La estrella de Nerea
Capítulo 24
Página 29 de 50
24
DECISIONES
Al día siguiente, me levanto, recojo mis cosas y vuelvo a casa, haciendo caso omiso a mi ayudante que insiste en que hagamos uso del Spa. Lo dejo camino de darse un relajante masaje corporal y paro un taxi en la puerta del hotel.
—¡Nerea! —Allan llega hasta mí escondido detrás de unas gafas de sol y una sudadera con capucha que le tapa la cabeza—. ¿Podemos hablar un momento?
—El taxi me está esperando. —Lo señalo en doble fila.
Este va hasta él, le dice algo y el coche desaparece entre el tráfico de la avenida. Vuelve hasta mí y me indica que el problema ya está solucionado. Sonrío porque me recuerda tanto a Pablo que me queda claro por qué son tan amigos.
—Deberías haberme preguntado antes de decirle que se vaya. Tengo mucha prisa.
—Es importante. —Encuentro su semblante demasiado serio.
—Me estás asustando.
—Vamos a un sitio más íntimo. —Camina hasta la puerta del halls, pero yo no lo sigo. Se gira y se explica—. Nerea. Aquí puede vernos la prensa.
Entramos en el salón de su habitación y me pide que tome asiento y me ponga cómoda, mientras él se quita la sudadera y la deja sobre la cama.
—¿Qué quieres, Allan? Iba en serio cuando te he dicho que tengo que irme.
—Es sobre Pablo.
—¿Qué le ocurre? —Trato de no ponerme nerviosa.
—Le costó mucho olvidarte.
—Vaya, directo al grano.
—Has dicho que tenías prisa.
Resoplo.
—Allan, lo entiendo, pero para mí tampoco fue fácil. —No sé a qué viene esto.
—Pero tú tenías a tu marido. Él estaba solo, se sintió tan solo que…
—¿Qué pretendes decirme?
—No sé qué estáis haciendo. Pasa casi todos los días contigo, pero dice que no tenéis nada. Cuando le pregunto si está bien, solo sabe contestarme con evasivas. Y últimamente bebe demasiado. Esto no es sano. No le haces ningún bien.
—Lo sé. Y… tranquilo —me levanto—, no nos volveremos a ver.
—Esa no es la cuestión. No sé si el daño ya está hecho.
—¿De qué estás hablando?
Piensa durante unos segundos lo que va a decir.
—Pablo y yo tuvimos problemas graves con las drogas. Estuvimos en un centro de desintoxicación unos meses. Hace casi año y medio que no tiene ninguna recaída, pero desde que has vuelto a aparecer en su vida… No sé lo que hace o deja de hacer, no me cuenta nada. Está esquivo, triste, depresivo… Estoy preocupado.
Me deja sin palabras y el cuerpo me comienza a temblar.
—Crees que cabe la posibilidad…
—Podría ser. No estoy seguro.
—¿Puedo hacer algo?
—Aléjate de él.
—Lo haré, Allan. Aunque no lo creas, solo deseo lo mejor para Pablo —replico molesta.
—No es eso, Nerea. Sé que jamás le harías daño… Pero no creo que esté preparado para que vuelvas a abandonarlo.
Medito lo que ha dicho durante un momento, respiro y cojo mi maleta por el asa. La arrastro hasta la puerta y, antes de abrirla, paro y giro la cabeza hacia atrás.
—Cuida de él, por favor. —Asiente con la cabeza y me ofrece una sonrisa complacida—. Y cuídate tú también.
—No te preocupes. Estaremos bien.
No veo a mi marido hasta el domingo por la noche a la una de la madrugada, hora en la que llega de un viaje de negocios. Y hora en la que se acuesta después de darme un beso e informarme de que el vuelo ha sido muy estresante por las turbulencias y que necesita relajarse y dormir. Lo hace durante más de ocho horas, cuatro de las cuales yo las paso mirando el techo de la habitación y paseándome por los pasillos de nuestra casa pensando en qué estoy haciendo con mi vida y por qué no doy el paso definitivo para cambiar lo que no me gusta de mi día a día. Durante los primeros minutos me aterrorizo al darme cuenta de que separarme de Sebastian es la única opción posible para empezar a entenderme y a aceptar lo que realmente me ocurre. Lo tengo claro mucho antes de lo que esperaba, pero me niego a dar un paso sin meditarlo el tiempo suficiente. Trece años se merecen hacer las cosas bien y yo no deseo volver a cometer ningún tipo de error. Los siguientes días los paso meditabunda. Joel se da cuenta de que mi cuerpo trabaja de una forma mecánica, pero que mi mente vuela muy lejos de allí. No le cuento lo que me ocurre, ni a él ni a las chicas ni a Cristina. Sé que esta decisión debo tomarla sola, sin influencias ni opiniones externas que puedan falsear lo que siento en realidad. ¿Tiene algo que ver Pablo con mi deseo de divorciarme de Sebastian? Esta pregunta me la hago varias veces, y la respuesta siempre es la misma: no. No. Yo quiero separarme porque no soy feliz junto a él, porque no lo quiero de esa forma que se debe querer, por mucho que lo he intentado, y porque nuestros caminos se han separado tanto que habitamos universos paralelos. No hay nada que me haga desear seguir casada con mi marido.
