La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 25

Página 30 de 50

25

 

SEGUIR

 

 

 

—Puta. —Es lo primero y único que me dice Rocío cuando le abro la puerta de casa el miércoles, cinco días después de que Sebastian se fuera. No les he dicho nada, pero no lo he hecho adrede, solo necesitaba un poco de tiempo para asimilar lo que ocurría y hacerlo sola. Anteayer llamé a Cristina para contárselo y casi me arrepiento; me ha costado sudor y lágrimas (y prometerle que un día saldremos de fiesta y yo pagaré todo) lograr que no se instale aquí unos días. Lo último que me hace falta ahora mismo es tener a mi hermana pequeña conmigo, diciéndome lo gilipollas que he sido durante estos tres años y que me merezco pasar por lo mismo otra vez, por idiota profunda. Joel también está al tanto, pero este lo averiguó solito; en cuanto me vio la cara de «espárrago frito», palabras textuales, supo qué había ocurrido. Y me dio su opinión, por supuesto, él no puede hacerse un nudo en la lengua, ¡o tragársela! Me dijo algo así como «Ya era hora, reina. Ese hombre no es para ti. Una diva necesita un divo, no un soplagaitas que no sabe ni utilizar la polla».

Mi simpática amiga (nótese la ironía), a continuación de insultarme, me da un abrazo y un cariñoso beso en la mejilla.

—¿Estás bien? —Carol hace lo mismo, y entramos las tres en mi salón.

Me tiro en el sofá y suspiro.

—Estoy bien. No os preocupéis.

—¿Por qué no nos has dicho nada? —pregunta la actriz.

—No lo sé. Necesitaba desconectar de todo. Necesitaba… pensar.

—¿Y a qué conclusión has llegado? —Ahora es la pediatra la que desea saber.

—Que he hecho lo correcto. Me siento sola, pero no lo echo de menos a él. Es más como… como… No sé. Me siento liberada.

—Tal vez sea demasiado pronto.

—No sé qué va a pasar, pero no estoy enamorada de él. Lo tengo claro, y no puedo equivocarme en eso.

—Lo sé, cariño —Carol me agarra de la mano y la aprieta—. Hasta yo me he dado cuenta de que no eres feliz con Sebas. Pero… tengo que preguntarte una cosa.

Asiento con la cabeza levemente, esperando y sospechando lo que va a decir.

—¿Tiene Pablo algo que ver en la decisión que has tomado?

—No —contesto sin dudar ni un ápice.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Pero estás deseando follártelo —apostilla Ro—. Admítelo.

—No sé ni por qué estamos hablando de él. Pablo no tiene nada que decir.

—Pablo tal vez no, pero yo sí —protesta Carol de alguna forma—. No quiero que tomes esta decisión por una razón equivocada.

—Ya os lo he dicho. Ha sido meditada. Llevo pensándolo meses, aunque hasta ahora no le he prestado atención a lo que mi subconsciente ya sabía. Algunas veces me pregunto si fue buena idea volver con él hace tres años.

—Deja de darle vueltas a eso. Te conozco. Si no lo hubieras hecho, siempre te lo estarías recriminando.

—Creedme. Lo hago por mí. Quiero ser feliz. Pero de verdad. Sola. No necesito a nadie a mi lado para conseguirlo.

—¿En qué podemos ayudarte?

—Solo os pido que me acompañéis. Sin criticas ni reproches. Y sin intentar convencerme. Necesito vuestro apoyo, no vuestra opinión. La decisión está tomada.

—Nunca se nos ocurriría convencerte de nada que no quieras hacer, pero no puedes impedirnos que te digamos lo que pensamos.

Miro a las dos, levanto las cejas y les indico que ahora es el momento.

Empieza Carol.

—Creo que separarte de Sebastian es lo correcto, pero algo me dice que Pablo te ha empujado a ello y no va a salir bien.

Ignoro su teoría y poso mis ojos sobre Rocío.

—Aprovecha, folla mucho y disfruta. Si es con Pablo, perfecto. Si también lo haces con muchos otros, mejor. La vida es demasiado corta para pararnos a pensar por qué hacemos las cosas. Las hacemos y punto; y lo único importante es ser feliz en el proceso.

Pues ya sé lo que mis amigas consideran al respecto, ahora haré lo que me venga en gana.

—Anda, llevadme a cenar algo. Me estáis matando de hambre y de sed. Ni siquiera nos has ofrecido un vasito de agua. —Se queja la andaluza.

—Llevas razón, pero ¿desde cuándo necesitas tú que yo te invite en mi casa?

