La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 34

Página 39 de 50

34

 

MERECE LA PENA LUCHAR

 

 

 

—Sigo creyendo que esto no es buena idea —me quejo, a punto de llegar y revolviéndome en mi asiento.

—Lo hemos hecho decenas de veces. —Pablo no le da importancia, centrado en la carretera.

—No entiendo cómo me has convencido —farfullo.

Él no dice nada y sonríe de medio lado. Dejo pasar que ambos hemos perdido la cabeza.

Aparca el coche junto a la acera y nos bajamos. Los pies se me quedan pegados al suelo y bufo hasta que el roquero llega a mí.

—Venga, no dolerá, te lo prometo. —Me aparta el pelo de la frente.

—Sí lo hará. Y lo sabes. —Arqueo los labios hacia abajo.

—Has estado en el aniversario de mis padres ya antes.

—Solo venía para beber alcohol gratis.

—Tú no bebías alcohol.

—La borrachera que cogí con el ponche de tu padre y dos días vomitando tuvo mucho que ver con eso.

Aún recuerdo a Carol con la cabeza metida en un cubo de basura, llorando a moco tendido porque sus padres la iban a matar si la veían así; y yo no tenía ni la menor idea de dónde había dejado los zapatos. Nos llevamos con resaca más de una semana, y juramos y perjuramos que jamás volveríamos a beber. Yo mantuve la promesa durante muchos más años que ella.

—Nerea, mírame. Siempre has entrado en mi casa, ¿por qué ahora no podrías hacerlo? Somos amigos.

Lo sé.

Amigos.

—¿Y mis padres? —inquiero sobre el problema más peliagudo.

—Tus padres también pueden entrar —bromea, y yo me tapo la cara como consecuencia. Él me las aparta, sonríe y niega con la cabeza—. Eres un caso perdido.

—No te rías. No conoces a mi madre.

—Claro que la conozco. Siempre me ha tratado como a un hijo.

—Ahora va a odiarte. —Me muerdo el labio.

—¡¿Cariño?! —grita su madre desde la puerta, a pocos metros de donde nos encontramos.

Nos giramos los dos en su dirección y sonreímos. Él de verdad; yo de manera forzada.

Madre e hijo se funden en un gran abrazo y ella le dice cuánto lo ha echado de menos.

—Vine hace dos semanas. —Se defiende.

—¿Y te parece poco? Cuando seas padre sabrás lo que se sufre con los hijos. —Le aprieta los brazos y luego se dirige a mí.

—Hola, Nerea. —Me saluda con mucho afecto, y también me da un abrazo.

—Hola, Amalia —respondo con la misma ternura.

—Pasad. Tus padres ya han llegado. Están en la parte de atrás.

Cruzamos la casa charlando sobre nada en particular; y cada cuadro, lámpara y pared me despiertan recuerdos casi olvidados. Pasé muchos momentos de mi infancia y juventud aquí, viendo la televisión mientras cuidaba de Pablo y de mi hermana, o cuando Amalia y Jesús nos invitaban a pasar el día o a alguna comida especial. No ha cambiado nada, el mobiliario sigue siendo el mismo y huele a galleta recién hecha.

—¿Estás bien? —susurra Pablo a mi lado a la vez que me coge de la mano. Asiento con la cabeza y me quedo ensimismada en nuestros dedos entrelazados. Reacciono y me suelto justo antes de que mi madre pose sus ojos sobre nosotros.

—¡Nerea! Ya era hora de que llegaras. —Su mirada va de mí a Pablo y de Pablo a mí. Me da dos besos y me pregunta cómo estoy—. No sabía que venías con él —murmura en mi oído. 

—¿Cómo estás? —Mi padre hace lo mismo, pero con más afecto. No es que mi progenitora me quiera menos, es que mi padre lo demuestra más.

—Bien. No te preocupes.

Me escudriña con el ceño levemente fruncido y lo deja pasar. Por ahora.

Nos sentamos alrededor de la gran mesa de hierro y cristal y comenzamos a degustar y disfrutar los manjares que Amalia y Jesús han preparado. Toda clase de pescados, carnes y guarnición de verduras. De postre, una variedad de tartas que asusta, acompañados con té y café.

—Esta no lleva almendras. —Amalia señala una de ellas y demuestra que recuerda mi alergia—. Y esta es una receta inglesa. —Apunta a una cubierta de polvo blanco—. La aprendí hace muchos años. Recién llegamos a Londres.

