La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 22

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DOS CAFÉS. DOS REGALOS.

 

 

 

—Guarrilla, eso pueden considerarse cuernos. Ya me puedo morir en paz —manifiesta Rocío, con la boca llena de nata.

—No he engañado a nadie. No pasó nada —me defiendo.

—¿Cuándo dices que fue eso? —pregunta Carol, llevándose el café a los labios.

—Hace cuatro días. El viernes pasado.

—¿Y desde entonces no sabes nada de él? —sigue.

—Me ha estado llamando, pero le he dado largas.

—Eso no está bien.

—He sido muy educada. —Me defiendo.

Levanta una ceja y me regaña con la mirada.

—Lo sé. Lo sé. —Me tapo la cara durante un par de segundos—. Pero me da miedo enfrentarme a él. Está claro que lo de ser amigos no iba a terminar bien.

—¿Significa eso que no vais a volver a quedar? —Pensar en esa posibilidad me deprime tanto que casi me pongo a llorar.

—Yo… no lo sé. —Me tiro sobre el sofá de mi amiga la pediatra-madrealbordedeunataquedenervios y me escondo tras un cojín—. ¿Qué harías tú? —Le consulto.

—Pufff —Mira hacia arriba—. No tengo ni idea. Alejarme, supongo.

—Yo, follármelo. Lo aclaro por si teníais alguna duda —precisa Rocío.

—Gracias, nena. Pero estábamos seguras —digo.

Sonríe y sigue comiendo dulces como si la vida le fuera en ello.

—Y tú, ¿qué? ¿Has hablado con Carlo? —Carol la mira.

—Nop. ¿Debería?

—Es muy probable.

—Tal vez lo haga pronto.

—Tal vez sea demasiado tarde —le replica.

Las escucho discutir cuando un olor a quemado penetra por mis fosas nasales. En un principio no hago caso, pero cada vez se hace más fuerte y cercano.

—Chicas, ¿no os huele a quemado?

—Odio cuando te pones así —Rocío levanta el mentón.

—Así, ¿cómo?

—Como una vieja de ochenta años —siguen riñendo.

—Chicas, algo se está quemando —repito sin conseguir que me presten atención—. ¿Queréis dejarlo de una vez? —vocifero demasiado alto. Las dos me miran boquiabiertas y con los ojos como dos huevos—. No os llega ese olor. Algo está ardiendo.

Como si de una coreografía se tratara, las tres miramos en la misma dirección y nos damos cuenta de que sale humo por la puerta de la habitación de juego de los niños.

—¡Oh, dios mío! —Carol se levanta y sale corriendo hacia allí. Ro y yo la seguimos a grandes zancadas—. Pero… ¿qué habéis hecho? —Vemos a Manel y a Raúl en una esquina de la habitación, asustados—. Nerea sácalos de aquí. Rocío, en la ducha del baño principal hay un cubo, llénalo de agua y tráelo. ¡Rápido!

Cojo a ambos de las manos y tiro de ellos hasta sacarlos al balcón. Me pienso si volver a ayudar, pero la situación no era tan grave y, conociendo a estos dos, capaces son de creerse Spiderman e intentar subir al tejado escalando por la pared. Manel comienza a llorar y me agacho a consolarlo.

—No llores, cariño. Estáis bien, eso es lo importante. —Le acaricio la cara.

—Raúl, ¿qué ha pasado? —Interrogo al mayor cuando el peque se tranquiliza.

—Estábamos construyendo un fuerte.

—¿Un fuerte?

—Sí, como los indios y vaqueros. Y queríamos tener nuestra hoguera.

—Pero no podéis hacer eso. El fuego es muy peligroso.

Se encoge de hombros y agacha la cabeza.

—Tenéis que portaros mejor. Ya sois mayores.

—¿Estáis bien? —La madre llega hasta nosotros preocupada. Se arrodilla delante de sus hijos y los abraza. Les toca la cara, los hombros, las manos… como asegurándose de que siguen enteros—. Vais a matarme…

Los dejo solos y entro a ayudar a Rocío, que recoge agua del suelo con la fregona. Me informa de los daños causados, nada importante, como me imaginaba, y entre las dos dejamos la habitación como si nada hubiera ocurrido en menos de quince minutos. Abrimos la ventana de par en par para que se vaya el mal olor y vamos hasta la cocina donde nuestra amiga da de merendar a sus hijos un poco de zumo de naranja.

—¿Cómo se os ocurre hacer fuego? ¿Y con qué lo habéis hecho?

Los dos niños se miran, culpables.

—Encontramos unas cerillas.

—¿Dónde? —siguen mudos—. Está bien —se resigna—. Dádmelas —levanta la palma de la mano derecha mientras que la izquierda la pone en jarra.

