La estrella de Nerea
Capítulo 33
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NUESTRAS ESTRELLAS
Salimos a la calle casi abrazados, con mi mejilla rozando su costado y su brazo rodeando mis hombros. Caminamos hasta una de las calles paralelas en busca de su coche, acompañados por el silencio de la noche, solo interrumpido por el tráfico lejano e intermitente de una de las avenidas.
Pablo huele tan bien que me lo comería.
Soñando con lamerlo entero me hallo cuando él interrumpe mis lujuriosos pensamientos.
—Nos está siguiendo un fotógrafo —advierte.
—¿Cómo? —Me separo unos centímetros, pero él no me suelta.
—Sigue andando y no mires atrás. Está en la otra acera.
Me pongo nerviosa y hago lo que ordena. Noto que su cuerpo se tensa y aligero el paso para poder seguir el suyo. Solo un minuto más tarde, llegamos a su coche y nos guarecemos en él.
—¿Qué vamos a hacer? —Me abrocho el cinturón, mientras él se gira y deja el telescopio en el asiento trasero.
—Perderlo de vista.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
—Conduciendo más rápido que él.
Acelera y sale del aparcamiento a toda velocidad, tan veloz que me agarro al asiento por miedo a estrellarme contra el cristal si frena de la misma manera.
—Pablo, esto no me parece buena idea —manifiesto. Sin embargo, hace caso omiso a mi sugerencia y sigue concentrado en escapar del periodista. Sujeta el cambio de marchas, reduce y pisa el pedal del acelerador a fondo—. Ve más despacio, por favor.
Gira hacia la derecha, luego a la izquierda, a la derecha otra vez y se incorpora a la autopista, donde, después de conducir durante cinco minutos a más de ciento sesenta kilómetros por hora, reduce, para salir hasta una carretera secundaria, adentrarnos en un camino de tierra y detenernos delante de un trigal.
Suena Listen to your heart de Roxette.
Suelto el aire que contenía almacenado en mis pulmones en cuanto el motor deja de rugir.
—Lamento…
—No era necesario hacer esto. —Interrumpo su disculpa y miro al frente, respirando con dificultad.
—No quería que nos estropeara la noche.
—¿Tu vida es siempre así, verdad? —enuncio, sin poder ocultar la angustia.
—No. Es mucho peor —asegura, sin esconder su pesar.
Hincho el pecho y cierro los ojos. Unos segundos después noto sus dedos acariciándome el cuello.
—¿Estás enfadada?
Niego con la cabeza.
—No… Solo… No entiendo cómo puedes vivir así. —En realidad lo que siento se asemeja mucho más a la pena.
—Nerea… —me llama, y, muy despacio, giro la cara y mis ojos se conectan a los suyos como si de imanes se trataran. La luz de la luna se refleja en nuestros rostros—. Será porque soy feliz. —Repite lo que le dije hace solo una hora.
Muy lentamente deshace el espacio que nos separa y une su boca a la mía, besándome con amor, con mucho amor. ¿Cómo lo sé? Porque ya me ha besado antes así. En realidad, Pablo siempre me ha dado todo en cada caricia.
De repente, una imagen muy nítida se me viene a la cabeza, abro los ojos y me retiro.
—¿Qué ocurre? —Me mira, extrañado.
—Nuestro primer beso.
—Ya te he dicho que no fue en el ascensor.
—Lo sé. Fue una tarde de verano, en la calle; te acompañé a casa, hicimos una apuesta y la ganaste.
Esboza una gran sonrisa.
—Creí que jamás lo recordarías.
—Medías poco más de un metro y llevabas la camiseta llena de helado.
—Tú llevabas un vestido precioso y los labios pintados.
—Eras un mocoso. —Le agarro de la camiseta y lo atraigo hacia mí—. Mi madre me obligó a llevarte a casa.
—Ese día me enamoré de ti. —Noto el calor de su aliento en mis labios, y todo se ralentiza: la caída de sus párpados, nuestras respiraciones, el viento, la música, el tiempo…
—¿Qué hacemos, Pablo? —musito la misma pregunta que ya le he hecho una vez y que yo me repito constantemente.
