La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 17

Página 22 de 50

17

 

VIEJOS AMIGOS

 

 

 

No le cuento a las chicas que Pablo se pasará por mis oficinas mañana. Y también se me olvida comentárselo a Sebas. No veo necesario montar un drama de esto, (nada más que añadir, señor jurado). Lo atenderé y le prepararé la mejor fiesta de todos los tiempos como una profesional del sector que soy. Eso haré. Resoplo frente al espejo de mi habitación a las siete de la mañana. Si es así, ¿por qué nada de lo que me pruebo me sienta bien? Me decido por un pantalón de pinza beis con rayitas blancas, blusa blanca y sandalias marrones a juego con la chaqueta. El pelo suelto y ondulado y los labios pintados de burdeos mate. Llego a Marqués de Cubas caminando sin prisas, me he levantado tan temprano que me da tiempo a pararme en Magdalenas de Colores y tomar un café con esos muffins de zanahoria y crema que tanto me gustan. Alexa me saluda con una sonrisa y unos buenos días que me levantan el ánimo y las ganas de atender a Pablo a media mañana.

—¿Cómo va todo? —le pregunto cuando deja el dulce sobre mi mesa.

—Cada día un poco mejor.

—Me alegro mucho.

—Estás muy guapa hoy. ¿Algún evento especial?

—Solo trabajo y más trabajo.

—Señorita. —Un señor trajeado y con prisas la llama desde la barra y va a atenderlo.

Desayuno en la más pura intimidad aunque el local se halle repleto de gente. Me alegra que les vaya tan bien, estos chicos trabajan mucho y muy duro cada día. Los he visto hacer jornadas de más de quince horas seguidas. Me despido de ella desde lejos y le indico que he dejado un billete sobre la mesa. Me da el «ok» levantando la mano y sigue atendiendo a los clientes que se acumulan junto a la barra.

Me porto como una mujer adulta, responsable y profesional y me dedico a trabajar, devolver llamadas importantes y a obviar el hecho de que me voy a encontrar a solas con Pablo dentro de media hora. No me como las uñas, ni me atuso el pelo, ni me retoco los labios en el espejo, ni me cercioro de que no tengo carmín en los dientes ni el rímel corrido, ni me digo a mí misma unas veinte veces que no pasa nada, solo es una reunión más, con un cliente más, para preparar un evento más.

—Nerea. —Mía abre la puerta y asoma la cabeza—. El señor Aragón acaba de llegar.

Me dan ganas de decirle que le pida que tome asiento en la sala de espera y tenerlo allí como dos horas y media, pero pienso que, mientras antes hable con él, antes se irá, y le digo que lo haga pasar de inmediato. Solo me da tiempo a colocarme bien el cuello de la blusa y a recordarme que, aunque me costó tres años, lo tengo superado.

Pablo entra en mi despacho con ese aire de rebelde sin causa con el que James Dean rompió millones de corazones, y pisando tan fuerte y con tanta seguridad que te hace sentir un grano de arena en una gran montaña. Además, he de decir que mis ensayos para hablar con él sin respirar no sirven de nada. En cuanto su presencia impacta sobre mi pecho, su olor lo hace en todo mi interior. Maldita chaqueta de cuero, malditos vaqueros rotos, malditas botas desgastadas, maldito pelo, malditos ojos, ¡malditos labios de caramelo!

—Buenos días. —Me observa socarrón y camina en mi dirección sin dudar ni un segundo.

Reacciono a tiempo, me levanto y, con un gesto de la mano, le doy la bienvenida y le pido que tome asiento.

—¿No me vas a dar un beso? —Tuerce la boca en una sonrisa perversa sin sacar las manos de los bolsillos.

—No es así como funciona.

—¿Y cómo saludas a los amigos? ¿Con un «Hola» a dos metros de distancia?

Bufo interiormente y borro los tres pasos que nos separan. Me pongo de puntillas para que nuestras mejillas se encuentren y él me agarra muy sutilmente por la cintura con una mano, a la vez que la otra acaricia un mechón de mi cabello.

—Así está mejor —susurra con sus labios rozando mi oído. Y ¿cuál es mi reacción? Tambalearme hacia un lado y no darme de bruces contra el suelo porque él me sujeta y me pega a su pecho con ímpetu. Miro hacia arriba y me encuentro con otra de sus sonrisas; en este caso: la socarrona pero siempre provocativa—. Estás preciosa.

—Gracias. —Trato de soltarme sin conseguirlo—. Esto es bastante inadecuado.

