La estrella de Nerea
Capítulo 31
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ESTO VA A SER DIVERTIDO
Hemos escogido una mesa de seis, así que Lucas toma asiento frente a mi hermana (después de besarla durante quince segundos seguidos) y Hugo frente a mí, sonriendo por el vergonzoso espectáculo al que hemos asistido. Pedimos otra ronda y nos la tomamos acompañándola con una bolsa de patatas y más risas. Al principio nos reímos los cuatro, pero, no sabría decir cómo, terminamos a carcajadas Hugo y yo, contando historias bochornosas de nuestros hermanos pequeños.
—Lucas no pronunció la erre hasta los ocho años —comenta él.
—Cristina siempre ha sido muy espabilada a la hora de hablar, pero se hizo pis en la cama hasta los diez, por lo menos.
—¡Eso es mentira! —Se queja la aludida.
—No pasa nada, cariño. Les ocurre a muchos niños. —Su esposo le coge la mano con cariño.
—Pero a mí no —refunfuña y se deja dar mimos.
—Cris, sabes que estoy diciendo la verdad. Tampoco sabías beber Coca Cola. Se te salía por la nariz.
—¿En serio? A este le ocurría lo mismo. —Hugo le da un golpe a su hermano en el hombro.
—El destino es sabio y por eso los ha unido. —Le doy un sorbo al vino.
—¡Pues a ti te daba miedo el perro del vecino! —Me señala mi hermanita.
—¡Claro que sí! ¡Era más grande que yo!
—¡Pero si era un perro salchicha! ¡No te llegaba ni a los tobillos!
—¡Me refiero a lo largo, no a lo ancho!
Todos rompemos en carcajadas y seguimos charlando sobre nuestros secretos más inconfesables.
Cristina se levanta para ir al baño y Lucas la acompaña. Los veo entrar en el bar agarrados de la cintura y regalándose arrumacos.
—Son la pareja perfecta —manifiesta Hugo—. Tú hermana me cae bien.
—Están muy enamorados. —Mi mirada se pierde en un punto fijo de la calle, recordando cuando Sebas y yo nos tratábamos así, hace como doscientos mil años.
—¿Quieres otra copa? —Interrumpe mis pensamientos como si supiera lo que ahora mismo me pasa por la cabeza.
—Debería comer algo.
—Podemos ir a cenar, se está haciendo tarde.
—A ver qué dicen los tortolitos cuando vuelvan.
—Esos están entretenidos en el baño… —sonríe pícaro.
—¿Tú crees?
—Aún están de luna de miel. Llevan metiéndose mano desde que nos sentamos. —Volvemos a reír—. ¿Qué dices? Conozco un japonés muy cerca de aquí.
—Me encanta la comida japonesa.
—¿Eso es un sí? —Levanta el brazo para llevarse el botellín a la boca y puedo apreciar que su bíceps está en muy buenas condiciones.
—Yo… —¿Qué debería contestarle? Me apetece comida japonesa y Hugo es una compañía muy agradable. Llevo muerta de la risa desde que se sentó frente a mí y tenemos muchísimas cosas en común, además de que nos acabamos de separar y que nuestro hermanos están haciendo guarradas ahora mismo en el baño. Tal vez no deba descartar la idea de pasar con él un buen rato. Soy una mujer soltera de treinta y siete años que merece reír con más frecuencia que con la que lo hace. Pero… ¿y Pablo?
—Buenas noches. —Pues Pablo nos saluda a los dos con esa voz que se te agarra dentro.
Levanto el mentón y lo encuentro a un metro de nosotros, más cerca de mí que de él, aunque mira a Hugo como si quisiera saltarle encima y arrancarle la cabeza. Lo sé porque no es la primera vez que lo presencio. Quizás en este momento no lo demuestra con tanto ahínco, sin embargo, a mí no me puede ocultar lo que siente aunque esconda media cara detrás de una gorra negra.
—Hola, Pablo. Cristina está dentro con Lucas —contesto—. Supongo que conoces a Hugo. Es hermano de Lucas —parloteo nerviosa.
—Sí. Nos conocemos.
—Hola, Pablo. ¿Qué tal? —Hugo se incorpora y se estrechan la mano.
Durante dos años lunares ninguno dice nada, (vale, quizá solo pasen un par de segundos, pero a mí me da tiempo a imaginarme a los dos vestidos de caballeros con armaduras de hierro tallado con sus respectivos escudos, sacando las espadas y batiéndose en duelo), hasta que un camarero llega a nuestro lado y nos pregunta si nos falta algo.
