La estrella de Nerea
Capítulo 16
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REINAS DEL DRAMA
—Venga, suelta por esa boquita. —Trato de sonsacar a mi mala amiga qué ha hecho en Brasil.
—Actuar. Por eso me pagan.
—Me refiero a lo que hiciste sin que te pagasen. —Pongo los ojos en blanco—. ¿Por qué hoy no quieres contar nada?
—Sí quiero. Pero prefiero esperar a que llegue Carol y así solo tengo que hacerlo una vez. Mira, ahí está. —Levanta una mano y la mueve para que nos vea.
—Hola, nenas. Este sitio es precioso. No lo conocía —comenta nuestra amiga mientras nos da los correspondientes besos, deja el bolso y toma asiento en una de las sillas.
—Pues verás cuando pruebes su costilla asada a baja temperatura. Está de muerte. —Lleva las palmas de las manos a su pecho y da énfasis a la frase con un gesto exagerado.
Pedimos una botella de vino y el plato estrella de la casa. Tengo que reconocer que me chupo los dedos al comer las costillas, y Carol y sus modales de mujer pija, protocolaria y ultra educada me lo reprochan.
—Perdona, no he podido evitarlo.
—Sebas estará contento de cómo mueves esa lengua. —Rocío me guiña un ojo y se ríe.
La terraza interior del Nitty Gritty no está muy concurrida, así que me tomo la libertad de seguir haciéndolo y con ello pongo a la pediatra de los nervios.
—Bueno, cuéntanos tus aventuras y desventuras por Brasil —insisto, casi una hora después desde que llegamos.
—Pues… bien… —responde con desgana.
—¿Solo bien? No me lo creo. A ti siempre te pasan cosas extraordinarias. —Manifiesto achinando los ojos.
—Extraordinarios no, rocambolescas —apostilla Carol.
—Maceió es una ciudad maravillosa. Sus playas son… ¡ohhh! —levanta las palmas—. Impresionantes.
—Sí, ya. ¿Y qué más?
—Nada. —Encoge los hombros y le pide un té y dos cafés a una camarera que pasa por nuestro lado—. Contadme vosotras.
—Por aquí todo sigue igual. Sin cambios a la vista. —Carol coge aire y lo suelta despacio.
—¿Y tú? —me señala a mí.
«Tratando de salvar mi matrimonio», pienso.
—Bien. Son fechas de mucho trabajo. Llega el verano y… ya sabes. —Doy un sorbo a mi vaso de agua.
—Vale. Ya que no me contáis nada, lo preguntaré yo. ¿Ha pasado algo entre Pablo y tú? —Formula alto y claro.
—¿Qué? ¡No! ¡Estás loca! ¿Por qué tendría que haber pasado?
—Porque en una boda siempre alguien pierde la cabeza…
—¿Y por qué piensas que fui yo?
—Porque estás deseando volver a pellizcar ese culito prieto.
Niego con la cabeza de lado a lado.
—En esta ocasión fueron los propios novios, nena —aclara la médica, y yo la señalo asintiendo con la cabeza.
Le relatamos la borrachera que cogieron los dos y que terminaron bailando la conga casi desnudos sobre la barra del bar. Lo pasamos muy bien, no lo voy a negar. Y tarde pero a tiempo, confieso mi charla con Pablo en la soledad, y Rocío, por supuesto, no me recrimina nada. Más bien todo lo contrario.
—¿Y no has vuelto a quedar con él?
—No.
—Eres tonta.
—No me insultes —le pido.
—Está casada —alega Carol.
—Tú también, y no te importó cuando te acostaste con el médico. —Le ataca con una ceja arqueada.
—¿Quieres callarte? —La ofendida mira hacia todos lados por si alguien la ha podido escuchar—. Ha sido el mayor error de mi vida.
—Tú mayor error es creer que no puedes superarlo. Lo pasaste bien. Olvídalo y sigue adelante. —Le aconseja.
—Es lo que hago, pero yo no soy como tú —expone sin ni una pizca de resentimiento.
—Lo sé, nena. Pero tienes que superarlo.
—Lo estoy intentando.
—Lo sabemos. —La miro y le regalo una sonrisa complaciente.
—Me habéis convencido. Como no tenéis nada sustancioso que contar, lo haré yo. —Se incorpora—. Participé en una orgía en un lugar súper pijo y súper bonito donde solo dejan pasar a gente importante.
—Gente importante y muy liberales —apunto, y Carol se tapa la cara con las dos manos.
—Gente que sabe pasarlo bien. No como vosotras, que no folláis ni aunque os lo pidan de rodillas.
