La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 28

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BUSCARTE

 

 

 

Lo beso.

Me besa.

Me agarro a su cuello.

Se agarra a mi cuello.

Siento su pecho subir y bajar pegado al mío.

Nuestras lenguas se enredan durante tantos segundos que casi pierdo el sentido. Lo atraigo más hacia mí, deseo tenerlo tan cerca como pueda.

—Pablo… —gimo sobre su boca.

—¿Qué haces? —pregunta, acelerado y sin dejar de besarme.

—Buscarte —contesto, firme y segura.

Entierra los dedos de su mano derecha en mi cabello y sigue con brío. La mano izquierda la baja hasta mis nalgas, que agarra y pega a su pelvis, dura y dispuesta. Le acaricio los hombros, los brazos, el cuello, el pelo. Me pierdo tocando sus definidos pectorales y sonrío al recordar lo que Cristina le dijo en la habitación de Las Vegas cuando entraron y me despertaron a las tantas de la madrugada: Estos músculos no son de tocar la guitarra.

—¿De qué te ríes? —musita. Me agarra de la cintura y me sienta sobre el lavabo de mármol blanco sin despegar nuestros labios.

Introduzco mis dedos debajo de su camiseta y juego con el cinturón de su pantalón a la vez que le acaricio la piel de la zona. Noto cómo encoge el estómago y gime ante mi contacto. Realizo la acción hasta que estimo oportuno lanzarme a deshacerme de la correa y perderme dentro de su bóxer blanco. Me pongo a cien cuando veo el bulto bajo la tela y el contraste de color con el moreno de su cuerpo. Solo quiero que me arranque las bragas y me haga suya en este momento. Llevo soñándolo años, hasta ahora no me doy cuenta de la necesidad vital que tengo de sentirlo dentro. Aparto hacia abajo el slip y le rodeo la polla con la mano. La suavidad y, a la vez, dureza de su sexo me enciende más y más y ya no puedo parar. Comienzo a masajearla de arriba abajo y él jadea y bufa en cada uno de mis movimientos. Riega de besos húmedos mi mandíbula, mi cuello y mis pechos, pero no me quita la ropa interior y me empala.

—Pablo… —suplico varias veces—. Pablo…

Él sigue lamiéndome, ahora un pezón, luego otro, los muerde, tira de ellos, grito y sigo suplicando.

—Pablo… Hazme… —Estampa su boca contra la mía e interrumpe mi ruego. Nuestras lenguas vuelven a enredarse.

Dientes.

Saliva.

Gemidos.

Mordiscos.

Jadeos.

Más saliva.

Deseo.

Placer.

—Pablo…

—¿Qué quieres, Nerea?

—Quítame las bragas…

—No.

Lo agarro de la camiseta, tiro hacia mí y lo devoro.

Más dientes.

Más saliva.

Más jadeos.

Más placer.

Más deseo.

Su polla da una sacudida en mi mano cuando le muerdo el cuello y le susurro al oído que me folle.

—Fóllame, Pablo, hazme tuya —son mis palabras exactas, envueltas en un susurro gutural y bañado de toda la desinhibición con la que te dota el alcohol.

—No —vuelve a decir seguro.

Respiro con dificultad y me aparto para poder mirarlo a la cara.

—No —repite, esta vez con sus ojos clavados en los míos.

Se aleja unos pasos de mí y se guarda el miembro dentro de los pantalones.

No sé qué decir. Estoy frustrada, caliente, acelerada y… muy muy enfadada. ¿Qué significa esto? Me bajo de la encimera del baño de un salto, me recoloco el sujetador y la blusa para no ir enseñando las tetas y me dispongo a salir de la habitación. Agarro el pomo, lo pienso, lo pienso, voy a tirar de él y… en el último momento me arrepiento, giro sobre mí misma y me enfrento al roquero, que termina de abrocharse el pantalón.

—Dijiste que, si quería verte, viniera a buscarte.

Silencio.

Agarra el filo de cuero del cinturón, lo introduce por la trabilla del vaquero y lo cierra sin dejar de mirarlo. No dice nada. Respira y camina hasta mí.

