La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 20

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COMIÉNDOTE A BESOS

 

 

 

Llego a casa pasadas las nueve de la noche. Pablo ha insistido en acercarme en su coche, pero me he negado en rotundo y, después de una tediosa conversación en la que cada uno ha expuesto las razones por las que creía que tenía razón, he subido a un taxi que pasaba por allí casi pegando un salto.

¿Lo mejor? Verlo sonreír desde la ventana mientras me alejaba.

¿Lo peor? Alejarme.

 

Qué casualidad que Sebastian hoy me espera, y con el hacha levantada. Llevamos unos días bastante bien. Si con bien se entiende que no discutimos. Claro que eso incluye que casi ni hemos hablado. Lo encuentro en la cocina, con un vaso de whisky en la mano y un puro habano en la otra.

—¿Dónde has estado? He ido a tu oficina y Joel me ha dicho que no te encontrabas bien y que habías decidido marcharte a casa. —Habla con una entonación plana, demasiado, tanto que me pone nerviosa.

—Y eso hice —dejo el bolso sobre la encimera—. Pero Cristina me llamó y tuve que ir a su piso a ocuparme de un problema.

—Te he llamado.

—Lo sé —respondo escueta. No quiero mentir a mi marido— ¿Qué te apetece cenar?

—Ya he cenado. —Sale de la cocina y lo sigo.

—¿Adónde vas? —Casi grito al verlo perderse por el pasillo. No sabría decir si me contesta y no lo escucho, o no lo hace; así que entro en nuestro dormitorio y veo el vaho de la ducha escaparse por la ranura de la puerta cerrada. La abro y le vuelvo a hacer la misma pregunta.

—He quedado con uno de los nuevos socios.

—Es tarde. —Casi protesto y espero una respuesta por su parte, sin embargo, no llega.

 

Me preparo un zumo de naranja y corto algo de fruta. Nada mejor que una cena ligera después de un día intenso. Sebastian cruza el salón diez minutos más tarde, vestido con traje, perfume del caro, el pelo engominado y un montón de prisa que no entiendo de dónde sale.

—Me voy —me informa cogiendo las llaves de su coche.

—No deberías conducir. Has bebido.

—Gracias por preocuparte por mí —replica con cinismo y casi sin mirarme.

Suspiro y opto por callarme.

—Ten cuidado, por favor. Coge un taxi a la vuelta.

—Estaré bien. —De dos grandes zancadas cruza el vestíbulo y lo último que escucho es el golpetazo que da la puerta al cerrarse.

 

Un par de días pasan hasta que Sebastian y yo volvemos a mantener una conversación cordial. Se basa en planificar cuándo podemos sentarnos y hablar de las vacaciones. De ese viaje que tenemos pendiente de realizar con Andrés y Carol. El tema lo saca él, claro. A mí sigue sin apetecerme meterme en un barco con una persona que se ha convertido más en un desconocido que en un marido.

 

—No lo veo, Carol —manifiesto a mi amiga lo reacia que soy a hacer un crucero en estas circunstancias. Mi matrimonio va de mal en peor, y el de ella, recordemos, no pasa por su mejor momento.

—Tal vez lo necesitamos —alega, siempre optimista y buscando soluciones, mientras se prueba un par de zapatos en una tienda de la calle Serrano.

—Lo que vosotras necesitáis es echar un buen polvo. —Vocifera Ro desde casi al otro lado del local.

La dependienta y dos clientas, que bien podrían ser clones de Pipita Ridruejo, nos miran como si estuviéramos a punto de robar a punta de pistola y en el acercamiento pegarles la lepra.

—De todas formas, ahora no puedo. Tengo más eventos que la Reina. —Tomo asiento a su lado y me pruebo unas sandalias nude y tacón dorado.

—Alguna semana podrás tomarte libre. Eres la dueña de la empresa.

—Al final Joel me abandonará y creará la suya propia. —Me pongo de pie y observo en un espejo la maravilla con la que me he calzado.

—Ese hombre no te abandonará jamás. Te ama.

—Pues debe ser el único —apostillo, sin intención de que lo escuche.

—Trece años dan para mucho, cariño. Tal vez sea una mala racha.

