La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 21

Página 26 de 50

21

 

AYUDARNOS

 

 

 

Podría decirse que Pablo y yo nos ayudamos durante la siguiente semana mucho y muy a menudo. Quedamos cuando el sol se pone casi todos los días. Nos dedicamos a beber vino, alguna cerveza y a charlar sobre nuestro día a día. Ninguna conversación sobre nosotros, sobre lo que fuimos, somos y pudimos ser. Nos convertimos, aunque parezca casi imposible, en dos buenos amigos que se lo pasan bien. En un par de ocasiones me lleva a esos lugares en los que una vez no fue feliz, sin embargo, tratamos de no hacer alusión a ese hecho y los dos nos afanamos en divertirnos, cosa que, por fortuna, sale sola. Nos sentamos en una terracita de La Plaza Mayor y son varias las ocasiones en las que tiene que levantarse a firmar algún autógrafo y hacerse algunas fotos.

—Te dije que este no era un buen lugar —se queja.

—Pero si no te reconozco ni yo, con esas gafas y esa gorra que te has puesto. Pareces Jamie Dornan huyendo de la prensa.

—¿Quién?

—No me puedo creer que no conozcas al protagonista de 50 Sombras de Grey.

—No he visto la película.

—Son novelas. Y deberías leerlas. Aprenderías mucho sobre el tema. —Me bajo las gafas de sol un poco y lo miro a los ojos.

—¿Qué tema? —me pica, sabiendo a lo que me refiero.

—El sexo —digo segura, haciéndole creer que ya no me importa hablarlo con él.

—No hay nada que ese tío pueda enseñarme.

—Venga ya. Menos lobos, caperucita.

—Cuando quieras te lo demuestro.

—No, gracias. No me acuesto con mis amigos. Es una norma sagrada.

—La mía es no hacerlo con mujeres casadas. —Chasquea con la lengua.

—Eres gilipollas. —Me río.

—Pero follo mejor que él.

 

Así pasamos las horas que compartimos. Bromeando y riendo sin hacer nada demasiado importante. Claro que no me doy cuenta que lo realmente importante es estar juntos y la complicidad que se crea poco a poco entre nosotros. Él si llega a percatarse, claro, Pablo siempre ha sido más listo que yo.

El viernes tengo que inventarme una excusa creíble (es la tercera de la semana. Voy a superar mi récord de mentiras por mes) para escabullirme y no salir a merendar con las chicas. Por supuesto, he vuelto a quedar con Pablo y prefiero su compañía, aunque esté mal decirlo. Me he metido en una espiral de locura amistaril que se ha convertido en una droga. Tonta me estoy quedando, o debería decir que mi nuevo amigo me está dejando.

¿Y Sebastian?

Trabajando hasta tarde.

¿A alguien le sorprende?

A mí no.

 

Me despido de Joel y Mía en la puerta del edificio en el que tenemos las oficinas y les deseo un magnífico fin de semana. Como observación relevante diré que a mi ayudante le está (en contra de todo mi catastrófico pronóstico) creciendo el pelo donde antes no había. Bien por el cirujano plástico que lo atendió. He visto verdaderas atrocidades en las cabezas de muchos conocidos.

—He traído el coche, reina. —Se ofrece a llevarme.

—No, gracias. Estoy esperando a que vengan a recogerme.

—¿Vuelves a quedar con el roquero? —Sabe lo que estoy haciendo. A él no le puedo ocultar nada. O casi nada.

—Vamos a tomar algo.

—Pásalo bien, y dale un pellizquito en ese culito de mi parte.

—No estamos en ese plan. —Hago morritos.

—Solo hay un plan: disfrutar. Hazlo. Y mañana me cuentas todo. —Con un gesto de la mano me dice adiós.

—Jamás te contaré nada.

—Sabes que sí, diva. Hasta mañana.

Veinte minutos más tarde, Pablo aún no ha llegado. En un principio me digo que el tráfico a estas horas debe ser un suplicio y pronto lo veré parar, como siempre, en doble fila; me sonreirá, yo caminaré hasta el coche, me sentaré a su lado y le contaré cómo me ha ido el día. Pero no. Otros tantos minutos después, sigue sin aparecer, así que comienzo a ponerme nerviosa y a imaginármelo tirado en alguna cuneta. Como diría Joel, soy demasiado dramática, sin embargo, me parece tan raro que ni siquiera me haya llamado para avisar, que mi mente diseña, como en el programa de televisión, mil formas en las que ha podido morir.