—No voy a hacer esto aquí contigo. No te voy a follar en los baños de un bar. —Asegura a pocos centímetros de mi boca. Da dos pasos más hasta la puerta, la abre y se detiene—. Me voy. Ya sabes dónde vivo. —Sale sin hacer ruido y solo escucho mi agitada respiración que aún no he podido controlar.

 

—¿Nos vamos? —Le pregunto a Carol, que baila junto a Cristina con una copa en la mano.

—¿Ya? ¡La noche es joven! —grita mi hermanita, levantando su bebida y derramando parte en el proceso.

—¿Dónde has estado? Te pedí un gin-tonic y desapareciste. Creí que me habías dejado sola. Me lo he tenido que beber y juraría que no me ha sentado bien. Tengo el estómago algo revuelto —dice «guegüerto» pero la entiendo.

Da un traspiés y cae hacia un lado. La agarro a tiempo de evitar que estampe los dientes contra el suelo y le aconsejo que nos vayamos a casa. Paro el baile desacompasado de mi hermana y le informo de nuestra partida.

—Me voy con vosotras. —Me alegra su decisión, porque en las condiciones en las que se encuentra, capaz de quitarse la ropa, buscar una lámpara de esas de lágrimas negras, utilizarla de liana y lanzarse a través de la sala gritando como Tarzán.

Recogemos los bolsos y las chaquetas del asiento donde los dejamos y uno de los guardaespaldas nos acompaña a la calle y busca un taxi. Le doy la dirección de mi casa y en quince minutos subimos en el ascensor cantando canciones de Ariana Grande.

—Me van a echar del bloque —comento, mientras introduzco la llave y abro la puerta de casa.

—Tengo hambre —murmura Cristina.

Llego hasta el salón y me percato de que Carol no ha entrado. Me asomo al descansillo de mi planta y la encuentro sentada sobre el suelo, con la espalda apoyada en la pared, los ojos cerrados y hablando algo ininteligible. La cojo por debajo de los brazos, musitando que ya tenemos una edad para llegar así a las tantas de la madrugada, y tiro de ella hasta dejarla sobre la cama de la habitación de invitados. Lo único que le quito son los zapatos, me niego a desnudarla y despertarla.

Escucho algo caer al suelo y romperse en la cocina y camino hasta allí para asegurarme de que Cristina no se ha cortado con lo que sea que haya roto. La veo recogiendo cristales del suelo sin ningún cuidado.

—Deja, ya lo hago yo. Vete a dormir.

—Quiero tortitas.

—Vete a la cama, Cris —insisto.

—¡No quiero! ¡Quiero tortitas con chocolate y nata! —Se cruza de brazos y arruga el entrecejo.

Tiro los restos del vaso al cubo de la basura, bufo y la agarro de la cintura para guiarla hasta mi cama. Lo que tengo que aguantar a mis treinta y siete años.

—Le diré a mamá que no me diste tortitas y te castigará.

—Quítate la ropa y lávate los dientes. No voy a poder dormir con la peste a alcohol.

En respuesta a mi petición, se tira sobre la cama y se abraza a la almohada. La llamo varias veces, pero no responde, cae rendida a los pies de Morfeo. Suspiro, me resigno y la dejo tal y como ha caído.

Entro en el cuarto de baño al determinar que yo sí que me lavaré los dientes si quiero dormir cómoda. En ello estoy cuando mi reflejo en el espejo me hace una pregunta: ¿Qué haces aquí, aguantando a dos borrachas, si lo que quieres es ir a casa de Pablo y pasar la noche, o lo que queda de ella, con él?

Recuerdo las palabras de Rocío, alegando que las mujeres somos independientes y que podemos decidir por nosotras mismas, sin prejuicios, dónde, cuándo y cómo acostarnos con un hombre. Que tomar la iniciativa no solo es cosa del sexo masculino.

Me pinto un poco los labios y me retoco el colorete, vuelvo a colgarme el bolso y salgo de mi apartamento pasadas las cinco y media de la mañana en busca de lo que quiero.