—Yo quiero otra cerveza y… una copa de vino —pide mi concuñado—. ¿O prefieres que nos vayamos a cenar? —me consulta a mí.
—Eh… —Atisbo cómo Pablo aprieta la mandíbula y cuadra los hombros de una manera imperceptible para el ojo ajeno, pero no para el mío, que tengo ojo avizor.
—Otra copa, sí —le digo al chico.
—¿Usted quiere algo, señor? —Mira a Pablo.
—Una cerveza. —Habla tras un segundo en el que no ha levantado la vista del hermano de Lucas.
Toma asiento a mi lado y le informamos de lo que creemos que hacen Cristina y su marido en el baño cuando nos pregunta por ellos. A mi parecer, tardan demasiado, pero ¿quién soy yo para presentarme allí e interrumpirlos? Nadie. Aunque sea de lo único que tenga ganas, que conste, porque estar aquí entre Pablo y Hugo me empieza a poner muy nerviosa, tanto que me llevo una uña a la boca y juego con ella, mordiéndola y tirando.
—Entonces… ¿Cuándo empezáis la gira? —Escucho que Hugo le pregunta a Pablo. Han debido iniciar una conversación mientras yo rezaba porque empezara a diluviar y tuviéramos que salir corriendo.
—Hemos terminado hace muy poco. —Le responde, seco.
—Tengo entendido que te vas a Miami durante una temporada. —Juraría que no mantienen una conversación entre amigos.
—Terminamos de grabar allí el nuevo disco, pero no será mucho tiempo. Volveré pronto —termina con una sonrisa tirante que nunca antes le había visto.
Me suena el teléfono móvil y, a pesar del buen ambiente que se respira (ironía modo súper ON), pido disculpas y me alejo para atender a mi amiga Carol y su última emergencia matrimonial.
—He vuelto a casa. Solo quería que lo supieras.
—Por fin alguien con un poco de sentido común.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada. —Me masajeo la frente—. Estoy con Pablo y con Hugo y, no sé por qué, no se soportan.
—Claro que lo sabes, nena. Pero, ¿puedes explicarme qué situación te ha llevado a quedar con los dos?
—Las ideas de Cristina.
—Buen título para una novela. —Ríe.
—Muy graciosa ¿Todo bien con Andrés? —Cambio de tema.
—Mejor de lo que esperaba.
—¿Y los niños?
—Los recojo mañana después del colegio. Ya sabes… vamos a aprovechar la reconciliación.
—Vale, pues hale. No pierdas más tiempo hablando con una recién separada amargada. Ya me cuentas mañana.
—No te quejes tanto. Tienes dos para elegir.
Cuelgo, respiro y me giro. Veo a mi hermana y a Lucas sentados alrededor de la mesa y me quedo bastante más tranquila. Camino hasta ellos con el móvil pegado al pecho y observando la escena. Cris habla muy deprisa a su mejor amigo mientras este intenta sonreír sin conseguirlo del todo, al menos no de verdad, no como cuando lo hace y se ilumina todo. Lucas charla con Hugo con verdadera confianza, se nota en los gestos de las manos, hasta que Cris dice algo y llama la atención de todos.
—Vámonos a cenar. Me muero de hambre. —Da un par de palmaditas.
Llego hasta la mesa, cojo mi bolso de la silla y guardo el móvil. Estoy a punto de excusarme y anunciar que me voy a casa cuando Hugo me interrumpe.
—Le acababa de decir a Nerea que por aquí hay un japonés muy bueno y le ha entusiasmado la idea.
Todas las miradas se posan sobre mí.
—Sí, podemos probar —respondo.
—De acuerdo —zanja Cristina—. ¡Camarero, la cuenta!
Nos levantamos y ponemos rumbo al restaurante que se encuentra dos calles más abajo. Vamos los cinco juntos, por fortuna no se hacen grupos ni nos dividimos durante el trayecto… Hasta el final. Mi hermana bromea con Pablo sobre la gorra que le tapa media cara y este se pitorrea de ella por lo mal abrochados que lleva los botones de la camisa.
—¿Follando en el baño de un bar? ¿Una mujer casada? —sonríe, pícaro.
Ella le da un golpe en el hombro, ríe y le rodea el brazo de una manera muy cariñosa.
—Cállate, imbécil. Como si tú nunca lo hubieras hecho.
Hugo y Lucas se detienen a admirar una moto aparcada sobre el acerado y yo sigo de cerca al roquero y a mi hermanita.
—¿Qué hace aquí Hugo?
