré aquí para apoyarte. Nunca estarás sola. No pienses en el mañana, piensa en el aquí y ahora. —Cojo aire— ¿Lo amas?
—Es el amor de mi vida —contesta segura.
—Pues entonces, ¿a qué esperas? Agárralo con fuerza y mantenlo a tu lado todo el tiempo que se te conceda. Aprovecha lo que se te regala y sé feliz tanto como puedas.
—Te quiero, Ne. Siento no decírtelo muy a menudo.
—Yo también te quiero. Y, ahora, vamos a retocarte el maquillaje y saldremos ahí a pasarlo bien.
Dos golpes fuertes en la puerta nos provocan un pequeño sobresalto. Le suelto las manos, le doy un beso en la mejilla y voy a ver quién es. Abro lo justo para asomar la cabeza. Me encuentro con un imponente Pablo vestido con un traje de chaqueta azul con corbata a juego sobre una blusa blanca. Se ha recortado un poco la barba y ahora no la lleva tan larga, solo de varios días. Trago con dificultad al atisbar su cintura estrecha y sus perfectas piernas torneadas. Cuando subo la mirada me encuentro con su sonrisa socarrona y una ceja arqueada.
—Hola, ¿qué haces aquí? —pregunto, aún noqueada (y disimulando las babas).
—¿La boda no era hoy? —Se quita las gafas de sol aviador Ray-ban y el azul de sus ojos terminan de darme la última bofetada.
—Muy gracioso. ¿Qué quieres? —replico bastante apática.
—Hablar con la novia. —Cambia el peso del pie, esperando que le abra, pero no lo hago—. Tengo derecho a verla, soy la Dama de Honor.
—Pues si eres la Dama de Honor, deberías cambiarte de vestido.
—Y tú deberías dejar de mirarme así. Me hago ilusiones y no duermo por las noches.
—Tú no duermes por las noches por otra cosa. —Abro la puerta y obvio el saltito que da mi corazón.
Pablo pasa por mi lado y el olor a su perfume me derrumba por completo. Joder, este hombre es una bomba de destrucción masiva.
—¿Qué haces? —pregunta mi hermana con voz de pito—. ¡No puedes verme antes de la boda! ¡Da mala suerte! —Levanta las manos.
—Juraría que eso solo funciona si eres el novio. Dame un beso. Estás preciosa. —Se acerca a ella y le besa la mejilla. Cris lo recibe con el ceño fruncido—. ¿Qué te pasa?
—Parece que llevo un nido de pájaro sobre la cabeza. No me gusta el peinado.
—Es perfecto. —Lo mira. Alarga la mano y lo toca con cuidado—. Espera, no te muevas. El gorrión se ha dejado aquí un huevo.
—¡Eres imbécil! —Le grita Cris con cara de enfado, pero unos segundos después hace un puchero con la boca y comienza a lloriquear.
—No, no, no, no te pongas así. Es broma, pétalo. Estás preciosa. Como siempre. —La abraza y mi hermanita se cobija en su regazo—. Venga, tú no eres así. Dime qué te pasa.
Como mi hermana no habla y sé que le contaría a Pablo lo que ocurre si pudiera vocalizar, lo hago yo.
—Tiene una crisis existencial. Le da miedo que el amor desaparezca y su matrimonio termine demasiado pronto.
Abre los ojos, confuso.
—Pétalo, mírame. ¿Por qué piensas así? Si es amor de verdad, perdurará para siempre.
—Eso no es verdad. —Lloriquea.
—Claro que sí. ¿Alguna vez te he mentido? Podéis romper, eso es otra cosa; pero si os amáis, lo seguiréis haciendo hasta el final.
—¡Qué bonito! Pero es la frase de una de tus canciones.
—Sí, pero es verdad. —Le limpia una lágrima que rueda por su mejilla—. Venga. Tu futuro marido está esperándote. —Vuelve a besarla, se incorpora y se alisa la blusa y la chaqueta—. Mi trabajo de Dama de Honor aquí está hecho. —Da un paso atrás y cuadra los hombros.
Camina hasta la puerta, la abre y gira la cabeza hacia mí, que sigo de pie y muy cerca de donde él se encuentra.
—Tu también estás preciosa. Demasiado. —Me guiña un ojo y se va.