—Una de esas que nunca terminan. —Vuelvo a sentarme, suspiro y me quito los zapatos.

—Te quedan perfectos. Quédatelos.

—¿Y tú? ¿Cómo lo llevas? ¿Los peques te siguen dando mucha guerra?

—Son unos demonios. No sé qué hacer con ellos.

—Cómetelos.

—Seguro que me da una indigestión.

Nos reímos sin contenernos cuando Rocío llega hasta nosotras con cuatro bolsas y tres piruletas.

—Tomad. Me las ha dado la dependienta. Por lo visto vio la última serie que hice. —Nos la ofrece. Yo la abro y me la meto en la boca—. ¿Os lleváis algo o no? Aún nos quedan varias tiendas que visitar.

—Yo os dejo. Tengo que volver a la oficina —apunto, mirando el reloj de mi muñeca.

Me despido de ellas en la puerta de una tienda de joyería en la que Rocío desea entrar para mirar anillos de cincuenta mil euros que jamás podrá comprar. Dice que se conforma con probárselos y soñar que conoce a un multimillonario cañón y con un «pollón de dos metros», cito palabras textuales.

—En realidad lo conseguiré yo solita. Algún día seré una estrella de Hollywood y viviré en una mansión con veintidós habitaciones y treinta cuartos de baño.

Le doy un beso y le pido que me llame esta semana para tomar un café. Tengo que hablar con ella sobre el hecho de que está tirando por la borda y por las razones equivocadas una relación duradera y que funcionaba. Estoy segura de que está preparada para tener un bebé y que será una gran madre algún día. A muchas personas les da miedo crear una familia y darse cuenta mucho tiempo después de que no era lo que realmente querían, pero a veces hay que tirarse a la piscina sin comprobar que el agua supera el medio metro, aunque al final no salga bien y te estampes contra el fondo de una manera funesta y deshonrosa. Hay que dar pasos hacia delante. Avanzar. Caminar sin contar, solo darlos hasta llegar al lugar.

—Tienes que estar en Callao dentro de media hora. Eduardo Valderas te espera —me informa Joel nada más pisar mi despacho.

—Dime que encontraste las flores que pidió. —Casi suplico mientras cuelgo la chaqueta en el respaldo de mi silla.

—Claro que sí, reina. Las envían directamente desde un pueblecito de Francia.

—Esta bien. Siéntate y dime qué falta. Hagamos un repaso de los detalles. Esta boda es muy importante. —Muevo el ratón con la mano y la luz de la pantalla del ordenador ilumina mi cara.

—Ahora no puedo. He quedado con Pablo dentro de cinco minutos. —Asegura.

Enmascaro mis ganas de preguntarle por él y abro el correo. Veo uno del fotógrafo de la boda de Cristina.

—De acuerdo. Pues mañana por la mañana. —Descargo varias fotos y las guardo en una carpeta que creo expresamente para eso.

—Esta bien. ¿Necesitas algo más? No creo que vuelva aquí.

—¿Adónde vas? —Nombro la carpeta: Cristina y Lucas.

—Ya te lo he dicho, virgencita. Voy a enseñarle varios locales al roquero.

—Ah, vale. Hasta mañana. —Me despido sin levantar la vista del pc.

Lo escucho caminar hasta la puerta con ese contoneo que lleva siempre.

—Joel. —Lo llamo antes de que desaparezca.

Gira como una diva y sonríe pérfido.

—¿Si, queen? 

—Pórtate bien.

—Sabes que no lo haré.

Me quedo más tranquila al saber que Pablo no aparecerá por aquí y me pongo a ver las fotos de la boda. Cristina y Lucas justo antes de dar el «sí, quiero», riendo mientras le tirábamos pétalos de rosas blancas, bailando bajo un millar de luces, mi hermana y yo bailando en medio de la pista, mis padres con unos amigos, mi hermana besando a Pablo y éste abrazándola con cariño…

—¿Se puede? —Alguien con acento inglés da dos toquecitos en la madera de la puerta abierta.

—¡Peter! —Me levanto y camino hasta él para darle un abrazo—. ¿Qué haces aquí?

