La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 14

Página 19 de 50

14

 

DE PÚBLICO

 

 

 

—¿Jugando al escondite? —dice demasiado cerca de mí.

Doy un pequeño respingo y miro hacia atrás con la mano en el pecho y el corazón acelerado.

—Me has asustado —me quejo.

—No era mi intención. —Pablo tuerce la boca en una media sonrisa culpable.

—No deberías avasallar así a nadie. —Paso de él y vuelvo a mirar al frente.

—¿Puedo acompañarte un rato? —Rodea el banco y para junto a mí.

—¿Huyendo de la gente? —Le señalo con la palma de la mano levantada la superficie vacía que se encuentra a mi lado.

—En realidad te estaba buscando. Te he visto salir corriendo de allí. —Se sienta a pocos centímetros—. ¿No lo pasas bien?

—Solo necesitaba descansar. Me duelen los pies —miento. Y apoyo la mentira quitándome los zapatos, pero uno se me resiste y él se agacha a mi lado para ayudarme a deshacerme de él. Cuando sus manos tocan mi piel casi desnuda, solo cubierta por una fina media transparente, se me erizan todos los vellos de mi pequeño cuerpo.

—¿Así mejor? —Mira hacia arriba y sonríe.

—Sí, gracias. Malditos zapatos. —Fuerzo la sonrisa. Lo deja sobre el césped y vuelve a tomar asiento a mi lado. Durante unos segundos ninguno dice nada.

—Parece que todo ha salido bien.

—¿Mmm? —Pregunto contrariada y lo miro. Sus ojos me observan en la semioscuridad.

—Cristina ha hecho lo correcto casándose con Lucas.

—Lo dices muy seguro.

—Solo tienes que observar cómo se miran.

—Me alegra verla así. —Llevo mi mirada al suelo—. Al menos ella tendrá un final feliz —musito para mí.

Noto sus dedos sobre mi espalda y me estremezco. Giro la cabeza hacia un lado y lo miro.

—No deberías hacer eso.

—No estoy haciendo nada.

—Me estás acariciando la espalda.

—Yo no te estoy tocando. —Levanta las manos, enseñándomelas.

Abro los ojos de par en par y se me corta la respiración.

—¡Dime que no tengo un bicho! ¡Dime que no tengo un bicho! —Me levanto y me muevo nerviosa.

—Estate quieta y lo compruebo. —Intento no moverme y lo dejo hacer—. A ver… qué tenemos por aquí…

—¿Qué? ¡Quítamelo! ¡Quítamelo! —Cierro los ojos y aprieto los puños junto a mis costados.

—Vaya, vaya.

—¿Qué? ¿Qué?

—Parece que te estaba acosando… un pequeña rama. —La pone frente a mi cara y la observo.

—No tiene gracia. —Le doy un manotazo y la tiro al suelo. Su sonrisa se agranda por segundos.

—Sí la tiene.

—Joder. —Me tapo la cara—. Llevas razón, qué ridícula soy.

Rompemos los dos en carcajadas.

Pablo me tapa la boca para que deje de hacer ruido y me indica con señas que acaba de escuchar algo detrás de unos árboles. Me agarra de la mano y me lleva hasta uno de ellos, donde nos escondemos para ver qué ocurre. Nos agachamos junto a un gran matorral y asomamos la cabeza entre varias ramas.

—¿Puedes explicarme qué hacemos?

—¿Quieres callarte? Van a descubrirnos —susurra, mirándome divertido.

—¿Quién va a descubrirnos?

Me agarra la cabeza y la gira en dirección al espectáculo. Una pareja amiga de Lucas se besa con pasión y, antes de que nos demos cuenta, el chico le ha levantado el vestido a ella, se ha sacado el miembro de los pantalones y la ha empalado sobre el húmedo suelo. Me incorporo y le susurro a Pablo que no deberíamos ver esto.

—¿Por qué? ¿Te da vergüenza? —musita demasiado cerca de mi boca.

—Estamos invadiendo su intimidad.

—Nadie se pone a follar en un descampado si no le da igual que lo miren. —Y la palabra follar salida de su boca y en ese contexto retumba entre mis piernas de una manera descomunal.

—Esto no está bien. —Giro sobre mis pasos e intento irme, pero Pablo me agarra del brazo y me lleva hacia él.