—Ha venido con Lucas. Por si no lo sabías… Es mi cuñado —le explica a modo de confidencia fingida—. Creí que te caía bien. Por cierto, tú también eres mi cuñado, ¿no? Ahora sales con Nerea. Otra vez —puntualiza.
—No sé lo que somos pero…
—Pero tú no sales con nadie. Ya ya. Ya me conozco tu discurso de roquero con éxito que solo pretende follar y follar.
—No, solo digo…
¿Qué dices?
—Prefiero no saberlo —lo corta.
¡Pero yo sí!
—Mira, debe ser aquí. —Cris señala la fachada del restaurante, interrumpiéndolo.
Pablo abre la puerta y la aguanta con la mano para que entremos las dos, ella primero, después yo. Me roza la cintura con la mano cuando paso por su lado y todos los vellos de la piel se me erizan.
—Me gusta cómo hueles —me susurra al oído y el estómago me burbujea.
Nos sentamos alrededor de una mesa que se ubica junto a la banda por donde pasan los platos. Esta vez Pablo frente a mí y Hugo a mi lado. Pedimos las bebidas y nos indican que podemos coger todo lo que deseemos, siempre y cuando nos lo comamos.
—El pollo con salsa de almendras está exquisito —me dice Hugo de una manera demasiado íntima.
—Nerea es alérgica a las almendras —le contesta Pablo, alto y claro.
Los ojos se me abren sin poder evitarlo, sorprendida porque se acuerde de ese detalle, y lo miro. Él levanta el labio de una forma muy macarra, coge un par de cuencos de arroz y los deja sobre el mantelito color rojo y dorado, quitándole importancia al detalle.
—Oh, lo siento. No lo sabía —se disculpa.
—Está claro —apostilla el roquero.
—No te preocupes —le contesto con una sonrisa amable, al tiempo que me coloco una servilleta de tela en el regazo.
La mayor parte de la cena sucede entre anécdotas que cuentan Lucas y Cristina de sus viajes. Nosotros nos reímos e intervenimos cuando lo estimamos necesario. A mi hermana hay que pararla algunas veces y evitar que nos haga partícipes de detalles que no deseamos saber. Como por ejemplo, que se tiraron desnudo por una tirolina delante de un montón de turistas chinos.
Pablo trastea con el teléfono móvil, y el mío suena unos segundos después. Lo cojo y le echo un vistazo rápido a la pantalla.
«Me muero por morderte ese labio», reza el primer mensaje.
«Le he compuesto una melodía a tu sonrisa», el segundo.
—Puedo enseñarte la receta de la salsa Tonkatsu —Hugo levanta los palillos y los señala, sacándome de mi mundo de purpurina y confeti en el que Pablo y Nerea vuelan en una nube mientras hacen el amor entre estrellas—. Soy muy bueno en la cocina.
Ignoro los WhatsApp y le respondo.
—Veo que lo de ser un cocinillas viene de familia. Lucas lo hace muy bien.
—Le enseñé yo. Si quieres, puedo darte un par de clases.
—Oh, gracias, pero, aunque me costó, sé cocinar.
—No quería decir eso… Eh… Solo que… me encantaría cocinar para ti algún día.
Vuelve a sonar mi móvil, que guardo en mi regazo.
—No te preocupes. Disculpa. Una amiga tiene un problema. —Me excuso y lo desbloqueo.
Pablo: «Di que vas al cuarto de baño». 22:46
Yo: «Estoy bien así». 22:46
Pablo: «Ve al baño y llámame por teléfono». 22:47
Yo: «¿Qué pretendes?» 22:47
Pablo: «Besarte». 22:48
Yo: «¿Por qué?» 22:48
Pablo. «Porque si no, me ahogo». 22: 49
Guardo el teléfono en el bolso, me lo cuelgo en el hombro a la vez que me levanto e informo a todos que me dirijo al aseo un momentito. Ninguno me hace caso a excepción de Hugo, que me regala una sonrisa y un asentimiento de cabeza.
Entro en el de chicas y marco su número.
—¡Ey, tío?! ….
—Pablo, ¿qué estamos haciendo?
—¡No me jodas! —responde, alterado y pasando de lo que acabo de decirle—. Me encantaría estar ahí contigo, pero no puedo… Espera… —Escucho las patas de la silla de madera arrastrarse por el suelo—. Perdonadme. Salgo fuera a hablar por teléfono. Es importante. —Pi pi pi pi, oigo que me ha colgado. Me quedo mirando la pantalla del teléfono, sintiéndome imbécil perdida. Sin embargo, encuentro explicación en breves instantes.