—Vale, me has pillado. Tengo ganas de que me dé un poco el aire. Y a ti también te vendría bien. ¿Desde cuándo no sales de aquí?

—Voy a la oficina cada día.

—Eso no cuenta. Dúchate y nos vamos a tomar un vinito.

 

Caminamos subidas en nuestras magníficas pero diferentes sandalias hasta la calle López de Hoyos y entramos en Mr Lupin hablando sobre lo bien que le sienta al actor Brant Daugherty los trajes de chaqueta en la película Cincuenta Sombras Liberadas. La conversación no ha sido elegida al azar. Es que lo hemos visto (y admirado) en una de las vallas publicitarias de una parada de autobús y discutimos sobre el claro hecho de que el guardaespaldas de Anastasia está mucho más bueno que Grey. Rocío y yo coincidimos en esta afirmación, sin embargo, Carol discrepa y defiende a muerte el perfecto e insuperable aspecto físico del protagonista masculino de esta saga.

—Yo perdería las bragas por El Señor de La Mansión. —Suspira Ro.

—Jesse Ward no tiene comparación con nada. Me lo he imaginado tantas veces y de tan diferentes maneras que no logro ponerle cara. —Suspiro yo.

—Te olvidas de Gideon. —Suspira Carol.

—Me pregunto dónde pueden encontrarse esos hombres tan atractivos. Esos no se ven en la vida real. —Pienso en voz alta.

—Mira, ahí hay uno. —Rocío señala hacia la barra del local mientras tomamos asiento alrededor de una de las mesas.

—¿Ese no es Hugo? —pregunta la otra.

Levanto la cabeza unos centímetros y veo al hermano de Lucas hablando con otro hombre a pocos metros de donde estamos.

—Nosotras buscando un mapa que nos llevara hasta ese tipo de espécimen y estaba aquí, en Mr Lupin. Ve a saludarlo, nena. Y dale un buen morreo de mi parte —me pide la andaluza.

—No quiero molestarlo. Parece ocupado —me excuso.

Rocío pone los ojos en blanco y susurra algo así como «jodida estrecha».

Pedimos un par de tapas cada una y una botella de vino blanco. Tras los días que llevo y lo largo que se me ha hecho el de hoy, a la segunda copa estoy, como diría mi amiga Luisa, a la que hace tiempo que no veo, «pilotando», o lo que es lo mismo, tan mareada como para no distinguir entre lo atrevido y lo osado. Creedme, una línea muy fina los separa. Así que reímos sin contenernos y mis endorfinas se disparan, creando un estado efímero y ficticio de infinita felicidad.

—Me he acostado con Carlo. —La actriz lo dice como si no importara.

—¿Qué? ¿Habéis vuelto?

—¡No! ¡Solo me folló en una de las mesas de Temaka!.

—Me gustaría saber qué hacías allí —manifiesta Carol.

—A mí me gustaría saber en qué mesa fue para no sentarme a comer más en ella —aclaro yo.

—Fui a verlo. Lo echaba de menos, me apetecía follar con él y fui en su busca. Las mujeres podemos hacer eso ¿sabéis?

Pongo los ojos en blanco y echo la cabeza hacia atrás. Por supuesto que las mujeres podemos hacer lo que nos dé la gana cuando nos dé la gana sin que nadie nos critique ni nos lapide, pero ahí existen sentimientos por ambas partes y puede ser un error confundirlos.

—No es eso. Haz siempre lo que te apetezca —recuerdo a Pablo en estas palabras—, pero debes tener en cuenta que esa persona te quiere y puedes hacerle daño. Ten cuidado.

El camarero se acerca a nosotras y nos pregunta si está todo bien. Le damos las gracias por el trato recibido y le pedimos que traiga la cuenta.

—¿Qué tal con Andrés? No has dicho gran cosa —pregunto mientras esperamos.

—Igual. —Se encoge de hombros y pone el vaso delante de sus ojos—. Como este vino, tiene el sabor de siempre.

Nos reímos.

—¿Y los niños están bien?

—Sí, pero debería irme. Llevo todo el día fuera y la niñera se va a hacer rica con las horas extras.

—Vete ya, yo invito.

—¿A mí también? —nos interrumpe Rocío.

—Claro.

Da pequeñas palmaditas.

—Eres un sol. —La doctora me da un pequeño beso en la mejilla, coge el boso y se levanta—. Mañana os llamo.

—Voy al baño mientras pagas, me va a explotar la vejiga.

Viendo que el camarero no me trae la cuenta, me levanto y voy a la barra a pagar cuanto antes; a mí también me ha entrado prisa porque me dé un poco el aire al tomarme la última copa de un trago.