La ceremonia transcurre sin incidentes. A Cristina le desaparecen todas las dudas en cuanto ve a Lucas en el altar. El recinto parece el final de un cuento de hadas aún sin serlo y sabiendo que sus vidas acaban de comenzar y la felicidad no perdura si no son ellos mismos los que la buscan y la hacen suya. Las sillas vestidas de blanco con lazos lilas perfectamente alineadas flotan sobre el frondoso césped. El sol del atardecer alumbrando todo de ese color anaranjado y rosa, convirtiendo el momento en una estampa para recordar. Suelto el vuelo de mi vestido verde agua y comienzo a aplaudir cuando los recién casados se besan sin demasiado recato. Se escuchan voces provenientes del lado opuesto al de mi familia. Juraría que es Rosana la que grita que se vayan a una habitación y que no van a dejar nada para después.
No me pasa desapercibida la persona que acompaña a Pablo. Debe ser Dayana, pero desde lejos no logro distinguirla muy bien.
Sebas me agarra de la cintura y caminamos hasta la zona donde comienza a servirse los aperitivos. Dejo a mi marido hablando con Andrés, y Carol y yo entramos en la cocina a vigilar que todo va como debería.
—Es la boda de tu hermana, cariño. Deberías dejar a Mía que haga su trabajo.
—Me quedo más tranquila si echo un vistazo. Solo será un momento.
Hablo con el encargado y le indico a mi ayudante que revise hasta el último detalle. Me hubiese gustado que Joel estuviera aquí, pero acaba de someterse al trasplante de pelo y se niega a salir a la calle hasta nuevo aviso (traducido: hasta que le salga una larga cabellera. Cosa que, sospecho, jamás ocurrirá).
—¿Has hablado con Ro últimamente? —me pregunta mi amiga, cogiendo dos copas de cava de una bandeja y ofreciéndome una.
—Ayer me llamó para contarme las maravillas de Brasil, pero creo que no se refería a sus monumentos ni a sus playas.
Nuestra amiga ha tenido que viajar un par de semanas a ese país a grabar unas escenas para un videoclip. Se puso como loca cuando la llamaron, ella piensa que ya es demasiado mayor para según qué trabajos y que la discriminan en muchos aspectos por tener más de treinta años.
—Carlo estuvo en casa hace dos noches. La echa de menos. Está muy afectado.
—Lo sé. Me lo encontré en el centro hace poco. —Saco el paquete de tabaco de mi mini bolso plateado y me enciendo un cigarro. Le ofrezco, pero niega con la cabeza.
—¿Crees que deberíamos hablar con ella?
—Parece que no la conoces. No nos escuchará —afirmo con rotundidad.
—Se está equivocando. —Le da un sorbo a su copa.
—Puede, pero no somos nadie para decirle lo que debe hacer. —Doy una calada—. Y tú y Andrés ¿Estáis bien?
—Lo intentamos, al menos.
—Hola, chicas. Necesito vuestra ayuda. —Carmen llega hasta nosotras y nos interrumpe—. ¿Podéis repartir estas bolsitas? Es confeti de papel. Pablo va a cantarle una canción y queremos que todos los invitados lo tiren al terminar. No digáis nada. Es una sorpresa.
La acompañamos hasta detrás del escenario donde tiene la caja de papelinas de colores y veo a Pablo besando el cuello de la tipa (sin rencor. Bueno, sí) junto a unos grandes altavoces. Trago con dificultad e intento no mirar en esa dirección, sin embargo, mi lado cotilla y masoquista (no voy a negarlo) me obliga a observar lo que sucede a pocos metros de mí. Ella sonríe y encoge los hombros cuando los mullidos labios de él y su barba le acarician la piel. No tengo ni la menor idea de si la suya se eriza, pero la mía se estremece al recordar lo que su cercanía me hacía sentir. Alguien llega a su lado y, no sin trabajo, consigue que el roquero le preste atención y deje de meterle mano a la modelo de pasarela. Me empieza a escocer la garganta y me disculpo para ir a por un vaso de agua, o algo mucho más fuerte, como un whisky doble con hielo. Cuando vuelvo, Pablo ya se encuentra sentado en una banqueta alta solo con una guitarra en sus manos. La noche ha hecho acto de presencia y nos alumbran miles de luces blancas que cubren nuestras cabezas. Cristina y Lucas entrelazan sus manos a los pies del escenario y frente a Pablo. Me quedo detrás de toda la gente y lo observo desde la distancia.