Cojo el teléfono y realizo la primera llamada. Cuando los tonos terminan y no he logrado hablar con él, la preocupación se torna enfado. No entiendo muy bien por qué me sucede esto, pero mejor estar enfadada que preocupada, digo yo. No obstante, hasta las manos me comienzan a temblar. Intento de nuevo contactar con él y, cuando ya creía que tendría que llamar a Allan, Peter o a alguien de la banda para que me dijera que acaba de morir en un fatídico accidente, escucho su voz distorsionada al otro lado de la línea.

—Pablo, llevo esperándote más de media hora, ¿ha ocurrido algo?

—Perdona, Nerea. Me he quedado dormido. Creo que estoy enfermo.

—¿Estás bien? ¿Dónde estás?

—En casa, no tengo fuerzas para salir de la cama. —Al escuchar la palabra cama se me erizan todos los vellos de la nuca.

«Venga, Nerea, que sois amigos».

—¿Necesitas algo? ¿Quieres que vaya?

—No hace falta. No voy a ser buena compañía.

—No seas idiota. Voy para allá. ¿Te llevo algo?

—Un cuerpo nuevo. Me duele todo.

Cuelgo el teléfono y cojo un taxi al más estilo Sexo en Nueva York. Llego a su casa, y al que fue mi edificio durante unos meses, en unos quince minutos. Aprovecho que un vecino sale para colarme en el portal y subo en el ascensor mordiéndome el labio inferior. Es la primera vez que entro aquí desde que estuvimos juntos, hace como mil años luz. Llamo a la puerta con dos breves toquecitos y, unos minutos después, la abre con el pelo revuelto, los ojos hinchados, las mejillas y los labios sonrosados, descalzo, una camiseta gris de mangas cortas y un pantalón de pijama del mismo color.

—Tienes muy mala cara.

—Está visto que no vienes para levantarme el ánimo. Anda, pasa. No creo que pueda mantenerme mucho más en pie.

Entro hasta el salón y él se tira sobre el sofá boca arriba y con los ojos cerrados.

—Sírvete lo que quieras, y perdona si no soy un buen anfitrión.

—Vengo a cuidarte. —Me acerco hasta donde está y me arrodillo delante de él.

—No puedes. Me estoy muriendo —se lamenta.

—No seas quejica. Ya será para menos. —Le toco la frente y noto que su temperatura corporal es demasiado alta.

—¿Te has tomado algo? Estás muy caliente.

Abre los ojos, me mira y tuerce la boca en una mueca muy pervertida.

—No seas guarro. Hablo en serio.

Se toca las sienes y suelta un bufido.

—He tomado de todo y no sirve de nada. Creo que tengo Ébola.

—Tienes que ducharte. Te sentará bien y te bajará la fiebre.

—No tengo fuerzas para levantarme. No me explico cómo he llegado a la puerta para abrirte. ¿No puedes ponerme paños fríos en la frente? Mi madre me lo hacía de pequeño y funcionaba.

—Venga, no seas crío. Levanta. Es peligroso que te suba demasiado. —Le agarro por los brazos y tiro, tratando de incorporarlo.

Lo hace a regañadientes y consigo ponerlo de pie. Lo agarro de la cintura y él me rodea los hombros con uno de sus brazos.

—Mmm. Qué bien hueles. La próxima vez no te pongas ese perfume. Me dan ganas de lamerte.

—Cállate. —Sonrío.

—Déjame. Estás permitiendo que te abrace. Quiero estar enfermo siempre.

—Estás delirando.

—Quiero delirar a todas horas.

Lo siento sobre el inodoro y le digo que no se mueva. Gruñe cuando me alejo y apoya la cabeza sobre las manos. Abro el grifo y nivelo el agua a una temperatura templada, ni muy fría ni muy caliente; pretendo que le baje la fiebre.

—Pablo. Quítate la ropa y métete dentro. Te sentirás mejor.

—kjtytjafjaoñhañ —se queja y echa la cabeza hacia atrás hasta topar con suavidad con la pared sin abrir los ojos.