Pablo.

 

El taxi me deja en la puerta de su edificio unos pocos minutos después y, aunque no me arrepiento de haber venido, un montón de dudas comienzan a agolparse en mi mente hasta casi hacerla explotar. ¿Y si no está? ¿Y si yo entendí mal y quiso decirme otra cosa? ¿Y si vuelve a rechazarme? ¿Y si está con otra y solo quiere hacerme daño? No, definitivamente no. Imposible. Pablo no es así. No ha podido cambiar tanto.

Aparto mis recelos hacia un lado, sigo mi instinto (que me grita que vaya en su encuentro) y llamo al portero automático decidida. No contesta, no pregunta, solo se escucha el eco hueco de haberlo descolgado y la cerradura abrirse con un clic. Empujo la puerta, cruzo el piso bajo del portal y subo en el ascensor hasta la décima planta, acompañada por mis nervios, que suben conmigo y aumentan conforme nos elevamos.

Cuando pongo un pie en el rellano, una corriente eléctrica me recorre la piel y me insta a levantar la mirada y encontrarme con la suya, con sus ojos… con sus hombros anchos, los brazos junto a sus costados, con su mentón levemente inclinado hacia abajo y la cabeza echada hacia un lado. Con una de sus camisetas grises y unos jeans azules desgastados. Su mirada entrelaza la mía en un abrazo y no desconectan en ningún momento. Mis pies caminan empujados por las ganas de tocarlo y sentirlo hasta detenerse a un escaso paso de él, de su perfecto y definido cuerpo que lo espera, impaciente, apoyado bajo el vano de la puerta.

Observo cómo su profunda respiración empuja su pecho en un sexi balanceo, cómo abre los labios cuando ve que me muerdo los míos, cómo sus pupilas se agrandan ocultando el azul de sus ojos, cómo las aletas de su nariz se estiran y contraen, y cómo el bulto de entre sus piernas se atisba tras la tela vaquera.

No podría asegurar quién de los dos da el primer paso. Una milésima de segundo podría variar entre uno y otro. Él me agarra del cuello y yo me encaramo a su cintura. Unimos nuestras bocas como si aún estuviéramos en el baño de Adara y él no hubiera interrumpido el magnífico momento. Le rodeo la pelvis con las piernas, de una patada cierra la puerta y estampa mi espalda contra la pared.

—¿Por qué has tardado tanto? —Me muerde el cuello.

—He tenido que dejar en casa a Carol y Cristina. —Grito al sentir dolor.

—No me refiero a eso. —Captura el bajo de mi camiseta y me la quita por la cabeza. Me lame los pechos, se entretiene con mis pezones y me vuelve loca de placer. De un ágil movimiento se deshace también de mi sujetador, dejándolo caer al suelo.

Agarra mis caderas con decisión y le rodeo la cintura con las piernas. Vamos devorándonos y desnudándonos camino a la habitación. Cuando llegamos junto a la cama, su camiseta también ha desaparecido en algún lugar del trayecto y mis bragas cuelgan rotas de uno de mis tobillos. Sin soltarme, me tira sobre la cama, cayendo sobre mí y lamiéndome todo el cuerpo. Se detiene en mi pelvis y, con una parsimonia capaz de volver loca a la más cuerda, baja la cremallera de mi falda y la saca por debajo de mis piernas. Estoy completamente desnuda delante de él, y, en un acto reflejo, con un trasfondo de vergüenza y pudor, trato de ocultarme tras la sábana; sin embargo, él me agarra de las muñecas, me besa con detenimiento y devoción y me susurra lo bonita que soy.

—Pablo… —balbuceo entre suspiros.

—¿Qué…?

—Ha pasado mucho tiempo…

—Y sigues siendo tan perfecta… —riega de besos el canal que baja entre mis senos, mi vientre, mi monte de Venus, la parte interna de mis muslos.

Jadeo.

El tacto de la piel de sus manos y la suave y caliente brisa que sale de su boca me catapultan a un estado de excitación que no experimento desde hace tiempo. Siento activarse cada célula, cada átomo de mis entrañas explota ante la caricias de Pablo.