Merendamos bajo el entoldado blanco y hablamos sobre la carrera de Pablo gran parte del tiempo. No puede negar que no le gusta la conversación y la deriva hacia la próxima jubilación de su padre y el traslado definitivo a España. Logra que nuestros padres se entretengan charlando sobre la futura mudanza y la posible venta de la casa de Reino Unido, y nosotros dos nos levantamos a recoger la mesa y la cocina.

—Déjalo, cariño. —Amalia le pide a su hijo que no se moleste.

—Relájate, mamá. Nosotros nos encargamos —contesta.

Nos perdemos dentro de la cocina, desde donde se ve el patio, y dejamos que ellos charlen y disfruten bajo el sol de uno de los últimos días de primavera.

—No ha sido tan malo. —Mi roquero me da un beso distraído en el hombro, apostado detrás de mí, y yo los encojo como respuesta, sin dejar de enjuagar la vajilla.

No ha sido tan malo, no. Pero no entiendo qué quiere de mí. Algunas veces, o casi todas, sus acciones me desconciertan. Dice que solo somos amigos, que no sabe si está preparado para darme más, y, de pronto, soy el centro de su universo y me trata como si fuéramos pareja. Entiendo que tenga miedo a que vuelva a ocurrir lo de la última vez, pero yo no soy la misma, mi opinión sobre lo nuestro es distinta y estoy dispuesta a arriesgar mucho más.

Sé lo que quiero.

Y es a él.

—Ha estado bien. —Me giro y le acaricio las mejillas con los dedos mojados.

—Está fría —se queja, y mete sus manos bajo mi camiseta.

—Las tuyas arden —observo.

—Tengo ganas de besarte. —Mira mis labios y se acerca muy lentamente.

—No sé… —Dudo con la boquita pequeña, sintiéndolo muy cerca.

—Hola, chicos. —Mi padre entra y nos interrumpe, justo antes de llegar a tocarnos.

Ambos nos separamos tratando de disimular la incomodidad, pero no conseguimos el efecto deseado. Pablo se toca el cabello de manera compulsiva y yo me giro y vuelvo a meter las manos debajo del grifo, demasiado nerviosa y mojándome toda la ropa.

—Pablo. Tu padre quiere hablar contigo —le informa.

—Sí… De acuerdo. —Se disculpa y nos deja solos.

—¿Quieres más café? —pregunto por rellenar el silencio.

—Un descafeinado para tu madre.

Me seco las manos, le echo agua a la cafetera y pulso el botón.

—Hace unos días estuve hablando con Sebastian —comenta sin ningún tono especial—. Me ayuda con las inversiones, ya lo sabes.

—No hablamos demasiado. —Pongo una taza sobre la encimera y cojo una cucharilla.

—Me dijo que sentía lo que estaba pasando.

—Yo también lo siento, papá. No me gusta esta situación —contesto, quizás, demasiado a la defensiva.

—Eh, no te pongas así conmigo. Solo quiero decirte que me da igual Sebastian. Lo aprecio, pero tú eres mi hija. Estaré a tu lado siempre, pase lo que pase, decidas lo que decidas.

—Lo sé. —Hundo los hombros.

Me rodea con sus grandes brazos y me pega a él.

—Estás enamorada de él. —Me mira a los ojos, y no tiene que especificar a quién se refiere.

—Sí. Pero él no me quiere.

—Claro que te quiere. Te mira como si fueras la última flor de la tierra.

—¿Eso crees?

—Cariño, ese muchacho ha suspirado siempre por ti. Todos nos hemos dado cuenta. Una vez, lo pillé mirándote embobado durante más de una hora.

—¿En serio? —Suelto una risita atolondrada.

—Estabas viendo una serie… Esa que te gustaba tanto… De brujas… Que una cantante se llamaba igual…

—Sabrina.

—¡Esa! Estabas tumbada en el sofá. Él se sentó junto al quicio de la puerta de la cocina y apoyó la espalda en la pared. Le pregunté por qué no salía a jugar y me dijo que estaba enfadado con Cristina. Sonreí al ver que ni parpadeaba y supe que sentía algo muy especial por ti.

—Eso fue hace mucho tiempo. —Parpadeo, decepcionada.

