La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 29

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NO ME SUELTES

 

 

 

Me despierta su olor, su piel caliente rozando la mía y la imagen de su pequeño cuerpo desnudo enredado entre mis piernas. Mis brazos rodean su cintura estrecha y mis labios pueden notar aún el sabor de su saliva. Parpadeo varias veces para comprobar que no es un sueño, que no sigo dormido y que es cierto que Nerea duerme plácidamente a mi lado.

—Te he echado de menos —murmuro casi para mí.

Y la observo, me dedico a contemplarla durante varios minutos. Le acaricio el cabello, me detengo en el arco de su cuello y le dejo un suave beso en la mandíbula. Poco a poco y, como algo o alguien que se acerca, comienzo a escuchar en mi cabeza una suave melodía. Cada vez más fuerte y con más potencia. La armonía que me lleva rondando el pensamiento durante meses empieza a tomar forma sola, acoplando acordes, enredando notas y creándose en mi interior. En contra de mi voluntad, me levanto, dejo sola a Nerea en la cama, cojo la guitarra, que espera apoyada en una pared de la habitación, y tomo asiento en el sillón que adorna una esquina. Tarareo la melodía a la vez que trato de que las cuerdas suenen como deseo y, en un rato, la tengo montada por completo. Deposito el instrumento a mi lado y me toco el pelo en movimientos lentos, hasta que me encuentro con su mirada atolondrada, fija en mí y en lo que hago.

Sonrío y el pecho se me hincha tanto que voy a explotar. La visión me deja exhausto. Su cuerpo enredado entre mis sábanas blancas, su melena rubia pintando de confianza y sencillez mi cama y el brillo de sus ojos, de nuevo, iluminando la habitación y mi alma.

El miedo de anoche, y por el que no supe actuar cuando terminamos de hacer el amor, aparece de nuevo en tropel esgrimiendo mis tripas, sin embargo, ella sonríe y todo vuelve a su lugar. El terror desaparece y las dudas se van.

—Buenos días.

—Buenos días —susurra.

—Siento haberte despertado. —Me incorporo y camino hasta sentarme junto a ella y acariciarle el rostro con los dedos.

—Me ha encantado escucharte. No la conocía.

—Yo tampoco. Ha aparecido sola esta mañana.

—Pues es muy hermosa.

—Como tú. —Le doy un beso en la mejilla—. ¿Quieres desayunar?

—¿Qué hora es? —Se sienta sobre la cama con la sábana agarrada a su pecho.

—Más de las doce. —Me pongo la camiseta gris, que dejé tirada anoche, por la cabeza—. ¿Prefieres almorzar?

—Será mejor que me vaya. Carol y Cristina están en casa.

—Cristina no despertará antes de las cuatro y Carol sabrá cuidarse sola. —Clavo las rodillas sobre el colchón delante de ella y pego mi nariz a la suya—. Quiero enseñarte algo. —Avanzo para darle un beso en los labios y arrugo el entrecejo al darme cuenta que se aparta hacia atrás.

—Tengo que lavarme los dientes —explica.

—Yo tampoco me los he lavado.

—Pero tú eres de otro planeta.

—¿De cuál, si puede saberse?

—Del de las estrellas del rock a las que no les huele el aliento.

Suelto un par de carcajadas ante su respuesta y muevo la cama al hacerlo.

—Te voy a besar. —Me acerco seguro.

—No.

—Sí.

—¡No! —Oculta la cabeza tras la sábana.

—¡No vas a conseguir nada escondiéndote! —Me tiro sobre ella y forcejeamos hasta casi romper la tela. Posiciono mi cuerpo sobre el suyo, acorralándolo entre mis piernas, aparto el tejido y, entre risas, le agarro de las muñecas y las coloco sobre su cabeza.

—Te voy a besar.

—No. —Ríe.

—Sí. ¿Sabes por qué?—susurro acercándome a sus labios muy despacio.

—¿Por qué? —musita, ya sin oponer resistencia.

—Te voy a besar porque solo así exploto por dentro.

Uno mi boca a la suya y me siento lleno.

Completo.

Feliz.