—Nunca se me ha dado demasiado bien el protocolo. —Ensancha la sonrisa y los ojos se le cierran y quedan envueltos entre unas finas líneas de expresión que solo lo hacen más atractivo.

«Camión, mátame ya y libérame de este suplicio».

—Pablo… —Trato de sonar insolente.

—Está bien. —Me deja libre y escapo de las garras del ogro más guapo y seductor que haya creado la madre naturaleza.

Le pido, de nuevo, que se siente y yo lo hago al otro lado de la mesa.

—¿Quieres algo de beber? ¿Un café?—Le pregunto con la garganta reseca.

—Un poco de agua, por favor. Para ti —especifica.

Ignoro su conato de broma, me llevo el teléfono fijo al oído y le pido a Mía que traiga un par de botellas de agua frías.

—Y bien, ¿qué deseas de mí exactamente?

—Esa pregunta es un poco jactanciosa.

—Es directa y sincera. Creo recordar que nunca te han gustado los rodeos.

Sonríe pérfido, echa la espalda hacia atrás en el asiento y apoya su tobillo derecho sobre la rodilla izquierda. Durante unos largos segundos no dice nada.

—Quiero hacer una gran fiesta para celebrar el cumpleaños de Allan. —Reacciono con una sonrisa al escuchar su nombre.

Abro mi agenda de notas y pregunto.

—¿Para cuándo sería?

—Dentro de un mes.

—Eso es demasiado pronto. Tengo muchísimo trabajo. Mejor llama a otra persona que pueda dedicarte el tiempo que necesitas.

—¿No te crees capaz de hacerlo? —me pica.

—Por supuesto que sí. Es solo que no me sentiría satisfecha con el resultado. Yo hago las cosas bien, o no las hago.

—Confío plenamente en ti. —Me clava la mirada y agarro el lápiz tan fuerte que casi lo rompo en dos mitades.

—Esta bien, pero será Joel el que se encargue de todo.

—Quiero que seas tú. Ya te lo he dicho. No confío en nadie más para esto.

—Pablo. Lo tomas o lo dejas. No tengo nada más que añadir. —Expreso en forma de ultimátum.

—Nerea —imita mi tono altanero—. Acepto si nos tomamos un café para cerrar el trato.

—Ya he desayunado.

Mira el reloj de su muñeca, un Tissot Couturier de acero con esfera negra, se levanta e introduce las dos manos en los bolsillos.

—Estupendo. Es hora de tomar una cerveza. Yo invito. Por las molestias.

Me froto la frente y no digo nada. Cuando levanto el semblante veo que me espera con la puerta abierta y la mano sobre la madera.

—No tengo toda la mañana. Estoy bastante ocupado —anuncia, tan serio que estoy a punto de reírme.

Lo pienso durante un puñado de segundos, tantos que no cabrían en una mano, suspiro, me resigno y ando hasta la salida recriminando al destino (y a Cristina) por qué lo tuvo que volver a poner en mi camino. Salimos a la calle y un sol de justicia cae sobre nuestras cabezas a modo de castigo. Me pongo las gafas de sol al mismo tiempo que lo hace él y pienso en lo que me gusta ese gesto y en lo bien que le quedan esas Ray-Ban modelo Aviador con cristal de espejo azulado.

—¿Conoces algún sitio bueno por aquí cerca, pero que no esté muy concurrido?

Asiento con la cabeza y le pido que me siga hasta llegar a Casa Suecia; un sitio de moda, pero que a estas horas aún no se ha llenado de gente. Nos sentamos en una de sus últimas salas y Pablo le pide al camarero dos cervezas.

—Yo prefiero una copa de vino. Blanco y seco, gracias —especifico.

Veo, casi a cámara lenta, como se quita la chaqueta de cuero y la cuelga del respaldo de la silla, se vuelve y me mira.

—Y… dime, ¿estudias o trabajas? —Pone la barbilla sobre una de sus manos, que apoya en la mesa con el codo, y se hace el interesante. Me río y giro la cabeza de lado a lado un número indeterminado de veces, dándome por vencida. Es incorregible— ¿Te estás riendo de mí? —Levanta las cejas haciéndose el indignado.

No. Me río de felicidad. Ese sentimiento aflora cuando tú estás cerca.

—Sigues siendo un payaso.

—¿Ahora me insultas?

—Los payasos hacen feliz a la gente. Deberías tomártelo como un cumplido —me expongo más de lo que sería aceptable.

—Vaya, te hago feliz. —Agranda la sonrisa y el brillo de sus ojos ilumina la sala. Yo me encojo de hombros y no tengo que cambiar de tema porque el camarero nos interrumpe y deja las bebidas sobre la mesa. Antes de desaparecer y dejarnos en la más estricta intimidad, nos pregunta si deseamos algo de comer.

