La estrella de Nerea
Capítulo 32
Página 37 de 50
32
VAMOS A SENTIRNOS
Llegamos a mi casa así, sin soltarnos en ningún momento y regalándonos besos en cada esquina de la ciudad.
Me cuesta introducir la llave en la cerradura del portal, lo logro tras varios intentos desesperados por controlar los nervios que me comen por dentro. Subimos en el ascensor regalándonos miradas cómplices y avergonzadas, en algunos casos. Como dos adolescentes que van a acostarse por primera vez y no saben lo que van a encontrarse ni a qué atenerse.
Abro la puerta de mi piso y le pido que entre. El silencio inunda el lugar y una mezcla de sentimientos se arremolinan alrededor de mí multiplicando mi ansiedad por mil. De repente, veo a Sebastian por todos lados, huelo a su perfume aún sin respirar, lo escucho en la cocina, en el baño, en el dormitorio… Cierro los ojos y muevo la cabeza varias veces, intentando que todos esos recuerdos y sensaciones desaparezcan por completo, sin embargo, es otra cosa la que me hace reaccionar. Cuando los abro, me encuentro a Pablo delante de mí, a una distancia prudencial, preguntándome si estoy bien.
Me adentro en su indescriptible mirada, nado en su océano azul, llego a su corazón y… me siento feliz. Simplemente feliz. Sebas sigue aquí y me doy perfecta cuenta que, de algún modo, siempre estará, pero ya no forma parte de mi vida. No de la que quiero vivir.
—No tenemos que hacer esto si no quieres —musita, amable y sincero.
—Claro que quiero. Tú… ¿no quieres? —pregunto temerosa.
Él forma una pequeña sonrisa ladeada, niega varias veces con la cabeza y termina con los dos pasos que nos separan.
—Nerea… —Acaricia con ternura mi cabello y me agarra de la cintura—. Te deseo… Te deseo tanto o más que la primera vez que te vi. Pero no quiero que nuestros besos se conviertan en malos recuerdos. Dime la verdad, aquí, ahora, no estamos solos tú y yo.
Trato de hablar, pero él me corta.
—Yo quiero que nuestros momentos sean nuestros y de nadie más. No pasa nada, no me importa esperar a que estés preparada.
—Pablo… Mi marido estuvo aquí mucho tiempo, en esta casa, pero aquí —me señalo el corazón— hace mucho que falta, porque… porque otra persona lo ocupó.
Nos quedamos varios segundos en silencio.
—¿Oscar? —bromea con una ceja enarcada.
—Pero… —Abro los ojos y la boca, y le doy un golpe en el pecho con las manos—. ¡Eres imposible!
Ríe a mandíbula abierta y lo imito. Trata de agarrarme los brazos pero yo me muevo, aparentando estar molesta.
—¡Déjame! —le pido.
—¡Ven aquí!
—No. —Niego y dibujo una fina línea recta con los labios.
—Ven.
—¿Cómo puedes ser así?
—Así ¿cómo? —Consigue atraparme por las muñecas, sentarse en el sofá y a mí a horcajadas sobre él.
—Tan insoportable.
—¿Te parezco insoportable? —Achina los ojos.
—Mucho —afirmo rotunda.
—Vaya… —Mira hacia arriba, pensativo—. Pensé que te gustaba.
—¿Y qué te ha hecho pensar eso?
Conecta de nuevo nuestras miradas y convierte su sonrisa en un reflejo de la mía, pero poco a poco cambia el semblante a uno más solemne y sentido, y yo lo hago con él.
Con el dedo anular hace surcos sobre la piel de mi cuello y siento cómo ese roce agita todas y cada una de las células de mi cuerpo.
—Sé que te gusto porque… —Baja, muy despacio, hasta el punto exacto donde bombea mi corazón—. Porque tu corazón palpita igual de fuerte que el mío. Porque cuando te miro, brillas. Porque cuando te toco, vibras. Porque seguimos conectados a pesar de todo. A pesar del tiempo, a pesar de la distancia, a pesar de nosotros. Todo lo que haces te lleva a mí —musita, cada vez más emotivo.
—Pablo…
—¿Qué quieres hacer, Nerea?
—Borrarlo todo… Quiero que mi casa y mis sábanas huelan a ti. Yo también quiero crear nuevos recuerdos. —Le acaricio la frente, la mejilla y los labios mientras me acerco a él y lo beso, despacio, sin prisas, con mucha calma.