Pero, de nuevo, tengo que apartar el miedo de mi mente.

 

Ignoro varios mensajes de Dayana, informándome de que vuelve a estar en la ciudad y de que la llame cuando me apetezca, y hago huevos revueltos mientras Nerea se da una ducha y hace un par de llamadas. La escucho hablar con Carol, a la que le asegura que está bien y que pronto irá a casa. Como sospechaba, parece que Cristina sigue bajo el influjo de Morfeo y le pide que no le diga dónde se encuentra.

Aparece en la cocina con una de mis camisetas negras, descalza y el pelo mojado goteando sobre sus hombros.

—Puedes quedarte todas mis camisetas. Te quedan mucho mejor que a mí —apunto.

Se agarra del dobladillo, tira hacia abajo, en un acto de timidez, y se sienta en una de las banquetas detrás de la isla de la cocina.

—Huevos y hamburguesas congeladas. —Dejo el plato delante de ella y le doy un beso en la nariz—. Especialidad de la casa.

—Yo diría que es lo único comestible que tienes en casa.

—Por suerte para mí, no. —Le muerdo el cuello y ella lo encoje y ríe.

—¡Vas a hacerme daño! —grita sin dejar de sonreír.

—Come. Voy a enseñarte algo. —Me posiciono frente a ella y pincho de mi plato.

—¿El qué? —Me encojo de hombros—. No me gustan las sorpresas. —Suspira y sé que lo dice de verdad. A pesar de que hace tres años que casi ni hablamos, no se me olvida nada en lo concerniente a ella.

Levanto el labio, enigmático, y me mira con desconfianza.

Terminamos de comer hablando sobre cosas insignificantes, como nuestra marca preferida de café o lo sabrosas que están las hamburguesas de Gobu.

—¿Tienes nuevos vecinos? —pregunta, mientras enjuaga los platos en el fregadero, me los da y yo los introduzco en el lavavajillas.

—No. Es abajo. Han tenido niños y siempre se está librando una batalla.

—¿Hay alguien viviendo al lado?

—No. —Cierro la puerta y programo el lavado.

—No entiendo cómo una estrella de rock como tú no tiene a alguien que le haga las cosas del hogar.

—Sí tengo, pero viene cuando no estoy, me gusta estar solo. —Le agarro de la mano y la llevo hasta el salón—. ¿Qué quieres hacer ahora?

—Ibas a enseñarme algo.

La atraigo hacia mí y la beso en el cuello.

—Al lado no vive nadie —le repito, encauzando el tema de nuevo.

—Mmm…

—Ven. —Me separo, cojo un manojo de llaves y camino arrastrándola hasta la salida.

—¡No puedo salir a la calle así! —Tira de mi mano e intenta frenarme.

—Confía en mí. —Jalo de ella y vuelve a detenerme.

—¡No! ¿Estás loco? —Clava los pies descalzos en el suelo.

Ensancho la sonrisa. Tiro de su menudo cuerpo y lo pego al mío, sin esforzarme lo más mínimo.

—Sí, estoy loco, otra vez. —La beso con todas mis fuerzas hasta que noto su cuerpo ceder y relajarse—. ¿Confías en mí? —Asiente con la cabeza y caminamos en silencio y sin soltarnos de las manos hasta parar sobre el felpudo del piso en el que ella vivió.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunta, mientras introduzco la llave y la hago girar.

—Ahora lo verás. —Se cruza de brazos y da golpecitos en el suelo con un pie—. La impaciencia mató al gato.

—Fue la curiosidad. —Me lanza una mira ansiosa.

—Venga, entra, impaciente. —Le señalo con la cabeza el interior del apartamento y ella levanta las cejas, sorprendida.

—Pero… —Mira el salón, intacto a pesar del paso del tiempo.

—Compré esta casa después de que te fueras.

—¿Qué? ¿Por qué? —Un par de metros nos separan.

—Porque me negaba a dejar que otra persona disfrutara de tus estrellas. Porque quería guardarlas para ti. Porque solo te sentía tumbándome en la cama e imaginándome que tú también las observabas. Que en algún lugar tú estarías acordándote de mí. Pensaba que… si las encendía, su brillo, te traería hasta mí.