—No, gracias. Eso es todo por ahora. —Pablo le responde con educación, pero me da la sensación que con un poco de prisa. Vuelve con nuestras bebidas antes de que nos dé tiempo a cruzar tres frases seguidas.

—Entonces es el cumpleaños de Allan. Veo que seguís siendo muy buenos amigos… —comento enigmática, girando en círculos el líquido de mi copa y llevándomela a los labios un segundo después.

—Casi vivimos juntos. Para mí es el hermano que nunca tuve. —Le da un sorbo a su cerveza y fija la vista en el botellín como si llevara impreso un secreto inconfesable.

—¿Y seguís compartiéndolo todo? —¿Hace falta que aclare que antes de soltar la pregunta ya me he arrepentido hasta de haber nacido?

—¿A qué te refieres? —Sonríe socarrón y clava la mirada en mis ojos.

—A nada en concreto. —Me quito una inexistente pelusa de mi pantalón.

—Si quieres saber algo, lo mejor es que lo preguntes.

Nos retamos con la mirada hasta que él suelta sin paños calientes:

—No tengo por norma hacer tríos con Allan.

—No es de mi incumbencia. —Dios. Me llevo el filo de mi copa a la boca y trago hasta apagar el fuego de mi garganta—. Y tampoco me apetece hablar de sexo contigo.

—A mí no me importa —expresa, seguro y rotundo.

—Ya, pero a mí sí.

—Los amigos hablan de cualquier tema y el sexo es uno muy divertido.

—No somos tan amigos —aclaro.

—Pero podemos volver a serlos. Venga, cuéntame algo íntimo y yo hago lo mismo.

—No. —Resoplo.

—Pues dime lo primero que se te venga a la cabeza.

Quiero tocarte.

—No.

—Vamos a pasar un rato muy divertido si solo contestas con monosílabos. —Sonríe de oreja a oreja.

—¿Sales con Dayana? —Suelto la pregunta sin pensarlo demasiado. Quiere conversación, pues prefiero esta.

—Sí.

—¿Y te acuestas con ella y con Allan?

—Qué morbosa eres. —Bebe y contesta—. Hemos hecho tríos, pero no me acuesto con Allan.

Unas tremendas ganas de vomitar me suben hasta la garganta, y, para terminar de arreglarlo, sigo lanzando preguntas que ni me van ni me vienen.

—¿Es tu novia?

—No quiero novias. Salí muy escaldado de mi última relación.

Me quedo muda durante unos segundos pensando en quién pudo ser la afortunada de compartir, aunque solo fueran unos meses o unos días, su tiempo y su cama con el hombre guapo y simpático que tengo delante.

—¿Tú has vuelto a hacer un trío? —contraataca.

—¡No! —casi grito.

Él suelta una carcajada muy sonora y yo me cruzo de brazos ante su reacción.

—Sebas jamás consentiría que otro hombre me tocara. Es muy… antiguo y territorial con estas cosas. —Casi tengo la necesidad de explicarme.

—Bah… El sexo es solo sexo.

Abro los ojos, sorprendida.

—¿Qué? —me pregunta, curioso, por mi inesperada reacción.

—Eso es mentira.

—No te entiendo. —Cabecea hacia un lado y me insta a que siga.

—Una vez me dijiste que nunca lo habías hecho con nadie que de verdad te importara, con ninguna mujer de la que estuvieras enamorado, y que no estabas seguro de ser capaz de soportarlo. —Obvio los detalles que envolvían el momento exacto en el que lo hablamos, como que sus brazos rodeaban mi cintura y su nariz olfateaba mi cuello haciéndome cosquillas, que era el cielo de Candem Town el que nos cobijaba, que fue la noche más mágica de mi vida y que minutos después le hice una mamada en el asiento de atrás de un taxi porque no pudimos esperar a llegar a su casa—. ¿Significa eso que ya lo has probado y sí que puedes hacerlo?

—No. Nunca he tenido la oportunidad de comprobarlo.

—¿Tú última novia no aceptó la proposición?

—Mi última y única novia me dejó y volvió con su marido. —Se hace un breve e intenso silencio entre los dos—. Fue inteligente. Yo era un niñato que dejaba de dar señales de vida cuando todo se complicaba y ella hizo lo correcto. —Sonríe, pero ni le llega a los ojos ni puede ocultar que mi decisión algún día le mortificó.

—Lo siento —musito.

—¿Por qué?

—Por todo lo que vino después.

