La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 30

Página 35 de 50

30

 

APUESTAS PERDIDAS

 

 

 

—Me he acostado con Pablo.

—Ya lo suponíamos, nena. No tenéis edad de jugar al parchís. —Carol se lleva a la boca un trocito de sushi.

—¿No vais a gritarme o a reñirme?

—No. Las dos sabíamos que esto iba a ocurrir tarde o temprano.

—Yo pensé que sería antes de que dejaras a Sebas —esclarece Rocío.

—Cierto. Me debes cincuenta euros.

—¿Qué? ¿Habíais apostado? —Me indigno.

—Fue cosa de esta chalada —la pediatra señala a la actriz—. Me obligó a hacerlo. Yo, en realidad, pensé que quizás nunca te atreverías a dejar a tu marido y jugártela con Pablo.

—Me parece fatal que hablaseis de esto a mis espaldas. Estoy muy enfadada.

—No te pongas así, cariño. Solo barajábamos la posibilidad de que ocurriera. —Acaricia mi mano con ternura—. Y tú, págame los cincuenta euros. —Le pide a la andaluza.

Rocío abre su monedero, saca el billete y salda la deuda ante mi atónita mirada.

Soy yo la que les regaña durante media hora por el hecho de apostar sobre mi vida sentimental, ¿o debería decir sexual? Sea lo que sea, eso no se hace.

 

Llamo a Cristina por teléfono para pedirle que me acompañe mañana a casa de nuestros padres. Aún no les he informado sobre mi separación, necesitaba estar segura y para ello tenía que dejar pasar un tiempo prudencial. Acostarme con Pablo no es sine qua non de no volver con mi marido (a las pruebas antecesoras me remito), pero ahora simplemente lo sé. No estoy segura de cuál será mi camino, pero no lo recorreré al lado de Sebastian. Aprovecharé el trayecto para contarle a Cristina lo que ha ocurrido con Pablo, espero no matarnos en un accidente con el coche cuando se convierta en la niña del exorcista.

 

La mañana del domingo parece el suplemento del dominical concentrado en mi cocina. Café, té, tarta, tostadas, galletas y muchas noticias del corazón de varias revistas digitales. Las comentamos todas y cada una. De un tema pasamos a otro como si ninguno nos importara demasiado. Y es que la vida de un montón de desconocidos ricos y famosos no es que nos quite el sueño por las noches. Vale, a mí me tiene en vilo uno de ellos, pero no nos topamos con ningún artículo que hable de él en el día de hoy. Al final hablamos sobre nuestro movido fin de semana y las locuras realizadas. Le aconsejo a Carol llamar a Andrés y volver con él y los niños, sin embargo, ella aún no lo tiene muy claro y prefiere esperar. Rocío, entre un té y otro, intenta contarnos su experiencia sexual con Allan, pero ambas nos negamos en rotundo a escucharla. Las dejo discutiendo sobre la belleza de Angelina Jolie, a la que hemos visto en una foto de Instagram demasiado delgada, y recojo el teléfono móvil de mi mesita de noche, donde lo dejé cargando. Una sonrisa crece en mi cara hasta casi partírmela en dos cuando veo un mensaje de Pablo en la pantalla.

«Buenos días, ¿parezco desesperado por verte si te invito esta tarde a tomar un café? Bah, me da igual. Me muero por volver a besarte».

Quiero contestarle en ese mismo momento, pero no sé si debo hacerme la interesante y esperar un tiempo prudencial, o creerá que no quiero volver a verlo si no le escribo algo rápido. Soy una inepta en esto de las relaciones (sean del tipo que sean) con el sexo masculino. No se me da bien ligar, o, mejor dicho, he olvidado todo lo concerniente a este tema. Lo de hace tres años rodó solo, no hubo que empujar la rueda, iba ligera y casi sin cargas. Ahora… Hemos huido tanto el uno del otro que tal vez lo único que hagamos sea destrozar lo que queda.

Decido pensar con detenimiento qué contestarle y cierro la aplicación de WhatsApp.

 

Dejo a mis amigas en el salón de casa, reconvertido en el plató de Sálvame, tumbadas en el sofá con la simple intención de ver la tele y no hacer nada, y me dirijo a recoger a Cristina.

Sube al coche de un salto en cuanto me detengo junto a la acera.

—Hola, hermanita. ¿Preparada para la guerra? —Suelta mientras se abrocha el cinturón de seguridad.

Debería decir «para las guerras», en plural, porque libraré dos: una con ella y otra con mis padres. Ambas por motivos diferentes, pero tan relacionados entre sí que mejor definirlos como dos batallas de una misma guerra.

