La estrella de Nerea
Capítulo 26
Página 31 de 50
26
ME DESESPERAS
—Hola, ¿hay alguien ahí? —Doy dos pasos hacia la luz principal, pero el tacón se engancha en el suelo y casi caigo de rodillas sobre este. Bufo, me echo el pelo hacia atrás y recoloco el bolso en mi hombro derecho.
A lo lejos atisbo la espalda de alguien y me dispongo a ir hasta él. Un chico tira de unos cables a la vez que habla por un pinganillo. Espero a que termine para no interrumpir.
—Disculpa —llamo su atención.
El chico se gira.
—Buenas tardes. Estoy buscando a Arthur Larson. Me está esperando.
—¿Puedes decirle a Arthur que tiene una visita? —Le habla al aparato que lleva pegado a la oreja—. Usted es…
—Nerea González. De eventos GonBa.
Aprovecho que intercambia unas palabras con la persona del otro lado para observar lo que me rodea. Agua sobre un plástico negro en el suelo, varias guitarras en una pared. Una lámpara enorme de lágrimas negras. Cuento tres cámaras alrededor del set y una percha con ropa oscura de diferentes clases.
—El señor Larson no está en estos momentos. Suba por esas escaleras. —Las señala frente a nosotros—. La señorita Mayer la atenderá.
Piso sobre unos escalones de hierro pintados de negro y llego hasta una puerta del mismo color. Una voz de chica, joven, con acento inglés, me invita a que pase.
—Hola, buenas tardes, soy Nerea González.
—Hola, mi nombre es Samantha Mayer. —Se levanta, camina hasta mí y me estrecha la mano—. Arthur ya me ha informado del malentendido. Lo arreglaremos en seguida. Siempre me encargo yo de estos temas, pero el señor Aragón quiso hacerse cargo en persona. Siéntese, por favor. ¿Quiere tomar algo?
—No, gracias.
Hablamos durante más de media hora de los detalles del evento. Le desgloso la factura y ella lo entiende todo la primera vez que se lo explico. No debe tener más de veinticinco años. Lleva el pelo largo y rubio, los ojos muy claros, igual que su piel y sus cejas. No puede negar que es inglesa. Le doy el número de cuenta y realiza una llamada ordenando que, de inmediato, se realice la transferencia. Firmamos los documentos pertinentes y le agradezco la eficacia y rapidez con la que lo ha solucionado todo.
—Disculpa, Pablo Aragón es una persona muy solicitada y ocupada. Ni se habrá acordado de esto.
—No se preocupe. Lo entiendo. —Dejo el bolígrafo que tenía en la mano sobre la mesa.
—Sam. —Alguien (¡Pablo!) entra sin llamar con paso firme y decidido—. Llevo esperándote en el coche más de diez minutos. ¿Dónde está todo el mundo? —Sigue hablando (en inglés). Estoy segura de que no me ha visto, el respaldo de la silla oculta mi menudo cuerpo por completo—. Vamos a llegar tarde a la cena. —Se detiene junto a mí.
Sam (para Pablo), Samantha (para mí y para el resto de mortales), se pone de pie y sonríe obnubilada. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que la joven muchacha babea por él. No se lo puedo reprochar. Si yo tuviera un poco menos de ego y de dignidad, ahora haría lo mismo. Pelo peinado hacia atrás con tupé, barba abundante, chaqueta de cuero, camisa negra, pantalón vaquero desgastado, botas hasta los tobillos, un metro noventa de testosterona y olor a sexo por todos lados.
Joder con Pablito.
—Cariño, estoy con alguien —le avisa.
Punto uno: Le ha llamado cariño.
Punto dos: Él no ha puesto mala cara al escucharla.
Punto tres: ¿Y a mí qué más me da?
Punto cuatro: Claro que me da. Me muero por dentro ahora mismo, pero lo negaré repetidamente hasta creérmelo.
Pablo mira en mi dirección hacia abajo y me hace sentir muy pequeñita. Supongo que la situación aumenta esta sensación. No puede ocultar la cara de sorpresa aunque lo intenta. Sus ojos y mis ojos se encuentran y casi se retan.
—Pablo, ella es Nerea González, la dueña de la empresa que preparó el cumpleaños de Allan. Supongo que os conocéis.
El silencio sigue reinando entre nosotros durante unos segundos más.
—Sí —lo rompo yo. Me levanto y le ofrezco mi mano—. Hola, encantada de volver a verlo.
Él la estrecha y lo veo arrugar levemente el entrecejo y echarme una mirada desconfiada.
—Ya me iba. —La suelto y me dirijo a Samantha—. Gracias por solucionarlo todo —le reitero mi agradecimiento y salgo de la habitación.
