La estrella de Nerea
Capítulo 35
Página 40 de 50
35
NO MIENTAS A OTRA QUEEN
—Hola —me saluda Hugo, a un paso de distancia.
—Hola —respondo entusiasmada.
—¿Invitada de Johan o de Pelayo?
—De ninguno de los dos. Organizo la boda. —Señalo el dispositivo de mi oreja.
—Sea como sea, me alegra que estés aquí.
—Yo también me alegro —contesto sincera.
—¿Eres la artífice de todo este despliegue? —Señala el patio sin despegar sus ojos de los míos—. Pues enhorabuena, creí que me habían teletransportado en el tiempo cuando entré aquí.
El jardín, arreglado con decoración de los ochenta, ha quedado maravilloso.
—Gracias, pero solo he hecho mi trabajo.
—Un muy buen trabajo.
Sonreímos, y me sonrojo.
—¿Quieres bailar? —Me invita.
—Claro.
Los dos miramos las copas que llevamos en las manos y que nos impiden maniobrar y reímos un poco avergonzados por la situación, hasta que él se hace cargo de la mía y deja ambas sobre una mesa cercana.
—¿Puedo? —pregunta, antes de rodearme la cintura con las manos.
Comenzamos a bailar al ritmo de Total Eclipse of the Heart de Bonnie Tyler y, sin predecirlo ni esperarlo, empezamos a reír.
—La música es idea de Pelayo, estoy seguro.
—¿No te gusta?
—Me encanta, pero no se lo digas a nadie.
—¿De qué los conoces?
—Son clientes y amigos.
Nunca he sabido muy bien a qué se dedica, así que, sin más preámbulos, se lo pregunto.
—Vendo bienestar. Si tienes una empresa y necesitas algo, yo te lo consigo. Sea lo que sea.
—¿Cómo qué?
—Clientes, más ventas, marqueting, inversión… Conecto y uno empresas que se necesitan entre ellas. Se buscan y yo hago que se encuentren antes de desaparecer por alguna mala gestión. Hay buenas ideas sin dinero, y mucho dinero sin ideas. Yo los presento.
—Parece interesante.
—Lo es.
—Si alguna vez necesito un bote salvavidas, te llamaré sin dudarlo.
—Será un placer ayudarte.
Tomamos asiento en una zona ajardinada, charlamos sobre trabajo durante un largo periodo de tiempo y nos es inevitable tratar el tema de nuestros divorcios. Él lo acaba de firmar, ha sido valiente, y me orienta y me aconseja sobre cómo sobrellevar este periodo de transición. Le agradezco cada palabra de ánimo, y su experiencia me da esperanzas y el empuje que necesito para decidirme a llamar a Sebastian y arreglarlo cuanto antes. Me apunto mentalmente hacerlo la semana que viene.
—«Rey, necesitas una polla más grande para que esta princesa se vaya contigo» —escucho, entre interferencias, a través del pinganillo.
—¿Qué? —grito en voz alta, aturdida, y Hugo se sorprende.
—Si quieres otra copa —responde, extrañado.
—«Quita, leches. Yo no se la chupo a cualquiera» —sigue mi ayudante.
—Joel, apaga el pinganillo… —mascullo.
—«Parece un pepinillo. Y… ¿dónde está el glande?» —sigue.
—Joel… no te tragues ese glande…
—¿Qué has dicho? —inquiere Hugo.
Miro hacia arriba y lo encuentro observándome con los ojos abiertos de par en par. Trago con dificultad y le pido a mi mente que reaccione con soltura y genialidad, por una vez en la vida.
—Eh… Que me la traigas en vaso grande —concluyo, hasta aquí ha llegado mi capacidad de reacción.
—¿Todo bien? —Mi acompañante se preocupa.
Me quito el aparato de la oreja de un tirón y lo suelto sobre mi regazo.
—Sí, perfectamente.
Hugo desaparece entre los sofisticados invitados que mueven sus cuerpos al son de música de discoteca de los años noventa. Me masajeo los tobillos con las manos y me quejo entre dientes del dolor que ya acucia a mis pies. En cuanto Joel aparezca le diré que nos marchamos, aunque dudo que haga acto de presencia muy pronto; a saber dónde y con quién estará.
El que también tarda en llegar es mi improvisado acompañante que, cuando lo hace, se disculpa por la tardanza.
—He tenido que saludar a varios clientes. —Me ofrece mi copa y toma asiento a mi lado.
—No te preocupes. Lo entiendo. —Le doy un sorbo y la dejo sobre la mesa—. Lo he pasado muy bien esta noche contigo, pero creo que voy a irme a casa.
—¿Tan pronto?
—Te recuerdo que he venido a trabajar. Ha sido un día muy duro.
—¿Puedo acompañarte?
—Te lo agradezco, pero he venido con mi ayudante. —Me levanto, y él me imita—. Lo he pasado muy bien. Gracias por este rato tan divertido.
—Gracias a ti por aparecer. Estaba harto de hablar de negocios. Has sido mi salvación.
—Vaya, creí que tú eras el salvador.
—Todos necesitamos que nos salven alguna vez.
Nos quedamos en silencio un puñado de segundos, hasta que decido despedirme y digo adiós antes de girarme y comenzar a caminar.
