La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 15

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LO ENCONTRÉ

 

 

 

El domingo tenemos comida familiar en casa de mis padres. La niña pequeña se ha casado y al día siguiente se va de viaje de novios, hay que despedirla como se merece. Papá encarga la comida a un restaurante del pueblo y Sebas y Lucas van a recogerla mientras Cristina y yo nos quejamos del dolor de cabeza que nos acucia, tumbadas en la cama de mi antiguo dormitorio (que sigue tal y como lo dejé). La persiana medio bajada no deja pasar demasiada luz, sin embargo, me siento un vampiro en medio del desierto a las doce de la mañana. Le recrimino que ella tiene la culpa de que nos sintamos tan mal, ella y sus ideas de pacotilla.

—¿Qué ideas? —su voz rebota sobre la almohada.

—¿A quién se le ocurre pedir chupitos de torpedos a las cuatro de la mañana? —Me tapo la cara con un cojín.

—Eso es mentira. No me acuerdo —murmura.

—No te acuerdas por eso. —Noto la garganta resentida—. No tengo edad para esto.

—Yo tampoco. Ahora soy una mujer casada. —Se da la vuelta y se pone boca arriba con mucho trabajo y refunfuñando.

—Casarse no significa cumplir años.

—Pues yo me siento más vieja. Me va a explotar la cabeza. —Se masajea la sien—. ¿Qué es eso?

—¿El qué? —pregunto sin abrir los ojos.

—Ahí hay algo que brilla.

—Será el reflejo de la ventana.

—Si está cerrada. Levántate y lo miras.

—No puedo moverme.

—Parece tu telescopio.

Abro los ojos instintivamente de par en par y suelto el aire.

—¿Dónde?

—Allí. —Levanta el brazo y señala hacia el techo con el dedo—. Encima del armario.

Me levanto de un salto, me subo a la silla del escritorio y cojo la caja rota por un lateral y desde donde se puede apreciar la parte frontal del artilugio. Me bajo, la dejo sobre el suelo y la abro nerviosa. Temblando, saco el telescopio que me regalaron mis padres cuando era pequeña y lo observo con emoción. Lo acaricio y un montón de recuerdos de cuando pasaba las noches mirando el firmamento me estremecen por dentro.

—Cariño —mi madre abre la puerta de la habitación—. La comida ya está. Os estamos esperando.

—Paso. No tengo hambre. Avisadme tres horas antes de que salga mi avión. —Cristina se da la vuelta y se tapa con la colcha.

—Por favor, Cristina. Ya eres una persona adulta. Te vas a sentar en la mesa con la familia y no quiero oírte rechistar —le regaña. Mi hermana bufa varias veces y se sienta en el filo de la cama.

—Mamá, ¿dónde estaba esto? —pregunto con el telescopio en la mano.

—Lo encontré en el trastero hace unas semanas. Por fin logré que tu padre tirara un montón de cosas que guardaba y que no utilizaba.

—¿Por qué no tiró esto?

—Recordó lo que te gustaba y pensamos que querrías tenerlo.

—Lo llevo buscando tres años —digo, tal vez demasiado tirante.

—Nunca me has preguntado, cariño. Venga, nos están esperando.

 

 

Dormir una siesta de siete horas el domingo por la tarde y unirla al sueño de la noche me sirven para levantarme el lunes bastante recuperada. Recojo a Cris y a Lucas a las ocho de la mañana y los llevo al aeropuerto. Los despido con un par de abrazos rápidos y les deseo buen viaje. Media hora después llego a la oficina y me encuentro a Mía con la frente sobre el cristal de su mesa. Ni siquiera la despega para saludarme, solo mueve la mano con desgana. A ella sí que le duele la cabeza porque ayer no pudo descansar. Llamo a Joel varias veces para interesarme por su salud (física y mental), no obstante, no consigo contactar con él. Le dejo varios mensajes de Whatsapp y, de paso, escribo a las chicas para quedar a comer. Rocío llegaba esta mañana y no ha dado señales de vida. Supongo que tiene grandes (y rocambolescas) historias que contar e insisto en vernos lo antes posible.

 

Yo: «Chicas. ¿Comemos hoy?» 11:11

 

 

Carol: «Tengo turno doble.

Imposible» 11:30

 

Yo: «¿Mañana?» 11:33

 

 

Carol: «Mejor el miércoles» 11:45

 

Yo: «El miércoles tengo una

comida de trabajo. ¿El jueves?» 11:47

 

 

Carol: «Vale. A ver qué dice Ro» 12:14

 

Mantener una conversación con alguien que tarda en contestar más de quince minutos y con otra que no habla, me desespera, así que dejo el móvil sobre la mesa y me pongo a trabajar. Suena una hora después.