Suspiro y me resigno.

Vale. No es que me queje de tener que desnudar a Pablo, pero me incomoda un poco la situación.

—Levanta los brazos —le pido, sin conseguir nada—. Pablo, tienes que colaborar. —Agarro la camiseta por el dobladillo de la cintura y noto que está tiritando—. Pablo, Pablo —lo llamo pero no reacciona—. Joder. —Me deshago de la prenda a zarpazos y, no entiendo muy bien cómo, lo levanto y lo meto en la ducha de un empujón. No, no lo desnudo del todo. Ni tengo tiempo ni creo que sea buena idea. Estoy casada, ya no estoy enamorada de él (cri, cri, cri) y no me atrae sexualmente (más CRI, CRI, CRI); pero soy una mujer y él está muy bueno. Y… no me parece correcto.

Lo dejo sentado sobre el suelo y cojo el mando de la ducha. Mojo su cuerpo poco a poco y, por inercia (o por deseo no reconocido), le acaricio el cabello con los dedos. Un par de minutos después abre los ojos y me mira.

—¿Estás mejor? —susurro.

—Si te digo que sí, ¿pararás?

—Saldré para que sigas tú.

—Pues no. Creo que me muero lentamente —musita con esos labios de golosina.

Se me corta la respiración durante unos segundos y suelto el timón del barco, hasta que reacciono.

—Tú lo que eres un listo —bromeo.

—Y tú quieres matarme de una pulmonía. Está muy fría.

—Hay que bajarte la fiebre. Ya curaremos el resfriado después. Deja de quejarte, nenaza —me río.

—Báñate conmigo.

Un montón de recuerdos de aquella noche en la piscina del chalet de La Finca aparecen en mi mente en tropel y ahora sí que sí, el barco, mi barco, se va a la deriva y la sonrisa desaparece de mi boca. «¿Qué haces, Nerea? ¿Qué haces aquí con Pablo semidesnudo y acariciándolo?»

Me levanto como un resorte y le digo que lo espero fuera. Me pide que me quede, pero ni escucho lo que dice. Me voy a la cocina, abro una ventana y me enciendo un cigarrillo. Vale que somos amigos, lo acepto. Y yo no quiero otra cosa, pero hay situaciones que me superan, por ejemplo, esta.

Él llega unos minutos después con ropa limpia y oliendo a todos las cosas deseables de este mundo.

—¿Tienes otro? —me pregunta, tomando asiento en una banqueta.

—No puedes fumar. Estás malo.

—Tú me pones malo. Dame uno, anda.

Niego con la cabeza y le doy una calada. Él se levanta, se detiene a mi lado, me lo quita y se lo lleva a la boca. No sabría decir si es mi sensación (de loca pervertida) y Pablo lo está saboreando y lo que menos le apetece es fumar, sino más bien probar mis labios. Algo me dice que no voy muy mal encaminada cuando se queda mirando sin parpadear esa parte de mi cara.

—Me estoy mareando. —Se agarra a la encimera con una mano. Le quito el cigarro y lo apago debajo del grifo.

—Vamos, tienes que tumbarte. Voy a prepararte un café y te tomas un ibuprofeno.

Cruzamos el salón y me doy cuenta que va hacia la habitación. Me quedo a medio camino.

—Necesito acostarme, me duele todo —se explica—, pero puedes quedarte fuera o… irte. Estoy bien. Gracias por tu ayuda. —Trata de mostrarme una sonrisa.

Parece que se encuentra mucho mejor, podría largarme sin remordimientos porque no le pasaría nada. Esto me lo digo varias veces para convencerme.

Noto que trastabilla y se agarra al quicio de la puerta.

—Estás bien, ¿eh, hombretón?. Acuéstate. Ahora vuelvo con los medicamentos. —Le ayudo a recostarse bocarriba  y lo tapo con la colcha que veo a los pies de la cama.

 

Cojo una pastilla de mi bolso y lleno un vaso de agua con el grifo de la cocina. Busco en los muebles unas galletitas y vuelvo al dormitorio. Lo encuentro dormido, abrazado a la almohada y con la respiración muy sosegada.

Me siento a su lado y le doy un toquecito en el hombro. Me da pena despertarlo, pero debe tomarse el medicamento para que la fiebre baje del todo.

