La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 23

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CUANDO OCURRE

 

La cena pasa distendida y sin fallos que no se puedan salvar; y, casi sin darnos cuenta, nos vemos envueltos en una nube de humo, música muy roquera y muy alta y gente bebiendo sin parar. Decido relajarme y abandonar la cocina, desde donde he dirigido y manejado la situación, y salir a la calle a tomar un poco el aire y fumarme el cigarro de la victoria. Me arrepiento justo al pisar el vestíbulo. Veo una marabunta de reporteros, fotógrafos y cámaras de televisión que han venido a cubrir la noticia. Le pregunto al botones si existe algún lugar en el que pueda fumar, y me acompaña hasta un patio repleto de enredaderas verdes y flores blancas. Tomo asiento en un muro de piedra con cuidado de que mi vestido de seda amarilla y corte sirena no se arrugue en exceso. Le doy tres caladas en la más estricta soledad. En la cuarta escucho una voz que dice mi nombre.

—¡Nerea!

—¡Marcella!

—¡Qué alegría verte! —Camina hasta mí, me levanto y nos fundimos en un abrazo.

—Peter me dijo que vendrías, pero no te he visto en la cena.

—Estoy trabajando. Soy la dueña de la empresa organizadora.

—Pues enhorabuena. Es todo maravilloso.

—Gracias. Pero… ¿Cómo estás?

Le doy la enhorabuena por la boda, me cuenta lo feliz que es junto a Peter y que tuvo que dejar su trabajo para estar junto a él. No le critico que lo hiciera, pero creo que yo no sería capaz de dejarlo todo para seguir a alguien, ni siquiera al amor de mi vida. ¿Soy poco romántica? Tal vez, sin embargo, prefiero definirme como realista, práctica y con los pies en la tierra. ¿Soñar? Dormida y tumbada sobre la cama.

Joel me llama por un problema en el área de la piscina climatizada (zona que no hemos reservado, por cierto), así que me despido de ella hasta más tarde y voy a comprobar qué ha pasado. Me encuentro a uno de los gorilas del personal de seguridad peleando con lo que parece un fotógrafo, pero, además, a Chase y a Pablo en muy mal estado recriminándoles algo que no llego a entender del todo. No veo que a Pablo le sorprenda mi llegada, seguro que ya sabía que estaba por aquí; de lo que me doy cuenta al instante es de las tres copas de más que lleva metida en el cuerpo.

Pregunto qué ocurre y hago caso omiso a su pelo revuelto y la forma en la que me mira.

—Este señor ya se iba —me informa el personal de seguridad.

—Solo estoy haciendo mi trabajo —se defiende el paparazzi.

—Está usted en una propiedad privada. ¿Tiene permiso para entrar aquí? —pregunto sin alterarme. Él niega con la cabeza y duda—. Podría llamar a la policía y se metería usted en un problema. Por favor, borre las fotos que haya hecho y váyase. —Termino pidiéndole al gorila que se asegure de que las elimina y camino hasta Chase y Pablo, que ríen junto a dos chicas con muy poca ropa y sentados en unas tumbonas negras con ellas entre las piernas.

—¿Necesitáis algo? —les pregunto, asegurándome de que están bien y no les haya molestado el intruso.

—Que te unas a nosotros, rubia. Mientras más seamos, mejor. —Me invita Chase, estoy segura, a una de sus orgías. Solo de pensar en ello, me dan arcadas, pero me imagino a Pablo ahí en medio y hasta me mareo. Le veo apretar la mandíbula por el rabillo del ojo y trago saliva para no ahogarme en mi propio vómito que sube por la garganta.

Levanto el mentón y les digo que si necesitan algo relacionado con la fiesta, estaré dentro, trabajando. Hago hincapié en esta última palabra y los dejo solos para que se lo pasen bien de la manera que les parezca oportuna. No tengo ni voy a opinar al respecto, pero sí, me molesta que Pablo se acueste con otras, aunque conmigo no lo haga. Camino por el pasillo que separa las estancias y, justo cuando voy a salir, una mano, su mano, me detiene. Gira mi cuerpo contra la pared, pega mi espalda a esta y su pecho al mío. Siento su agitada respiración y el corazón bombear con fuerza. Levanto los ojos para encontrarme con el azul de los suyos, brillantes y eternos.

No dice nada.

Solo me mira,

me mira

y me mira.

Segundos,

horas…

Una vida.

Todo desaparece.

Todo se intensifica.

Sus labios, abiertos y dispuestos.

Los míos, deseando sentir el calor y la humedad de ellos.

Tres centímetros los separan.

Ahora dos.

Uno…

—Detente —consigo musitar entre un pequeño gemido.