—Acompaño a Pablo.

—¿Qué tal estás? ¿Cómo está Marcella?

—Estamos muy bien. Tiene muchas ganas de verte.

—Me dijo Pablo que os casasteis. ¡Enhorabuena!

—Gracias. ¿Qué tal estás tú?

—Muy bien. Estoy… —Suena el teléfono de mi mesa—. Perdona —me disculpo—. Será solo un momento.

—No quiero quitarte tiempo. Nos vemos otro día.

—No no. No te preocupes. No tardaré nada. —Atiendo la llamada y la despacho todo lo rápido que puedo—. Disculpa, estamos en temporada alta.

—Lo sé. Por eso no puedes ocuparte del cumpleaños de Allan.

—Joel os acompañará y preparará un evento que será recordado en la ciudad. Estoy segura.

—Vendrás ¿verdad?

—No creo que pueda… —Me disculpo, incómoda.

—¿No te ha invitado? Dime que te ha invitado.

—Claro que está invitada —asegura Pablo, apoyado en el vano de la puerta y con las manos en los bolsillos. Maldita chaqueta de cuero que le queda como un guante.

—Me alegro. Así podrás socia… socia… socializar con Marcella —sonríe. Durante los siguientes segundos nadie dice nada. Solo sobrevuela la habitación mi vista y la de Pablo, que se encuentran casi a la altura de Peter. Este se da cuenta y se disculpa, educado—. Me alegro de verte, Nerea. Nos vemos pronto.

—Dale un beso a Marcella de mi parte. Yo también tengo ganas de verla.

Nos damos un pequeño abrazo y cruza la puerta, haciendo un gesto con la cabeza a su amigo.

—Hola. —Lo saludo con cortesía.

—¿Estás bien? ¿Volvió el dolor de cabeza?

—No. Por fortuna no. Los analgésicos para caballos me suelen hacer efecto.

—También te dejan en coma. Por un momento pensé que habías dejado de respirar. —Da un paso hacia mí.

—Bueno… sí. Efectos colaterales. —Camino hasta mi mesa y él me sigue.

—¿Sabes? Recordé lo que me gustaba verte dormir.

—Bueno… no creo que verme babear sea de buen gusto.

—¿Por qué haces esas cosas?

—¿El qué?

—Ni inmutarte cuando te digo algo bonito.

—Prefiero no dejarme llevar por los halagos de un Don Juan. —Tomo asiento fingiendo que no me afecta y me pongo a trabajar, sin embargo, como veo que no me deja sola, levanto el mentón, lo miro y le pregunto si necesita algo.

—Pasar tiempo contigo. —Tuerce la cabeza hacia un lado.

—Mi tiempo ahora está muy solicitado. —Fuerzo una sonrisa muy tensa sin enseñar los dientes.

—Estoy dispuesto a pagar lo que sea.

—Mi poco tiempo libre no está en venta.

Nos retamos con la mirada.

—¿Qué es eso? —Señala la pantalla del ordenador.

—Nada. ¿No sabes que cotillear es de mala educación?

—Lo tienes delante de mí. Venga, enséñamelo. Son fotos de la boda de tu hermana.

Respiro, bufo y me resigno. Giro el MacBook en su dirección y él se acerca para verlas. Las voy pasando con rapidez y menos mal que no hay demasiadas. Nos reímos durante cinco minutos y comentamos el momento en que Cristina y Lucas perdieron la cabeza justo antes de que todo finalizara. Menos mal que quedaban pocos invitados en la celebración.

—Son muy bonitas. Pero yo tengo la mejor.

Frunzo el ceño.

—¿No me crees? —Sigue—. Te la enseñaría, pero tengo mucha prisa. Joel me espera. —Tuerce la boca en una sonrisa ladina y comienza a caminar de espaldas sin dejar de mirarme durante los primeros pasos—. Es una pena que no seas tú quién se ocupe de esto. Te voy a echar de menos. —Se gira y sale de mi despacho dejando un rastro difícil de borrar. Huele a tranquilidad, a tardes agarrados de la mano, a paseos bajo las estrellas, a un rumbo fijo y conocido y a felicidad. Esa que todos deseamos encontrar.