No consigo terminar de decir la última palabra cuando ha deshecho los dos pasos que nos mantenían alejados y se encarama a mí, rodeando con sus piernas mi cintura y con sus brazos mi cuello, besándome como si no lo hubiéramos estado haciendo durante las últimas horas.

—Quiero verlas —me pide, con la sonrisa más maravillosa que mis ojos hayan tenido el placer de disfrutar jamás.

La llevo hasta el dormitorio, bajo la persiana con ella en brazos y me dispongo a dejarla sobre la cama.

—No. No me sueltes —musita.

—Nunca —le aseguro.

Nos quedamos de pie, con ella abrazada a mi cuerpo. Le doy al interruptor y ambos levantamos el mentón para observar las constelaciones en el improvisado y artificial cielo, pero tan nuestro, tan suyo y tan mío, que da miedo.

Tras unos minutos perdidos en el firmamento de nuestros sueños, me mira y abre los labios unos milímetros, soltando el aire que contenía.

—Siempre han estado aquí. Nunca dejaron de brillar —susurra, conmovida.

—Y nunca lo harán. —Me muerdo el labio y miro el suyo, justo antes de unirlos de nuevo y perdernos en un mar de sensaciones.

Ahora sí, la tumbo sobre la cama con delicadeza y nos dedicamos a besarnos bajo nuestro cielo estrellado. Le levanto la camiseta para comprobar que lleva uno de mis slip blancos, del que me deshago bajándolo por sus piernas, y beso cada rincón de su monte de Venus.

—Nerea… Volvamos a mi apartamento. No tengo condones aquí —le informo, previniendo la repetición de su charla sobre sexo sano de antes.

—No importa. Quiero sentirte bajo las estrellas. —Se incorpora, me baja el pantalón y me pide que siga.

Me agarro la polla, dura como una piedra, y la posiciono en la entrada de su vagina.

—¿Estás segura? —Jadeo junto a su boca.

—Hace mucho tiempo que no estoy tan segura de algo.

La introduzco despacio, bufando por todo lo que me hace sentir, y soltando un ronco gemido cuando llego al fondo y ella me aprieta.

Follamos como dos locos que se encuentran en algún lugar del camino.

Hacemos el amor como Romeo y Julieta justo antes de morir.

Porque yo siento que muero.

Que si ella se va, me muero.

Y vuelven a aparecer todas las dudas y los miedos.

Y, aunque los aparto y respiro, sé que siguen estando ahí.

 

Me retiro el teléfono de la oreja para no quedarme sordo por los gritos de Arthur tras volverse loco al escucharme decir que me voy a ausentar de la cena de esta noche. Le digo que no hay nada en el mundo que pueda hacerme cambiar de idea y que me disculpe ante todos. A los chicos no les importará y los directivos de la discográfica me la sudan. Asunto resuelto. Le cuelgo antes de soltarle alguna de mis mierdas y después me arrepienta, y tiro el teléfono sobre el sofá.

—Tengo que irme. —Escucho a Nerea muy cerca de mí. Me giro y la veo con el bolso colgado y escribiendo un mensaje de texto—. Deberías ir a esa cena.

—No me apetece. —Camino hasta ella y le agarro de la muñeca—. Creí que te quedarías todo el fin de semana —me quejo, enfurruñado.

—No puedo. —Pone las palmas de sus manos sobre mis mejillas—. Tengo a Carol acogida en casa, y Rocío acaba de llegar.

—Lo sé. Ha estado con Allan…

—No quiero saberlo —me corta. Nos contemplamos durante un manojo de segundos como dos tortolitos, sin decir nada—. En fin… Nos vemos otro día.

Sonrío al verla tragar con dificultad.

—Te llevo.

—Como quieras. —Se encoge de hombros y disfraza sus dudas de indiferencia.

 

La dejo en la puerta de su apartamento justo cuando el reloj digital del coche marca las ocho en punto de la tarde. No hemos pasado ni veinticuatro horas juntos y su cuerpo, su olor y toda ella ya se ha marcado de nuevo en mi piel, a fuego, como otro tatuaje que perdurará a pesar del tiempo, a pesar de los pesares.

