La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 19

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CON CALMA

 

 

 

Salgo de una reunión tediosa en una de las Torres Kio. Ha sido una tortura de más de cuatro horas que casi termina con una muerte lenta y dolorosa. Por fortuna, sobrevivo, aunque casi ninguno de mis sentidos quedan indemnes. Me duele tanto la cabeza que el leve barullo que se levanta sobre la acera se convierte en un taladro gigantesco haciendo un agujero en mi sien. La masajeo, me pongo las gafas de sol y camino hasta una farmacia cercana a comprarme un analgésico para caballos. Hacía mucho tiempo que la migraña no se acordaba de mí. Busco una cafetería solitaria y tomo asiento en su esquina menos iluminada. Me relajo con una botella de agua natural y cierro los ojos. Tardo más de media hora en encontrarme un poco mejor. Saco el móvil del bolso al recordar que tengo una comida con un promotor muy importante y llamo a Joel para que cambie la cita para mañana.

—Si quieres voy yo, queen.

—¿De verdad no te importa?

—Claro que no. Tú, vete a casa y descansa.

—Gracias. Te lo agradezco. No me encuentro muy bien.

Cuelgo y me doy cuenta de que tengo varias llamadas de Cristina y algunos mensajes de WhatsApp. Todos son de hace más de dos horas.

 

Cristina: «Ne, necesito que vayas a mi casa ¡ya!

Me ha llamado el presidente de la comunidad.

Se ha debido romper una tubería» 10:39

 

«Joder. Se me van a ahogar los zapatos.

Eres como para una urgencia.

Te he llamado unas cien veces» 10:56

 

«Dime que vas de camino a mi casa y

que has podido salvar mi cámara de

fotos nueva. Está sobre la cama pequeña» 11:17

 

Le devuelvo la llamada repetidas veces, pero no consigo contactar con ella. Cojo un taxi, voy a mi casa y busco la llave del zulo de mi hermana en uno de los cajones de la cocina. Concha limpia la alfombra del salón con la aspiradora sin cables y “silenciosa”, sin embargo, tengo que decirle que pare hasta que me vaya porque el dolor de cabeza persiste, sin llegar a desaparecer del todo. Lo único que me apetece es meterme en la habitación a oscuras y cerrar los ojos unas horas, pero es posible que las aguas residuales de mi hermana estén esparciéndose por todo el piso, así que busco fuerza de donde no la hay, paro otro taxi y le doy la dirección de Cristina.

El portal no me da pistas sobre lo que ha podido ocurrir en su apartamento, aquí todo parece normal y no encuentro nada fuera de su sitio. Subo hasta el segundo piso y un helecho (El Helecho) muerto me da la bienvenida. Nada de agua, nada de olores inmundos. Giro la llave de la cerradura y me sorprende que solo dé una vuelta. O la descerebrada de mi hermana no cerró bien al irse de viaje de novios, o alguien de la comunidad ha entrado a arreglar el desaguisado. Cabe la posibilidad de que hayan avisado al dueño de la vivienda, ya que yo no daba señales de vida, y él se ha encargado del problema. Entro mirando alrededor, buscando algo que me indique qué ha pasado aquí, o si ha pasado algo. El salón está intacto, sofá en su sitio, puf a un lado, una pequeña mesa y un par de sillas a otro. Cocina de metro y medio perfecta. Habitación pequeña con cámaras de fotos sobre la cama que siguen vivitas y coleando. Habitación grande con las sábanas un poco revueltas, pero ninguna señal que indique que aquí ha habido una inundación. Giro sobre mis talones para salir del dormitorio cuando un ruido en el salón me hace detenerme en seco. Me tapo la boca antes de preguntar si hay alguien ahí y darle pistas al ladrón-asesino a ubicarme y matarme, y asomo la cabeza despacio por el vano de la puerta sin divisar posibles criminales en potencia. Me decido por salir y comprobar que solo me estoy volviendo loca y nadie va a clavarme una estaca en el corazón ni me refregará ajos por la cara. Un solo suspiro me da tiempo a soltar, porque suena otro golpe, ahora en el diminuto baño. Dos veces. No pueden ser imaginaciones mías. No se me ocurre salir del piso y llamar a la policía. No. Haciendo alarde de mi maestría a la hora de tomar decisiones bajo presión y corroborar que sí que estoy un poco perturbada, me meto en la cocina, abro el cajón de los cuchillos (en el que solo encuentro tres), cojo el más grande, lo alzo delante de mi pecho, a la altura de mis hombros, y se me ocurre decir, (por favor, que no me juzgue nadie):