 

La reunión con Eduardo, un actor muy famoso, y su futura esposa se convierte en una charla entre amigos. Dejamos todos los detalles de su inminente enlace concretados y me agradecen el esfuerzo realizado. Me despido de ellos en la puerta del restaurante pasadas las  cinco y vuelvo a la oficina a trabajar sobre lo que hemos hablado. La tarde se me pasa volando y, cuando me doy cuenta, ya es hora de cenar. Le envío un mensaje a Sebas para decirle que estoy cerrando y voy camino de casa. Me contesta dos minutos después, justo en el momento en el que giro por tercera vez las llaves en la cerradura: «No me esperes para cenar. Me quedaré unas horas más en el despacho». Guardo el móvil sin darle vueltas al hecho de que hoy tampoco veré a mi marido, bajo las escaleras y salgo a la calle tarareando una canción de Rozalén:

 

«Fueron cuatro los segundos que pasaron

hasta que pude encontrarte entre los rostros congelados.

Y pasó una eternidad al mirarte y contemplar

en tus ojos reflejada mi mirada.

Y hoy bendigo las razones casuales por las que

decidiste elegir mi banco para esperar, para encontrar.

Fue tu roce, fue tu aroma, despertando mis hormonas,

lo que me obligó a cerrar la mente y respirar,

Y controlar la activación…»

 

Escucho una voz demasiado bonita, para ser de este mundo, muy cerca de mí, me giro y veo a Pablo con la espalda apoyada sobre la fachada del edificio, con las manos en los bolsillos y con la mirada sobre mí.

—Y mi razón se convirtió en buscarte entre las calles, en los parques, tiendas, bares… En sonrisas y destellos de cristal… Quien siguió la consiguió, y esta estrella comenzó a brillar… —Canta bajito, siguiendo el hilo de la letra.

—No te pega para nada este estilo —lo corto y sonrío.

—¿Es una crítica? —Se incorpora hacia delante y se detiene a menos de un metro de mí.

—Es solo una observación. ¿Qué haces aquí?

—Esperar a que salieras.

—¿Cómo sabías que aún estaba trabajando?

Se encoge de hombros y ladea la cabeza.

—Esto podría considerarse acoso —sigo.

—¿Te apetece comer? Tengo hambre. —Ignora mi reflexión y saca las llaves de su coche de la chaqueta. Da un par de pasos hasta que se da cuenta que yo no me he movido del sitio.

—No sabía que estabas aquí. Escuché a Joel hablar contigo por teléfono y pensé que podía ser. Así que me pasé, vi la luz encendida y te esperé.

—¿Por qué no subiste o me llamaste por teléfono?

—Porque me hubieras dado largas de alguna manera. O tienes mucho trabajo o estás muy ocupada de todas formas.

—¿Y qué te hace pensar que no te las voy a dar ahora?

—Porque te apetece tanto como a mí tomarte una cerveza y hablar con un amigo.

Sonrío.

—Prefiero el vino.

—Te prometo que te gustará el lugar dónde tengo planeado llevarte.

—¿Con premeditación y alevosía?

—Y nocturnidad. —Señala el cielo—. Como mejor se ven las estrellas. —Sonríe y yo solo pienso en que solo disfruto de las estrellas cuando él está cerca de mí.

 

La radio del coche salta justo después de que el motor se ponga en marcha. Suena Highway to Hell de AC/DC. Durante los primeros kilómetros ninguno dice nada.

—Estás muy callada.

Respiro y pienso lo que voy a decir sin dejar de mirar a través del cristal.

—No puedo hacer esto todos los días. Estoy casada.

—Lo sé. No se me olvida.

—Sebas podría estar en casa esperándome.

—¿Lo está?

—Esta noche no.

Sigue conduciendo y nos dedicamos a escuchar las canciones. Esta vez son Joy Division con Disorder los que me incitan a canturrear y olvidarme del mundo que nos rodea durante unos largos minutos.

—¿Adónde me llevas? —Lo miro.

—¿Acaso importa? —Me mira, más tiempo del que la razón aconseja, dado que va a más de noventa kilómetros por hora.