—Pablo…

—Mmm —suelta un quejido.

—Despierta, tienes que tomarte esto. Ahora te vuelves a dormir.

Se incorpora con mucho trabajo, le acerco la pastilla a la boca y le doy el vaso de agua, que toma de un trago. Lo deja sobre la mesita y vuelve a tumbarse.

—Deja de saltar sobre la cama.

—Estás aturdido. No me estoy moviendo.

—Porque tú no quieres —murmura tapándose con la sábana.

Ignoro la broma y me levanto.

—¿Te vas?

—Estaré en el salón. Llámame si necesitas algo.

—Necesito que te quedes a mi lado. —Alarga el brazo y me agarra de la muñeca—. Estoy muy enfermo. ¿No te doy pena?

—No me manipules. —Me río.

—Quédate. No podría engatusarte aunque quisiera. —Tira de mi mano y caigo a su lado.

Aparta la almohada que nos separa y se abraza a mi cintura.

—No estoy segura de si deberíamos hacer esto.

—¿El qué? No estamos haciendo nada. Cuando te desnude y me hunda entre tus piernas, te quejas. —Se acerca más a mí y enrosca una pierna a la mía.

—Deja de decir estupideces. Eso no va a pasar. —Nunca, repito en mi mente.

—Porque tú no quieres.

—No. No quiero.

—Pero yo sí. Cállate y déjame soñar un ratito.

Me callo y me relajo. Tanto que me quedo dormida justo después de notar que lo ha hecho él.

 

Me despierto con sus brazos rodeando mi cintura y su respiración, cálida, acariciando mi cuello. Ya ha anochecido, no tengo ni la menor idea de qué hora es y podría meterme en un lío si llego a casa de madrugada. ¿Adónde le digo a mi marido que he estado? Me remuevo tratando de soltarme, pero solo consigo que me apriete más contra su pecho.

—Pablo… Pablo… Suéltame. Es tarde.

—No quiero —murmura. Gira mi cuerpo y me deja frente a él. Parpadea para centrar la mirada en mí y me aprieta con más fuerza. Sonríe despacio.

—Tengo que irme.

—No, no tienes. —Acerca su boca a mi cuello y lo besa con ternura.

—No hagas eso. —Suspiro a la vez que todas mis células reaccionan ante tal caricia.

—¿Por qué? Somos amigos. Los amigos se besan —musita, y su respiración se mezcla con la mía.

—Los amigos se pueden dar besos, pero no estos.

—Ah, ¿no? ¿Y qué besos pueden darse los amigos?

—Besos normales…

—No te entiendo.

—Claro que sí. —Apoyo las palmas de las manos en su pecho y lo empujo hacia atrás, sin embargo, solo consigo alejarlo un par de centímetros.

—No tengo ni idea. Hazme una demostración.

—No voy a caer en tu trampa.

—No es ninguna trampa. Dame un beso de amigos y así sabré cómo tengo que besarte. No habrá más confusiones.

Lo miro durante unos instantes y, no sé por qué, llevo mis labios a su mejilla y dejo sobre ella un inocente beso que no dice nada y lo grita todo. Cuando termino, nuestras miradas se encuentran y durante muchos segundos solo el silencio nos acompaña. Trago con dificultad a la vez que veo sus ojos brillar y mirarme con intensidad.

—¿Y cuáles no te puedo dar? —susurra.

—Todos los demás —respondo, sintiendo su aliento sobre mis labios.

Se separa de mí y, cuando creo que va a levantarse y marcharse, posiciona su cuerpo sobre el mío, aguantándolo con los brazos. Me mira con intensidad, se arrodilla con mis piernas entre las suyas, me levanta muy despacio la camiseta y mira mi piel desnuda. A continuación y muy despacio, se agacha y deja un beso sobre mi vientre. Cierro los ojos, contengo la respiración y dejo de pensar con claridad.

—¿Este está prohibido? —suspira junto a mi oído.

—Claro que sí… —Me estremezco.

Tira hacia arriba un poco más, dejando que se atisbe el encaje de mi sujetador negro, y pega ahora sus labios a mi costado, acariciándome.

—¿Y este?