—Tengo un cuchillo. —Sí. Hasta aquí llegan mis dotes de heroína. Mi defensa no se va a basar en pillar desprevenido al intruso. No, no. Yo le describo lo que pienso utilizar como arma contra él. Me ha faltado especificarle los centímetros de la hoja.

Comienzo a escuchar el sonido de unos zapatos de hombre (robusto, con coleta, una cicatriz en la cara, tuerto, de dos metros y con una pistola en la mano) que vienen en dirección a mí. (Todo los detalles anteriores los ha diseñado mi desbordante imaginación. Hasta lo visualizo con un abrigo negro largo hasta los pies y unos guantes de piel del mismo color).

Observo la hoja afilada, que mantengo delante de mí, temblar al ritmo constante y cada vez más rápido de mis manos. Dos gotas de sudor resbalan por mi frente y, a punto del infarto me encuentro, cuando un hombre (este mucho más guapo) se detiene bajo el quicio de la puerta. La respiración se me corta del susto y tengo que contenerme para no abalanzarme sobre él (y besarlo. No. Estoy de coña) y no clavarle la punta donde creo que está el corazón.

—Nerea. ¿Qué haces? —Pablo levanta ambas cejas y me mira extrañado.

Pues nada. Pasaba por aquí. ¿Tú qué crees?

—Joder. Deja de asustarme así. Un día me vas a matar de un infarto.

—¿Qué haces con ese cuchillo en la mano?

—Pensé que eras un ladrón. —Lo dejo sobre la encimera y desconecto nuestras miradas. La intensidad de la suya supera con creces los recuerdos que tengo de ella.

—¿Ibas a defenderte con eso? —Lo señala.

Me aparto un mechón de pelo y lo ignoro.

—Puedo enseñarte defensa personal si quieres. —Deja una especie de tornillo que trae en las manos en el fregadero y se pega demasiado a mí. Tanto que su olor me llega a marear y opto por salir de ese cuchitril que Cris tiene por cocina y respirar aire descontaminado en el saloncito.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, abriendo la puerta del balcón y dejando entrar un poco de brisa del mediodía.

—Cris me llamó. Salía agua por una tubería del cuarto de baño. ¿Y tú?

—También me llamó. Pero no pude hablar con ella. He venido en cuanto he podido. Creí que me iba a encontrar el Titanic hundiéndose, pero veo que no ha ocurrido nada.

—No te creas. Cuando llegué, el agua del baño llegaba hasta aquí. —Señala el suelo.

—¿Y cómo lo has arreglado todo?

—Llamé a un fontanero. Y Allan y yo llevamos recogiendo agua desde hace dos horas. Se acaban de marchar. Tú has debido entrar mientras sacaba dinero para pagarle. —Frunzo el ceño—. Al fontanero —aclara—. Allan me lo cobrará en cervezas.

—¿El piso no tiene seguro?

—No. Ya he hablado con el dueño.

—Pues debería tenerlo. Hablaré con Andrés, es abogado, a ver si puede hacer algo.

—Por lo visto es obligación de tu hermana.

Bufo, me tiro sobre el sofá, agacho la cabeza y me toco la sien con los dedos. El dolor de cabeza vuelve a visitarme. En realidad no se fue, solo se escondió agazapado para volver a palpitar y fastidiarme. Cierro los ojos y arrugo la frente.