—Quiero pensar que se lo tomarán bien.

—Papá lo hará. A mamá le dará un ataque y habrá que llevarla al hospital.

—¿Eso crees? —Abro los ojos de par en par.

—Claro que no. Estoy bromeando. Flipará un poco y ya está.

«Como tú cuando te cuente lo de Pablo», pienso.

—Quería darte las gracias por acompañarme y apoyarme.

—Ne, qué pesada eres. Siempre lo hacemos, ¿no? Somos hermanas.

—Somos las mejores hermanas, yo nunca me enfadaría contigo por mucho que metieras la pata. —Allano el camino de nuestra conversación pendiente.

Conduzco mirando la carretera, pero  el silencio que se crea tras mi frase me llama la atención y giro la cabeza hacia ella durante un segundo. Me está mirando fijamente con el ceño fruncido.

—¿Qué? —le demando.

—¿Por qué has dicho eso?

—¿Por qué he dicho qué?

—Eso.

—¿El qué?

Bufa.

—Lo de antes.

—No sé.

—¿Qué has hecho?

—¿Yo…? Nada. —Me encojo de hombros y (creo que) disimulo.

—No sabes mentir.

—Eso no es cierto.

—¿Ves? ¡No sabes! —Levanta la palma de una mano, señalándome.

Suspiro.

—Verás… Cristina…

—¿Me va a doler?

—No.

—«No, dedo en el ojo», o «No, patada en las pelotas».

—No tengo pelotas.

—Pues en las tetas. Tú me entiendes. No me líes. ¿Va a doler?

—¡No! Pero espero que no te molestes.

—Eso es porque me va a molestar.

—No tienes por qué.

—Cuéntamelo y yo lo valoro.

—Pero piensa que no ha sido premeditado y que… tú has tenido parte de la culpa.

—¡Dilo ya!

Cojo aire y me armo de valor.

—Pablo y yo hemos estado quedando. Como amigos… ya sabes. Pero el viernes después de la discoteca fui a… Fui a buscarlo a su casa.

—Fuiste a buscarlo a su casa —repite, incrédula.

—Básicamente, pero es más complicado.

—¿Y?

—Pues que… nos acostamos.

Durante unos segundos ninguna de las dos decimos nada.

—Os acostasteis.

—No pareces muy sorprendida.

—Porque no lo estoy.

—¿Te lo ha dicho?

—No. No me lo ha dicho, el muy cabronazo.

—Yo le pedí que no te dijera nada. Quería hacerlo yo.

—¿Y qué pasa ahora? —pregunta, impertinente y con tono cansado.

—Nada. Solo quería que lo supieras.

—¿Para qué? —Vuelve a subirlo.

—Creí que debías saberlo. Después de todo…

—Después de todo lo que ocurrió y lo que yo sufrí, quieres que esté preparada para cuando vuelva a ocurrir lo mismo —me corta.

—¡No! No va a ocurrir nada. Pablo y yo solo… solo… solo…

—¡Joder, Nerea! ¡Te lo pedí! ¡Te lo dije en Las Vegas! ¡Te pedí que no te entrometieras en su vida!

—No ha sido del todo así exactamente. Tú me obligaste a pasar tardes enteras con él. ¿Qué creías que ocurriría?

Se lleva la mano al pecho, indignada.

—Perdona por pensar que erais dos personas adultas con un pasado en común capaces de mantener una relación cordial. Es cierto, llevas toda la razón. ¡La culpa es mía! —manifiesta, sarcástica.

—Yo no he dicho eso.

—¡Pues lo ha parecido!

El silencio vuelve a reinar en el interior del coche.

—Venga, Cris. No va a pasar nada.

—¿Estáis juntos?

—No.

—Dime la verdad.

—Te la estoy diciendo.

—¿Sabes? Cuando me dijiste que habías dejado a Sebastian, se me pasó por la cabeza que tomaste la decisión por Pablo, ¡pero me negué a reconocer que pudieras ser tan jodidamente estúpida!

—Primero: No me insultes. Segundo: No he tomado la decisión por Pablo ni por nadie. Solo por mí. No era feliz. Y hasta tú, que has estado viajando los últimos meses, podías verlo. ¡Me lo has llegado a decir! Puedes creerme o no. Pero te estoy siendo muy sincera —explico con firmeza.

—¿Lo quieres?

—¿A quién?

—A Pablo, a quién va a ser.

Pienso si sincerarme del todo con mi hermana pequeña. La considero mi mejor amiga, pero no puedo olvidar que para ella, ese título, lo ostenta la persona de la que hablamos.