Las chicas me llaman y les doy largas excusándome con el trabajo y la temporada de bodas. Una de las tardes me atrevo a contactar con Allan y preguntarle por el estado de Pablo. Me dice que no me preocupe, que se encuentra bien, componiendo la mayor parte del día.
El jueves llego a casa muy cansada, la cabeza me va a estallar de tanto darle vueltas a lo mismo una y otra vez, una y otra vez.
Entro en la cocina a por un vaso de agua para tomarme un analgésico de esos para caballos. Maldita migraña. Sebastian está sentado en uno de los taburetes con un vaso de whisky en un mano y un puro habano en la otra. Le doy las buenas noches, sin embargo, no me contesta. Abro el grifo, lo lleno, me lo bebo, lo dejo en el fregadero y lo miro. Él sigue sin decir nada. Deja el puro sobre el cenicero, se bebe el líquido ambarino de un trago y sale al salón con el vaso vacío en las manos y en el más puro silencio.
Interpreto que va a rellenarlo al mueble donde guardamos el alcohol y lo sigo.
—¿Qué te apetece cenar? —pregunto a varios pasos de él, mientras saca la botella y llena el vaso hasta la mitad.
—Nada. —La guarda, cierra la puertecita de cristal y me mira con intensidad. Camina hasta mí, me agarra del cuello y me besa, haciendo fuerza sobre mi piel. Me siento incómoda y lo empujo hacia atrás, apartándolo.
—Me has hecho daño. —Me toco el labio con un dedo, lo observo y me doy cuenta de que está manchado de sangre.
—¿No dices siempre que nos falta pasión? —Bebe un sorbo—. ¿Te la doy y te quejas? —Este es el momento exacto en el que me doy cuenta que la copa que sostiene entre sus manos suma más de dos.
—Eso no era pasión. Era hastío, furia y soberbia. ¿Por qué estás enfadado?
—¿De verdad me lo preguntas? —Sonríe con un cinismo desmesurado.
—Estás borracho. —Observo con desprecio.
—Llevo toda la tarde tratando de entender qué es lo que nos pasa, por qué no estás en casa ni cuando estás aquí, por qué ya ni me miras, por qué cuándo lo haces me siento como si fuera un lastre para ti. —Arrastra la última palabra.
—Deberías dejar de beber.
—Y tú deberías dejar de mentirme.
—¿Qué quieres que te diga? —contesto, hastiada.
—Lo que llevas pensando meses. —Me clava la mirada y yo me siento desnuda. Sebas me conoce mejor que nadie y sabe leer a través de mí. No sé cómo he podido olvidarlo.
—Y, si lo sabes, ¿por qué no me lo dices tú?
—Porque quiero escucharlo de tu boca —casi escupe con un rencor difícil de ocultar.
—¿Crees que no me atrevería?
—Claro que sí. Solo quiero concederte el honor de ser la primera que le ponga nombre a esto. —Nos señala de una forma muy despectiva.
—Nuestro matrimonio se merece un poco de respeto.
—¿Cómo el que tú le has tenido? —Da un paso hacia delante y bebe con brusquedad—. ¿Qué? ¿Crees que no sé dónde has estado? O debería decir… ¿con quién has estado estas semanas? ¿Tan imbécil me crees? —Arrastra las palabras.
—Será mejor que lo dejemos para mañana. No estás en condiciones… —Me agarra del codo y me pega a él, tanto que nuestros cuerpos chocan y mi boca queda a un centímetro de la suya.
—¿Te lo has follado? —musita con asco y aversión. No contesto y repite, más alto y fuerte—. ¡¿Te lo has follado?!
—¡No! —Lo empujo hacia atrás—. ¿Por quién me tomas? ¿Crees que sería capaz de engañarte?
—Yo creo cualquier cosa, Nerea. ¡Cualquier cosa! ¡Dime! ¡¿Te lo has follado?! —vocifera sobre mi cara.
—¡Ya te lo he dicho! ¡No! ¡No! ¡No! —chillo yo también.