—¿Estás bien?

—Sí. Solo me duele un poco la cabeza.

—¿Mucho estrés? —Lo escucho más cerca.

—Migrañas.

—¿Puedo ayudarte?

—Solo necesito oscuridad, silencio y un poco de tiempo. —Me echo hacia atrás y apoyo la espalda en el sofá.

Escucho que baja la persiana despacio, con mucho cuidado, también llega hasta mis oídos varios golpecitos de madera que me hacen sospechar que está cerrando puertas. Abro un poco los ojos, dejándolos en una fina ranura y observo que me rodea la oscuridad que tanto deseaba.

—¿Quieres acostarte en la cama? —susurra Pablo delante de mí.

—No… —Niego con la cabeza casi imperceptiblemente.

—¿Necesitas que me quede contigo? —Vuelvo a hacer el mismo gesto—. Vale —sigue en susurros—. Pues me voy, tengo una reunión importante.

El final casi ni lo escucho. Me quedo en un duermevela donde los sueños vienen y van. Imágenes de Pablo cerrando la puerta, estrellas que brillan en el cielo y en el techo, Pablo volviendo a entrar, ruido muy leve y lejano en la cocina, su olor mezclándose con el mío, una caricia en el pelo, calor, mucho calor, gotas de agua resbalar por la mesa, mi respiración, la suya, el leve murmullo de la calle, otra caricia, esta vez muy cerca de mis labios…

Abro los ojos despacio, con cuidado de no deslumbrarme, pero solo encuentro una tranquila y sosegada penumbra que casi no me deja ver. Respiro y siento un calor conocido y reconfortante a mi lado. Mis ojos, poco a poco, se acostumbran a la semi oscuridad y consigo distinguir su cuerpo inmóvil muy cerca del mío. Pablo duerme plácidamente sentado a mi lado. Tiene la cabeza apoyada hacia atrás y me doy cuenta de que la mía descansaba sobre su hombro. Me permito recrearme en su casi inconcebible belleza varonil. En sus grandes manos, sus dedos, el anillo que lleva en un dedo pulgar. En las muñecas, en las que ya se atisban sus tatuajes. Sus fuertes brazos y anchos hombros. La poblada barba que rodea sus labios de caramelo. Las pestañas que definen el contorno de sus preciosos ojos, las cejas que lo dibujan, su pelo alborotado de tanto tocárselo. Se remueve un poco, me asusto y me hago la dormida. Siento que vuelve a balancearse a mi lado y escucho una larga y sosegada respiración. Se levanta, abro los ojos disimuladamente y lo observo desaparecer en la cocina. Unos segundos después vuelve a salir y cierro los párpados sin apretar demasiado. Posa sus manos sobre mis rodillas y se agacha.

—Nerea —musita muy bajito—. ¿Estás despierta?

—No —respondo en el mismo tono.

Lo escucho sonreír y soltar un poco de aire.

—Son más de las seis. No has comido.

Abro los ojos y lo encuentro frente a mí. Con esa sonrisa de medio lado, el pelo despeinado y su perfecta tez morena demasiado cerca de la mía.

—¿Estás mejor? —sigue él porque yo me he quedado muda. Ese gato que me comía la lengua cuando Pablo andaba cerca vuelve a aparecer.

—Mucho mejor. —Me incorporo un poco hacia delante y… ¡error! Su olor perfora mi pecho y en mi mente solo se reflejan recuerdos bonitos. De esa época en la que pasar las horas a su lado era como un viaje a otra dimensión.

—¿Te apetece comer algo?

—Sí. —Miro sus manos que aún están sobre mis piernas y durante unos segundos ninguno dice nada. Pablo actúa primero, levantándose y sugiriendo que nos tomemos al menos un café.

—Tal vez Cristina tenga algo en los armarios. —Me pongo de pie.

—Nada comestible. Ya he mirado. —Señala la cocina detrás de él.

—¿Qué haces aquí? Creí que te habías ido. Dijiste que tenías una reunión importante.