Se incorpora conmigo en brazos y me lleva hasta mi habitación, me tumba sobre la cama y él lo hace sobre mí, apoyando los codos a ambos lados de mi cabeza, deteniéndose a mirarme y comprobar que no me he arrepentido. A veces, las mejores conversaciones, se mantienen en el silencio más absoluto, y eso hacemos Pablo y yo, aunque quedan tantas preguntas sin contestar que una bruma espesa y oscura, poco a poco, se apodera de parte del espacio.
—¿Qué estamos haciendo? —Suspiro.
—Sentirnos.
Hacemos el amor de una manera lenta, pasmosa y hasta dolorosa. Me desnuda sin prisas, me besa con pasión y se introduce en mí llegando a rincones que hasta yo misma desconocía. Calando hondo en mis sentimientos, marcando mi corazón, elevando mi alma al séptimo cielo.
El lunes, Joel, hace alusión a mis mejillas sonrosadas, a mi mirada viva y a la sonrisa que llevo tallada en el rostro e imposible de borrar. La misma que me acompaña durante toda la semana. El responsable de mi espléndido estado de ánimo me llama el jueves para disculparse porque esta noche no podremos pasarla juntos como todas las anteriores. No puedo negar que me fastidia y me entristece saber que no vamos a vernos hoy, sin embargo, aprovecho que el roquero cañón no me va a reventar a base de sexo duro y pervertido para dormir unas horas seguidas después de tanto desenfreno.
Llamo a las chicas a la hora de comer por si les apetece tomar un café por la tarde y me disculpo por mi ausencia de estos días.
—Nos tienes abandonadas —se queja Carol con una taza de chocolate caliente en una mano.
—Lo siento.
—No te disculpes, nena. Solo somos unas cochinas envidiosas —asegura Rocío, tras darle un sorbo a su té—. Cuéntanos alguna guarrada de las que te hace y te perdonamos por completo.
—Nada que tú no hayas hecho.
—Eso seguro. —Sonríe.
—Me encanta este sitio —observo.
—A mí me recuerda la casa de mi abuela —protesta Rocío.
—¿No te gusta?
—Estas sillas no son funcionales. Estoy hundida en el cojín.
El Café de la Luz es un lugar donde soñar con aquellas tardes en las que merendar pan con Nocilla o con aceite y azúcar era lo mejor que te podía pasar, un premio por hacer las tareas de clase, recoger la habitación y acompañar a tu hermana pequeña a clase de baile. Ro lleva razón, parece el salón de la casa de alguien que ha vivido tanto que guarda en su memoria momentos inolvidables. Sillas desvencijadas (o eso parece), mobiliario antiguo y lámparas vintage. Así está decorado uno de los sitios más mágicos de la ciudad.
Se nos pasan las horas cuando estamos juntas y no paro de pensar en qué sería de mi vida sin ellas. Mis amigas son una parte importante, de esas que, si faltan, todo de desestabiliza y puede llegar a caer. ¿Y Pablo? ¿Qué es Pablo? ¿Cuán importante es? ¿Es uno de esos pilares básicos que mantienen mi felicidad y tienen el poder de hacerla desaparecer? La respuesta aparece tan clara delante de mí que hasta me mareo y todo comienza a dar vueltas. Rotundamente sí.
—Cariño, ¿estás bien? —La doctora, haciendo alarde de su profesionalidad (y sus ochenta y nueve años de estudios en medicina) se da cuenta de que estoy al borde de sufrir un ataque de pánico.
—Estás blanca. —Rocío se levanta a toda prisa y pide un poco de agua en la barra.
—Sí, no os preocupéis. Solo hace un poco de calor… —Me abanico con una servilleta y respiro hondo varias veces.
—Aquí tienes. —La andaluza me acerca el agua fría a la boca y bebo pequeños sorbos.
—Estoy bien. No pasa nada.
—¿Estás segura? —insisten.
—Sí sí. Ya se me ha pasado. Ha sido un momento de confusión.
—¿Quieres que salgamos a la calle?
—Sí, paseemos un rato. Tal vez el aire me siente bien.
Pagamos la cuenta y salimos del local, no sin antes ver cómo Rocío se liga al camarero que nos ha cobrado y consigue que le pida el número de teléfono.
—No pierdes oportunidad —le manifiesta Carol.
—Una no sabe cuándo va a volver a encontrarla. Soy una chica que sabe lo que quiere y cuándo lo quiere. —Guarda el trozo de servilleta serigrafiada entre sus senos.