—Lo he vuelto a ver hace escasos minutos, ahí fuera, aquí dentro, cuando llegasteis... Y, ¿sabes qué? Que no me sorprende en absoluto. Eres una mujer maravillosa, cualquier hombre suspiraría por ti.

—Lo que hay entre Pablo y yo no es lo que piensas.

—Lo que hay entre Pablo y tú es más grande que lo que queréis que sea. Y, si me permites un consejo de hombre mayor y curtido, no luches contra el destino porque entonces os acabará destrozando.

—Me equivoqué, papá. Y ahora no sé cómo arreglarlo.

—Lo estás haciendo muy bien.

—¿De verdad lo piensas? Estoy completamente enamorada de una persona a la que hice mucho daño; y muerta de miedo porque no sé cómo decírselo. No sé lo que estoy haciendo… —Se me humedecen los ojos.

—Nadie lo sabe, Nerea. Todos fingimos hasta que lo logramos. No te des por vencida tan pronto. Merece la pena luchar por Pablo.

—A veces sigo pensando que no soy buena para él. Nuestras vidas no tienen absolutamente nada que ver. Él es una estrella de rock y yo…

—Y tú una gran mujer —me interrumpe—. Lo conozco desde que era un renacuajo, lo he visto crecer, madurar, triunfar… Y nunca, ni la fama y el dinero lo han cambiado. No hay otra persona más humilde que él.

—No es tan fácil.

—Tú eres una luchadora. —Me anima—. Solo quiero que mi niña sea feliz.

Apoyo la mejilla en su pecho y él me arropa como cuando era una adolescente.

—Te quiero, papá.

—Y yo a ti, hija.

—¿Y mamá…?

—De tu madre me encargo yo. No te preocupes.

 

Nos despedimos de todos ya en el salón, una brisa fresca se ha levantado al final de la tarde y nos ha obligado a guarecernos dentro de la casa. Mi madre me avisa de que hablaremos pronto sobre lo que está ocurriendo y me preparo psicológicamente para la llamada que me hará en los próximos días. Puedo augurar cuál será su posicionamiento: de cotilla herida.

Pablo me pregunta si me apetece comer algo de camino a su apartamento.

—El frigorífico está vacío.

—Podemos ir a mi casa —musito, abstraída.

—No me apetece cocinar. Y no voy a dejar que lo hagas tú.

—Pues para donde quieras —respondo con una evidente mueca de dejadez.

—¿Te ocurre algo?

No. Solo estoy desorientada. Y asustada.

—Estoy cansada.

Acepta mi respuesta y conduce en silencio. El mismo que transcurre durante la cena. Solo interrumpido por un grupo de jóvenes que se acercan al conocerlo. Observo cómo se hace fotos con los chicos y chicas que sonríen sorprendidos por encontrarse con su estrella favorita de rock en una taberna cualquiera de Madrid.

—¿Nos vamos? —Camina hasta mí, tras pagar la cuenta en la barra, con el ceño levemente fruncido.

Me levanto de la mesa, me pongo la chaqueta y llego a la calle abrochándome los botones.

—¿Puedes dejarme en mi piso?

—¿A qué te refieres? —Pablo se sube la cremallera de la suya.

—Mañana es lunes y ha sido un fin de semana muy largo.

Me clava la mirada durante unos eternos segundos y parece que va a hablar, pero calla, se mete las manos en los bolsillos y lo deja pasar.

Llegamos a mi casa acompañados del mismo mutismo. Aparca el coche en un hueco junto al acerado que da a mi portal y me mira. Tal vez espera que me haya arrepentido y lo invite a pasar.

—Nerea —me llama, al comprobar que nada sale de mí.

Lo miro y espero a que diga algo que cambie todo lo que pienso, que arrase con mis miedos y dé luz a lo que siente y lo que espera de lo que tenemos, sin embargo, no lo hace.

—Me voy a Miami dentro de un par de semanas. Me gustaría pasar contigo todo el tiempo posible.

Sonrío triste.

—Mañana te llamo. —Agarro la manilla de la puerta e intento abrir.

—Nerea, para. ¿Adónde vas?

Lejos de ti.

—Ya te lo he dicho. Necesito dormir. —Giro la cabeza y le ofrezco una sonrisa displicente.

—¿Adónde. Vas? —repite, recalcando cada palabra.

—Me voy a casa. A dormir. Estoy muy cansada —repito, demasiado brusca aunque intento relajarme.