—Sí. Llevas razón. Pero llamé para anularla y me quedé contigo. Me daba mal cuerpo dejarte así. —Mete las manos en los bolsillos de su vaquero y se balancea.

—No tenías por qué. Sé cuidarme sola. —Le informo sin ningún tipo de acritud aunque sé que algunas veces me sale ser borde con él.

—No lo dudo. Pero los amigos cuidan de los amigos.

Me viene a la mente una verdad como un templo y cruel como el villano de los villanos: Pablo, con este gesto, ya me ha cuidado más que mi marido en mucho tiempo. Hasta me ha antepuesto a su trabajo.

—Gracias —manifiesto por fin.

—No tienes por qué darlas. Tú también lo harías por mí. —Sonríe pícaro—. Venga. Y ahora, para terminar mi misión de mejor amigo, voy a invitarte a comer. —Introduce las manos por su chaqueta de cuero que tenía sobre una esquina del sofá.

—Dirás a merendar. —Voy hasta la silla y cojo el bolso.

 

Tomamos asiento en una de las mesitas de Celisioso Hortaleza, un restaurante y cafetería que se sitúa muy cerca del piso de mi hermana. Casi todo el local lo adornan los cientos de cupcakes que elaboran, de todos los colores y sabores. Pedimos dos cafés y dos magdalenas y, mientras nos sirven, hacemos alusión a lo bien que huele en todo el establecimiento. Me doy cuenta que dos chicas apostadas muy cerca de la barra no le quitan ojo de encima.

—Esas dos chicas te miran —comento como mera información. Él sonríe y no le da importancia.

—¿Te molesta? —me pregunta, clavando su mirada en la mía.

—¿Por qué tendría que molestarme? —Se la mantengo sin miedo y él se encoge de hombros y le da vueltas al servilletero—. Supongo que estás acostumbrado.

—Bueno. Digamos que es parte de mi día a día.

—¿Ahora te gusta la gente?

—No, pero he aprendido a tomármelo con calma.

—Has aprendido muchas cosas durante estos años.

—No me quedaba más remedio. Me encanta mi trabajo. Y acepté que lo que yo veía como partes malas, solo lo hacen más interesante.

La camarera llega con nuestro pedido y lo deja sobre la mesa. Nos desea que lo disfrutemos y se va con una sonrisa dibujada en el rostro.

—Me alegra verte tan bien. —«Se nota que me has superado». Claro, esto último me lo callo.

—Tú estás muy bonita. Como siempre.

—Tú también.

—¿Estoy bonita? —sonríe.

Lo miro y le imito el gesto.

—Has… cambiado. —Le doy un sorbo al café.

—¿Y eso es bueno o malo? —Levanta una ceja, divertido.

—Bueno. Sin duda.

—Tú, sin embargo, sigues exactamente igual.

—¿Y eso es bueno o malo?

Me clava la mirada y levanta la comisura de la boca, perverso.

—¿Te soy sincero o políticamente correcto?

—¿Tengo opción de elegir?

—Siempre tenemos opción.

—Creí que siempre eras sincero. Eso me gustaba de ti.

—¿Solo eso? Me estás dejando el ego por los suelos. —Abre mucho los ojos y finge estar dolido.

Suspiro.

—Seguro que voy a arrepentirme de esto, pero… prefiero la sinceridad.

—Pues es muy malo, Nerea. Ya me volviste muy loco una vez…

Silencio.

—Pablo… Yo… Lo siento, de verdad. No quise que termináramos así.

—No tienes que pedirme disculpas cada vez que hablemos. No hay nada que perdonar. Hiciste lo correcto. Yo era un gilipollas. —Destensa el ambiente que hemos creado durante unos segundos.

—Sigues siéndolo —apunto muy seria.

Un momento después soltamos unas buenas risotadas y nos dedicamos a comer el cupcake. Lo miro dos o tres veces de reojo y estoy a punto de hablar en unas cuantas ocasiones, pero me freno.