—¿Por qué debería hacerlo?

—Porque… yo te lo pido.

Cierra los ojos, bufa y los abre.

—Necesito una copa. —Suelta mi cadera y se aleja.

Cojo una bocanada de aire cuando desaparece detrás de la puerta y me agarro a la pared para no caer desmayada al suelo. Solo han sido unos segundos, pero a mí me ha dado tiempo a sentirlo muy adentro. Cojo fuerzas, me repongo y voy a la cocina, donde solo me espera el encargado para despedirse de mí. Le agradezco el trabajo y el esfuerzo realizado y voy directamente a una de las neveras a buscar una botella de agua bien fría. Me la estoy bebiendo cuando Joel llega a mi lado con una sonrisilla astuta.

—El roquero cañón ha salido detrás de ti. Os he visto en el pasillo.

—No ha pasado nada —repito, harta de siempre lo mismo.

—Vale, vale, vale. —Alza las manos y se hace el dolido, he debido responder peor de lo que pensaba—. Yo solo digo que sigue coladito por tus huesos.

—Ya. Por eso tenía a una morena entre sus piernas en la piscina. —Y cada vez que me giro lo veo besuqueando a esa tal Dayana.

—Ese man te podrá engañar a ti, pero yo soy una diva de mundo y sé lo que me digo.

—¿Qué más da? —susurro para mí. Tiro el recipiente de plástico vacío en un cubo de la basura y manifiesto en voz alta que voy a acostarme.

—No, reina. Ahora nos vamos a tomar las dos un gin-tonic. Nos lo merecemos.

Como sé que lleva razón y que me vendría genial para el sofoco algo fresco, lo acompaño a la barra y brindamos, como siempre, por un trabajo bien hecho. Marcella se acerca y se despide de mí con dos besos y nos intercambiamos los números de teléfono.

—En unas semanas nos vamos a Miami.

—Llámame cuando vuelvas.

La sigo con la mirada y veo que agarra la mano de Peter, le susurra algo al oído, este sonríe, le da un beso en la mejilla y desaparecen los dos dentro del ascensor.

Joel me habla sobre ropa y diseñadores y juro que trato de atender la conversación y no perder detalle, sin embargo, llega un momento en que mis ojos se posan sobre un Pablo cansado y enfadado. Si la luces de neón, las dos copas que me he tomado, las altas horas de la madrugada y mi retina no me fallan, discute con Arthur en una esquina del local. La música no me permite escuchar lo que dicen, pero no hay que ser un lince para ver que la conversación sube de tono a medida que avanza. Allan llega hasta ellos y trata de imponer cordura, sin embargo, no sirve de nada; Pablo le da un empujón y le grita que lo deje en paz. Lo veo tambalearse hacia un lado y salir por la puerta que da a las escaleras. Mi primera reacción es mecánica, un acto reflejo que no logro controlar, y doy un pequeño paso hacia delante, no obstante, me detengo y trato de pensarlo con frialdad.

—Queen, si vas, sabes lo que pasará —me avisa Joel, al quedarle claras mis intenciones.

—Solo quiero saber si está bien —explico, y, sin darle más vueltas, camino hasta donde lo perdí de vista y subo escalón a escalón sin encontrarlo. Llego hasta la terraza y salgo a cerciorarme de que no ha salido fuera y no se ha tirado desde lo alto como un artista trasnochado al que solo le importa que lo recuerden por cómo murió.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta con la lengua algo trabada, después de abrir la puerta de su habitación, lugar exacto al que lo he ido a buscar al no encontrarlo en los demás.

—Comprobar que estás bien. No has parado de beber en toda la noche.

—Gracias por preocuparte por mí. Ya ves, —se frota la cara—, estoy de puta madre. —Se cae hacia un lado y se da un golpe en el hombro con el marco de la puerta—. ¡Joder! —Lo masajea.

—Ya lo veo. —Lo empujo por el pequeño pasillo, dejamos el baño a la izquierda y lo detengo justo a los pies de la cama. Me acaricia los brazos desde las manos hasta los hombros, con los dedos me aparta el pelo hacia atrás, dejándome el cuello desnudo, y lleva sus labios y nariz hasta rozar mi piel. La acaricia durante varios segundos y me estremezco ante su contacto.

—Qué bien hueles. —Siento su aliento al hablar—. Hueles… a recuerdos. Pero no de los malos. Hueles a todos esos que me han animado a seguir, aún estando lejos de ti. A los bonitos. A los que me hacen feliz.