—Me comporté como un imbécil cuando me dejaste, pero lo superé y… mírame. —Se señala el cuerpo—. Aquí estoy, convertido en todo un hombre que sabe lo que quiere.

—Tú siempre has sabido lo que quieres.

—Sí, pero nunca hacía lo correcto para mantenerlo a mi lado. Ahora he madurado —simula una voz mucho más grave de la que ya tiene—. Tengo más pelos en el pecho y no salgo corriendo en dirección contraria cuando no encuentro una salida.

—Ah, ¿no? ¿Y qué haces? ¿Abres un agujero a patadas? —Intento simular sus intentos por distender el ambiente.

—O a puñetazos…

Los dos rompemos en carcajadas y conseguimos lo que buscábamos: poder hablar del pasado sin ahogarnos entre tantos recuerdos amargos.

—He encontrado el telescopio que mis padres me regalaron de pequeña. ¿Recuerdas? Te lo conté, estoy segura. —Asiente con la cabeza—. Qué pena que esté roto, no consigo encontrar quien lo arregle.

—¿Por qué no compras otro? —Agarra el tercer botellín de cerveza que pide y bebe.

—Tal vez lo haga, pero no será lo mismo. Este es especial para mí. Pasamos mucho tiempo a solas. Es como… mi primer novio. —Miro mi segunda copa de vino.

—Odio ese telescopio —bromea—. Yo siempre quise ser tu novio.

—Eras un enano mocoso que lo único que hacía era molestarme.

—Te odiaba. Por eso siempre te golpeaba con mi balón. —Achina los ojos, juguetón.

—¡Lo sabía! —Lo señalo con un dedo—. ¡Lo hacías a propósito!

—Me encantaba cabrearte. Era la única forma de que te fijaras en mí.

—Pues solo conseguías que te detestara un poquito más. Me parecías insufrible.

—A mí me parecías increíble… como de otro planeta, irreal —declara, y casi me deja sin palabras.

Carraspeo.

—Siempre has sido un Don Juan. Hasta cuando no levantabas tres palmos del suelo.

—Recuerdo una vez que te vi en ropa interior. Creo que ese día tuve mi primera erección de forma consciente.

—¡Eso es asqueroso! —Alargo la mano y le doy un golpe en el hombro. Él atrapa mi muñeca justo cuando la voy a retirar y la rodea con sus masculinos dedos. Una corriente eléctrica me recorre el brazo y noto que él siente lo mismo. Los dos levantamos los ojos buscando los del otro.

—Dijiste que querías pedirme perdón. —Musito. Y viendo que no contesta, sigo—. ¿Por qué?

—Por esto. —Mira la unión de nuestras manos y, tras un puñado de segundos, nos separamos muy despacio.

Respiro y trago.

—Lo he pasado muy bien, pero debo irme. —Saco el móvil del bolso y miro la hora—. Tengo una comida de negocios en la otra punta de la ciudad dentro de media hora.

Pablo paga la cuenta en la barra mientras leo un mensaje de Joel en el que me dice que no caiga en la tentación y que follar fuera del matrimonio es pecado.

 

Yo: «Creía que veías con buenos ojos

echar una cana al aire sin que

se enterase nadie» 13:44

 

 

Joel: «Me equivoqué, queen.

Las divinas también erramos» 13:45

 

Yo: «Tranquilo. Jamás se me ocurriría

engañar a mi marido. Aunque el roquero

esté como un queso» 13:46 

 

 

Joel: «Eres mi diosa. Mereces

un altar por no caer en sus redes.

Todos los lunes te voy a hacer

una ofrenda de flores» 13:46

 

Suelto una carcajada por sus ideas florales y vuelvo a guardar el móvil de donde no debió de haber salido: el fondo de mi bolso.

—¿Vamos? —Pablo me señala la salida con un gesto de cabeza.

—Gracias por este rato tan divertido. Lo he pasado muy bien. —Digo sincera. Ha sido genial volver a hablar con él de manera distendida.

—Puedo llevarte adónde quieras. Tengo el coche justo a la vuelta de la esquina.

—No es necesario, pero gracias. Es muy amable por tu parte.

—No es amabilidad. Es lo que hacen los amigos, ayudarse.

—¿Ya somos amigos?

—De los mejores. —Me guiña un ojo y sonríe.

—Está bien. Acepto que me acerques, pero solo si te coge de camino. ¿Hacia dónde vas tú?

—Al norte de la ciudad. He quedado con los chicos.

Lo escruto con la mirada y me cercioro de que no miente. Ha dado en el clavo, sin embargo, es imposible que sepa hacia dónde me dirigía.

—Esta bien. Vámonos ya o llegaré tarde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page