 

Ro: «¿Qué tal, chicas? Acabo de llegar.

El vuelo se retrasó» 13:26

 

Yo: «¿Todo bien?» 13:31

 

 

Ro: «Más que bien. Lo he pasado genial.

¿Hasta el jueves no os veo?» 13:33

 

Yo: «Si quieres, quedamos nosotras antes,

pero Carol no puede» 13:34

 

 

Ro: «Pásate por casa esta tarde,

estoy bastante cansada» 13:36

 

A las ocho le envío un mensaje a Rocío para indicarle que no voy a poder ir a verla hoy. La tarde se ha complicado y he tenido que visitar a algunos clientes que solicitan cambios de última hora. Llego a casa pasadas las diez de la noche y, qué raro (mogollón de ironía) Sebas aún no ha hecho acto de presencia. Al contrario que en otras ocasiones, hoy lo llamo para preguntarle dónde está. Coge el teléfono cuando creo que se van a agotar las llamadas.

—¿Si?

—¿Tardas?

—Estoy trabajando —contesta en tono pasivo agresivo.

Decido ignorarlo, no tengo ganas de discutir.

—¿Cuándo vienes?

—No lo sé. Tengo que solucionar un par de cosas antes.

Me toco la frente y suspiro.

—Vale. Cenaré sola. —Cuelgo sin decir más. No porque no quiera, sino porque no se me ocurre nada que decirle aparte de que si se quedara allí a pasar la noche ni siquiera me daría cuenta. Me siento sola, bastante, sinceramente. En otro momento hubiera ido a casa de mi hermana a ver alguna peli y atragantarnos comiendo palomitas, pero está de viaje de novios y tengo que buscar otra solución. Me doy un baño, ceno el salmón al horno con especias que ha dejado preparado Concha y lo acompaño con una copa de vino Pinot Noir, regalo de mi atento marido en las últimas Navidades. Aprovecho la soledad para abrir y montar el telescopio que me he traído de casa de mis padres. Lo instalo junto a una de las ventanas del salón, apago la luz y trato de ver las estrellas. Me frustro tanto cuando me doy cuenta de que no funciona que casi me pongo a llorar. Busco en internet dónde pueden arreglarlo y no encuentro ningún sitio que me dé fiabilidad. Cansada del intenso día, apago el teléfono móvil y me acuesto. No sé a qué hora llega Sebas, cuando me levanto al día siguiente ya se ha marchado.

 

El miércoles almuerzo con Daniel Sánchez, una empresaria que conocí hace tres años y que cuenta conmigo cuando necesita organizar algún evento. Durante este tiempo nos hemos hecho buenas amigas e intentamos quedar y vernos de vez en cuando, pero compaginar nuestras agendas y horarios de trabajo a veces se convierte en una odisea. Ella viaja mucho y el tiempo que está en Madrid se lo dedica a su familia, así que hace un par de meses que no nos vemos.

Tomo asiento en la terraza del Restaurante Arzábal, en el Museo Reina Sofía, a las dos en punto de la tarde. Aún me pregunto cómo me ha dado tiempo a llegar puntual con todos los obstáculos que he tenido que salvar a lo largo de la mañana. Necesito que Joel vuelva pronto y me ayude con lo que se avecina, o tendré que contratar a alguien mientras dure su ausencia. Pido al camarero una botella de agua bien fría y observo lo bonito que han dejado este lugar con la nueva reforma. Todo rodeado de vegetación, con entoldado en colores tierra, mesas de madera de abedul y sillas antiguas de hierro rojas, beis y amarillas. Me deleito con la música en directo de algún grupo local y muy bueno. Veo a Dani caminar hacia mí con una sonrisa dibujada en su rostro y me levanto, imitándola en el gesto, para recibirla con un gran abrazo.

—¿Llevas mucho tiempo esperando? He tenido que solucionar unas cosas en casa antes de salir —me pregunta cuando nos sentamos.

—Acabo de llegar, no te preocupes. Dime, ¿qué tal va todo?

—Bien. Ya sabes. Cada día me cuesta más viajar. Los echo mucho de menos.

Nos sirven agua en las copas y pedimos la comida, dejándonos llevar por las sugerencias de la persona que nos atiende. Nos ponemos al día y nos informamos de lo que hemos hecho los últimos meses. Su vida es mucho más divertida que la mía, sin embargo, le cuento que mi hermana pequeña se ha casado y lo bien que lo pasamos ese día. Una boda preciosa, bajo un millón de estrellas en un jardín de cuento.