Se me corta la respiración y tardo en recuperarla un largo minuto. A continuación lo invito a acostarse y lo empujo sobre la cama. Cuando me doy cuenta, me ha agarrado de la cintura y me ha llevado con él. En milésimas estoy sobre su regazo y mis labios frenan justo antes de chochar contra los suyos. 

Mierda de Karma, destino o como se llame el hijo de puta que me pone a prueba tantas veces.

Lo miro a los ojos y su color azul infinito me atrapa. Durante unos segundos ninguno dice ni hace nada, sólo nos dedicamos a sentirnos,  a percibir nuestras respiraciones cada vez más cerca de la otra. No sé cuándo me vuelve la razón y pongo los brazos sobre el colchón para impulsarme y salir de aquí, sin embargo, Pablo se aferra a mi cuerpo y me impide la huida.

—No te vayas. Pasa lo noche conmigo —suplica, bajo un susurro muy sensual.

—No puedo quedarme. Esto no está bien. —Trato de zafarme, pero sólo consigo que nos dé la vuelta a ambos y se tumbe sobre mí, agarrándome las manos con las suyas a la altura de la cabeza.

—No te estoy pidiendo que follemos. —El corazón me bombea a mil por hora— Sólo… quédate.

—No creo que sea buena idea —intento que razone.

—¿Por qué? ¿Crees que no eres capaz de dormir conmigo sin que pase nada?

—Yo no quiero que pase nada.

Mis últimas palabras le cambian el semblante a uno mucho más serio, le veo apretar la mandíbula y durante unos segundos duda si dejarme escapar o no. De repente todo el ambiente se vuelve denso, nuestras respiraciones se aceleran (más) y mis ojos ya no pueden escapar de los suyos. Se acerca lentamente a mí, sus labios se encuentran a un escaso centímetro de los míos, abre la boca imperceptiblemente y, cuando creo que va a besarme (y yo no intento pararlo, que conste), los lleva hasta mi mandíbula y deposita varios débiles besos; sigue por el cuello…

—Supongo que sólo es cosa mía… —habla a milímetros de mi oído. Todos los vellos de mi piel (bueno, los que aún andaban despistados) se erizan—…Esto… —Sigue acariciando mi sensible piel con sus jugosos labios, esta vez viaja hasta la clavícula—…Solo lo siento yo… —sube de nuevo hasta parar muy muy cerca de la comisura de mi boca.

—Pablo —y mi voz es casi un gemido ahogado.

—¿Qué? —responde de la misma manera.

—Quiero hacerlo… —reconozco honesta. Siento el corazón bombear fuerte dentro de mi pecho—, pero no puedo —cierro los ojos, derrotada. Me cuesta horrores no dejarme llevar y entregarme a él. Lo escucho llenar el pecho de aire y deja su frente sobre la mía—. Tenemos que parar.

Un segundo…

Dos…

Tres…

Cuatro…

Se levanta y se aleja. Me siento tan vacía que ni yo misma me lo explico. Me incorporo y lo veo sentado a los pies de la cama, con la cabeza gacha y las manos agarrándola por ambos lados. Me agacho frente a él y se las aparto del rostro, obligándolo a mirarme.

—Después me arrepentiré, lo sé, y te culparé por lo ocurrido. No quiero tener que dejar de verte, te necesito en mi vida —le aseguro, después de haberle pedido que me dejase tiempo y comprobar que no puedo ni quiero estar lejos de él.

—Estoy harto. Harto de tenerte y no tenerte —me agarra del cuello y me acerca a él—. Vete. Por favor, vete. Si no lo haces, no podré contenerme.

Asiento con la cabeza y trato de que las lágrimas se queden detrás de los ojos. Me está echando, me echa de su lado por no poder acostarse conmigo. «Hola, cruel realidad, dueles mucho». Tuerzo el gesto y trago. Me agarro a sus rodillas y empujo para levantarme, pero vuelve a aferrarse a mí y me lo impide, dejándome esta vez mucho más cerca de su cuerpo, mi pecho pegado al suyo.

—Me haces daño, nunca había necesitado tanto a nadie. Quiero que te quedes, pero no prometo portarme bien si lo haces —roza con su nariz la mía.

—Pablo —musito.

—Dime que también te gustaría, dime que también me necesitas.