—Sí…

Llega ahora a mi cuello, con cuidado, sin prisas, sintiéndome, sintiéndonos.

—¿Y este? —musita, sin poder esconder los latidos de su corazón.

—Sí… —respondo entre gemiditos.

Vuelve a ascender y besa, tan despacio que duele, la comisura de mis labios.

—¿Por qué me haces esto? —Lo tengo a un escaso centímetro.

—No hago nada.

—Haces demasiado.

—Solo estamos definiendo los límites.

—Los límites los cruzamos en el primer beso.

—¿Me estás dando carta blanca? —Fija su mirada en mis ojos.

Un segundo.

Dos.

Tres.

—No. Tenemos que parar. —Recapacito.

—¿Y si no quiero? —Pega su pelvis dura a la mía.

Jadeo.

—Pues tendremos que dejar de vernos.

—No quiero dejar de verte. No puedo. —Se frota contra mi sexo y ambos gemimos.

—Esto no puede suceder… —siseo, mientras sigue rozándose.

—Aún no ha sucedido nada…

Dos milímetros separan nuestros labios.

—Pablo, no… —suplico.

Detiene el movimiento, cierra los ojos, los aprieta, suspira, piensa, bufa, me mira, chasquea la lengua y… Se impulsa con los brazos y se separa de mí.

—¿Estás mejor? —Lo veo sentarse en el filo de la cama y cambio de tema.

—No quiero decirlo porque te irás, pero sí. Me encuentro mucho mejor. —Introduce los dedos entre su cabello. Me bajo de la cama y me pongo frente a él.

—Pablo…

—Estoy bien. Ya no estoy al borde de la muerte —bromea, tratando de distender el ambiente, pero no me mira.

—Eres tan exagerado como Cristina. —Salgo al salón, cojo el bolso y me lo cuelgo en el hombro—. Tengo que irme. Sebastian me está esperando.

Por el rabillo del ojo veo que ha salido detrás de mí y noto que le cambia la cara.

—¿Te preparo algo de cenar? —pregunto al ver que no es tan tarde como creía. Pasan unos minutos de las diez de la noche.

No dice nada, se gira y desaparece en el cuarto de baño. Por un momento se me pasa por la cabeza ir tras él y preguntarle qué sucede, pero decido dirigirme a la cocina y buscar algo de cenar. No veo nada comestible, ni en el frigorífico ni en ninguno de los armarios, solo galletas y más galletas. Vuelvo a la habitación, donde encuentro a Pablo cabizbajo, con las manos apoyadas sobre una cajonera alta.

—¿Estás bien? ¿Vuelves a tener fiebre? —Me acerco a él y le acaricio la espalda.

Niega con la cabeza.

—No tienes nada para cenar —le informo.

—Ahora llamaré a algún sitio. —Se incorpora y sale del dormitorio.

—¿Ocurre algo? ¿He hecho algo mal? —pregunto en medio del salón, a un metro de él.

Se toca el cabello con las dos manos repetidas veces y niega con la cabeza.

—Claro que no. Ven, dame un abrazo. —Levanta las manos hacia mí.

—Estás muy tocón hoy.

—¿Tampoco puedo abrazarte? —pregunta, molesto.

—No te pongas así —respondo en el mismo tono.

—Es que parece que está mal lo que hacemos.

—Porque lo está, Pablo. Aunque ninguno de los dos queramos verlo.

—¿No abrazas a tus amigos? ¿Es terreno vetado? ¿Solo puede hacerlo tu marido?

—No digas estupideces. Yo abrazo a quien me dé la gana, y Sebas no tiene nada que objetar al respecto.

—¿Y por qué a mí no?

Lo pienso…

—Será mejor que me vaya.

—¿Cuál es la diferencia?

Camino hasta la puerta ignorando su pregunta. ¿Sé la respuesta? Claro que sí, no soy tan obtusa como para no darme cuenta de que nunca podrá ser una amigo al uso, Pablo siempre será mucho más.

Me agarra el brazo y me detiene cuando paso por su lado.

—¿No soy digno de tu cariño? —Me mira y lo miro—. Dime ¿Cuál es la diferencia? —repite, dolido.

—Que contigo no significa lo mismo. —Tiro, me suelto y salgo del piso. Respiro cuando las puertas del ascensor se cierran.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page