Bajo las escaleras todo lo rápido que mis tacones me permiten, cruzo el set de rodaje y salgo a la calle aspirando el aire de la solitaria calle. Miro hacia todos lados buscando algún resquicio de vida, una persona, un coche, un taxi, una parada de autobús, ¡un camión que pueda acercarme a la ciudad! En estos momentos subiría en monopatín con tal de alejarme de aquí. Cojo el móvil e intento llamar a un taxi, pero se agotan las llamadas sin que me atiendan en la centralita. Vuelvo a marcar.
—Nerea. —Pablo llega hasta mí.
Yo lo ignoro y espero a que el Karma se ponga de mi lado y aparezca un taxi (o un carruaje en forma de calabaza tirados por dos ratas ¡qué mas da!) por la esquina.
—Nerea —insiste.
—Perdona. —Tapo el teléfono con la mano—. Si no te importa, estoy hablando. —Le regalo una sonrisa forzada y me giro unos centímetros. Tres tonos y me quita el móvil de un tirón— ¿Se puede saber qué haces? —Levanto las cejas y el mentón.
—No estabas hablando.
—Estoy intentando llamar a un taxi.
—No hace falta, yo te llevo.
—Preferiría irme caminando descalza sobre brasas ardiendo. —Alargo la mano para hacerme con mi teléfono, pero es más rápido que yo y lo retira. —Dámelo —le ordeno.
—No.
—Pablo, no estoy para jueguecitos.
—Te lo doy si dejas que te lleve.
—No quiero interponerme entre tú y Sam. —Levanto la mano—. Quiero decir Samantha. —Sonrío con cinismo.
—No tienes derecho a estar celosa. —Arquea una ceja.
—No lo estoy. Tú tienes una cita y yo mucha prisa. Dame el teléfono —repito, muy seria.
Nos desafiamos con la mirada.
—¿Por qué has venido hasta aquí?
—Porque no pagaste la factura del cumpleaños de Allan y no respondías a mis llamadas.
—Tú no me has llamado.
—Lo hizo la oficina y has hecho caso omiso. Mi empresa se gastó mucho en ese evento. No todos tenemos tanto dinero como tú. Los demás necesitamos cobrar nuestro trabajo si queremos comer y llegar a fin de mes.
Recapacita sobre lo que le digo y se da cuenta de que ha sido, por lo menos, irresponsable y poco profesional.
—Soy imbécil. —Se toca el cuello.
—Mucho. Pero no importa. Lo que no entiendo es por qué no dejaste que tu novia se ocupara si es su trabajo.
—Porque no sabía cómo llegar a ti —asegura, con la franqueza que le caracteriza.
Ignoro su comentario y vuelvo a pedirle que me devuelva el teléfono.
—¿Tienes prisa? ¿Te está esperando tu marido? —pregunta con una insolencia que me cabrea—. ¿Se enfadará si se entera que estás sola conmigo?
—No eres imbécil. Eres gilipollas. ¿Sabes qué? Quédate con mi móvil. Prefiero comprarme otro a tener que estar aquí un segundo más. —Doy un paso en dirección a la carretera, pero él me detiene agarrando mi brazo con su mano.
—¿Por qué estás enfadada conmigo? He hecho lo que me pediste.
—Gracias. Pues sigue haciéndolo. —Tiro del brazo y me suelto. Llego junto a la calzada y suspiro. ¿Cómo vuelvo a la ciudad? Debe haber por lo menos veinte kilómetros hasta el centro.
—Hasta mañana, Pablo. —Escucho la voz del chico que me recibió. Le miro y le pregunto hacia dónde va. Me lo indica y le pido que me lleve y me deje en una parada de metro o autobús.
—Eh… —Duda. Miro hacia Pablo y este está negando con la cabeza, advirtiéndole, de alguna forma, que, si me lleva, no venga a trabajar mañana.
—No importa. Esperaré al taxi —tranquilizo al pobre muchacho.
Este desaparece con cara de circunstancia y atravieso a Pablo con la mirada.
—No me voy a ir contigo y con tu novia.
—Deja de llamarla así, es solo una amiga.
—Pues deberías decírselo a ella. Creo que no lo tiene muy claro.
—Sam sabe muy bien lo que hay entre nosotros.
—¿Y qué hay? —Me cruzo de brazos y levanto el mentón.
Él aprieta la mandíbula y no dice nada.
—¿Te la tiras? —sigo.
—No tienes derecho a preguntarme eso. Ni siquiera dejas que sea tu amigo.
—Tú no sabes ser amigo de una mujer. Como no pudiste follarme, preferiste echarme de tu lado.