—No puedo dejar de pensar en ti en todo el día —susurro sobre sus labios. Él, que es más atrevido que yo, termina con los dos milímetros que nos separan y posa su boca sobre la mía. Está cálida y blandita. Me da un beso y luego otro, sin embargo, yo no me muevo. Saca la punta de la lengua y la pasa por mi labio inferior, humedeciéndolo. Sabe a todas las golosinas que me comía de pequeñita; y a amor, del verdadero y puro. Se me corta la respiración y aprovecha para hacer el beso mucho más intenso y desesperado. De pronto, me dejo llevar y lo agarro del pelo, me incorporo y, sin dejar de besarnos, me acomodo a horcajadas sobre él. Pablo me aprieta de las caderas y jadea, no se esperaba que reaccionara así. Yo tampoco. Nuestras respiraciones se intensifican y rebotan en las paredes llenando todo el espacio, cada hueco, cada recoveco, de todas nuestras ganas. Las rebeldes lenguas se enredan, llevando nuestras cabezas a todos los ángulos posibles y sus dientes chocan con los míos. Gimo cuando me aprieta una nalga y me pego todavía más a él.

—Nerea —dice mi nombre entre suspiros, como si lo soñara.

—Pablo —repito una y otra vez.

Jadeos, gemidos, dos corazones bombeando sangre a pleno rendimiento. Mi sexo rozándose con el suyo por encima de la ropa, totalmente erecto. Mis manos acariciando su cuerpo. Las suyas dejando marcas en el mío.

Soltamos amarras y nos dejamos empujar por la marea.

Nuestros instintos se apoderan de nosotros y eliminan todo vestigio de razón.

Permitimos al deseo apoderarse de nuestros cuerpos.

Y ganan las ganas que nos tenemos.

De pronto, empiezan a golpear la puerta con fuerza, sacándome de mi inapropiada esfera de lujuria. Separo mi boca de la de él y lo miro, su pecho sube y baja tanto y tan rápido como el  mío. Trata de volver a besarme, pero me aparto y me pongo de pie. Ve en mis ojos arrepentimiento; yo veo en los de él miedo y desesperación.

—No te vayas. Ahora no. —Cuando termina la frase, estoy recogiendo el bolso del suelo—. No te vayas, tenemos que hablar.

—Si me quedo, sabes lo que pasará. No nos engañemos, nosotros no tenemos nada de qué hablar.

—¿Eso crees? ¿Y ya está? ¿Terminó?

—No se puede terminar con nada que ni siquiera ha empezado.

Me atraviesa con la mirada; tanto, que me hace daño.

Vuelven a llamar.

—Dejémoslo estar. Por suerte hemos parado a tiempo. No me lo hubiera perdonado jamás. —Me reafirmo.

—Lo dices como si no estuviera bien lo que tenemos.

—¡Porque no lo está! Tú no eres mi marido. No es contigo con quien estoy casada.

—¿Y ese cretino sí lo es? Pero si ni siquiera pasa tiempo contigo. Si fueras mi mujer, me preocuparía por ti, me interesaría saber dónde y con quién pasas la mayor parte del tiempo. ¡A ese no le importas nada!

—¡Vete a la mierda! Pero ¡tú qué sabrás! —levanto la voz y los brazos, enfadada.

—¡Sé cómo me miras, cómo te estremeces cuando te toco, cómo sonríes ante mis caricias. Sé que prefieres pasar la tarde tomando una cerveza conmigo que haciendo no sé qué cosas con tu marido!

—No tengo por qué escucharte. —Camino hasta la puerta para salir de aquí, pero me aferra la mano y me da la vuelta justo antes de agarrar el pomo. Pega mi espalda a la madera y su pecho contra el mío.

—Pero vas a hacerlo, porque estoy harto de que salgas corriendo cada vez que la situación se pone intensa. —Mete la mano derecha por debajo de la falda y me acaricia el muslo. Cierro los ojos y dejo de pensar.

—Sientes lo mismo que yo, cuando te toco todo se ralentiza, todo deja de existir, incluso tu marido vale una mierda cuando estamos juntos. Porque lo nuestro es de verdad, no como esa jodida relación que no te lleva a ningún sitio.

—Déjame salir —suplico, con los ojos cerrados.

—Debería follarte hasta hacerte entender que lo nuestro es más que el calentón del momento.

De nuevo, unos golpes en la puerta me salvan de morir ahogada bajo la intensidad de Pablo.

—Pablo, sé que estás ahí. Abre ya de una puta vez —la voz de Allan nos despierta y nos separamos.

Clava la mirada en la mía y sólo me queda una cosa por hacer.

—Adiós, Pablo. Lo mejor será que no nos volvamos a ver.

—¿Lo mejor para quién?

—Para todos, joder.

—No me incluyas a mí. Me quedaré hecho una mierda si te vas y me dejas así.

—Estarás bien. Seguro que sabes cómo entretenerte. —Me atraviesa con la mirada, molesto por mi comentario.

Me giro, abro la puerta, saludo a Allan, que me mira con cara de desaprobación, y salgo corriendo de esa habitación de hotel donde no debería haber entrado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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