—Lo único que sabemos. —Pega su frente a la mía, mueve la nariz de lado a lado, haciéndome cosquillas, y terminamos besándonos con ternura.
Entre los dos montamos el telescopio delante del coche, riéndonos por el hecho de ser tan torpes y no conseguirlo a la primera. Él me increpa porque es mío y debería tener práctica, y yo le sermoneo porque no hace caso a mis indicaciones (además de defenderme, ¡hace años que no lo hago!)
Pongo el ojo en el ocular y me cercioro de que está bien posicionado. Observo unas cuantas constelaciones y busco la Osa Mayor para enseñársela.
—No veo nada —se queja, escudriñando el cielo, agachado sobre la especie de mirilla.
—Está delante de ti.
Se incorpora a un palmo de mi cuerpo y alzo el mentón para poder conectar nuestras miradas. Nunca me acostumbraré a la descomunal diferencia de estatura que existe entre nosotros.
—Venga, inténtalo de nuevo —insisto.
—Prefiero mirarte a ti. —Agarra los cuellos de mi chaqueta y tira hacia él.
—No seas patán. —Río.
—Lo digo en serio.
—No puedo creerme que después de estos años no conozcas las estrellas. Yo te las enseñé. Si hasta las tienes en el techo de la habitación.
—Por eso mismo no las aprendí. —Le miro con el ceño fruncido— ¿No lo entiendes, Nerea? Me dolía tanto observarlas que ni siquiera miraba al cielo de madrugada… Y… cuando lo hacía, no las veía. ¿Sabes por qué? —Sus pupilas se dilatan—, porque no brillaban, era como si no existieran, como si no estuvieran ahí.
—Pero… —Me quedo sin nada qué decir—. Pero compraste el piso por nuestras estrellas. Creí que te hacían feliz.
—Esas eran tus estrellas, de nadie más. Y… y solo en esa habitación las encontraba. —Me aparta un mechón de pelo de la cara y me acaricia los labios con el pulgar.
—¿Ahora las ves?
—Ahora hasta las escucho.
Nos tumbamos sobre el capó del coche y durante la siguiente media hora le explico y le señalo todas los astros visibles. Intento que se aprenda los nombres, y ríe a carcajadas cuando le confieso alguno de los que inventé en mi niñez: Caramelito, Abeja Maya, Pepinillo… Con el paso de los minutos el silencio cada vez se hace menos espaciado, más intenso, pero se salva de ser pesado e incómodo, nos sentimos bien el uno con el otro y pasamos el tiempo alternando confidencias insignificantes y un mutismo elegido y maravilloso.
El jardín de infinitas estrellas me recuerda todas las cosas que vivimos juntos. Fueron muy pocos meses, pero tan intensos que pudieron parecer años. ¿Quién mide el amor por el tiempo trascurrido? Se mide por momentos, sensaciones, intensidad… y por la profundidad del grabado que esa persona deja sobre tu piel.
—¿Por qué sonríes? —Gira la cabeza hacia mí, con los pelos frotando la luna delantera.
—Estaba soñando despierta. —La mía descansa sobre su brazo.
—¿Y qué sueñas?
—Con tenerlo todo.
—Eso no es sueño.
—Entonces… ¿por qué siento que lo que más deseo, aunque no lo parezca, se aleja?
—¿Por qué piensas eso?
Respiro hondo y cojo fuerzas.
—A veces… no estás, Pablo. —Traga y se toca el cabello—. Lo sé. No puedo culparte por ello —sigo.
—Tú tampoco tienes la culpa… Son mis miedos.
—Miedos que yo creé.
Tras varios segundos, rompe la intensidad de nuestras miradas, resbala por la carrocería y se pone de pie. Me tapo la boca y la nariz con las manos pegadas, como en un rezo inconsciente, y respiro.