Aprieta la mandíbula, traga con dificultad, abre la boca y después la cierra. Tras unos segundos de incertidumbre, mira hacia delante, rodea el volante con las manos, lo aprieta y los nudillos se vuelven blanquecinos.

—Hasta mañana —se despide, entre condescendiente y enfadado.

Me muevo para salir, pero su mano rodea mi cuello, sin presionar, y me detiene.

—Nerea... —Siento su respiración sobre la mía y espero a que hable—. Yo…

—Hasta mañana, Pablo. —Me despido con resignación al darme cuenta de que no va a salir nada de su boca. Al menos, nada de lo que espero escuchar.

 

El comienzo de semana no me divierte en exceso, no obstante, el gran volumen de trabajo me entretiene de tal manera que no me permite pensar (demasiado) en Pablo y en nuestra situación. Soy fiel a mi palabra y el lunes lo llamo por teléfono. Quedamos para cenar en su casa, pero me avisa una hora antes y cambia los planes porque un par de paparazzis llevan rondando la calle toda la tarde. Lo invito a casa para escuchar cómo rechaza mi oferta y me ofrece otra muy difícil de resistir. Un coche viene a recogerme a las nueve y media y me lleva al hotel Urban, uno de los mejores de la ciudad, donde Pablo me espera con una sonrisa de medio lado que me desarma.

—Tenemos la piscina para nosotros solos. Nadie nos molestará. —No tiene que decir más para derretirme y arrancarme las bragas antes de llegar al ascensor.

 

 

Al día siguiente me levanto en la suit y desde allí voy directamente a la oficina. Joel se huele mi noche de pasión y pasa la mañana soltando chascarrillos al respecto. Dicen que hacer hacer el amor mejora las migrañas, así que culpo a mi ayudante y a su pesadez de mi dolor de cabeza.

 

El resto de la semana pasa más o menos igual. Pablo y yo acostándonos en mi casa, en la suya, en mi oficina, en el garaje… Corriendo de un lado a otro y corriéndonos en un lado y en otro. Me deja exhausta. Y, por esto, y porque tengo que preparar una boda para el sábado, el viernes me niego a quedar con él. Llamo a mis amigas por si les apetece cenar esta noche, pero Rocío ha quedado con Carlo para hablar, (lo que traducimos como: follar) y Carol tiene a los niños constipados y no quiere dejarlos con la niñera, así que esta última me invita a su casa; a la que voy, amén de que me peguen un resfriado y llevarme en cama varios días.

 

—Todo preparado, Reina Mora. —Joel me habla por el auricular que llevamos adherido a la oreja y me informa que el novio número uno está preparado para caminar hasta el altar y encontrarse con el novio número dos.

—Comencemos.

Una música preciosa comienza a sonar y veo a Johan vestido con un traje de chaqueta blanco y una sonrisa elegante esperando al amor de su vida. Pelayo, así se llama, llora de emoción cuando sus miradas se encuentran y todo el patio se inunda de amor.

 

Damos la enhorabuena a los novios al terminar la cena y les informo de que será Joel el que se quede hasta el final. Me piden que me relaje un rato y me tome una copa con ellos. Brindamos con Martini, me dan las gracias por hacer de su día un día especial y reímos por las anécdotas que quedarán en nuestra memoria mientras lo preparábamos y decidíamos los detalles. Pelayo y Johan se disculpan para ir a abrir el baile y mi ayudante y yo los observamos junto a una fuente de piedra y escuchando Time after time de Cyndi Lauper.

—Ahora vengo, diva. —Observo cómo se mira con un chico muy atractivo.

—Joel, no.

—Solo voy a recrearme la vista un poquito. —Levanto una ceja—. Vale, tal vez palpe ese pecho. Pero solo por encima de la ropa. —Desparece entre los invitados y decido quedarme un rato y vigilarlo.

Echo un vistazo a mi alrededor y veo una cara muy familiar entre la multitud. Alto, moreno, buen porte, guapo… Hugo charla entre sonrisas con un grupo pequeño de personas y bebe de una copa con un líquido oscuro que mantiene con una mano. En uno de los movimientos para hablar con alguien a su izquierda, sus ojos se encuentran con los míos en la lejanía y se abren unos milímetros. Su sonrisa se hace más amplia, le dice algo a sus acompañantes y camina decidido hasta donde estoy. Yo doy unos pasos en su dirección y nos encontramos en un punto casi intermedio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page