Pablo entra en el habitáculo y cierra la puerta con pestillo detrás de él. No pregunta si puede besarme, si yo también me muero por hacerlo, solo se abalanza sobre mis labios y los devora. Con una mano tira de mi pelo y con la otra me presiona sobre una nalga. Gimo cuando pega mi pelvis a la suya y noto que la tiene dura como una piedra.
—¿Qué ha sido eso de ahí fuera? —musita sobre mi boca.
—¿El qué?
Me masajea un pecho sobre la ropa.
—A Hugo le gustas —asegura.
—Pero a mí me gusta otro.
—¿Quién?
—… Óscar —digo un nombre al azar.
Le muerdo el labio inferior y tiro.
—Muy graciosa. —Me levanta el vestido hasta casi la cintura y agarra el elástico de mi tanga, jugando con él.
—Dijiste que solo pretendías besarme.
—Te estoy besando.
—Dijiste que no me follarías en los baños de un bar.
—¿Sabes lo que pasa? —Me mordisquea el cuello y baja hasta mis senos—. Que verte tontear con ese tío me ha puesto como un animal en celo. —Tira de la tela de mi ropa interior y la deja hecha girones en el suelo. A continuación, sube la mano, recorriendo mi pierna, hasta llegar a mi sexo y acariciarlo con maestría, abrirme los labios e introducir un dedo en él.
Jadeo y me agarro con fuerza a sus hombros.
—Estamos locos —apunto.
—Lo sé. —Se desabrocha el pantalón con una rapidez abrumadora, se agarra el miembro viril y lo deja en la entrada de mi vagina—. Muy loco. Por ti. —La introduce de una fuerte estocada y grito.
Él me tapa la boca con la mano y sonríe muy perverso, con un semblante de chico malo que me humedece mucho más si cabe.
—Intentemos hacer esto sin que nos echen de aquí. Me gustaría seguir cenando. —Mueve las caderas en círculos y me derrito. Jadeo sobre su dedos—. ¿Crees que podrás hacerlo?
Asiento con la cabeza y retira su mano de mis labios, lugar que se queda mirando embelesado.
De repente, sale y vuelve a entrar sin compasión. Y, de nuevo, se me escapa un chillido fuerte y seco sin poder controlarlo.
—Será mejor que terminemos rápido, o nos van a detener por escándalo público. —Me muerde la mandíbula y enreda su lengua alrededor de la mía, comenzando un baile apresurado y certero, clavándome su cadera, llegando cada vez más al fondo.
Intento no jadear, no gemir, no suspirar, no gritar, no obstante, jadeo, gimo, suspiro y grito. Sus movimientos son tan maravillosamente placenteros que me abstraigo y todo desaparece. Tenerlo dentro, sentirlo tan cerca, notar su humedad mezclándose con la mía, su dureza, sus ganas de mí, lo que le hago sentir… Llega un punto en que a él también se le olvida donde estamos y gime sobre mi boca sin contención, susurrando que le vuelvo loco.
—Loco…
—Pablo… voy a… correrme.
Introduce una mano entre los dos y con el dedo pulgar me masajea el clítoris haciendo círculos sobre él.
Explotamos los dos de una manera bestial y en breves segundos. Todo ha sido muy rápido, hasta el final. Me apoyo en la pared mientras lo siento salir de mí y su simiente calentarme la piel de los muslos. Nuestras respiraciones, aún aceleradas, es lo único que se escucha en el habitáculo de metro y medio cuadrado. Pablo coge un poco de papel higiénico y me limpia las piernas.
—¿Estás bien? —pregunta mientras lo hace.
—Acaban de follarme en los baños de un japonés. Me siento utilizada —contesto, sin poder ocultar una sonrisa descomunal.
—Mil perdones. No era mi intención. Espero que pueda disculparme, porque pienso volver a utilizarla esta noche.
—Ah, ¿sí? —me finjo herida.
—Sí. —Se guarda la polla y se abrocha los pantalones—. Podríamos ir a mi casa. —Apoya las manos junto a mi cabeza, en la pared, y me regala dulces besos por la cara—. Aunque siempre puedes chupármela en el ascensor. Ya sabes… recordar viejos tiempos.
—O puedes venir tú a la mía. Está mucho más cerca. —Introduzco las manos en los bolsillos traseros de sus pantalones y me siento una quinceañera.
—No puedes esperar, ¿eh?
Le lamo la boca de una manera muy sexi y sucia y le agarro el miembro, que vuelve a estar empalmado.
—Me has convencido —apremia—. Pero vámonos ya, no aguanto como te mira ese tío.
—“Ese tío” se llama Hugo y deberías tratarlo con cordialidad. Es cuñado de tu mejor amiga. Además, aún no nos hemos comido el postre.