—Venga, dilo.

—¿El qué? —Pregunto con la boca llena de nata.

—No lo sé. Lo que estás deseando saber. —Le da el último sorbo a su café.

—Si quisiera saber algo, lo preguntaría, ¿no?

—Pues hazlo. ¿Qué te da miedo? —Se echa hacia delante y apoya las dos palmas sobre la mesa.

Cojo aire y lo expulso, me limpio la comisura de la boca con una servilleta de papel y la dejo sobre el plato en el que solo quedan migajas de galleta.

—Cuando lo dejamos, me dolió mucho verte tan perdido. Algunas veces tuve que prometerme no llamarte. Incluso dejaba el teléfono en casa para no hacerlo. Me destrozaba ver en las revistas y programas de televisión todo lo que decían de ti… Todo… lo que hacías… No sabía… —Comienzo a tartamudear, dudando sobre cómo seguir—. ¿Es cierto? ¿Es cierto todo lo que decían?

—No. Ya te lo dije una vez. Los medios cuentan lo que les da la gana.

—¿Te drogabas? —La cuestión sale de mi boca tan rápida como la bala disparada por una Smith & Wesson.

—Sí. Antes de lo nuestro solo fumaba Marihuana.

—Entonces, ¿fue por mi culpa? —Mi semblante se vuelve serio y afligido. Agacho la cabeza y los párpados caen como si de su pareja de baile se tratara.

—No —responde rotundo—. Nerea. —Me agarra una mano y me la aprieta—. Tú no tuviste nada que ver. Las malas decisiones de aquella época las tomé yo. Ni tú ni nadie son responsables de mis actos. Era un niñato insoportable que pensó que podía hacer lo que le diera la gana sin que hubiese consecuencias. Ya te lo he dicho, fui un gilipollas de mucho cuidado. —Silencio—. Mírame —me pide. Lo hago y su azulada mirada me recibe. Durante un puñado de segundos ninguno decimos nada. Encuentro tanta paz en ella que me relajo.

—No eras gilipollas. Eras la persona más amable, simpática, cariñosa y atenta que había conocido en mi vida. —El calor de la palma de su mano me quema sobre la piel de mi muñeca. Puedo escuchar mi respiración, el palpitar de su corazón y todas las cosas que queremos decirnos, pero preferimos dejarlas guardadas sobrevolando alrededor. Intensidad, eso notamos los dos presionando sobre nuestros pechos. Pablo opta por retirar su mano y alejarnos unos centímetros.

—Me alegra que me recuerdes así. Hubo momentos muy intensos después.

—Sí. En uno de esos me dijiste que te había hecho un desgraciado y que tu carrera musical estaba a punto de acabar porque por mi culpa no eras capaz de escribir una maldita canción. —Suelto de sopetón y con las cejas levantadas, sin brusquedad.

—¿En serio te dije eso? No lo recuerdo. —Frunce el ceño y ladea la cabeza de una manera muy sexi.

—Terminaste echándome de tu casa, gritando algo así como que era la peor persona que habías conocido.

Se tapa la cara con las manos y bufa. Un momento después, las retira y me mira culpable.

—Joder. ¿Ves como era un gilipollas?

—Sí, la verdad es que sí. —Me cruzo de brazos y tuerzo la boca en un gesto divertido, hasta que lo cambio a uno afligido cuando recuerdo lo que «Sin ti mi música no suena» me hizo sentir—. Pero lo lograste. Conseguiste escribir canciones maravillosas, aunque una de ellas me atormentó durante mucho tiempo.

Me clava la mirada y veo cómo traga con dificultad.

—Perdóname. Por todo.

—Lo hice antes de salir de allí.

—¿Por qué?

—Porque entendía tu dolor y… —me pienso dos veces lo que digo a continuación— porque te quería.

