La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 27

Página 32 de 50

27

 

CINCO O SEIS CANCIONES DESPUÉS

 

 

 

—¿Si? ¿Hola? ¿Hola? —le hablo al telefonillo que conecta con el portero automático sin obtener respuesta. Lo cuelgo y me asomo al balcón a comprobar si mis ojos de halcón consiguen ver algo entre la oscuridad de la noche. Las ramas de unos árboles ocultan la mayor parte del acerado impidiéndome observar lo que ocurre abajo. Me pongo de puntillas y arriesgo mi vida buscando algún coche conocido. Nada en mi ángulo de visión que me dé una pista de quién ha podido llamar a mi casa a las… (miro el reloj de mi muñeca soltándome de la barandilla)… once y media de la noche. Cierro la puerta corredera de cristal y vuelvo al salón. Ha llegado la hora de apagar las luces y dirigirme hacia la cama. Cuando casi lo tengo todo en penumbra, suena el timbre de la puerta y me da un susto de muerte. Camino hasta parar frente a la mirilla y mirar por ella con la mano en el pecho y las pulsaciones aceleradas, ritmo que no mejora al comprobar la persona que espera al otro lado.

Abro la puerta y me quedo mirando las dos maletas que acompañan a mi amiga Carol, sin perder detalle de su cara de enfado y el tintineo de las llaves de su coche colgando de una de sus manos. Me pongo frenética al pensar lo que ha podido ocurrir. Le ha contado a Andrés su desliz con el médico, se ha vuelto loco y la ha echado de casa.

Nada más lejos de la realidad.

—He mandado a la mierda a Andrés —me informa de la situación con un resumen corto y conciso, aunque sé que después se extenderá más, mucho más, porque la manera en la que aprieta la mandíbula me indica que ha habido drama del grande.

—¡Noooo!

—¡Síííí!

—¿Qué ha pasado?

—¿Puedo quedarme en tu casa unos días? —pregunta, sabiendo la respuesta. Le doy un abrazo y la ayudo a llevar las maletas hasta la habitación de invitados. Esta situación me recuerda mucho a la que yo viví hace unos años y me entristece que ahora le esté ocurriendo a una amiga. Solo hay una diferencia, que ella sí ama a su marido. Aquí los problemas son otros a los que tal vez puedan hacer frente.

—Venga, dime qué ha ocurrido. —Tomo asiento sobre el filo de la cama y palpo la colcha invitándola a hacerlo a mi lado.

—Estoy muy cansada, no puedo más. Los niños me absorben por completo y Andrés no me ayuda en absoluto. ¡En nada! Hemos discutido y le he dicho que me iba unos días, necesito pensar, descansar, alejarme… He dejado los niños con mi madre, los recogeré el lunes. —Comienza a llorar y la abrazo.

—Tranquila. Está bien. Tómate unos días para ti.

—¿Crees que iré al infierno? —Me mira.

—¿Por qué?

—Por abandonar a mis hijos.

—No los has abandonado. Están con su abuela. Y eso significa que esos pequeños diablillos harán lo que les plazca mientras. Estarán de vacaciones y se lo pasarán genial. El problema vas a tenerlo tú cuando tengas que volver a meterlos en vereda.

—Así no me ayudas.

—Carol. Necesitas más mano dura con esos niños. Yo no soy madre, pero la situación se te está yendo de las manos, hasta está afectando a tu matrimonio.

—Lo nuestro es mucho más complicado.

—Pero discutir cada día por la educación de Manel y Raúl no os ayuda a mejorar la situación, solo la empeora.

Carol se toca la frente y suspira.

—¿Qué opina Andrés de que estés aquí?

—No quería que me marchara, casi me ha suplicado que no lo deje. Le he dicho que solo serían unos días, necesitaba… despejarme.

—¿Has cenado? —Niega con la cabeza—. Date una ducha y te preparo algo.

—Eres la mejor.

—Solo soy tu amiga.

 

Hablamos durante más de tres horas de lo complicado de mantener viva una relación cuando llevas muchos años compartiéndolo todo con la otra persona. La rutina es un arma de doble filo. Al igual que te ofrece tranquilidad y estabilidad y te permite nadar en un mar de aceite, puede llegar a aburrir tanto que destroce todo a su paso, hasta las cosas bellas que se crean en común. Al volver con Sebas hace tres años creí que podíamos realzar los momentos bonitos y que esos mismos nos empujarían a seguir adelante y nos ayudarían a coger impulso para volver a volar juntos. Pero me equivoqué tanto que ahora pago las consecuencias, yo y todos los implicados. Alargar la agonía cuando la muerte está a la vuelta de la esquina es una irresponsabilidad que yo cometí. Sin embargo, la situación de Carol no tiene nada que ver con la mía. Ella ha formado una familia a la que ama y por la que desea luchar. Lo sé por lo que dice y también por lo que calla.