—Aquí tiene. —Observo que la factura hace un total de sesenta y cuatro euros con sesenta y cinco céntimos. Busco dinero suelto en el monedero Diesel (regalo de Cristina), cuando alguien dice mi nombre a mi lado.

—¿Nerea?

Levanto la vista y me encuentro con los ojos oscuros de Hugo, con sus cejas levantadas a modo de sorpresa y una sonrisa muy sensual y varonil.

—¿Hugo? —Me hago la sorprendida—. ¿Qué haces aquí?

—Estoy tomando una copa con un amigo. ¿Y tú?

—Pues lo mismo. He cenado con unas amigas.

—¿Qué tal estás?

—Bien… muy bien…

—Hugo, perdona. Nos están esperando… —Otro hombre, trajeado como él, nos interrumpe.

—Me alegro mucho de verte, pero tengo que marcharme.

—Claro, no quiero entretenerte. —Hago un gesto con la mano y sonrío—. Pásalo bien con tu amigo.

—En realidad es mi abogado. —Hace un simpático mohín—. No sé si sabes que me he separado.

—Cristina me lo dijo. Lo siento.

—No te preocupes. Ha sido lo mejor, pero… cuesta adaptarse.

—Lo sé, te entiendo. Yo también me he separado. —No busquéis explicaciones a por qué me abro tan rápido con Hugo y le cuento algo tan íntimo. Nunca hemos sido amigos, solo conocidos porque la familia nos unió, sin embargo… saber que pasamos por lo mismo me hace sentirme cerca de él. Y… el vino ayuda a desinhibirse.

Abre los ojos sin poder ocultar su sorpresa.

—No lo sabía. Lo siento —también se lamenta. Yo me río por lo surrealista de la improvisada situación y le contesto.

—Oh, no lo sientas. También ha sido lo mejor. —Ambos nos reímos.

—Tal vez esté entrometiéndome donde no me llaman. Pero… si necesitas abogado, el mío es muy bueno. Que no te engañe su aspecto. —Me guiña un ojo—. Confío plenamente en él.

—Aún no… —Ni siquiera lo he pensado, no estoy en ese nivel. ¿Debería buscar un abogado? Tal vez hable con Andrés—. Ya tengo —zanjo el tema de una manera más limpia.

—De todas formas, si necesitas algo, no dudes en decírmelo. Toma. —Saca una tarjeta de la chaqueta y me la entrega—. Llámame cuando quieras.

—¿También de madrugada? —La cojo y sonrío (tratando ser sexi y sensual, pero me imagino como uno de esos memes que dan más risa que otra cosa).

¡Estoy flirteando con Hugo!

—No duermo demasiado, así que sí, también de madrugada. No hay problema. —Ríe él también y durante unos segundos ninguno dice nada. Me fijo en su dentadura blanca y perfecta, sus cejas arqueadas, su cara limpia y aseada, sin barba, nariz recta, pelo moreno y corto, hombros anchos y alto, muy alto.

—No quiero quejas cuando te llame a las cinco de la mañana —bromeo y rompo el silencio.

—Me encantará que lo hagas. —Amplía la sonrisa y unas arruguitas en los ojos me parecen de lo más atractivas.

—Hola, yo soy Rocío —se presenta sin avisar y demasiado cerca de él.

Hugo tarda algo más de dos segundos en dejar de mirarme y prestarle atención a ella.

—Ella es Rocío. —La señalo—. Debes conocerla ya.

—Si. Hemos coincido alguna vez. Encantada de verla, señora.

—Señorita —apunta, sacando todas sus armas de mujer, con pestañeo incluido.

Pongo los ojos en blanco e ignoro su aclaración.

—Será mejor que nos vayamos —le informo.

—Ya tienes mi teléfono. Llámame algún día y hablamos.

Asiento levemente con la cabeza y me despido con un gesto de la mano.

—Habla, putilla —Rocío me agarra del hombro cuando salimos a la calle.

—Deja de insultarme. —Me profiere más insultos que mi nombre.

—Te dejo sola dos minutos y te pones a ligar con el tío bueno de tu cuñado. —Hace caso omiso a mi petición.

—Concuñado —dilucido.

—Lo que tú digas. Le has dado tu teléfono.

—Me lo ha dado él. —Abro el bolso y saco un cigarrillo.

—¿Y cuándo vas a llamarlo?

—¿Por qué das por sentado que voy a hacerlo?

Mi amiga mira hacia arriba y se muerde el labio inferior con los dientes.