—Eso no es verdad. Me echaste tú. ¡Tú me pediste que no te llamara más! ¡No querías verme! ¿A qué viene esto ahora? Llevo años haciendo lo que me pides. ¡Y siempre tengo que alejarme de ti! —vocifera.
—No me grites.
—Me desesperas. Estoy cansado de esto. —Se revuelve el pelo.
—No te molestaré más. Lo de hoy ha sido casualidad. Si hubieras abonado el evento, no habría venido hasta aquí.
—Lo sé. Tú nunca vienes a mí.
—Y el tiempo me da la razón. Siempre te encuentro con otra mujer.
—No seas hipócrita. Tú estás casada.
Un coche aparca a nuestro lado y Allan baja de él.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunta con escepticismo, y me mira a mí con reproche. Ambos recordamos nuestra última conversación.
—Allan, ¿te importa llevarme a casa? —casi le suplico.
—Claro. He olvidado mi bolsa. La cojo y nos vamos. —Le echa una mirada de acusación también a Pablo y entra en el local.
—¿Te vas con él? —Da un paso hacia mí.
—No me das más opción y… Confío en Allan.
—¿Tu marido también se fía él? —dice con insolencia.
—Déjalo, Pablo. Yo también estoy cansada de esto.
—¿Tú estás cansada? ¿Tú, Nerea? ¡Soy yo el que se acuesta cada noche pensando que duermes con otro!
—No sigas por ahí —le pido, tratando de serenarme.
—¿Y por dónde quieres que siga? Espera. Prefieres estar conmigo que con tu marido, pero me echas de tu vida porque no puedes tirar por la borda tantos años de matrimonio —habla con cinismo—. Y me rechazas, no solo una vez, sino incontables veces. ¡¿Y se supone que yo tengo que quedarme en casa a esperar que tú te acuerdes de mí y quieras obsequiarme con un poco de tu tiempo?! ¿Es eso? ¿Lo he resumido bien?
—Te equivocas —contesto, cortante—. Te equivocas mucho, pero no te culpo, no tienes por qué saberlo.
Inspira y se toca el cuello, alterado.
—¿Sí? ¿Y puedes decirme en qué cojones me equivoco? —vocifera.
—He dejado a Sebastian —contesto con toda la parsimonia que conozco.
Abre los ojos, asombrado, y solo escuchamos el aire rozarnos la cara y el tráfico de la autopista como un eco.
Allan sale a la calle y me pregunta si estoy preparada para irme.
—Cuando quieras.
—Nos vemos luego —se despide de Pablo, sin embargo, este ni lo mira, sigue con la vista fija sobre mí.
Me dispongo a caminar hasta el coche, pero él me detiene agarrándome con cierta presión por encima del codo.
—¿Qué has dicho? —pregunta bajo un áspero susurro muy cerca de mi oreja izquierda.
—Sebastian se ha ido de casa —repito.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo? —Me gira despacio y me enfrenta a él.
—¿Por qué tendría que haberlo hecho? —replico, tratando de no ponerme más nerviosa.
Abre los ojos y sonríe desanimado.
—Porque creí que, a pesar de todo, éramos amigos.
La frase consigue ablandarme un poco, pero nada cambia el hecho de que vivimos en dos galaxias completamente opuestas y que nuestros mundos ni siquiera convergen en la misma onda. Comprobado está que siempre terminamos discutiendo.
—Será mejor que me vaya.
—Si te vas, se acabó, Nerea. No pienso volver a perseguirte. Siento que lo llevo haciendo toda la vida. —Parece cansado.
—Nunca te pedí que lo hicieras. —«Eres idiota, Nerea. No, gilipollas. La gran gilipollas eres tú», me digo yo solita. No hace falta que me lo gritéis al oído.
—Las cosas que de verdad se sienten y se desean, se hacen sin esperar permiso.
Aprieta la mandíbula, traga, respira con profundidad y desaparece dentro de la nave.
Allan se incorpora a la autopista con cautela, demasiada si tenemos en cuenta el coche que conduce, un BMW deportivo y de alta gama. Ninguno dice nada durante los primeros kilómetros. Yo intento despegar el olor de Pablo de mi cuerpo y supongo que él trata de no inmiscuirse más de lo necesario.
—No podéis hacer eso —termina reprochándome. Y no le culpo. Alguien tiene que decirnos lo mal que estamos manejando la situación.
—Lo sé —suspiro—. Pero no lo he buscado, he venido por trabajo. —Pierdo la mirada en las casitas adosadas que se ven a lo lejos, tras la ventana—. ¿Cómo está?
—Está bien, me alarmé demasiado.
—Me alegra saberlo —aseguro. Y lo digo con sinceridad. Me quito un peso de encima cuando escucho que Pablo, ese chico cariñoso, simpático y bueno, no se ha metido en problemas desde hace mucho tiempo.