Agarra mis rodillas y las empuja hasta abrirme las piernas al máximo. Todo mi sexo queda expuesto a él, a su visión, a su merced, a lo que quiera hacerme. Observo su pecho subir y bajar con fuerza y, cuando elevo el semblante, su mirada ha viajado a la mía y se ha mudado allí.

Durante unos segundos no se escuchan besos, ni la fricción de las sábanas contra nuestros cuerpos, ni el movimiento de la cama sobre el suelo… Solo resuenan recuerdos, sentimientos y un millón de momentos que han viajado con nosotros hasta aquí. Todos esos que vivimos de esa manera tan intensa durante los meses que duró nuestra relación.

—Bésame —le pido.

—¿Sabes la de noches que soñé con volver a tenerte así? —Me acaricia ambas piernas desde la cintura hasta el tobillo.

—Sí… —gimo cuando pasa un dedo por la abertura de mi sexo.

—¿Cómo puedes saberlo? —Masajea mi clítoris con el dedo de una mano mientras que con la otra se desabrocha el pantalón y lo baja, dejando que contemple su miembro viril y cómo lo agarra y lo frota.

—Porque fueron tantas como las mías. —Jadeo.

Veo en sus ojos un brillo extraordinario y, sin más dilación, se tumba sobre mi cuerpo e introduce su polla en mi cavidad, despacio, tan lentamente que siento cómo se abre paso dentro de mí. Echo la cabeza hacia atrás y suelto un gruñido ronco a la vez que lo hace él. De una seca estocada llega al fondo y se me corta la respiración. Jadea con fuerza y con una mano se aferra a mis muslos.

—Joder —se queja.

Se balancea hacia atrás y hacia delante y grito.

Pega su frente a la mía y nuestras respiraciones se mezclan.

—Nerea… —susurra mi nombre.

—Pablo… —Le agarro el cuello con ambas manos y le doy un beso lento y húmedo, sintiendo cada milímetro de su boca sobre la mía.

Vuelve a repetir el movimiento sin dejar de mirarme a los ojos y vuelvo a gritar, echando la cabeza hacia atrás. Me muerde el labio y tira de él, comenzando el baile de caderas más explosivo que recuerdo jamás. Su pelvis choca con la mía sin medida, en golpes secos y constantes. Siento que me va a partir en dos y no puedo respirar.

Una vez.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Jadeo.

Cinco.

Gime.

Seis.

Gritamos.

Siete.

Ocho.

El cabello le cae sobre la frente, húmeda por el sudor, los músculos de los brazos se contraen por el esfuerzo y los tatuajes de su piel se mueven al compás de nuestros cuerpos. Siento un orgasmo crecer y crecer en mis tripas, haciéndose cada vez más grande e inmenso, como las ondas que se crean en el agua cuando una piedra cae y se hunde en ella.

—No puedo… más… —gimoteo.

Pablo me da más fuerte, entrando y saliendo con fiereza. Agarra mis nalgas con premura y las aprieta, haciendo nuestra unión más perfecta y su penetración más profunda.

Grito sin medida.

Él jadea sin contención.

Todo mi cuerpo se tensa y explosiona, absorbiendo el placer y esparciendo el deseo a nuestro alrededor.

—Arrrggg, joder, joder… —Pablo se derrama dentro de mí sin dejar de balancearse, hasta que cesa en el movimiento y se detiene.

No son gemidos lo que retumban ahora en la habitación. Son nuestras agitadas respiraciones y un inmenso silencio los que lo impregnan todo de una inadecuada incomodidad.

Después de unos segundos, sale de mí, se incorpora y se pierde en el baño cinco largos minutos. Espero a que vuelva, sin embargo, me decido a seguirlo al escuchar el agua de la ducha caer. Ciño a mi cuerpo la sábana de la cama y me dirijo al aseo, descalza y acompañada de un montón de dudas.

—Pablo —lo llamo sin obtener respuesta—. Pablo —repito.