—Nunca he dejado de hacerlo. Pero no se lo digas. Ni siquiera sé si volverá a ocurrir.

El timbre de su teléfono suena e interrumpe nuestra conversación.

—Hablando del listillo… Esto va a ser divertido.

—Cristina… —La reprendo con la mirada.

Me ignora, ríe con malicia y se lleva el móvil a la oreja.

—Hola, Pablito… —…—Bien. Cansada de lo del viernes. Estuve todo el día sobando en casa de mi hermana. —…— ¿Si? No lo sabía. ¿Qué hiciste tú? Me pareció raro no recibir alguna de tus llamadas de padre preocupado para comprobar que seguía viva. —…— Claro, claro. Tú también estuviste dormido todo el día. Lo entiendo. ¿Sabes quién no durmió? Nerea. Me fui de su casa a media tarde y aún no había llegado.

—Ya está bien —le pido que termine con el jueguecito, dejando escapar la frase entre mis dientes apretados, no obstante, ella sigue.

—No lo sabía —contesta a lo que sea que le haya dicho Pablo—, ya, ya. ¿Y a qué hora dices que fue eso? —…— ¿Antes o después de follarte a mi hermana?

—Vaya telita… —me quejo, a punto de llegar a casa de nuestros padres.

—Sí, ya me lo ha contado —…—. ¿Cómo has podido? —Le pregunta, y me siento incómoda al tener que estar delante de esta conversación. Por fortuna, no escucho la respuesta que, por cierto, dura dos largos minutos—. Prefiero hablar en otro momento. —Cris, por lo visto, coincide conmigo—. Sí, está aquí, a mi lado, vamos a casa de mamá. —…—. Yo que sé, no has preguntado. —…—. No sé a qué hora volveremos. —…—. Vale. Se lo digo. —…—. Lo sé, pesado. —…—. Yo también te quiero. —…—. Que sí, no estoy enfadada. Solo… decepcionada. —…—. Lo entiendo. No pasa nada. —…— Lo prometo.

Cuelga el teléfono y lo guarda donde estaba.

Aparco en la puerta de la casa y apago el motor.

—Dice que lo llames cuando puedas.

—Cristina…

—Lo sé, lo sientes, no ha sido premeditado, ha ocurrido sin más, no me afectará a mí y… No estoy enfadada. —Me suelta el discurso que le habrá soltado él.

—¿Seguro?

—No lo sé. ¿Ha ocurrido sin más?

—No. En eso llevas razón. Las cosas entre nosotros no son tan simples.

—Está bien. Hubiera preferido que no hubiese pasado; sin embargo, te agradezco que me lo hayas dicho.

—Gracias, Cris. Eres muy importante para mí.

—Lo sé… —Suspira—. Anda, vamos. —Abre la puerta—. Ahora viene lo peor.

 

Y llevaba razón. La primera batalla se saldó sin víctimas de por medio. Todos los compatriotas volvieron con sus familias sanos y salvos; no obstante, la que se libró dentro de la casa, junto a mi tan preciada chimenea, sin llamas y sin vida, fue mucho más cruel y sangrienta, dejando a su paso un reguero de caídos y un par de damnificados. A mi madre casi la tenemos que llevar al hospital, llevando razón Cristina al vaticinar su reacción. Mi padre se preocupó por mí y por mi bienestar, pero nada más, sin embargo, no le dio tiempo, como a ninguna de nosotras dos, evitar que mi madre llamara a Sebastian para preguntarle qué había ocurrido. Ahí, en ese preciso momento, se libró la batalla final, esa en la que todos los soldados salen a luchar y en la que se utiliza todo el arsenal. Le grité que yo no le importaba, que lo único que quería era ver a su hija casada con el hombre de toda la vida y que nadie pudiera hablar de mí. ¡Vaya tontería!

—¡Tú solo piensas en ti! ¡Nunca te hemos importado lo suficiente! —le vociferé a la cara. Y me arrepentí. Vaya si me arrepentí. Sobre todo porque era mentira. Es mentira. Ella siempre se ha preocupado por nosotras, nos ha cuidado y amado, a su manera, pero no le puedo reprochar nada. Aunque todos cometemos errores, ha sido una buena madre y no se merece que yo se lo haya pagado de esta manera.

Le pedí perdón, pero le recalqué que jamás entenderé sus prioridades. Y salí de allí acompañada por mi hermana, tras darle un abrazo a mi padre y que este me susurrase al oído que corriera todo lo rápido que supiera detrás de la felicidad y que, una vez alcanzada, me aferrase a ella con ganas.