El roquero agarra el micrófono y comienza a hablar. Dice algo así como que espera que nunca deje de ser su mejor amiga porque sin ella se perdería y no sabría cómo abrir los botellines de cerveza con la boca, o cómo escapar de algunas fans demasiado efusivas, o cómo colarse en el cine a ver la misma peli tres veces seguidas. «Tú me enseñaste que la distancia no destruye una amistad sincera y supiste verme cuando nadie me veía. Esta canción es para ti, pétalo. Mi mejor amiga».
Los primeros acordes de la guitarra comienzan a sonar y la voz de Pablo cantando en inglés llena todo el espacio. Casi a susurros habla sobre helados de vainilla, ventanas abiertas, corazones cerrados y bicicletas de hierro envejecido que casi no se mantienen en pie. Cuando termina, Cris sube y lo abraza con ganas. No sabría decir cuántos segundos se llevan sin separarse, tantos como una amistad verdadera necesita.
Terminamos de cenar cada uno sentado en nuestra mesa, no obstante, no se hace muy largo. Sebas me pregunta varias veces si me encuentro bien y le tranquiliza saber que sí. No hace alusión al hecho de que Pablo, el hombre del que me enamoré cuando nos separamos por unos meses, campe a sus anchas por el recinto. Supongo que mi marido, como adulto que es, superó esto cuando lo elegí a él, pero, además, que mi ex se pasee morreándose con una mujer de bandera ayuda a que los celos no se apoderen de su ser.
La barra libre comienza pasadas las doce de la noche. Un DJ amigo de Pablo se hace cargo de la música y los recién casados bailan abrazados una canción que no reconozco, pero me encanta.
—Cariño, ¿quieres bailar? —Sebas me agarra de la mano y me lleva hasta donde los tortolitos casi se meten mano.
Me agarra de la cintura y yo le rodeo el cuello con mis brazos. La risa de mi hermana llega hasta nosotros y me emociono.
—Se les ve muy felices —observo.
—Porque lo son. Acaban de casarse.
Me quedo callada durante unos segundos y suspiro.
—¿Cuándo dejamos de serlo?
Sebas frunce el ceño y me mira contrariado.
—¿Tú eres feliz? —me atrevo a preguntar.
—Claro que sí —sigue en un tono hosco—. ¿Significa eso que tú no lo eres?
—No… No lo sé.
—¿A qué viene esto ahora? —levanta la voz de manera considerable y para de bailar.
—No grites —le pido—. Estamos en la boda de mi hermana, y mi madre nos está mirando.
Me agarra del brazo y nos aparta de la gente.
—Me cansas, Nerea. No sé qué más hacer para tenerte contenta —sigue con desprecio.
—No tienes que hacer nada.
—¿No? Me pones constantemente a prueba.
—Eso no es verdad. —Cojo aire.
—Siento… Siento que nada de lo que hago sirve.
—No haces demasiado, Sebas. Te escondes en el trabajo para no hacer frente a nuestros problemas.
—Trabajo porque tengo que hacerlo. —Se toca el tabique de la nariz.
—Seguiremos hablando de esto en casa —lo corto.
—Has empezado tú. No me vengas con esas.
—Yo no vengo con nada. Algo no funciona y no queremos darnos cuenta.
—Voy a tomarme una copa. —Me deja con la palabra en la boca y desaparece entre los invitados.
Reparo en mi alrededor y veo a todos sonreír y pasarlo bien. Mis padres charlan con unos familiares. Rosana, Laura y Carmen brindan y ríen a carcajadas demasiado cerca de la piscina. Carol y Andrés bailan abrazados; y Pablo… no sé dónde está ni quiero saberlo. Le estará metiendo la mano a Dayana por debajo de la falda en alguna parte oscura de la finca.
Me pierdo entre la arboleda buscando un poco de intimidad y oscuridad. Con suerte encuentro alguna estrella que me centre y me haga creer que todo mejorará. Camino hasta que el bullicio deja de escucharse y tomo asiento en un banco de piedra muy alejado del mundanal ruido y de, más concretamente, mi marido. Suspiro y pienso en que debería ser igual de fácil alejar los problemas que acarreamos desde hace varios años, pero me doy cuenta que siempre me acompañan adosados a mi espalda como una mochila que daña mi estabilidad física y emocional. Tal vez debería hacer algo para sacarlos de ahí y aligerar el peso que cargo durante veinticuatro horas al día. Cojo aire y echo el cuello hacia atrás, mirando el firmamento y buscando mis estrellas. Paso varios minutos en el más pleno silencio y soledad. Sin embargo, dura poco; Pablo me encuentra empujado por el destino o la casualidad.