—Ya no quedan. Las gastamos todas —informa Raúl.

—¿Seguro? No quiero tener que castigaros sin videoconsola hasta que vayáis a la universidad.

—Lo prometemos, mamá —habla esta vez Manel.

—Esta bien. Marchaos a la ducha. Id quitándoos la ropa y ahora voy yo.

Los niños diablos salen corriendo, dejándonos solas. Nos despedimos hasta otro día y le pedimos a Carol que tenga paciencia con sus hijos. Imaginamos lo frustrante que puede llegar a ser no saber cómo manejar a dos personas que crecen cada día más rápido, dependen de ti en todo momento y a las que tratas de educar lo mejor que sabes.

—¿Ves? ¿Y aún me preguntas por qué no quiero ser madre? No estoy preparada para eso. Estoy segura. —Parlotea Rocío, sentada a mi lado en mi coche. La dejo en la puerta de su casa sin decirle nada al respecto. Lo cierto es que yo también dudo si podría ser feliz con esos (dos) problemas cada día.

 

«¿Puedes venir a recogerme al aeropuerto sobre las nueve? El vuelo se ha retrasado».

 

Leo un mensaje de mi hermana mientras me tomo un café sentada en Magdalenas de colores, cuando el reloj todavía no ha marcado las ocho de la mañana. Este fin de semana es el cumpleaños de Allan y, aunque he intentado mantenerme al margen, estoy ayudando a Joel con los últimos preparativos. Nada importante, pero necesita muchas horas del día.

 

«Ok. Allí estaré. Tengo muchas ganas de verte».

 

Salgo hacia el aeropuerto una hora antes de que aterrice el avión. En lo que dura el trayecto tengo que ignorar dos llamadas de Pablo y dos de Sebastian. Empatados que van. Del primero huyo porque me niego a reconocerle que estar cerca de él me empieza a afectar. Del segundo lo hago porque me niego a reconocerme que estar cerca o lejos de él me da exactamente igual. Hace un par de días que ni siquiera hablamos, nos vemos en casa, pero poco más, nos tratamos como dos desconocidos que se encuentran por la calle y no saben hacia dónde van. A Pablo tampoco lo veo. Después de lo que pasó la última vez que estuvimos juntos, poner un poco de espacio y tiempo entre los dos me parece lo mejor.

Cristina corre hacia mí y me abraza nada más verme. Me dice que trae regalitos para todos y que está deseando ver la cara que pongo cuando vea el mío. Los llevo a casa y me hace prometer que mañana por la tarde vendré con más tiempo a tomar café, escuchar lo bien que se lo ha pasado y recoger el bonito detalle que me ha traído.

Al día siguiente trabajo mucho y muy duro para poder terminar pronto y pasarme por casa de mi hermana. Yo también tengo ganas de echar un rato con ella y reírme con sus ocurrencias. Me abre la puerta en pantalón corto y camiseta de mangas largas. La cierra quejándose de que hoy hace frío.

—Pues abrígate más. Aún falta para el verano.

La sigo hasta la cocina y observo cómo prepara tres cafés.

—¿Dónde está Lucas?

—Se acaba de marchar a casa de sus padres.

Suena el timbre de la puerta y no tengo que adivinar quién es.

—Abre. Es Pablo. Lleva media hora buscando aparcamiento.

Resoplo y camino hacia mi destino.

—Hola —saluda.

—Hola. —Aparto el cuerpo hacia un lado, incitándolo a pasar.

—¡Holaaaaa! —Cris sale corriendo y se sube a horcajadas sobre él. Pablo la abraza y sonríe—. Creí que no tenías ganas de verme. Casi tengo que suplicarte que vinieras. —Mi mirada se encuentra durante un segundo con la del roquero y ambos sabemos por qué dice eso mi hermana. Mi pregunta sobre si sabría que yo estaría aquí obtiene respuesta inmediata.

—Estaba muy ocupado. 

—Cállate. Te crees muy importante. —Le da varios besos en la mejilla y se baja—. Sentaos o… haced lo que os dé la gana. Voy a por los cafés. —Se mete en la mini cocina y la escuchamos farfullar y hacer ruido con la vajilla.

—Lamento ponerte en esta situación.

—No pasa nada —musito.

—No me coges el teléfono. Supuse que no querías verme.

—No es eso, Pablo. —Niego con la cabeza.

—¿Entonces?

—Será mejor que no nos veamos más. —Arquea una ceja sorprendido—. Quiero decir… solos.

—Creí que éramos amigos.