—Yo también tengo sueños… —habla, mirando hacia el firmamento y de espaldas a mí.
Bajo del capó y me posiciono tras su espalda. El olor de su perfume mezclado con el cuero de su chaqueta, que llevo puesta, me fascina.
—Si hay alguien que puede conseguirlo todo, eres tú —manifiesto.
Mueve la cabeza, como si estuviera tratando de despertar de una pesadilla, se gira y nos deja frente a frente.
—Me das miedo, Nerea. Siento que si no encuentro la forma de bajarte a la tierra todas las estrellas, no podré hacerte feliz.
—Yo no te he pedido nada.
—Pero algún día lo harás, y yo… Yo no sé si estaré preparado para dártelo.
Agacho la cabeza y cierro los ojos.
—Lo estropeé y no tengo derecho a reprocharte nada.
—No es eso. Es solo… —Suspira y me levanta el mentón con un dedo—. Me costó un mundo olvidarte. No sé si estoy preparado para volver a perderte. No quiero pasar de nuevo por eso.
—No quieres nada serio —susurro, sin poder ocultar mi decepción.
—Nerea… mi mundo no es normal… Yo no soy normal, y algo me dice que, algún día, me dejarás de nuevo y no estoy dispuesto a tener que volver a superarte.
—¿Y qué propones?
—Yo no quiero dejar de verte. Pero… sin complicaciones.
—¿Qué somos?
—Llámalo como quieras. Somos amigos que se lo pasan bien y se mueren de gusto follando juntos.
Eso lo he escuchado antes. Hace mucho. Y no me gusta.
—Suena bien. —Fuerzo una sonrisa.
—Pues, si te parece, nos vamos a mi casa y te empotro contra la puerta porque no voy a ser capaz de llegar a la cama.
—Solo me quieres por mi cuerpo. —Medio bromeo, y él se lo traga.
—Yo solo quiero llevarte conmigo al cielo.
—Qué romántico.
—Mucho. Sube al coche y ve quitándote las bragas —me guiña un ojo.
—Pervertido.
—Estoy de acuerdo.
El ambiente dentro del coche se densa nada más entrar en él. Pablo arranca el motor y en la radio salta The Reason de Hoosbastank. Mis sentimientos se encuentran enfrentados en una batalla, que, de momento, gana la excitación, aniquilando todo vestigio de desaliento y decepción. A pesar de la música, noto su agitada respiración, su corazón bombear con fuerza debajo de la camisa y la firmeza de sus piernas presionar sobre el acelerador. Solo recorremos unos kilómetros sin tocarnos. Aún no hemos vuelto a la carretera principal cuando introduce su mano derecha, muy despacio, entre mis muslos y los acaricia. Primero sobre las rodillas, después subiendo con parsimonia, en un balanceo que me vuelve loca, sin llegar, ninguna de las veces, a tocarme el sexo.
Mis suspiros se convierten en gemidos y le pido que siga.
Suelto un jadeo al notar sus dedos, por fin, rozarme los labios por encima de las bragas.
Pablo suelta un bufido cuando se empapa de mi humedad.
—Abre más las piernas —pide, con voz áspera y sexi.
Trago con dificultad y le dejo espacio suficiente para maniobrar allí abajo, apartar la tela mojada e introducir un dedo dentro de mí. Apoyo la nuca en el reposacabezas con un golpe seco, cierro los ojos y gimo.
—Vamos a matarnos —musito, al sentir un leve frenazo.
—Me da igual. —Mete otro dedo y los mueve.
Los pezones se me endurecen y noto que mi humedad cada vez se hace más intensa. Me excito tanto que yo también quiero un trozo del pastel, así que me incorporo y llevo las dos manos a los botones de su pantalón vaquero.
—¿Qué haces? —Su mirada va de mí a la carretera.
—¿Tú qué crees? —Le retiro los jeans y los slips y su miembro se yergue, impetuoso, delante de mí.
—Esto sí que no es buena idea. —Suspira.