—Pablo… —Nerea me saca del improvisado sueño—. Me voy, pero… Quiero decirte algo.

Meneo imperceptiblemente la cabeza y ordeno los pensamientos, colocándolos en su sitio.

—No sé lo que ocurrirá a partir de ahora. No sé si quieres volver a verme o si esto termina aquí, pero voy a contarle a Cristina lo que ha ocurrido. No quiero mentirle después de todo lo que ha sufrido durante estos años por nuestra culpa.

—Me parece bien. —Lo cierto es que temo por mi vida o, como mínimo, por la supervivencia de mis huevos.

—Pues… estupendo. Ya… —la noto nerviosa—. Ya nos veremos. —Abre la puerta e intenta salir, no obstante, le agarro de la mano y la detengo.

—Te llamo mañana.

—No tienes por qué hacerlo.

—Pero quiero hacerlo.

—Vale, pero no te sientas obligado. Solo nos hemos acos…

—Nerea. Cállate y dame un beso.

—Tampoco tienes que hacer es… —Le estampo mi boca en la suya y la obligo a callarse. Nos devoramos durante unos segundos, hasta que nos encendemos y nuestras respiraciones comienzan a convertirse en gemidos.

—Hasta mañana —me despido.

—Sí… Adiós. —Sale del coche tocándose los labios y agarrando el bolso con fuerza.

Sonrío, y se me pone dura el instante exacto en que recuerdo que bajo esa falda corta no lleva bragas porque yo se las arranqué anoche.

Bufo.

—Mierda. Estoy bien jodido. —Y no lo digo porque la polla me vaya a explotar dentro de los pantalones.

 

Conduzco hasta el restaurante, le doy al aparcacoches las llaves de mi Audi y entro en el salón privado sin prisas y con las manos metidas en los bolsillos. No me apetece tener que sonreírle a un par de empresarios trajeados con los que no me llevo bien y con los que he discutido en más de una ocasión. Arthur no puede ocultar su cara de satisfacción al verme y llama a uno de los tres camareros que nos atienden para que preparen un cubierto para mí. Allan se levanta y me choca la mano, Peter me sonríe desde el otro lado de la mesa y Chase y Robbie me preguntan a voces qué zorra tenía en mi cama en esta ocasión. Me dan ganas de saltar sobre el mantel y partirles la boca, pero trato de calmarme y pasar de esos dos imbéciles. Aunque haya veces que no los aguanto, la mayoría saben comportarse y los quiero.

Charlo con Peter y Samantha, a la que tengo al lado, casi toda la noche, obviando a los lameculos que tenemos como invitados. Nuestro manager se encarga de mantenerlos contentos y de que ellos nos mantengan felices a nosotros.

Justo antes de salir, nos avisan de que la prensa se ha enterado de que cenamos aquí y se han apostado fuera con cámaras y micrófonos en mano. Nos informan de la posibilidad de escapar sin ser vistos por la puerta de atrás, sin embargo, Arthur cree que tal vez sea buena idea que nos vean a todo el grupo unido y acallemos los rumores de separación que comienza a crearse en algunos círculos muy cerrados.

Los flases y las preguntas empiezan a llegar antes de que salgamos del local. Todos sonreímos y negamos cuando nos preguntan sobre el tema. Dejamos que nos fotografíen un par de segundos y me detengo a un lado a firmar algunos autógrafos.

Camino hasta el coche cuando el chico lo deja arrancado muy cerca de mí. Le doy las gracias y algo de propina, tomo asiento y pongo la radio. Samantha entra y se acomoda en el sitio del copiloto justo antes de acelerar.

—¿Me llevas a casa?

Piso el pedal y, con la música a todo volumen, conduzco hasta el hotel en el que se hospeda cuando pasa algunas temporadas en España. Me detengo en doble fila, la miro y sonrío.

—¿No me acompañas? —Pregunta, provocativa.

Niego con la cabeza.

—Prefiero dormir solo. —En realidad quiero dormir abrazado a Nerea, pero algo me dice que ir a su casa, echar la puerta abajo y meterme en su cama no es buena idea.