—Me recuerda mucho a la mía.

—Lo sé. La organicé yo.

Nos reímos recordando lo que hicimos sufrir a su marido y al mío las veces que nos quedábamos hasta tarde con los preparativos y se nos pasaban las horas conversando, con una copa de vino en la mano, en algún recóndito y mágico lugar de esta ciudad. Hablamos también sobre lo que nos ha traído aquí hoy: la fiesta de inauguración de su nueva galería. Será dentro de cuatro meses y no quiere nada demasiado desorbitado. Tomo anotaciones en mi pequeña agenda de la Moderna de Pueblo de todas las especificaciones. Le doy algunos consejos y propongo algunas ideas que acepta con agrado. Nos interrumpe el sonido de su teléfono móvil, el último iPhone que ha salido al mercado. Me pide disculpas cuando ve el nombre de su marido en la pantalla.

—Si no lo cojo, creerá que me ha pasado algo y dentro de diez minutos tenemos aquí a todo el cuerpo de policía.

—Podemos probar.

Reímos abiertamente y con una mano le indico que lo atienda.

Nos despedimos en la puerta una hora después. Cuando me doy cuenta, son más de las cinco de la tarde y vuelvo a la oficina para seguir trabajando. La tarde se me pasa volando. No sé si el hecho de haberme tomado un cóctel de frutas y algún licor exquisito influye en que eso sea así. Llamo varias veces a mi (ex) amigo Joel y sigo sin poder contactar con él. Algo debe ocurrir para no querer hablar conmigo desde que se sometió al trasplante de pelo. Así que decido pasarme por su casa y presentarme por sorpresa y sin avisar para que no pueda salir corriendo. Tardo media hora en convencerlo de que no me reiré del estado de su desastrosa operación cuando abra la puerta. Y no lo hago, aunque me cuesta horrores no descojonarme al comprobar cómo le han dejado la cabeza. A ese médico deberían quitarle la licencia. Nos tomamos un café escuchando el último disco de Lady Gaga y me cuenta, con pelos (los pocos que le quedan) y señales, el viaje a Turquía y su experiencia con el trasplante.

—Duele mucho, virgencita de los Ángeles. Más que un parto.

—¿Y cómo lo sabes?. —Me llevo una galletita a la boca y Joel me agarra de la mano y me para.

—¡No te la comas! Creo que estas llevan almendras.

—¿Quieres matarme? —La dejo sobre el plato y me levanto a lavarme las manos.

—Entonces, ¿te importaría decirme cuándo el señor Conde pretende volver a la oficina? —Tomo asiento a su lado de nuevo y cruzo las piernas.

—Cuando me salga un poco de pelo.

—Cariño, no quiero presionarte. Pero estás bien y te necesito. Es época de muchos eventos.

—Lo sé, lo sé. Y llevas razón, pero me da tanta vergüenza que me vean así.

—Pero si estás estupendo. —Le aprieto la mano con ternura—. Si quieres unas vacaciones, tómatelas; pero dímelo y busco a alguien que te sustituya.

—No es necesario. Llevas razón. Debería volver y…

En ese momento, Toni entra en el apartamento.

—¡Diva Elsa! Qué alegría verte. —Sonríe y se acerca a mí a darme un abrazo.

—¿Qué tal todo? —Se lo devuelvo y lo miro con cariño.

—Haciendo horas extras en casa. Ya sabes… —El enfermero enamorado va hacia Joel, le da un corto beso en los labios y le pregunta cómo se encuentra—. ¿Te quedas a cenar?

—No puedo, pero te agradezco la invitación.

Toni se pierde en la cocina a dejar las bolsas que trae en las manos y guardar la comida.

—No me has contado nada de la boda de Cristina.

—Te he llamado varias veces, pero has pasado de mí.

—No me presiones, queen. —Se señala la cabeza.

—Salió todo a la perfección. Mía hizo un gran trabajo y lo pasamos muy bien, pero te eché de menos.

—¿Viste al roquero?

—Claro. Estaba por allí. —Miro hacia otro lado.

—¿Solo estaba por allí? —inquiere.

—Le cantó una canción a mi hermana.

—¿Y?

—Pues nada. Que era un invitado más. —Miro la hora en el reloj de mi muñeca—. Tengo que irme, se está haciendo tarde. —Me levanto y me cuelgo el bolso en el hombro izquierdo. Se da cuenta de que huyo de sus preguntas, pero no dice nada—. Entonces, ¿te espero el lunes en la oficina?