—Me apuesto contigo lo que quieras que esos dos saben que estamos aquí —farfulla demasiado cerca de mi oído. Me tenso y no digo nada. Me pone frente a ellos y pega su pecho a mi espalda. Observamos cómo se mueven y jadean. Él le muerde un pecho sobre la fina tela del vestido y ella le tira del pelo hacia atrás. Mi corazón comienza a bombear con fuerza y a gran velocidad. Noto el de Pablo igual de acelerado que el mío y eso me pone aún más cardiaca. De pronto, el roquero carraspea lo suficientemente alto como para que la pareja se entere y nos miren. Se me corta la respiración cuando mis ojos se encuentran con los de ella. La lujuria que destilan llega hasta los míos y durante unos segundos no aparto la mirada. La chica se muerde el labio inferior y jadea. Un momento después, me vuelve la razón, reacciono y doy dos pasos hacia un lado, enfadada. Me agacho junto al banco y recojo mis zapatos con prisas.

—¿Adónde vas? —me pregunta.

—¿Por qué has hecho eso? —Me giro y lo miro, muy mosqueada.

—Solo quería demostrar que llevo razón. Esos estaban buscando público.

—No me refiero a… a… —Bufo—. Tú… Bah, ¡déjalo! —Camino entre el laberinto de vegetación buscando por dónde volver.

—Nerea, para. Vas a hacerte daño.

—¡Ay! —Me clavo una piedra en el talón. Pablo me pide que me calme.

—Estoy bien. Necesito una copa bien fría, hace demasiado calor.

—Yo invito. —Sonríe y comienza a caminar dirección a la barra.

—¿Qué haces?

—Voy a beber.

—No podemos aparecer ahí los dos juntos y tomarnos algo como si fuéramos viejos amigos.

—Es lo que somos.

Pongo los ojos en blanco, me apoyo sobre un árbol, me calzo y me cierro las hebillas de los zapatos.

—No creo que a Sebas le haga gracia verme contigo.

—¿Está celoso? No tiene razones. —Se mete las manos en los bolsillos y se balancea.

—No está celoso, pero no quiero volver a discutir con él.

—¿Problemas en el paraíso? —Se muerde el labio y yo suspiro.

Paso por su lado para alejarme, sin embargo, me agarra de la muñeca y me detiene.

—Vale. No te vayas así. Hoy no te invito a nada, pero te llamo la semana que viene y nos tomamos un café.

—Has tenido que beber mucho para creer que eso sea una buena idea.

—He bebido un poco, sí. Pero sé lo que digo ¿No tomas café con viejos amigos? ¿Tu marido  no te deja salir con otras personas?

No con el que estuve completamente enamorada.

—Yo salgo con quien me da la gana. —Muerdo el anzuelo.

—Perfecto. Te llamo el viernes.

—Siempre puedo pasar de ti.

—Lo sé, pero no lo harás. —Me guiña un ojo y desaparece sin más.

 

Charlo con Carol sobre el hecho de que no hemos visto a la arpía de la mujer de Hugo por ningún lado. Le cuento lo que me dijo Cris sobre ella y cotilleamos sobre lo que ha podido ocurrir para dejar que Hugo venga a la boda solo. Barajamos varias posibilidades, sin embargo, es Cristina, que llega dando vueltas sobre sí misma, quien nos saca de dudas.

—Se han separado —nos informa con un Bacardi con Coca Cola en la mano.

—¿Por qué? —Abro los ojos, asombrada.

—No lo sé. Me enteré ayer, creo que la ha dejado él. Demasiado ha tardado. Esa mujer es maligna.

—Lo siento por Hugo. Parece buena persona. —Observo cómo mi hermanita se bebe el vaso de un trago—. Cris, no bebas tan rápido. Es el día de tu boda.

—Por eso lo hago. Tengo que celebrarlo. Voy a por otra.

—Vas a matar a mamá.

—Se ha acostado ya. Estaba un poco cansada. No se ha despedido de ti porque no te encontraba. —Le da una voz al camarero de la barra y se acerca con la falda del vestido recogida en una mano.

—Cuando se entere Rocío, se le tira encima —comenta Carol, mirando en dirección a Hugo.

—Seguro. —Reímos a carcajadas.

—¿Y tú, dónde has estado que yo tampoco te encontraba?

—He ido a tomar un poco el aire. —Escondo la cara en el fondo de mi copa.

—¿Y has tomado suficiente o Pablo te lo ha quitado? —ironiza.

—No sé de qué me hablas.