Caminamos sin un rumbo muy cierto, dejando que el aire nos acaricie la cara y mirando los escaparates que nos encontramos. Nos detenemos en un puesto de helados, nos sentamos en un banco de una plaza cualquiera y nos los comemos recordando cómo aprendimos a hacerlos en las clases de cocina, hace ya más de diez años.
—El pene de Carlo es más grande que esto. —Rocío señala el cucurucho, cambiando drásticamente de conversación.
Carol la mira con los ojos como huevos y yo me parto de la risa por sus salidas de tono.
—No me mires así. Y no me digas que la de Andrés es más pequeña…
—Te miro así porque has dicho pene. ¿Te estás reformando?
—Yo soy una chica muy refinada, siempre lo he sido.
—Por favor, ya somos mayorcitas para mantener esta conversación en público. Esa pareja de ancianos no para de observarnos. —Fuerzo una sonrisa mientras miro a los octogenarios.
—¿Cómo la tiene Pablo? Seguro que a ese le cuelgan más de veinte centímetros ahí debajo.
—¡Rocío! —Grito y me río.
Rompemos las tres en carcajadas y nuestros amigos, el señor y la señora «poco disimulados», desaparecen todo lo rápido que sus casi centenarios cuerpos les permiten, como si tuviéramos alguna enfermedad venérea y se la fuéramos a transmitir por el simple hecho de respirar el mismo aire.
—Tengo que contaros algo. —Carol interrumpe las risas—. Se me ha pasado por completo. —Capta toda nuestra atención—. Andrés y yo hemos decidido que lo mejor es que se haga la vasectomía.
—¿Se la va a cortar? —Rocío se asusta y se le cae el helado al albero.
—¿Qué? ¡No! Hemos decidido no tener más hijos y es la mejor opción.
—No lo entiendo. —Se queja.
Carol nos explica cómo es el procedimiento y las razones que les han llevado a ello. No le cuestiono. Si han optado por ese camino, después de todo lo que han pasado, confío que lo han meditado mucho y los dos están de acuerdo con la decisión. Sé que a Andrés le hubiera gustado tener otro hijo, y esto solo demuestra lo enamorado que está de su mujer. A veces, tienes que poner en una balanza lo que quieres realmente y lo que estás dispuesto a perder para conseguirlo. Sin duda, Carol, Raúl y Manel, pesan para él más que todo el oro del planeta tierra.
—Diva, mira, sales en una revista. —Joel me enseña el último ejemplar de C-Prive, donde Elsa Pataky aparece en bikini en una playa paradisiaca, rodeada de sus hijos y su maravilloso marido, (Thor, para más señas)—. Este brazo no es normal. —Se acerca la revista a la cara para poder observarlo mejor.
—Prefiero los tatuados… —Musito ¡en voz alta!, totalmente abstraída, soñando con el biceps de Pablo.
—¿Qué has dicho? —Sonríe pérfido.
—Nada… —Disimulo y escribo con rapidez sobre el teclado de mi ordenador de la oficina.
—Tu novio tampoco está nada mal. Mira. —Me señala una de las páginas en las que la banda sale a todo color, anunciando que su próximo disco se publicará en el mes de septiembre.
—No es mi novio —contesto sin casi hacerle caso.
—«Se le ha visto últimamente muy bien acompañado… —lee en voz alta—, ¿podemos asegurar que su corazón está ocupado ahora mismo?» —Capta un poco mi atención, que aumenta conforme pasan los segundos y mi ayudante no dice nada—. ¿Quién es Samantha? —Pregunta, a la vez que pone la revista sobre su regazo.
—¿Qué? —Dejo de mecanografiar y le clavo la mirada.
—Samantha. Aquí dice… —Vuelve a leer pero en voz baja.
—¿Qué dice? —Me levanto y le quito el C-Prive de un tirón.
—¡Cómo te pones, reina! —Se incorpora también y se va, sin poder esconder la cara de cínico.
«¿Podemos asegurar que su corazón está ocupado ahora mismo?» Leo.
«Mi corazón está lleno de una preciosa melodía». Contesta.
«Muchos dicen que hace tiempo que no se le veía tan feliz. ¿La música le hace feliz?».
«No me malinterprete, señorita, pero “mí música” me hace feliz».