—Nerea. —El tono con el que dice mi nombre me indica que no me va a gustar lo que viene a continuación—. Pablo es mi mejor amigo, lo considero mi hermano, y solo quiero cuidar de él como él lo hace de mí. Me preocupa la relación, o lo que sea que tengáis, porque no va a terminar bien y las consecuencias para él serán muy caras.
—¿Por qué estás tan seguro que lo nuestro nunca funcionaría?
—Yo no he dicho eso.
—Por favor, sé sincero conmigo.
—Porque para estar con alguien como él hay que arriesgarlo todo. Y no todo el mundo está dispuesto a perder.
—Yo daría mi vida porque fuera feliz.
—¿Pero la darías aún sabiendo que tal vez nunca logre serlo?
Pienso sobre lo que me pregunta y la respuesta se me viene a la cabeza sin dudarlo ni un instante. Amo a Pablo con todas mis fuerzas y apostaría mi vida aún sin estar segura de si la perdería por nada. Sí, daría mi alma aunque las posibilidades de ganar fueran pocas o casi nulas.
No le contesto, me guardo el razonamiento para mí y me dejo llevar por la música que rellena los silencios que se crean durante lo que queda de trayecto. No hablamos mucho más. Solo cruzamos palabras y escuetas frases, llegando a ser monosílabas, en las que le indico el camino hasta mi piso. A la derecha. Izquierda. Es por aquí…
—Gracias por traerme. —Para frente a mi portal.
—Ha sido un placer pasar un rato contigo. —Sonríe bastante afligido y yo le devuelvo el gesto sin hacer alusión a por qué los dos reaccionamos así.
—Tengo que irme. Tal vez nos veamos otro día.
—Eso espero.
Abro la puerta y me dispongo a salir.
—Nerea —me llama—. Sé que te dije que te alejaras, pero… Búscalo. Tal vez sea lo que necesita.
Entro en casa rememorando lo que ha ocurrido. Deshacerme de la imagen de Pablo, enfadado por nuestra conversación y hasta dónde ha llegado, no parece misión fácil, sin embargo, una bofetada de recuerdos de mi vida con Sebas entre estas paredes arrasan con casi todas las imágenes de las horas anteriores. Mantenerme alejada de mi marido en momentos bajos me está costando un poco de esfuerzo por mi parte, y no atender sus llamadas casi diarias, algo que le debo a los dos. Entiendo que esté descolocado, yo también lo estoy, pero es máxima la tranquilidad que me inunda al respirar sola el aire de mi alrededor sin que nadie lo aprisione ni me presione a hacer y deshacer, a reaccionar de una manera u otra… La independencia de mi nueva vida supera todo lo malo de la misma.
Le envío un mensaje a Sebas en el que le pido espacio y tiempo.
«Por favor, no me llames si no es estrictamente necesario. Los dos necesitamos alejarnos. No hay vuelta atrás. En unas semanas podremos hablar con más tranquilidad».
Cierro la aplicación, dejo el móvil cargando sobre la mesita de noche y me doy una ducha que dura más de media hora. Y me relaja, sí, pero de nada me sirven los minutos invertidos si al salir del baño observo la pantalla del móvil encendida porque acaba de llegar un mensaje. Mi primer pensamiento, por razonamiento lógico, es que sea Sebastian contestándome, pero no tengo tanta suerte.
«Estoy cansado, sí. Cansado de tenerte sin tenerte, pero aún así no puedo sacarte de dentro. Lo llevo intentando más de tres años, pero no puedo. No voy a suplicarte más. Estoy harto de que te alejes de mí cada vez que intento acercarme. Sabes quién soy y dónde estoy. Si quieres verme, ven a buscarme».
Ceno un poco de fruta tirada en el sofá y viendo una peli de los años cincuenta con la que consigo sonreír a duras penas. El mensaje de Pablo hace mella en mí y en mis ganas de ingerir ninguna clase de alimento. Una lágrima furtiva cae por mi mejilla hasta morir en uno de los cojines plateados al repetir en mi mente sus palabras, sin embargo me obligo a no llorar, aunque tal vez lo necesite. No he llorado la despedida de Sebas como creo que debería haber hecho, pero no voy a obligarme y a fustigarme por no reaccionar como una persona normal. Me quedo en un estado de duermevela semi inconsciente en el que me permito soñar con otra vida diferente, con otra vida en la que no hacer lo correcto estuviera bien, con otra vida en la que tomar decisiones sin pensarlo demasiado no fuera una locura.
En esas me hallo cuando algo me despierta de mi sueño mágico de fantasía.
Algo o alguien.