—Llego del hospital destrozada. A veces no duermo durante más de veinticuatro horas. Tengo muchas ganas de verlos, pero es entrar en casa y ya están quemando algo, o atascando, o pintando, o inundando… Y Andrés no les riñe lo que debería. Dice que son niños. Que él era así de pequeño. Que ya cambiarán… ¿Cuándo van a cambiar? ¿Cuando me maten a mí? ¿Cuando se maten entre ellos?

—No sé qué decirte.

—No hace falta que digas nada. Vine para que me escucharas. Si quisiera que alguien me dijera lo rematadamente tonta que soy, hubiera ido a casa de Rocío. Esa bocazas no se calla nada.

—Ella no te diría eso. No eres tonta, solo estás agobiada. ¿Quieres más vino?

—¿Eso lo cura?

—Tú eres la doctora. ¿Qué opinas?

—Que tengo que levantarme dentro de seis horas. No creo que sea buena idea.

Cogemos las copas vacías y vamos a dejarlas dentro del lavavajillas.

—Cuando te he visto, creí que le habías contado a Andrés lo ocurrido con el médico.

—Casi lo hago. Tuve que morderme la lengua para contenerme.

—Ya lo hemos hablado. Dijiste que Andrés no te perdonaría.

—Eso es lo que creo. ¿Tú se lo dirías?

—Pufff. No lo sé.

—A veces pienso que sincerarme sería lo correcto.

—La sinceridad está muy bien, pero, perdona por lo que voy a decirte. ¿Eres más feliz desde que supiste que Andrés te había engañado?

—No. —Se frota el puente de la nariz.

—Pues ahí lo tienes. Haz feliz a los que te rodean y, si alguna vez cometes un error, sigue adelante con él a rastras, pero no cargues a los demás con tus meteduras de pata.

—¿Me estás diciendo que no se lo diga?

—Te estoy diciendo que lo pienses bien. Vamos a ser felices el tiempo que nos quede. Hiciste mal, muy muy mal, pero… No cambies tu vida ni hagas desdichados a otros por un momento de… —frunzo el labio— debilidad.

 

El viernes, Rocío se vuelve loca al enterarse de que Carol se ha instalado en mi casa durante el fin de semana. Loca en el buen sentido de la palabra. En el sentido exacto de también mudarse a mi casa con una maleta de mano, dos botellas de ginebra, una sonrisa en los labios y el lema «Sí, sí, sí, la fiesta ya está aquí. Salgamos a follar, ese es nuestro plan».

La pediatra me mira con cara de «Por qué nos ha tocado a nosotras aguantar a esta mujer», pero en el fondo, ambas sabemos, que Rocío actúa como el mejor antibiótico contra la más resistente bacteria, aniquilándola sin rastro ni efectos secundarios. Escuchamos música y bebemos. A eso nos dedicamos la primera parte de la noche. Brindamos por las malas decisiones, las buenas y las regulares. Nos quejamos de cosas sin sentido y agradecemos por las oportunidades que nos ha ofrecido la vida.

—Brindo por vosotras.

—Os quiero.

—Yo os quiero mucho más.

Abrazo de tres.

 

Tras esta conversación, podréis adivinar cuál es nuestro nivel de alcohol en sangre. Cuando le transmites tu amor de una forma tan desmesurada a otra persona, eso solo puede significar una cosa: sobrepasa en demasía el permitido para conducir. Aún así, Rocío nos convence de salir a tomar las últimas copas a algún bar cercano en el que poder bailar y, con suerte, recrearnos la vista con algún tío bueno que ronde el lugar. Por supuesto me niego a coger el coche y caminamos alrededor de mi manzana buscando un local abierto a las tres de la mañana. No nos parece tan tarde como para encontrarnos todos cerrados. Carol se agarra a una farola y casi suplica que volvamos a casa, no obstante, le obligo a subir al taxi que detengo de un silbido y le pedimos que nos lleve a la discoteca de moda.