No lleva del todo razón, pero paso de entrar en una discusión inútil donde el debate principal sea si lo que hacemos el resto de los mortales que la rodeamos es follar o no. Así que no le sigo el rollo y cambio de tema a uno más de andar por casa, nunca mejor dicho: los zapatos. Hablamos sobre nuestras últimas adquisiciones y casi se me olvida, casi, algo que me lleva rondando el pensamiento desde que me levanté. Pablo prometió llamarme mañana. Bueno, no dijo «lo prometo», pero él habla como si te diera su palabra de roquero cañón quemabragas.
El viernes no me llama. Así de simple y sencillo. No es que lo esperara. Bueno, sí. Pensaba que lo haría porque él siempre cumple sus amenazas. Y no es que esto lo fuera, pero así la sentí. Paso un fin de semana tranquilo. Sebas y yo tratamos de darnos el tiempo que necesitamos para estar juntos y hacemos cosas normales, como ir al teatro, cenar en un restaurante de moda y pasar el domingo tumbados en el sofá, viendo una película de sobremesa y comiendo helado.
Inauguramos la semana con una reunión donde el primer punto del orden del día lo titulamos «Poner al día a Joel», que llega parapetado detrás de unas enormes (y rosas) gafas de sol.
—Si el plan era pasar desapercibido, deberías haber escogido unas gafas menos estrambóticas. —Le doy un beso en medio de la sala de exposiciones.
—No tengo, queen. Eran estas, u otras con la Torre Eiffel y luces de colores. —Se las quita y las deja sobre una mesita auxiliar donde acabo de depositar un muestrario de cubertería.
Mía llega hasta nosotros y le da un abrazo de bienvenida. Le pido que traiga tres cafés y la esperamos en mi despacho para comenzar con la puesta en común de todo lo que está por venir. A Joel no le cuesta captarlo todo a la primera y en una hora los tres trabajamos a un ritmo frenético en nuestros quehaceres. Nos quedan unos meses de intenso trabajo, con un montón de importantes eventos en los que caben inauguraciones de garitos de moda, presentaciones en sociedad, bodas de gente importante, fiestas e, incluso, un festival de música y parte del programa de la semana del Orgullo Gay que se celebrará a principios del mes de julio.
Envío tres correos a varios diseñadores gráficos, dos a estilistas, cuatro a restaurantes, dos a fotógrafos de moda, tres a modelos, uno a un representante de artistas, cuatro a diferentes orquestas y ciento treinta y dos invitaciones para un congreso que se celebrará la próxima semana. Tan metida estoy en mi mundo de emails, «saludos cordiales», «atentamente», «sin más, un abrazo»… que no me doy cuenta que mi móvil suena y vibra sobre la mesa y muy cerca de mi mano.
—¿Si? —Lo descuelgo sin formular la manida frase de «Eventos GonBa» y lo aguanto entre el hombro y la mejilla sin dejar de redactar uno de los emails.
—Hola.
—¿Quién es? —Casi no escucho la voz que habla al otro lado.
—Soy Pablo. —Eso sí lo escucho, alto y claro, y el móvil se me resbala hasta golpearse contra la mesa.
«Mierda», musito esperando que la pantalla estalle en pedazos, pero no lo hace y me lo llevo de nuevo a la oreja, no sin repetirme unas tres veces que mantenga la cabeza fría.
«No pasa nada, Nerea. Despáchalo y punto».
—¿Quién te ha dado mi número de teléfono? —Intento resultar indiferente.
—Se lo robé a Cristina hace tres años —dice como si nada. Me toco la frente con los dedos y respiro. Su honradez y espontaneidad casi me desarman—. ¿Qué tal estás?
—Muy ocupada. ¿En qué puedo ayudarte? —respondo, cortante. No sabría decir si para quitármelo de encima pronto o porque aún me dura el (no) enfado del viernes al no cumplir su palabra. Desde luego, no pienso decirle nunca nada.
—No te robaré mucho tiempo. Solo quiero pedirte perdón.
—¿Qué? —abro los ojos de par en par, confundida. Sin duda, algo me he perdido. ¿Quiere pedirme disculpas por no llamarme la semana pasada?
—¿Tomamos café esta tarde?
—No puedo. Tengo varias reuniones.
—¿Mañana?
Mañana me voy a la Antártida una temporada.
—Estoy muy liada toda la semana.
—Voy a pensar que no quieres quedar conmigo.
Es que no quiero.
—Pablo. Tengo mucho trabajo. No te miento. Cuando tenga un hueco libre te llamo y lo vemos.
—Pues quiero pedirte una cita —expone seguro.