—¿Y qué habéis estado haciendo? ¿¡Qué tengo que creer yo que ha estado haciendo mi mujer con una jodida y mundialmente conocida estrella de rock!? ¿Qué? ¿Qué? ¡¿Qué?! —Tira el vaso sobre la mesa y el fuerte estruendo de los cristales al chocar me asusta. Doy un pequeño paso hacia atrás. Sebas respira, cierra y abre las manos y trata de tranquilizarse—. Por fortuna —sigue— esta vez la prensa no os ha hecho fotos.
—¿Esta vez?
—Ya me avergonzaste hace tres años delante de medio mundo. No quiero que vuelva a ocurrir lo mismo.
—¿Eso es lo único que te importa? De todo lo que hemos pasado. De trece años… ¿Eso es lo que te preocupa?
—¡¡No me digas qué debe preocuparme!! ¡¡Mi mujer va a abandonarme por un niñato lleno de tatuajes que la dejará tirada en cuanto se aburra de ella!! ¡Ya te lo dije una vez! ¡Ese destroza los hogares, no los crea! ¡No va a dejar su vida por ti!
—Yo no quiero que deje nada. ¡Pablo no tiene nada que ver! ¿Me escuchas? No sabes lo equivocado que estás. ¡Pablo y yo no tenemos nada! ¡¡Nada!! —Miento solo un poco—. Lo nuestro está roto desde hace mucho tiempo. ¡¡Mucho!! ¡Y si no quieres verlo, es tu problema! Estoy cansada de intentarlo, de llegar a casa y sentirme sola, de darnos tiempo, de concedernos oportunidades. Ni Pablo ni nadie tiene la culpa de que nuestro matrimonio esté muerto, Sebastian. Ni siquiera tú y yo. Nuestro amor terminó y debemos aceptarlo.
—Habla por ti. Yo sí te quiero.
—Tú no me quieres. Solo quieres quererme, pero con eso no basta.
—¡Cállate! ¿Vas a decirme lo que siento? ¿Qué derecho tienes? Ni siquiera te has preocupado por saber qué pienso. ¡Solo te preocupas por ti! ¿Cómo vamos a solucionar esto si yo te importo una mierda?
—¡Eso no es cierto! Durante mucho tiempo has sido el pilar de mi vida. Llevo intentando sacar adelante nuestro matrimonio desde… hace tanto que ni me acuerdo. Tanto que se me ha olvidado lo que realmente importa.
—¿Y qué importa? ¿Follar con otro?
—¡Yo no follo con nadie! ¡Deja de decir eso! ¿Follas tú con otras? ¡Porque conmigo no lo haces!
—¿Ese es el problema? ¿No te follo lo suficiente? ¿Necesitas más? ¿Necesitas más variedad? —brama.
—¡Se acabó! ¡No tengo por qué escucharte! —Camino hasta la habitación de invitados y me encierro en ella, dando un portazo que escucha, estoy segura, hasta el vecino del primero.
—¡Te odio! ¿Oyes eso? ¡Te odio más que a nada! —sus voces retumban a través de la madera y las paredes. Un momento después oigo un fuerte estruendo y a punto estoy de salir y comprobar que está bien, sin embargo, el silencio que me llega a continuación y sus pasos hasta nuestro dormitorio me convencen de que quedarme aquí metida es la mejor decisión.
Me gustaría decir que la luz de la ventana me despierta, reflejándose suave sobre la piel de mi cara, pero no. Cuando amanece, yo llevo varias horas con los ojos abiertos de par en par. He estado casi toda la noche llorando, dándole vueltas a la cabeza y buscando un indicio, aunque solo sea uno, que me haga pensar que tal vez deba luchar por mi matrimonio una vez más. Sin embargo, no he encontrado ni una sola razón para volver a intentarlo. No hay nada que arreglar porque no solo está roto, nada lo ha destrozado; ha desaparecido en el tiempo, nuestra falta de ganas para con el otro ha ido diluyendo nuestro amor, evaporando todos los momentos buenos y quitándonos las ganas que nos teníamos.
Ganas.
Con Pablo me sobran.
Con Sebas me faltan.
Salgo del dormitorio ataviada solo con una camiseta vieja y ancha que encontré en uno de los cajones, los ojos hinchados y el pelo desordenado de todas las vueltas que he dado sobre el colchón. Camino hasta el salón, pero no salgo del pasillo; escucho pequeños ruidos en nuestra habitación y entro sin pensarlo, empujando la puerta despacio.