Entramos en Adara tras una ardua discusión con dos de los cinco gorilas que nos encontramos en la puerta. No hemos podido ocultar nuestro alto estado de embriaguez y hemos tenido que prometer que no beberíamos más alcohol una vez dentro. Pobres ilusos, no conocen a Rocío. Nos acercamos a la barra del fondo contoneando nuestros cuerpos al ritmo de una canción de Maluma, Mala mía. Vamos gritando la letra mientras apartamos a la marabunta de gente que se agolpa en las pistas de baile.

—¡Tres gin-tonics! —Pide la andaluza, encaramándose a una de las esquinas.

Nos los sirven, Carol invita la primera ronda y nos las bebemos bailando en un hueco que encontramos libre.

Cinco o seis canciones después…

—¡Nerea! ¡Nerea! —Me parece escuchar mi nombre y miro hacia ambos lados. El sudor me perla la frente y casi no me siento los brazos de moverlos sin ton ni son. No veo a nadie y me digo que deben ser imaginaciones mías—. ¡Nerea! ¡Neeeeee! —vociferan de nuevo. Achino los ojos y logro vislumbrar un rostro conocido tras la cuerda que separa la zona vip.

—¿Cristina? —digo para mí.

—¿Qué? —pregunta Carol, desorientada.

—¡Creo que está ahí mi hermana! —le grito al oído.

—¿Dónde?

—¡Allí! —Señalo con el dedo a la vez que Rocío da vueltas sobre sí misma sin parar—. ¿Es ella?

—Creo que sí.

Llamamos a la peonza humana y caminamos hasta el reservado. Conforme avanzamos consigo verla con claridad. Lleva el pelo en una coleta, un top blanco, pitillos ajustados negros y una cogorza mucho más grande que la mía. Otros tres gorilas trajeados de negro nos detienen en seco, impidiéndonos el paso. De nada sirven mis explicaciones sobre que la chica de atrás es mi hermana pequeña y solo quiero verla.

—¡Tú, descerebrado! ¡Deja que pasen! —le grita Cris, al que está agarrándome del brazo. Este me suelta, me echa una mirada de superioridad durante los segundos que tarda en decidir si me deja entrar o no y abre un cordón de seguridad.

—Te lo hemos dicho. La conocemos —manifiesta, Ro, con un tono altivo, cuando pasa por su lado.

—¿Qué haces aquí? —Cristina me da un abrazo y nos tambaleamos.

—Yo podría preguntarte lo mismo.

—Bailar, hermanita, y pasarlo bien —contesta con una sonrisa.

—¿Y Lucas?

—No le apetecía salir. Mañana tiene que ir al periódico. ¿Queréis tomar algo? ¡Barra libre toda la noche! —Levanta los brazos.

—¿Con quién estás? —Arrugo el entrecejo. Esto huele mal.

—Con Pablo y la banda. ¿Crees que toda esta seguridad es por mí?

Miro hacia atrás y cuento diez tíos con espaldas como armarios empotrados apostados alrededor de la zona donde nos encontramos. Y no veo doble. Todavía. Con el que nos hemos peleado solo es uno más de ellos.

No pregunto dónde está Pablo e intento tranquilizarme. Lo mejor será que nos vayamos de aquí lo antes posible. No tengo ganas de discutir con él ni de verlo comerse los morros de otra en mi cara, así que le pido a Carol marcharnos cuanto antes.

—Tarde. —Me señala a Rocío y a Allan, besándose en una esquina.

Suspiro y me masajeo la sien, esperando que a mi cerebro se le ocurra algo pronto y pueda salir cuerda de aquí.

—¡Pablo! ¡Pablo! ¡Mira quién ha venido! —Cris le grita al susodicho, agitando la mano en el proceso.

Camina hasta nosotras con una mano en el bolsillo y la otra perdida entre su cabello, con un aire de despreocupación y pasotismo total.

—Hola. —Nos saluda a Carol y a mí a la vez que rodea el cuello de mi hermana con un brazo— ¿Qué las trae por aquí? —Habla solemne y noto, por su tono de voz, que también lleva una copa de más.

—Hemos salido a tomar algo y nos hemos encontrado a Cristina. —Explico y me excuso, no vaya a creer que lo estoy persiguiendo o algo parecido—. Nos tomamos esta y nos vamos. —Apunto a mi copa con un dedo, a continuación levanto la mirada y me encuentro con la suya. Durante unas milésimas de segundos nos perdemos en ellas y nos decimos tantas cosas como las que ocultamos. Tanto demostramos entre el silencio, que hasta Carol se da cuenta de que algo sucede.