—Y podemos serlo, pero…

—Dos cafés americanos para los fuertes. —Cristina nos interrumpe y nos ofrece las tazas. Pablo y yo tomamos asiento en el sofá y ella lo hace en el puf verde.

—Contadme. ¿Algo nuevo por aquí?

—Creí que tú nos contarías cosas de tu viaje —replico.

—No quiero daros envidia, pero… sí. Lo he pasado de muerte.

Durante la siguiente hora nos relata todo, y digo todo, lo que ha hecho en las últimas semanas. Casi llego a odiarla cuando cuenta la noche que pasó viendo las estrellas en el desierto de Atacama en Chile, no obstante, no llego a hacerlo al ver el regalo que me trae de allí.

—Ábrelo —me anima.

Rompo el papel y observo una cajita muy pequeña de madera con un grabado de una media luna sobre la tapa. La levanto y me encuentro con una cadenita de la que cuelgan una estrella y una especie de globo semi transparente con algo dentro. La enredo entre mis dedos y la levanto delante de mis ojos para admirarla bien.

—Es precioso. Pero… ¿Qué es?

—Es polvo lunar. Auténtico —especifica—. De un meteorito que cayó sobre la tierra en dos mil cinco.

Abro los ojos de par en par.

—¿Te gusta?

—¿Estás de broma? Me encanta. —La abrazo y le doy las gracias por hacerme un regalo tan especial.

—Ahora tú. —Le da a su amigo algo cuadrado y también muy pequeñito.

—No era necesario, Pétalo.

—No seas malagradecido. Ábrelo, ábrelo, ábrelo. —Pega saltitos y da palmadas.

Saca una especie de circunferencia negra y engarzada por los extremos.

—Es un anillo de vinilo reciclado de Elvis.

—No sé qué decir. —Y por su cara, de verdad, da la impresión de que se ha quedado sin palabras.

—Pruébatelo. A ver si te queda bueno. Aunque no creo que vaya a descambiarlo.

—Está perfecto. —Introduce el dedo anular por él.

—Venga, dilo.

—Eres la mejor. —Le da un beso en la mejilla y le acaricia el pelo con ternura.

Intento escaquearme y salir de allí antes de que Pablo lo haga, pero Cristina insiste en que es demasiado tarde y que nuestro amigo puede acercarme a casa. Ninguna de mis excusas son lo suficientemente buenas y razonables para convencer a mi queridísima hermana de que sé cuidarme sola y llegar a casa sana y salva sin nadie custodiando mis espaldas, así que el roquero cañón y yo bajamos los escalones juntos y en silencio.

—Puedo coger un taxi —digo cuando la brisa fresca de la calle nos acaricia la cara.

—Lo sé, pero he prometido llevarte.

—No le diré nada a Cristina. Si es eso lo que te preocupa.

—Me preocupa más saber por qué llevas ignorándome toda la semana —replica, malhumorado.

—Pablo…

—¿Qué? —replica.

—Nos pusimos intensos y yo estoy casada.

—No pasó nada. —Bufa.

—Y no pasará. Por eso será mejor que nos alejemos un poco.

—No quiero volver a tener que alejarme de ti. Lo pasamos muy bien juntos.

—Pablo, tú y yo no podemos ser amigos. —Abro el bolso y saco un cigarrillo. Le ofrezco antes de guardarlo y niega con la cabeza—. No nos engañemos. Hay algo que sigue afectándonos.

—¿Y qué crees que es? —Parece molesto.

—No lo sé. Y no quiero averiguarlo. —Doy una calada—. Sebas me espera en casa. —Paso por su lado y él me detiene agarrándome de la cintura. Un ejército de hormigas viaja hasta mi estómago.

El ambiente se densa.

El oxígeno pesa.

—Es eso… ¿lo notas? —Su nariz casi roza la mía.

—Yo... no noto nada —miento, sintiendo cómo su sangre conecta con la mía y los dos corazones bombean al unísono.

—Necesito… —Muerde su labio inferior con los dientes y, tras unos breves segundos en los que miro esa parte de él, lo suelta y respira con fuerza—. Necesito saber lo que sientes, aunque eso vuelva a romperme el corazón.

—Olvídalo, Pablo. Dejemos las cosas tal y como están. —Lucho contra lo que siento y cierro los ojos como defensa ante la magnificencia de su mirada.

—No he podido olvidarte en tres años… Y no pienso hacerlo ahora. —Siento sus dedos clavarse en mi cintura y pegarme a su cuerpo, que desprende un calor inaudito.

—Tienes que hacerlo… —musito a escasos dos centímetros de su boca.

—No puedo… —Niega levemente  y pega su frente a la mía.

Lo agarro de la chaqueta y aprieto los puños sobre ella. Respiro varias veces y me preparo para lo que voy a decir.