Veo a mi marido, vestido con vaqueros, polo negro y un semblante serio y triste que me llega directamente al corazón. Se mueve despacio, pero a un ritmo constante, coge ropa de los armarios y cajones y la mete, debidamente doblada, en un par de maletas abiertas sobre la cama. Me quedo de pie observándolo, sin nada que decir, aunque me gustaría explicarle tantas cosas que la mayoría se agolpan tras el nudo que de nuevo se forma en mi garganta. Coge varias corbatas del armario y, cuando cierra el cajón y se gira hacia mi posición, se topa con mi mirada. Durante un par de segundos, ninguno decimos nada. Un momento después, mete las prendas en la maleta más pequeña y la cierra.
—Me voy —dice en tono pasivo agresivo.
—¿Necesitas que te ayude? —casi musito.
—No, está bien.
Me acerco a él aunque haya rechazado mi ayuda, doblo un par de camisas que veo sobre la colcha y las coloco con cuidado con el resto del equipaje. Entre los dos guardamos las pocas prendas que quedan. Lo escucho suspirar con fuerza y lo observo. Tiene los brazos en jarra y mira al techo.
—Sebas… —Doy un paso acortando nuestra distancia.
—No lo digas.
—Quiero hacerlo. No pretendo que te vayas sin saberlo.
—Nada importa. —Me clava sus ojos, apesadumbrado, y me doy cuenta de sus ojeras, tan oscuras como las mías—. Mi mujer me abandona.
—Te he querido más que a mi vida. —Una lágrima asoma por mis ojos—. Me casé contigo completamente enamorada; me enamoré de ti, de tu forma de ser, de tu forma de tratarme. Estos trece años no han sido en vano. Y nunca me arrepentiré de haberlos pasado a tu lado.
Inspira con fuerza, mantiene el aire dentro y lo expulsa poco a poco y sin prisas.
—Yo… no puedo… —Se señala el pecho varias veces.
—A mí también me destroza esto. Aunque no lo creas, hubiera preferido que fuese de otra manera.
Se lleva dos dedos al arco de la nariz y cierra los ojos durante unos instantes.
—Necesito saberlo… —Levanta la mirada y me la clava. Y no tiene que hacerme la pregunta de forma directa y clara. Trece años son suficientes para conocer a alguien a la perfección.
—No ha ocurrido nada entre Pablo y yo.
—¿Le has besado?
—Sí —contesto tratando de ser honesta. Se lo debo. A él y a nuestros diez años de matrimonio.
—Joder… —Se sienta en el filo de la cama, agacha la cabeza y se la agarra con las dos manos.
—Sebas, mírame. —Me arrodillo frente a él—. Solo ha sido una vez y… No me he acostado con él. Solo… —cojo aire— me ha ayudado a darme cuenta, sin saberlo, que no quiero seguir casada contigo. Yo… Yo ya no te quiero.
—Es duro escuchártelo decir. —Sus ojos comienzan a brillar.
—Lo sé, pero es la verdad. Tengo que ser sincera contigo.
—Y debería agradecértelo. —Se tapa la cara con las manos, escondiendo las lágrimas detrás de ellas—. Pero por ahora no puedo. —Solloza—. No puedo.
—Sebas… —musito—. No quiero hacerte daño… —Lo abrazo. Él se aferra a mí como un salvavidas.
—Me cuesta aceptar que esto es lo mejor. —Me mira con las mejillas llenas de lágrimas.
Comienzo a llorar y le acaricio la cara.
—Lo es.
—No puedo… No quiero… —Volvemos a abrazarnos—. Te quiero.
—Y yo a ti, pero no como tengo que quererte.
Lloramos agarrados al otro mucho tiempo. Ninguno de los dos se ve capaz de separarse del todo y dar el paso definitivo. Yo tampoco, he de admitir. Estoy más aterrada que hace tres años, cuando nos separamos después de una gran discusión. Y tal vez sea por eso. Por el hecho de que sé que esta vez lo hemos meditado, (él también), y que la decisión la tomamos convencidos de lo que hacemos. Yo no quiero seguir casada con él, pero estoy segura de que él conmigo tampoco, aunque todavía no se haya dado cuenta. Lo que sucede es mucho más complicado que admitir que nuestra historia de amor ha llegado a su fin. Sí, mucho más. Ahora llega la larga y ardua tarea de enfrentarnos al futuro solos, sin un compañero al lado que te apoya en todo, de acostumbrarnos a otro ritmo, a mirar el otro lado del sofá y no encontrar a nadie para sonreírle y preguntarle cómo le ha ido el día, o que se preocupe por el tuyo. Nadie nos dará la mano para levantarnos en una de esas tantas caídas. Aceptar que nos equivocamos y que la persona que creíamos como el amor de nuestra vida no lo es, es un trago difícil de superar.