—No sé… —Mueve la cabeza con impaciencia—. Está bueno, es simpático, amable y está claro que le gustas…

—¿Qué? —la corto— ¿Por qué piensas eso?

—Porque se ve, lerda. Eso se ve. Ahí había algo. —Señala dentro del bar—. Lo he notado. Y no era por mí, para mi desgracia.

—Estás loca, yo no he notado nada. —Me enciendo el cigarrillo y le doy una calada—. Además, es hermano de Lucas, sé, por experiencia propia, que está pasando una situación difícil y meterme ahí no es buena idea, y solo hace unos días que me he separado.

—Pues nada. ¿Durante cuánto tiempo piensas hacer luto? ¿Dejarás que te salgan telarañas en el chumino?

—¡Rocío! —le grito y me río por su salida de tono.

—Solo quiero saberlo. Soy tu amiga y me preocupa tu salud sexual.

—Gracias por tu preocupación, pero ahí no me va a salir nada. Vámonos, quiero acostarme. —Caminamos hasta mi casa calle arriba. Dormirá en mi habitación de invitados.

—¿El luto piensas cumplirlo también con Pablo? —pregunta, como si nada, bajo la luz de la luna y el silencio de la noche.

—Cállate —le pido de manera muy escueta y escondiendo la sonrisa que me sale cada vez que pienso en él.

 

Entrar en mi piso me cuesta, aunque esta noche me acompañe Ro. Sentirme sola era un sentimiento habitual, sin embargo, se ha acentuado tras la marcha de Sebastian. Ha mutado en muchos aspectos. Antes sabía que lo tenía ahí, aunque casi ni estuviera presente. Y ahora ha desaparecido de todos lados. No escucho el ruido de su silla en su despacho cuando traía trabajo a casa (que lo hacía a menudo), solo corre agua en la ducha si la utilizo yo, apenas se ensucia la vajilla de la cocina, la cama no se deshace lo suficiente y casi no se escuchan pasos sobre las baldosas. Sola. Estoy realmente sola y, aún siendo así, lo prefiero a pasar las horas con una persona que no me hace feliz.

 

Una semana más tarde, Joel vuelve a repetirme los problemas que está teniendo para cobrar el cumpleaños de Allan. Le hago saber que no debe preocuparse y que habrá habido un error a la hora de realizar la transferencia.

—Llama al roquero y le preguntas. A mí no me coge el teléfono —refunfuña.

No me extraña lo que dice y no le hago demasiado caso. Ya se arreglará.

—Dile a Mía que insista hasta que conteste. Alguna vez lo hará. —Sigo a lo mío y termino con la lista de invitados de los tres próximos eventos.

—He llamado a su mánager. —Mi ayudante vuelve a irrumpir en mi despacho una hora después—. Me ha pedido que me pase por esta dirección y él lo arreglará todo.

—Está bien —suspiro, resignada por la cantidad de interrupciones que estoy teniendo esta mañana—. ¡Pues ve!

—No puedo, queen. He quedado con un nuevo cliente dentro de media hora en el centro. ¿Recuerdas? El dueño del papel de váter púrpura.

—Lo atenderé yo.

—Es amigo de un amigo, Reina Mora. Espera que sea yo quien vaya.

—Pues envía a Mía a hablar con Arthur. —A mí no me apetece en absoluto. Prefiero arrancarme los pelos de las pestañas de uno en uno.

—Se ha ido, tenía cita con el médico.

—¿Dónde es? —Me resigno.

—No estoy seguro. Pilla un taxi y le das la dirección. Creo que es en las afueras. —Alarga la mano y cojo la nota con los dedos.

 

El taxi me deja en la puerta de una gran nave industrial en un polígono al norte de la ciudad. Le pregunto al taxista si está seguro de que es aquí y me contesta, con razón, que esta es la dirección que le he dado. Miro a ambos lados y un escalofrío me recorre la piel, no se ve a nadie ni se escucha nada. Todas las demás naves están cerradas a cal y a canto y solo hay un par de coches aparcados en la calle.

—Está bien. Gracias. —Lo despido y lo observo desaparecer. Unos segundos y… soy la única persona del mundo.

Busco el timbre por la fachada, sin embargo, no lo encuentro, así que doy un par de golpes con el puño cerrado sobre la puerta y esta se abre unos centímetros, los suficientes para ver que hay luces encendidas dentro. La empujo y la cruzo, clavando mis tacones en una especie de moqueta negra. Poco a poco mis ojos se acostumbran a la oscuridad del lugar y me doy cuenta de que tengo delante un sofisticado estudio de grabación con set de rodaje incluido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page