Abre la mampara y me mira sin ninguna expresión de emoción en la cara.

Bufo para mí.

—Pablo… Te has… —«Vamos, Nerea. Demuestra que eres una mujer adulta sin tabúes y con mucha experiencia»—, te has corrido dentro de mí y no sé si… No sé si acabo de acostarme con todas tus… amigas.

Arruga levemente el entrecejo y respira.

—Siempre follo con condón. —Cambia el semblante a uno enfadado—. Supongo que yo sí me he acostado con tu marido.

—Pablo… —me lamento.

Cierra el cristal y me deja fuera sola. Bueno, sola no. Acompañada por un millar de miedos y desesperación, además de las dudas que entraron conmigo.

Y ahora ¿qué?

Me voy al dormitorio, me visto y hago la cama. Busco el bolso en el suelo del vestíbulo y miro la hora en el reloj del teléfono móvil. Pasan las siete y media de la mañana y los primeros rayos de sol lo verifican. Aparto un mechón de mi frente al incorporarme, después de limpiar un poco mis zapatos con una servilleta de papel, y me topo con el cuerpo semi desnudo y mojado de Pablo, solo ataviado con unos vaqueros sin abrochar.

—Me voy… Quiero decir… —Quiero decir que no tengo ni puñetera idea de qué hacer en estos momentos.

—¿Quieres irte?

—No. No lo sé… —Dudo.

—Nerea… —Se remueve el cabello con una mano varias veces, camina hasta mí y me rodea la cintura en un cariñoso abrazo—. Lamento lo de la ducha. Me he sentido… No sé, hace mucho tiempo que esperaba que ocurriese esto y me ha sobrepasado. No tienes que irte, tampoco que quedarte. Haz lo que te apetezca, pero no lo decidas por mi frialdad de hace un momento, solo estaba…  descolocado.

Apoyo las manos en su pecho y su latido me tranquiliza. El corazón de Pablo es como la luz del faro de un puerto que aparece cada breves segundos anunciándote la tan ansiada tierra firme. Avisando de la llegada a casa.

—Pablo… Yo… No sé qué hacer.

Sus ojos comienzan a brillar y, poco a poco, curva los labios en una sonrisa amable y familiar, como si todos los días me despertara con ella.

—Yo sí sé qué voy a hacer. Estoy muy cansado, son casi las ocho de la mañana y voy a quedarme dormido de pie porque una mujer ha entrado en mi casa y me ha obligado a hacer ejercicio a las tantas de la madrugada. Así que me voy a dormir, no puedo más. Decide qué quieres hacer tú. —Me da un beso en la comisura de los labios y desaparece tras la puerta del dormitorio.

No me dejo meditarlo demasiado. Hago lo que me apetece sin calibrar las posibles consecuencias. Lo sigo y me detengo a los pies de la cama. Está tumbado sobre el colchón, con los brazos bajo la cabeza y mirando hacia el techo. Los rayos de entrada la mañana bañan los tatuajes de su cuerpo dotándolos de un color especial.

—Quiero quedarme. —avanzo hasta un lateral, me desvisto ante su mirada y me tumbo a su lado, frente a frente, después de ver cómo aparta las sábanas para que lo haga—. Es tarde y también estoy cansada.

Sonríe en una mezcla de tristeza y esperanza y parpadea varias veces muy despacio, reflejo de su cansancio físico y, algo me dice, también emocional.

—No necesitas excusas para quedarte en mi cama. —Susurra a dos centímetros de mi boca—. Mis sábanas se alegran de verte casi tanto como yo.

Saco la lengua y me humedezco los labios, acercándolos a los suyos justo después, y uniéndolos, tan despacio, que estoy a punto de desfallecer.

Suelto un pequeño gemido convertido en queja cuando me separa unos milímetros e impide que el beso crezca.

—Vamos a dormir —susurra.

Me gira, poniendo mi espalda pegada a su pecho y me abraza con decisión.

Noto su corazón latir con calma muy cerca del mío.

—Pablo… —musito, sin obtener repuesta—. Te he echado de menos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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