—¿Otro día?

—Tal vez.

Se incorpora hacia delante y se despide con un beso, demasiado largo y húmedo, en la mejilla. Es curioso, me encanta follar con Sam, tanto como con Dayana, nos lo pasamos muy bien en la cama, sin embargo, ahora, después de tener a Nerea entre mis sábanas, no deseo que pase ninguna otra por ella.

—¿Seguro que no quieres subir? —insiste.

—Hasta mañana, Sam —me despido, intentando ser educado.

Ella sale del Audi sin montar ninguna escena, cierra la puerta con cuidado y desaparece.

 

Entro en la Finca sin poder esconderme de las decenas de paparazzis que esperan en las afueras de la urbanización de lujo. No me gusta este lugar, siempre hay demasiada gente y, hoy, no iba a ser diferente. Los coches rodean la acera de la mansión y la música y el barullo se escuchan incluso antes de que el motor del coche deje de rugir. He venido porque no me apetece pasar la noche solo y no quiero ver a Cristina y tener que mentirle cuando me pregunte con quién he estado.

—¿Qué pasa, tío? —Edu me saluda con un abrazo.

—¿Dónde está Allan? —se lo devuelvo.

—Hace rato que no lo veo.

Chicas por todos lados, gente que no conozco, mucho alcohol y carcajadas en cada rincón.

Alguien me da una cerveza bien fría, que bebo de un trago, y sigo buscando entre la marabunta a mi amigo. Bajo a la piscina y me encuentro a Chase, Robbie y a otro chico montándose una orgía con cinco o seis chicas. Cierro la puerta y subo hasta la cocina. Allan prepara chupitos de tequila con los vasitos posicionados en fila.

—¿Son todos para ti?

—Esta chica dice que es capaz de beberse diez sin vomitar. —Señala una muchacha menuda, morena y con una cara preciosa, que sonríe a su lado.

—¿Estás segura de querer hacer esto? —Le pregunto, preocupado por su integridad física.

—¿Tú también quieres apostar? —La morena echa la cabeza hacia un lado.

—¿Te has apostado con ella? —Abro los ojos, incrédulo, y regaño a mi amigo.

—Tranquilo. Algo me dice que puede con esto y con más. —La mira—. ¿Estás preparada?

La chica asiente con la cabeza, sonríe y comienza a beberse el líquido de cada vaso hasta llegar al décimo, que coge, levanta, respira y traga hasta bajarlo por la garganta como los anteriores.

Allan ríe y la mira orgulloso, como el que ve graduarse a su hijo en la facultad.

—Me debes doscientos.

—¿Doscientos euros? —Me sorprendo.

—Toma, te mereces más. —Saca cuatro billetes de cien euros y se los ofrece.

—No necesito tu caridad. —Le quita dos de un tirón, se los guarda en el bolsillo trasero del pantalón y sale de la cocina sin decir nada más.

—¿Quién era esa? —Relleno dos de los vasos, que ha utilizado, con tequila y le doy uno a él.

—La mujer de mis sueños. —Brindamos e inundamos nuestras gargantas con el sabor fuerte y dulzón del licor—. Y ahora, dime. ¿Por qué llevas toda la noche con esa cara de memo?

Levanto una ceja y me bebo otro trago.

—No sé de qué me hablas.

—Has aguantado estoicamente cómo los dos soplapollas de la cena te lamían el culo sin decirles nada. Tú has follado mucho y bien en estas horas para no levantarte, mandarlos a la mierda y largarte de allí.

—He estado con Nerea.

—Lo sabía.

—Entonces, ¿por qué preguntas?

—Acaba de dejar a su marido y tú te vas a Miami dentro de unas semanas. ¿Sabes lo que estás haciendo?

—Solo nos hemos acostado.

Levanta una ceja de manera exagerada y yo me revuelvo el cabello.

—Estoy jodido. —Me descubro. Total, a Allan no puedo ocultarle nada.

Agarra la botella de tequila, me la ofrece y bebo directamente de ella.

—¿Podrás despedirte cuando debas hacerlo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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