—Perfecto. —Parece molesto, aunque trata de ocultarlo—. Si necesitáis cualquier cosa, decídmelo. Pétalo, vamos a bailar. —Agarra la mano de Cris y se la lleva dando vueltas y sacándole varias carcajadas.

—¿Me he perdido algo? —pregunta la pediatra.

—No mucho. —Doy un sorbo a mi copa.

—¿Cuántos capítulos? —insiste.

Unos mil.

—Me dijo que estaba harto de perseguirme. Que si quería saber de él, fuera a buscarlo.

—¿Y por qué no lo haces?

Porque mi ego es más grande que yo (aunque eso no sea muy difícil).

Porque no sé si aún estoy preparada.

Porque me da pánico que me rechace.

Porque me da miedo hacerle(me) daño.

Porque me aterroriza que salga mal.

—Porque no sé si es demasiado pronto. Tú misma dijiste…

—Yo te dije que tomaras la decisión de separarte por ti misma, sin dejarte influenciar por Pablo. He visto cómo os mirabais, los dos estáis deseando acercaros, pero ninguno de los dos se atreve a dar el paso.

Él sí se atreve, es mucho más valiente que yo, pero yo no paro de darlos hacia atrás.

—¿Crees que debería…?

—Nerea, somos adultas. Yo no creo nada. —Bebe de su gin-tonic y mira hacia otro lado. La siguiente media hora la pasamos bailando. Vale, yo bailo y observo a Pablo reír con mi hermana, Chase y Robbie. Compruebo que Peter no está y aprovecho para verificar que ninguna fémina acompaña esta noche al roquero por el que perdería las bragas. Alguna que otra vez se acerca a la muralla humana para firmar autógrafos y hacerse fotos, pero nadie que le coma la boca y le sobe el culo, por fortuna para mí y para mi salud mental.

Rocío y Allan dejan de casi follar delante de todos y vienen a informarnos de que se van a casa a seguir haciéndolo allí, ocultos y no a la vista de quien quiera observar, aunque si alguien de los presentes deseara marcharse con ellos y participar, no les dirían que no. Allan me da un beso y un abrazo que dura más de los segundos estipulados y nos reímos.

—Eres como un llavero —me dice, dejándome en el suelo.

—¡Oye! —Le doy un manotazo en el pecho.

—Me llevo a tu amiga a La Finca. ¿Te quieres venir? —Me guiña un ojo y sonríe a carcajadas ante mi cara de susto—. Es broma, Nerea. Jamás se me ocurriría volver a acostarme contigo. Le tengo mucho a precio a mi vida —dice casi pegado a mi oreja a modo de confidencia.

Voy a contestarle cuando Ro me rodea con sus brazos y me grita al oído:

—No me esperéis hasta mañana. Presiento que la noche va a ser larga.

—Ten cuidado. En esa casa siempre hay mucha gente —le prevengo.

—¡Pues mejor! —Rodea la cintura de Allan y este le da un beso en la mejilla.

—Hasta mañana —Carol se despide de ella, y los vemos desaparecer por una puerta trasera y acompañados de cuatro guardaespaldas—. Voy a por otra copa. ¿Quieres? —Asiento con la cabeza a la vez que le doy la mía, ya vacía.

Suena Lo malo de Aitana y Ana Guerra y comienzo a mover las caderas al ritmo de la música. Cierro los ojos y levanto el mentón sin parar de bailar. Subo las manos y tarareo la canción. Pa mala yo. Miro alrededor y observo la situación. Chase y Robbie beben junto a varias chicas. Algunos del equipo técnico hablan a voces mientras tragan chupitos de dos en dos. Carol y Cristina ríen junto a la barra y Pablo desaparece solo por el pasillo que da a los baños vips. Creo que ni lo pienso, doy un paso y después otro. Veo lo que sucede a cámara lenta y como si no fuera conmigo. Las voces de las dos participantes y triunfadoras de Operación Triunfo resuenan en mis tímpanos al ritmo constante de mi corazón. No lo dudo ni un segundo, no me detengo a meditar lo que estoy a punto de hacer, empujo la puerta sin dilación y mis ojos se encuentran con los de Pablo a través del espejo encajado sobre el lavabo. Elimino los cuatro últimos pasos que nos mantienen alejados, él aprovecha ese segundo para volverse hacia mí y nuestras bocas chocan con fuerza y con muchas ganas, todas las que nos tenemos y más.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page