La estrella de Nerea
Capítulo 18
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HELP
Conduzco mientras en la radio suena Help de The Beatles. A mis oídos llega tenue el susurro de la letra de la canción de la forma más inspiradora que puedo imaginar. Nerea mueve los labios tarareando la melodía a la vez que sus ojos se pierden en el fondo de la avenida que cruzamos. Me pone nervioso; su presencia, su calor, su cercanía. Y me da miedo; muero de pánico al pensar en no volver a verla. Supongo que ahora mismo estoy faltando a mi palabra, esa que me di cuando la encontré de nuevo y me prometí que no la dejaría entrar en mi vida, no de la forma en que un día lo hice. Pero algo me sujeta a ella, una fuerza que no comprendo me empuja a tenerla cerca.
«Que no podamos follar juntos, no significa que no podamos ser amigos», me digo.
Un recuerdo fugaz me cruza la mente e, inconscientemente y como acto reflejo, sonrío.
—¿En qué piensas? —Me pilla desprevenido. Levanto las cejas y ella insiste—. Puede que llevemos tres años sin vernos, pero conozco esa sonrisa. —No la miro, pero sé que ella tiene los ojos puestos sobre mí.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué clase de sonrisa es?
—La triste que pretende no serlo. —Vuelve la vista al frente y suelta la frase apagando el sonido hasta llegar al final, como arrepintiéndose de haberlo dicho conforme habla.
—Es solo algo que se me ha venido a la cabeza de repente.
—¿Y puedo saber qué es? —pregunta con una distracción fingida.
—Recordaba lo que me costó que fuéramos amigos hace tres años. Al principio me trataste a patadas. —Giro la cabeza, la miro y le sonrío abiertamente—. Como siempre lo habías hecho. No había cambiado nada.
—¡Eso no es cierto!
—Claro que sí. Me soltaste algo así como que era amigo de Cristina, no tuyo. ¡Fuiste muy borde!
Ríe sin contenerse e ilumina todo el interior del coche. Podría mirarla siempre.
—Venga ya. No seas llorica. Supiste defenderte, has sabido desde pequeño. Tienes un ego a prueba de bombas.
—No creas. Lo pasé muy mal durante un tiempo. —Hago un mohín, fingiéndome una damisela en apuros.
—Ya, imagino —arruga el entrecejo, divertida.
—¿No me crees?
—No —contesta sin dudar—. Estoy segura de que sabías que caería en tus redes. —Abre los ojos y pone los labios en una fina línea. Señala a la derecha—. Es por aquí.
—¿En mis redes? —Giro el volante en esa dirección—. ¡Si fuiste tú la que se abalanzó sobre mí en el ascensor!
—¡Eso es mentira! ¡Me acorralaste! —Suelta una carcajada.
—Me parece increíble que no recuerdes cómo fue realmente. —Finjo que estoy dolido y la provoco. Sé muy bien lo que pasó aquella noche. Nunca jamás podré olvidar lo que sus besos me hicieron sentir.
—¿Cómo tienes tanta cara? Sabes perfectamente qué pasó. A mí no se me olvida.
—¿Ah, no? —Sigo chinchándole.
—Pues no. Que lo nuestro no funcionara no significa que pueda olvidarme de nuestro primer beso. —Se pone colorada y a mí me dan ganas de acariciarle la mejilla—. Sigue recto y para a doscientos metros. —Termina con un tono mucho más rudo. Algo ha ocurrido y no sé el qué.
Detengo el coche junto a la acera y bajo el volumen de la radio. La voz de John Lennon se pierde en el ambiente.
—Gracias por traerme. —Parece molesta. Desabrocha su cinturón de seguridad y hace un gesto para abrir la puerta e incorporarse.
—No te enfades. —Mi voz la frena.
—No estoy enfadada. —Trata de parecer neutral, pero el tono la delata.
Mantiene la vista perdida en sus manos.
—Mírame, Nerea. —Me hace caso y mis ojos chocan con los suyos—. Recuerdo aquella noche como si fuera hoy. Llevabas un vestidito negro que casi me vuelve loco. Corrimos bajo la lluvia, nos mojamos y te dejé mi chaqueta para que no pasaras frío. Detuve el ascensor porque tenía tantas ganas de besarte que, si seguía sin hacerlo, me moría. Dijiste que me deseabas y en ese momento me sentí el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra. Me acuerdo de todo, pero ¿sabes qué es lo que tengo grabado? —Niega casi imperceptiblemente con la cabeza—. El brillo de tus ojos.
Un silencio espeso nos rodea y los latidos de nuestros corazones rebotan de lado a lado como partículas buscando espacio.
—Será mejor que me vaya. —Agarra el bolso con fuerza y abre la puerta.
—Nerea. —Le agarro de la muñeca sin presionar y la insto a que me mire de nuevo—. Nunca se me olvidará nuestro primer beso. Pero no fue ese. —La suelto del agarre, me mira contrariada durante un par de segundos y sale disparada fuera del coche.
Me quedo sin moverme hasta que desaparece dentro de un restaurante y respiro varias veces auto convenciéndome de que no la he asustado. A veces, con ella, todo se pone muy intenso de repente. No busco que sea así y sé que Nerea tampoco; sin embargo, me cuesta mantenerme distante, neutral y frío si la tengo cerca. Mi cuerpo reacciona al estímulo de algo que le gusta mucho. Esto pasa a cualquier edad desde tiempos inmemoriales.
Me planteo pasar de los chicos e ir a casa de Dayana. O quizás sea buena idea olvidarme de ella durante un tiempo prudencial. Después de pensarlo varios minutos, (y desechar mi otro plan: pasarme por la productora y tirarme a Sam), arranco el coche y llego a su apartamento en menos de quince minutos. Me abre la puerta con una sonrisa provocativa y un conjunto de ropa interior que le hace juego a la perfección.