—Sí. —Suspira, resignado—. Tendré que hacer algo para que tu empresa siga a flote. —Levanta las cejitas y tuerce la boca en una fina línea.

—Eres el mejor. —Le doy un beso en la mejilla y voy a la cocina a despedir a Toni, que calienta algo en el fuego—. Adiós, Toni. Nos vemos otro día.

 

Entro en casa pasadas las nueve de la tarde y me sorprendo al ver la mesa preparada de una forma muy sexi; con velas, dos rosas rojas (mis preferidas) dentro de un jarrón y la iluminación a medio gas. Cuelgo el bolso de una silla y Sebas sale de la cocina con dos copas de vino blanco, sonriendo.

—Muy seco. Tu preferido. —Me ofrece una y la cojo.

Me da un beso en la mejilla y me dice si quiero darme un baño mientras termina de preparar la cena.

—¿A qué viene esto? —pregunto contrariada. Llevo más de tres meses cenando casi todas las noches sola.

—Sé que he estado muy ocupado los últimos meses y me gustaría compensártelo.

Suspiro. Está muy equivocado si cree que con esto puede arreglar todas las noches que he pasado sola.

—¿Has cocinado tú? —Sé cuál es la respuesta.

—Sabes que no se me da muy bien y quería que fuese especial. He pedido comida japonesa en el mejor restaurante de la ciudad. —Sonríe de medio lado.

—Esta bien. Voy a darme una ducha y ahora vuelvo.

 

Me pongo un conjunto de ropa interior de lo más sexi y un vestido corto y de color negro encima. Sebas sonríe cuando me ve y se levanta a retirarme la silla para sentarme. Hablamos sobre temas banales y huimos de los que sí urgen tratar, pero serían demasiado peliagudos en un momento como este, además de estropear el ambiente que con esfuerzo ambos hemos creado. Mi marido va hasta el equipo de música con paso decidido y me fijo en lo bien que le quedan esos pantalones de traje. Me doy cuenta de que me mira con una mano levantada en mi dirección invitándome a bailar cuando a mis oídos llega la voz de Barbra Streisand cantando The way we were. Limpio de mis labios el sabor del vino, dejo la servilleta de tela blanca sobre la mesa, me levanto y camino hasta que nuestras manos se tocan. Él atrapa mis dedos con los suyos, tira despacio y lleva mi pecho hasta el suyo. Su olor para mí es como el hogar que siempre me ha acogido, en el que me he sentido segura y reconfortada. Suspiro y apoyo la mejilla en el borde de su hombro.

 

«Los recuerdos iluminan el fondo de mi mente. 

La llovizna empaña los recuerdos 

de cómo éramos. 

Fotografías esparcidas de las sonrisas que dejamos atrás, 

sonrisas que nos dimos uno al otro 

por cómo éramos. 

¿Será que era todo tan sencillo entonces, 

o el tiempo ha vuelto a escribir cada línea?

Si tuviéramos la oportunidad de hacerlo todo de nuevo, 

¿dime? ¿Lo haríamos? ¿Podríamos? 

Los recuerdos deberían ser bonitos pero, 

lo que era demasiado doloroso recordar 

decidimos simplemente olvidarlo. 

Por lo tanto, las risas son 

lo que recordaremos 

Cada vez que recordemos 

tal como éramos, 

tal como éramos».

 

Me pregunto si eso somos nosotros ahora, solo un recuerdo de lo que realmente fuimos. Un montón de fotos antiguas, palidecidas por el tiempo y nuestros propios errores, borrosas por no haber sabido cuidarlas como se merecían y casi olvidadas en algún lugar del día al día.

Siento una caricia subir sobre mi espalda y mis ojos se encuentran con los suyos, o debería decir que se miran sin ninguna fuerza detrás que los empuje a hacerlo, solo lo hacen por la costumbre de tenerse cerca. Nuestros labios hacen exactamente lo mismo, se besan por la inercia que dan los años y el hábito; y nos quitamos la ropa como si fuera una coreografía ensayada en la que no se admiten los fallos. Hacemos el amor en la cama y llego al orgasmo, por supuesto. Él también lo hace y dormimos abrazados. Todo muy normal si no fuera por el hecho de que no siento ni una pequeña explosión en el corazón.

Nosotros no somos.

Éramos.

Y cada día me doy más cuenta de que no hay nada que yo pueda hacer para que volvamos a ser.

 

 

 

 

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