—Pues no lo hagas. Pero no me llames. Al menos… durante un tiempo. Necesito pensar. —Me suelto, camino hasta la calzada, paro a un taxi, subo y no miro atrás.

 

Pablo respeta mi decisión y no recibo más llamadas de él. Sin embargo, no consigo mantenerme alejada del roquero mucho tiempo. El cumpleaños de Allan se ha convertido en un gran evento y Joel me pide que lo acompañe al hotel donde se celebra el sábado por la tarde y me quede para que nada pueda salir mal. Por supuesto no me niego y lo recojo en la puerta de su casa pasadas las cuatro de la tarde.

Reconozco que estos días he echado mucho de menos a Pablo. Parece curioso cómo puedo necesitar tanto a alguien que lleva fuera de mi vida muchos años, y no añorar a la persona con la que estoy casada, pero que a penas veo. Estos pensamientos confusos me aclaran más cosas de las que deseo saber, al menos de momento.

Joel y yo llegamos al Hotel Iberostar Las Letras de Gran Vía veinte minutos después. El director nos recibe en recepción y nos acompaña a las habitaciones reservadas para todos los miembros de la banda, que pernoctarán en ellas, o al menos, esa es la intención. Nos sorprende cediéndonos una suite para nosotros dos y nos invita a relajarnos en el Spa al día siguiente. Nos va a venir de perlas tener donde cambiarnos cuando lo supervisemos todo, lo de relajarnos en aguas termales y disfrutar de un masaje proveniente de algún país lejano no lo veo posible y se lo hago saber a Joel cuando nos quedamos solos.

—¿Estás crazy? Yo pienso aprovechar lo que nos ofrecen.

—Hemos venido a trabajar. No de vacaciones pagadas.

—Vacaciones pagadas las que yo necesito algunas veces contigo. Este —se clava el dedo en el pecho— va a nadar entre rosas cuando se despierte en esta maravillosa suite mañana. Y te pongas como te pongas, digas lo que digas, va a ser así.

Pongo los ojos en blanco y cuelgo el vestido en una puerta . Él deja su traje de chaqueta plateado colocadito sobre la cama y los zapatos sobre la alfombra. Cotilleamos un poco (mucho) en la habitación doble con salón y terraza y salimos para admirar las vistas. Si por mi ayudante fuera, se quedaría un par de horas a probar las frutas y el vino con el que nos han obsequiado, pero yo le obligo a bajar de las nubes y ponernos en marcha. Al salir nos encontramos con una chica joven, vestida con el uniforme del hotel que nos indica de una manera muy educada y agradable que la sigamos.

—El Director me ha dado instrucciones precisas.

 

Debo enseñarles las habitaciones que han pedido y comprueben que todo es de su agrado.

Con una tarjeta abre cinco habitaciones casi correlativas a la nuestra, pero totalmente diferentes. Estas sí que son de lujo. Muy amplias, con salón cocina, dos baños, terraza con piscina y jacuzzi privados, bar, varias televisiones, equipos de música y servicio propio.

—Yo misma seré la que atenderá a los huéspedes y les conseguirá todo lo que deseen —nos informa, con una amplia sonrisa que no puede ocultar. Definitivamente sabe que va a trabajar para The Fox’ Lair las próximas horas.

Bajamos al salón donde se celebrará el cumpleaños y supervisamos cada detalle. Flores, manteles, sillas, cubertería, cristalería, luces, refrigeración, sonido, camareros, cocineros, lista de invitados, seguridad, protocolo, música, actuaciones, bailarines…

—Está todo. —Joel llega hasta mí y levanto la mirada de la lista que tengo delante—. Gracias por ayudarme. No lo podría haber hecho sin ti.

—Si no hubiera venido, ahora estarías bebiendo vino en la suite. —Sonrío.

—Pienso tomarme una copita ahora. Venga, amore. Subamos a arreglarnos. Los invitados comenzarán a llegar en media hora.

 

Recibimos a artistas de todas las índoles y los acompañamos hasta el centro del salón para que puedan sorprender al homenajeado desde allí. Allan está al tanto de la celebración, pero cree que será algo íntimo y entre amigos.

Joel recibe un mensaje de Peter en el que reza: «Diez minutos». Ordeno que apaguen las luces principales y dejen solo las imprescindibles para darle al lugar un toque sensual.

Cuando las dos hojas de la gran puerta de madera blanca se abren, todos gritan «¡Sorpresa!» y el cumpleañero comienza a sonreír y a chocar las manos y a abrazar a todos. Veo a Pablo y a él reír a carcajadas y me alegro de verlo feliz.

 

 

 

 

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