—¿No deberías…? —Señalo la carretera. Él sonríe y gira la cabeza al frente.

—¿Puedo decirte algo? —pregunta.

—Claro.

—Me siento bien cuando estoy contigo. No recordaba cuánto hasta el día que nos volvimos a ver. Hay cosas que tu mente olvida, aunque no quieras, cuando se convierten en insoportables.

—Vaya… —susurro, abatida.

—Es solo instinto de supervivencia. Fueron muchas las noches en que me dije que si no eras mía, no quería volver a verte, pero con el tiempo me he dado cuenta de que prefiero tenerte en mi vida aunque solo sea como una amiga. Mi mejor amiga. —Vuelve a mirarme y sonríe.

—¿Debería sentirme afortunada? ¿Le he arrebatado el título a mi hermana?

—Cristina es como mi hermana pequeña.

—Si te escuchara, te daría una buena patada.

—Lo sé.

Nos reímos los dos a mandíbula abierta.

—Hemos llegado.

Comemos en un bar de carretera casi vacío. Damos las buenas noches a tres personas que toman café en la barra y un camarero nos atiende en una de las mesas. Pablo pide hamburguesas porque «son lo mejor de la carta» y nos las comemos entre risas y conversaciones que se crean sin que ninguno de los dos las forcemos. Me habla de sus abuelos y yo le cuento anécdotas de los míos.

—Recuerdo una vez que no me quise almorzar las lentejas y me las puso para merendar. Mi abuela siempre ha sido de armas tomar. Desde entonces nunca más le puse pega a la hora de comer. Tragaba sin rechistar. —Bebe de su cerveza, la deja sobre la madera y se atusa el pelo.

—Deberías cortarte el flequillo.

—¿Estás loca? Mi pelo es una parte importante de mis encantos. Lo necesito para ligar.

—¿Ligas mucho?

—Más de lo que quisiera… —Suspira en una queja.

Río y le doy un sorbo a mi vino.

—¿Dónde está tu marido? —Me corta el trago con la preguntita.

—Tenía que trabajar. —Deposito la copa sobre la mesa—. Pero debe estar a punto de llegar. Debería marcharme.

—¿Quieres irte?

—No —respondo sincera.

—Pues no te vayas. Haz siempre lo que te apetezca.

—Dijo el soltero de oro. —Levanto las cejas—. El matrimonio tiene responsabilidades y compromisos. No puedo hacer lo que quiera sin contar con la otra persona.

—Perdona mi ignorancia. —Hace una pequeña reverencia con la cabeza.

—Está usted perdonado. —Lo imito— ¿Nos vamos?

Pagamos la cuenta en la barra. Me cuesta una discusión fingida convencerlo de que lo hagamos los dos. Peleamos como adolescentes delante de la cara de asombro de una camarera (que lo mira como si estuviera delante de Dios), intentando que nuestro billete de veinte euros sea el elegido para saldar la deuda con el bar al que me ha traído.

—Creí que me llevarías a algún sitio especial —me quejo al salir del horripilante lugar. Hasta ahora no lo había dicho, pero dudo que esas hamburguesas sean de calidad.

—Para mí lo es. —Se abrocha la chaqueta y se levanta el cuello para arriba.

Frunzo el ceño y él sigue con la explicación.

—Vine aquí cuando me dejaste. Quería emborracharme en algún lugar recóndito donde nadie me conociera y que no me pudiera encontrar la prensa. Esto es lo más solitario que encontré.

—Perdona mi pregunta, pero ¿por eso es especial?

—Ahora sí. —Hace una pausa—. Nunca más había podido volver, me traía muy malos recuerdos. Creo que fue Peter el que me recogió del suelo porque yo no podía ni caminar. Tú y yo acabamos de borrar los malos y creados otros buenos.

—¿Me has utilizado?

—Básicamente. —Asiente varias veces con la cabeza.

—¿Y tienes más sitios así? ¿A los que no has querido volver?

—Varios…

—¿Puedo ayudarte a crear recuerdos nuevos?

—Estaba deseando que me lo pidieras.

—Para eso están los amigos. Para ayudarse —lo parafraseo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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