Mi última frase consigue que el barullo de la sala se deje de escuchar y un silencio (sin cargas, ligero) nos acompañe. Pablo se mueve, respira, apoya el codo sobre la mesa, se toca el cabello agachando la cabeza unos centímetros, cierra los ojos, vuelve a respirar y… cuando creo que va a decir algo, se levanta, deja unos billetes sobre la mesa y me pregunta si me apetece fumar.

Salgo a la calle detrás de él, llego a su lado y ya se está encendiendo un cigarrillo. Me ofrece uno, me lo llevo a la boca y me acerca el mechero prendido. Doy una calada y miro al frente, donde un grupo de niños juegan con un balón.

—Pablo… —Me gustaría decirle tantas cosas. Aún pesan sobre mí kilos de culpabilidad.

Suena mi teléfono móvil en el bolso. Lo cojo y leo en la pantalla el nombre de Sebastian. Dudo si atenderlo o no, sin embargo, el semblante serio de Pablo consigue que la balanza se incline por guardarlo e ignorarlo, al menos de momento. En cuanto pueda lo llamaré.

Los niños que dan patadas a la pelota, llegan hasta donde estamos y corretean alrededor. Sonrío al comprobar la felicidad que irradian los ojos de cada uno de ellos, no obstante, el gesto se me corta a cámara lenta cuando me doy cuenta de lo incómodo que los mira Pablo.

—Creí que te gustaban los niños.

—Y me gustan, pero solo para un ratito.

—Dijiste que querías ser padre algún día.

—Me encantaría ser padre, pero para eso necesito a una mujer, y aún no la he encontrado. Creí haberlo hecho una vez, pero me equivoqué. —Manifiesta, como siempre, sin tapujos, mirando al frente y echando el humo por la boca.

—Vaya, lo siento. No lo sabía. —Miro al suelo.

Gira la cabeza hacia mí.

—Claro que lo sabes, Nerea.

—Si te equivocaste, no era la apropiada. —Levanto el semblante y me atrevo a enfrentarme a él.

—Entonces, ¿por qué nadie me ha hecho volver a quererlo todo?

—Quererlo todo es querer demasiado. La ambición es el último refugio del fracaso. —Cito a Oscar Wilde.

—Estoy de acuerdo con Wilde —reconoce la frase al instante—, pero yo no ambicionaba nada. Solo quería una cosa. A ella. Ella era mi todo.

Trago saliva, varias veces, y trato de mantenerme cuerda lo que queda de día.

—Algún día la encontrarás. Estoy segura. —Doy una última calada y lo apago en el cenicero de la mesa que está a mi lado—. Te veré en la televisión, subido a un yate de doscientos metros de eslora, sonriendo, con tu mujer y tus ocho hijos, dos pájaros, un gato y tres perros. —Lo miro y ensancho la sonrisa. Durante un instante me parece que no he conseguido mi objetivo con mi intento de broma, pero Pablo solo tarda un segundo en deslumbrarme con su espectacular sonrisa.

—¿Ocho hijos? ¿No te parece excesivo? —Arruga la frente y en los ojos le salen unas especies de arruguitas la mar de sexis.

—¿Cuántos quieres tener?

—Mi madre siempre me ha dicho que eso dependerá de los problemas que me dé el primero.

—Tú madre es muy sabia. ¿Por eso solo te tuvo a ti? ¿Le diste mucha guerra y se plantó?

—Yo siempre he sido un santo. —Pone cara de bueno.

—Sí, seguro. —Me abrocho la chaqueta y levanto el mentón.

—Vámonos. Está empezando a hacer frío. —En contra de todo pronóstico, me rodea los hombros con su brazo derecho y me pega a él.

—Pablo, ¿qué haces?

—Nada. —Caminamos así.

—Me estás abrazando. —Lo miro con una ceja arqueada.

—Esto no es un abrazo. Solo te arropo.

No quiero que te enfermes.

Le agarro la mano y me la quito de encima.

—Qué arisca eres. —Sigue.

Atisbo por el rabillo del ojo la sonrisa perversa que se dibuja en su boca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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