El suelo comienza a moverse bajo mis pies y se abre un gran cráter justo delante de mí, a pocos centímetros de la punta de mis sandalias azules. Doy un paso hacia atrás y me topo con el filo de la mesa. Apoyo el culo sobre ella, me agarro con una mano al cristal y dejo la revista sobre la superficie. Esto va demasiado deprisa, no lo nuestro, me refiero a mis sentimientos; no obstante, no sé por qué me extraño, mi amor por Pablo nunca disminuyó, no desapareció, sino todo lo contrario, lo tuve guardado, oculto, bajo un montón de razones inútiles que creía que me harían feliz. Y ¿sabéis qué ha pasado? Que durante todo este tiempo ese amor ha crecido, tanto tanto que no cabe en mi pecho, ni en esta habitación, ni en el mundo entero.
Vuelvo a ahogarme, vuelvo a sentir ese desasosiego. Lo quiero, lo quiero mucho más que antes, con más fuerza y con más ganas. Pero… ¿Qué siente Pablo? ¿Qué está dispuesto a darme?
De momento mucho sexo pervertido y desenfrenado. Llega a mi casa el viernes por la noche con ganas de fiesta, (y no me refiero a irnos de bares y de discotecas). No me da tiempo a decir «hola», cuando abro la puerta, agarra de la cinturilla de mis pantalones, me lleva hacia él y me besa, susurrando sobre mis labios (y sobre todos mis miedos) que me ha echado mucho de menos. Hacemos el amor sobre la alfombra del salón y cenamos pizza escuchando música inglesa de los ochenta. Discutimos sobre qué grupo tuvo más relevancia sobre esa época y llegamos a la conclusión que, sin dudarlo, The Police marcó una década. Se levanta, conecta su iPhone a mi reproductor y la voz de Sting, cantando Every Breah you Take, inunda la estancia y pone en marcha todos mis sentidos.
—Esta canción se encuentra entre las cien mejores de todos los tiempos —comenta, sentándose de nuevo a mi lado.
—¿En esa lista no hay ninguna tuya?
—Algún día la habrá —contesta con la voz lánguida.
—Estoy segura. —Me pongo de rodillas justo en frente y lo beso.
Él respira hondo y me mira.
—Every nigth you stay, I’ll be waching you —canta muy bajito. (Cada noche que te quedes, te estaré observando).
Trago con dificultad y parpadeo muy despacio.
Pablo…
—Tengo una sorpresa para ti. —Sigue, tras un leve carraspeo. Arrugo la frente—. Es buena, no te asustes —asegura, sabiendo que las odio. Me da un beso en la nariz, se incorpora, se calza las botas y abre la puerta de mi apartamento—. No tardo, espera aquí.
Vuelve unos minutos más tarde con una caja bastante grande en las manos, envuelta en papel plateado lleno de estrellas, y una sonrisa brillante que le ilumina toda la cara.
—Toma. —Me lo ofrece.
Lo cojo con reticencia y mirándolo intrigada.
—¿Qué me has comprado?
—No he comprado nada. —Se encoge de hombros.
Tiro y rompo el papel decorado, observando una caja marrón que no me da pistas fiables de lo que puede contener. Me apremia para que lo abra, sin embargo, no estoy muy segura si quiero ver lo que hay debajo. Cuando me doy cuenta de lo que tengo delante de mis ojos, sostenido con mis manos, se me para el corazón y casi dejo de respirar.
—¿Qué es…? ¿De dónde lo has sacado? —pregunto entre tartamudeos.
—Me lo llevé hace unos días…
—¿Cómo…?
—Busqué a alguien que supiera repararlo.
Me quedo sin nada que decir. Lo único que hago durante más de dos minutos es observarlo y tocarlo sin poder creerme que mi telescopio, con el que miraba las estrellas de pequeñita, mi mejor amigo durante aquella época, el que me enseñó a enamorarme del firmamento, esté arreglado y como el día que me lo regalaron, delante de mí.
—Pablo… —musito.
—¿Te gusta?
—Yo, no… No sé como agradecerte lo que has hecho. —Una lágrima avanza furtiva por mi mejilla.
—Soy yo quien tiene que agradecértelo.
—Yo no he hecho nada.
—Claro que sí. —Camina hasta mí, ahueca la mano en mi cuello y me limpia la cara con el dedo pulgar—. Mi música vuelve a sonar y tus ojos brillan más que nunca.
—Será porque soy feliz —me sincero.
Él sonríe de lado y me mira con intensidad, y algo me dice que en su interior se libra una guerra de dimensiones tan grandes como la mía.
—¿Lista para ver las estrellas? —Con esta pregunta la batalla y el miedo deja de tener importancia. ¿Sabéis por qué? Porque sus ojos brillan tanto o más que los míos.