—Yo llevo el tuyo aquí preparado. —Se recoloca el paquete—. Y “ese tío” quiere acostarse contigo. —Abre la puerta del baño y nos encontramos a dos mujeres con rasgos japoneses de unos cincuenta años mirándonos con semblante acusador y reprobatorio.
—Lo siento, señoras. ¿Hemos tardado demasiado? A ella le cuesta… —chasquea la lengua— ya saben. Y eso que no se me da nada mal…
Le doy un golpe en el estómago y noto la dureza de esa zona en mis nudillos.
—¿Olvidas que eres mundialmente conocido?
—¿Crees que ellas van a conocer mi música?
—No hace falta. Hay fotos de ti por todas partes. Antes he visto tu cara en las pantallas de una tienda de discos.
—¿Y salía guapo?
—Un poco macarra.
—Pero mojaste las bragas.
—Eres un guarro.
Tomamos el postre y unas infusiones exquisitas. A nadie le ha extrañado que volvamos a la mesa juntos y riendo. O si les ha parecido raro, ninguno de los presentes ha hecho mención al tema. Hugo se levanta a pagar sin que nadie se dé cuenta e invita a la cena. Sé que a Pablo no le ha hecho gracia el detalle, pero no dice nada al respecto y se comporta tal y como le he pedido, cordial y educado. Bueno, hasta que salimos a la calle y el hermano de Lucas se ofrece a acompañarme a casa. En ese justo momento se le acaban las formalidades, achina los ojos y da un paso al frente, quizás, demasiado agresivo.
—Yo la acompañaré. Me pilla de camino —miente, pero no me importa, aunque podría ser un poco menos provocador.
Hugo me mira a mí, esperando la aprobación, que le doy en un segundo.
—¿Puedo llamarte otro día? —exhorta.
—Claro.
Se acerca a mí y me da un corto beso en la mejilla.
—Espero que nos veamos pronto —susurra antes de separarse, y yo le contesto con una sonrisa amable.
Cristina le da un abrazo a Pablo y luego viene hacia mí.
—Adiós, hermanita. ¿Tu polvo en el baño ha sido tan bueno como el mío? —Me guiña un ojo y se aleja muerta de la risa. Parece que alguien sí se ha percatado de nuestro desliz. Dios… (emoticono de monito tapándose la cara con la mano).
Caminamos en direcciones diferentes y los perdemos de vista. Ellos tres hacia Chueca y nosotros hacia Sol. Encontramos las calles semi desiertas y me parece agradable poder pasear por Madrid casi en soledad, acompañada por la persona que consigue que mi corazón bombee con estas ganas. No puedo obviar el hecho de que la poca gente con la que nos cruzamos lo reconoce al instante y cruzan entre ellos miradas de alucine y sorpresa. No obstante, Pablo parece no darse cuenta o finge no hacerlo muy bien.
—Me gusta esta ciudad. —Esperamos a que el semáforo para peatones se ponga en verde.
—¿La prefieres a Londres? —Me aparto un mechón de pelo de la frente.
—Son diferentes. —Se encoge de hombros con las manos en los bolsillos y comenzamos a caminar de nuevo.
—Supongo que la magia de allí nunca la podrás encontrar aquí.
—¿A qué te refieres? —Detiene el paso en medio de la carretera, sobre el paso de cebra, y me mira. Las luces de los coches alumbran nuestros cuerpos.
—Ya sabes… Tú lugar preferido… Candem… —Paro yo también.
Me mira fijamente y sonríe con dulzura.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada. Ven aquí. —Me agarra de la muñeca, tira y pega mi pecho al suyo.
Sube las manos por mis brazos, hasta llegar a mis mejillas, ahuecar las palmas sobre ellas y acariciarlas con los dos dedos pulgares, muy despacio.
—Madrid tiene algo que no tiene ningún otro sitio. —Roza con sus labios los míos y me estremezco—. Tú. —Me clava esa mirada azulada que brilla más que todo el alumbrado de esta ciudad. Trago con dificultad y una emoción descontrolada sube desde mi estómago hasta la garganta.
Poco a poco unimos nuestros labios y nos fundimos como si fuéramos uno. Una estrella solitaria en el firmamento, a millones de años luz de las demás.
Nos besamos durante más de un minuto como si estuviéramos solos en el mundo (y en la calle, para más señas), así que, cuando queremos darnos cuenta, tenemos a una docena de coches pitándonos para que nos quitemos de la calzada. Nos miramos, reímos a carcajadas y corremos con las manos entrelazadas.