—Os he visto hablando. —Señala el lugar por donde he venido. Yo me quedo en silencio y miro hacia otro lado—. ¿Sabes lo que estás haciendo?

—No estoy haciendo nada, Carol. No puedo evitarlo siempre. Es el mejor amigo de mi hermana.

—Lo has estado haciendo muchos años. ¿Por qué ahora finges que no te importa?

—Porque es así. Ya no siento nada por él. Me costó, pero lo superé.

—Si tú lo dices…

Sebas y Andrés llegan hasta nosotras. Sonrío apática cuando mi marido me rodea la cintura con el brazo y me susurra al oído que siente lo de antes. Yo levanto la vista con la mala suerte de encontrarme con los ojos de Pablo sobre los míos. Le mantengo la mirada durante unos segundos, no obstante, la aparto antes de atragantarme con su intensidad.

—Estamos hablando de las vacaciones. ¿Qué os parece si nos vamos de crucero los cuatro? —comenta Andrés.

Lo miro y bebo sin ninguna emoción. ¿Una semana metida en un barco con Sebas? ¿Y de qué hablamos? ¿De la reproducción de los reptiles?

—¿Te parece bien? —Le pregunta Andrés a Carol.

—No sé… Tantos días sin los niños… —diserta, no muy convencida.

—Nena, tal vez sea eso lo que necesitamos.

—Lo hablaremos en casa. No sé si les vendría bien estar tanto tiempo sin nosotros.

 

Bailamos junto a Cristina una canción de Robin Schulz, Oh Child. Reímos a carcajadas al ver a Rosana abrazada a una farola y a Laura subida en una silla. Hace una temperatura perfecta y todos los invitados lo pasan bien. Hasta Mía se ha soltado la melena y bebe sin contención. A dos metros de nosotras, Pablo le da vueltas al cuerpo de Dayana, hasta que esta se abraza a él y le muerde el labio inferior. Él sonríe con malicia y le pellizca el culo. Me quedo mirándolos demasiado tiempo, tanto que Carol se da cuenta de mi cara y me lo recrimina con una ceja enarcada. Pongo los ojos en blanco y sigo moviéndome al ritmo de Indecente de Anitta. Me disculpo y voy a por algo de beber. Tengo la garganta seca.

—Un gin-tonic, por favor. —Me agarro a la barra para no caerme.

—Chupitooooo —grita Cris a mi lado.

—No creo que mi cuerpo tolere una de tus mezclas.

—Venga. No seas aguafiestas. Es mi boda. Es tu obligación hacer lo que yo te pida. Neneeee —llama al camarero—. ¡Tres torpedos! —Levanta tres dedos de una mano, los pone delante de su cara y los mira bizqueando—. Creo que estoy borracha.

—Ya lo veo. Somos dos, Cris.

—Pétalo, estoy muy borracho. No puedo beber más. —Escucho a Pablo detrás de mí.

—Otro sieso. No entiendo por qué lo dejasteis. Sois tal para cual.

—Me dejó ella. Si no recuerdo mal… —Se toca el pelo y cierra los ojos, claramente mareado.

Pongo los ojos en blanco por su comentario.

—Esta noche sí que no la recordarás. —Le recrimino que va bastante beodo.

Pega su cuerpo al mío de manera muy disimulada y se incorpora hacia delante fingiendo coger una cañita de un cuenco de cristal morado.

—¿Crees que podría olvidar cómo este vestido se te pega al cuerpo? —Me acaricia la cintura con dos dedos y se me corta la respiración—. Y tu olor… El ritmo de tu corazón cuando has visto a esos dos follar… —Se separa y me mira desde arriba—. Por cierto, esos pendientes los compré yo.

—Estás borracho. —Y lo digo en un tono de reproche.

Coge el chupito que el camarero pone delante de nosotros; Cristina y yo hacemos lo mismo, los levantamos y los chocamos.

—Por las dos personas más importantes de mi vida. —Brindamos y nos los bebemos—. ¡Joder! ¡Os quiero! —Nos abraza a los dos y en ese acto nos une a Pablo y a mí—. Me voy a la habitación a follar con mi marido. Vosotros podéis hacerlo también. —Se toca la frente y se tambalea—. Por separado, claro. Vosotros dos ya no folláis. —Desaparece tan veloz como vino.

—Que lo pases bien con Dayana. —Levanto el mentón y huyo.

—Lo haré —me susurra al oído cuando paso por su lado, y yo trato de no atragantarme con mi propia saliva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page