—¿Una cita? —Reacciono con un tono demasiado agudo. Carraspeo y trago—. Mira, no sé qué estás pensando ahora mismo, pero jamás se me ocurriría engañar a mi marido y tú no sales con mujeres casadas.
—Nerea, quiero tener una reunión de negocios contigo —me corta.
—Eso es mentira —replico como una niña sabionda.
—¿Y qué crees que pretendo?
¡Yo que sé! Volverme loca.
—Yo…
—¿Piensas que quiero engatusarte y acostarme contigo?
—¡No! —Este hombre me desespera.
—¿Entonces? Porque jamás se me ocurriría. —Sé que se está riendo aunque no pueda verlo—. Que sea esta semana, por favor. Es urgente.
—¿El qué?
—Nuestra reunión de negocios.
—¿Y para qué me necesitas?
—Pues ahora mismo me vendrías muy bien para un par de cosas…
—Pablo…
—Tengo que organizar un cumpleaños.
—Tú tienes a gente que se encarga de esas cosas.
—Es el cumpleaños de mi mejor amigo. Quiero a la mejor organizadora de la ciudad. —Con esto me gana un poquito, pero no dejo que me engatuse del todo.
—Esta bien. Llama a mi secretaria y que busque un hueco. Hasta luego. —Le cuelgo sin pensármelo dos veces. Cuando dejo el teléfono sobre la mesa, las manos me tiemblan tanto que tengo que cerrar los dedos en un puño. He dejado con la palabra en la boca al cantante de la banda de rock con más éxito del momento. Vale, para mí es Pablo, pero eso es muchísimo peor. Porque es de ese muchacho del que yo me enamoré, no del reconocido cantante, del que me he despedido sin un ápice de cortesía.
—Amore. —Joel llama a la puerta con un leve golpe y entra—, los Borgia —así llama a una familia de la nobleza madrileña que celebra el cumpleaños del miembro más longevo de ellos, uno de los abuelos— quieren visitar dos sitios más, no les ha convencido los que les has enseñado hasta ahora.
—Deja de poner motes a nuestros clientes. Un día de estos, me confundo y los llamo así.
—Pues si eso ocurre, espero estar cerca para verlo. —Suelta una sonrisilla y toma asiento frente a mi mesa—. ¿Tienes preparado el muestrario de cristalería de la Finca el Senescal?
—Nos lo envían mañana.
—¿Te ocurre algo? Te veo muy nerviosa.
—No. No es nada. Anoche no dormí demasiado.
—¿Tú marido le dio vidilla a ese cuerpecillo?
No. Vimos pelis sobre el sofá, pero nada de sexo pervertido.
Mía entra en el despacho sin llamar al ver la puerta abierta.
—Nerea. Pablo… El señor Aragón —rectifica—. El vocalista de The Fox’ Lair acaba de llamar —sigue extrañada— pidiendo una cita contigo. He concertado una reunión mañana por la mañana.
Pues sí que ha sido rápido. Pensaba salir y avisar a mi secretaria de que le diera largas hasta que se aburriera.
—Llámalo y dile que te has equivocado. Que ya lo avisarás cuando encuentres otro hueco en mi agenda.
—Ha dicho que es urgente.
Suspiro y entiendo lo que ha pasado. Se ha camelado a Mía con su innegable atractivo que no le falla ni por teléfono.
—Está bien. No te preocupes.
Me recuerda que tengo comida con la directora de View Management, una de las agencias de modelos más importante de Madrid, y sale de la oficina. Joel me mira, inquisitivo, con las dos cejas enarcadas.
—¿A qué ha venido eso?
Qué más quisiera saber yo.
—Ya la has oído.
—Alto y claro, reina. Me preocupa más lo que no ha dicho.
—No montes un drama que nos conocemos.
—La reina del drama siempre has sido tú. Por eso no entiendo qué haces metiéndote otra vez en ese lío.
—Quiere contratarnos para organizar un cumpleaños. Es lo que hacemos aquí —digo con rin tintín.
—Aquí preparamos los mejores eventos de la ciudad, pero ese solo pretende enredarte.
—No digas estupideces. Además, no pienso trabajar para él. Ya buscaré alguna excusa.
—De eso nada. ¿Sabes lo importante que sería que organicemos algo a Pablo Aragón? Saldremos en la prensa de todo el país.
Yo sí que saldré en la portada de muchos periódicos si acepto el trabajo y en un arrebato de celos le meto fuego al recinto donde se celebre para quemar a todas las conquistas de Pablo con él.
—No estoy segura.
—Claro que sí, Reina Mora. Firma con él y después yo me encargo de todo. Tú no tendrás que verle.
Si fuera tan fácil…