Me muerdo los labios justo antes de llevarlos hasta la punta, abrirlos y saborearla. Él suelta un bufido y se remueve. Sonrío perversa, le rodeo la base con la palma de mi mano y subo y bajo despacio, mientras utilizo la lengua para lamer lo que queda libre.
—Joder… —farfulla.
La trago hasta el fondo y la saco, cubriendo los dientes con mis labios y succionando. Repito el movimiento hasta notar el líquido pre seminal inundarme las papilas gustativas.
—Para… Para… —pide, pero no lo hago.
Por el movimiento repentino de sus piernas y del coche, intuyo que acelera, gira con brusquedad, frena y detiene el coche. Aún así, yo sigo a lo mío, hasta que me agarra de los hombros, me levanta y me besa, mezclándose todos sus sabores en mi boca.
—Sal del coche —ordena, con la mirada oscura.
—¿Qué?
—Que salgas del coche. —Se sube los pantalones, quita la llave del contacto y la guarda en un bolsillo.
—¿Para qué?
—Para poder follarte a base de bien.
Poso los pies sobre arena y me percato de que aún nos rodean inmensas praderas. Nos encontramos en la parte delantera de nuevo, pero de una manera muy diferente. No hay palabras de amor ni besos bañados de ternura. Sin preámbulos, bastantes hemos tenido ya, me agarra del pelo con una mano y estampa su boca contra la mía, devorándome. Con la otra, me sube la falda, me empuja hacia atrás y posa mi trasero sobre el filo del capó. Apoyo los pies donde puedo, introduce una mano entre mis piernas y me baja la ropa interior.
—Va a vernos alguien —musito.
—Me da igual —consigue decir.
Agarra la base de la polla, se hace hueco entre mis piernas y me penetra. Doy un grito de satisfacción y un relámpago de placer me recorre de pies a cabeza.
—Ahhh… —Jadeo sin parar, y me agarro con ansia a su espalda.
Él me sujeta por las nalgas, las aprieta y entra y sale con premura.
Una vez.
Dos veces.
Tres…
Cuatro…
Cinco…
Seis..
Siete…
Gimo.
Me muerde el labio.
Nuestros dientes chocan.
Las lenguas se enredan.
La saliva se mezcla.
Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos cuando noto un orgasmo crecer muy dentro y expandirse desde mi sexo hacia todas las extremidades, electrizando cada una de mis moléculas…
Sin esperármelo, sale de mí; lo miro con muy mala cara, él tuerce la boca en un gesto muy perverso, enseñándome la punta de la lengua; me gira, empuja mi espalda hacia abajo y pega mi pecho al capó.
Con una de sus piernas, le da dos toques a mis tobillos y me obliga a abrirme un poco más.
—Me encanta tu culo… —Lo aprieta.
—¿No pretenderás…? —No es que me niegue, pero prefiero hacerlo en otro lugar.
—Ahora no, quizás más tarde —asegura, con voz áspera.
Siento la punta de su miembro rozar la entrada de mi vagina y abrirse paso con facilidad.
Jadeamos al unísono.
Vuelve a entrar y a salir.
Primero despacio y con golpes secos y rotundos.
Y poco a poco acelera el ritmo hasta hacerlo devastador.
Gritamos.
Suspiramos.
Sudamos.
Solo se escuchan nuestras voces y el sonido de su pelvis chocar contra mis nalgas. Las luces del coche se cuelan entre nuestras piernas y se pierden entre los arbustos. Araño la carrocería, me doy golpes en las rodillas con el guardabarros… pero nada importa, porque el placer que atraviesa todas mis venas bien se merece los cardenales que me van a salir.
Mis jadeos se hacen más agudos, Pablo entiende que voy a correrme en breve y acelera el ritmo y la intensidad.
Grito.
Gimo.
—Nerea, Nerea…
—Pablo… Ohhh…
Nos corremos gritando nuestros nombres y mojándonos por completo.
Él de mí…
Yo de él…
Dejamos el lugar impregnado de olor a sexo.
Y nos vamos cargados de intimidad.