 

—No ha sido tan malo —comenta Cristina a través de la ventanilla abierta, mientras le echo gasolina al coche. Levanto una ceja y arrugo el labio—. Míralo por el lado bueno. No la has matado de un infarto.

—Nunca podré entenderla. ¿Por qué le importa tanto la opinión de la gente? —Cuelgo la manguera en su sitio, rodeo el coche y me acomodo en el asiento del piloto.

—Es de otra época, Ne, y creció en el pueblo cuando aún era muy pequeño.

Arranco el coche y acelero por el carril que se incorpora a la autopista.

—¿Te dejo en casa?

—No. Lucas me está esperando en Callao. Vamos a tomar algo ¿Te apuntas?

—Estoy un poco cansada.

—Venga, te vendrá bien. Así te despejas.

—Tal vez llevas razón.

—Siempre la llevo.

 

Aparco en el garaje de mi casa y hacemos el trayecto caminando, dando un paseo. Me gusta el bullicio de Madrid, aunque yo también crecí en ese pueblo que tanto le preocupa a mi madre. En cuanto tuve edad de venir con amigos, nos escapábamos cada vez que podíamos y, cuando empecé la universidad, me mudé definitivamente. Tiendas, bares, cines, teatros… Toda una variedad de actividades que hacer cualquier día de la semana. Pasamos junto a un banco en el que solía sentarme con mi marido antes de subir a casa cuando en las tardes de verano corría brisa fresca y me entristezco. A pesar de que no quiero volver con él, su ausencia me hace daño, me lastima , como una herida abierta que solo duele de vez en cuando. Mi situación sentimental podría definirse como una montaña rusa que sube y baja en función de factores externos que no controlo. Pero, al contrario que en la verdadera atracción de feria, no sé el momento en que bajaré de ella.

Pienso en el roquero cañón y me recompongo en seguida, sonrío y recuerdo que debería llamarlo antes de que finalice el día.

—¿Te importa que llame a Pablo? Quizás le apetezca acompañarnos. —Le pregunto, mientras cruzamos un paso de peatones junto a treinta personas más.

—Claro. —Explota una pompa de chicle rosa que se dispersa por su cara.

Un tono.

Dos tonos.

Tres…

Descuelga.

—Dime que estás subiendo en el ascensor y que no llevas bragas.

—En realidad, voy desnuda. Si sales al descansillo, me arrodillo y te la chupo.

—Ya estoy en la puerta esperándote.

Nos reímos por nuestra desfachatez.

—Estoy con Cristina en Callao. ¿Te vienes y nos acompañas?

—¿Allí también me la vas a chupar?

—Quién sabe… Tendrás que venir para averiguarlo.

—No puedo —bufa—. Estoy en el estudio. Aún nos queda un rato.

—Vaya… —sueno a decepción.

—Envíame la dirección cuando os sentéis y, si consigo escaparme, voy para allá.

—Vale.

Me dispongo a colgar.

—¿Nerea?

—¿Si?

—Estoy deseando besarte.

Cuelgo con una radiante sonrisa en los labios que ilumina la plaza más que la gran pantalla del cine de la fachada, mientras Cristina me pide que no utilice ese vocabulario soez delante de ella cuando hable con su mejor amigo. Sigue dándole asco imaginándonos en esas condiciones.

—Se me ha quitado hasta el hambre —apostilla.

Nos sentamos en una de las terrazas y observo demasiada gente a nuestro alrededor que podrían agobiar a Pablo en cuanto lo reconozcan. Se lo comunico a Cristina y buscamos un sitio un poco más tranquilo y apartado, aún siendo difícil por esta zona, encontramos algo más retirado.

Ella envía un mensaje a Lucas para indicarle en qué lugar exacto lo esperamos. Y yo hago lo mismo con Pablo, pero añado que, si nos movemos, se lo haré saber. No le revelo las ganas que tengo de verlo y que yo también estoy deseando comérmelo a besos.

Un vino seco.

Una cerveza.

Un cuenco de olivas.

Y muchas risas y confidencias entre hermanas.

Entre risotadas, le indico a Cristina que su amado camina en nuestra dirección a pocos metros, señalándolo con la copa en la mano.

Cris lo mira y la cara se le ilumina, la carcajada se vuelve una sonrisa amplia, de esas imposibles de ocultar. Si fuera un meme, le saldrían corazoncitos por los ojos. Por esta razón, por imaginar a mi hermana convertida en un Patricio enamorado de cualquier tontería, no me percato de que alguien acompaña a mi cuñado hasta que no los tenemos a nuestro lado.

—Nerea —dice sin ocultar la sorpresa.

Levanto las cejas y trago el líquido que enfriaba mi boca.

—Hola, Hugo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page