—Nerea. —Miro hacia atrás y arqueo los labios hacia arriba—. Te llamaré esta semana.
Afirmo con la cabeza una vez y me deslizo entre los invitados en busca de Joel. Lo encuentro junto a la barra, con una copa en la mano y manteniendo una conversación de lo más animada con una señora bastante mayor.
—Reina, ella es Valentina, la tía de Johan.
—Encantada.
—Qué monos sois los dos. —Lleva el pelo morado y los labios del mismo color—. ¿Os cuento un secreto? En realidad se llama Juan Antonio.
La despedimos una copa después y, aunque a Joel le encantaría quedarse un rato más, le convenzo de dar por finalizada la velada. Aprovecho la vuelta en el coche para regañarle por marcharse con ese chico, para solo conseguir que se ría por la situación en la que me ha puesto con Hugo cuando la conversación que mantenía se ha colado por el pinganillo.
—¿Con quién flirteabas? —me pregunta.
—No flirteaba con nadie.
—Queen, no mientas a otra queen.
—Es Hugo. Es hermano de Lucas.
—Ya decía yo que ese man me sonaba. —Se peina el flequillo con la mano.
—Lo he pasado bien con él —comento, de alguna manera, apesadumbrada.
—¿Y por qué utilizas ese tono?
—No sé. —Encojo los hombros—. Me siento mal.
—¿Por el roquero? —Acierta de lleno— ¿Estáis saliendo? —consulta, cínico.
—Supongo que no.
—Pues no tienes que guardarle luto.
—Pero tú si tienes que guardárselo a Toni —le reprocho.
—No he hecho nada, diva. Nunca lo hago. Solo me gusta saber que puedo hacerlo, que aún tengo alguna oportunidad.
Lo dejo en su apartamento y conduzco hasta el mío. Aparco en mi plaza de garaje y me sorprendo al ver el coche de Sebas en la de al lado. Subo a casa con un muy mal presentimiento revolviéndome el estómago. Solo tengo que abrir la puerta para darme cuenta de que las luces están encendidas y que su olor vuelve a inundar cada rincón.
Lo veo sentado en el sofá, con la cabeza gacha y las dos manos aguantándola como si pesara una tonelada. La levanta cuando siente mi presencia y me mira, solo me mira, no dice ni hace nada.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, sospechando la respuesta.
—Esta aún sigue siendo mi casa —su tono confirma que no viene a darme buenas noticias.
—Sabes que no me refiero a eso.
—¿A qué te refieres entonces?
—Es muy tarde. Y te fuiste hace un mes. ¿A qué has venido?
Se levanta.
—Yo no me fui. Me echaste —replica con desprecio—. ¿Cuándo piensas llamarme?
—¿Por eso estás aquí? ¿Porque no has tenido noticias mías? Te dije que necesitaba tiempo.
—Lo que más me molesta es que creas que soy imbécil. —Entrelaza los dedos.
—Jamás pensaría…
—¡Cállate! —me corta—. ¡Sé lo que has estado haciendo! ¡¡Me mentiste!! ¡¡Estás con él!!
—Yo no te mentí… —intento hacerme escuchar, pero no sirve de nada.
—¡¡Te lo pregunté!! ¡Te pregunté si me dejabas por él! ¡Y me dijiste que no! ¡Dijiste que no! ¡¡Y te lo has estado follando por todo Madrid!!
—¡No me hables así!
—¡¡Aún estamos casados!! —ignora mi petición.
—¡No te dejé por él, Sebas! —Arremeto— ¡Te dejé porque no te quiero! ¿Me escuchas? ¡¡No te quiero!! ¡¡Lo he intentado, pero no puedo!! ¡No puedo! ¡¡No te quiero!!
—¡¡Te odio!! ¡¡Te odio, Nerea!! ¡Has destrozado nuestro matrimonio! ¡Nuestra vida! ¡Y todo… Todo ¿Por qué?! ¡¡Por un niñato que se tira a una mujer de la discográfica, a una modelo y a todas las que se le ponen a tiro además de a ti!!
—¡¿Qué has dicho?!
—¡¿Creías que serías la única?!
—¡¿Qué has hecho, Sebas?! ¿¿Nos has estado investigando?? ¿¿Cómo has podido?? —Caigo en la cuenta de que, si sabe tanto de mi vida y de la de Pablo, es porque se ha interesado mucho por ello, hasta tal punto de contratar a alguien que nos vigile.
Su silencio, después de tanto grito, me da la respuesta que necesito.
—¿¿Estás loco?? ¡¿Has perdido completamente la cabeza?!
—¡¡Sí!! ¡¡Tú me has vuelto lo loco!! ¡Llevas mintiéndome tres años! Y lo sabía… ¡Lo sabía! No entiendo cómo he sido tan necio…
—¡No te he mentido! ¡Durante tres años he estado intentado que lo nuestro funcionara!
—¡¡Has estado con él!! ¡¡Me has estado engañando todo este tiempo!!
—¿¿Qué?? —Abro los ojos como platos.
—¡Nunca habéis dejado de veros! ¡¡Deja de mentirme!! ¡¡Deja de mentirme!!
—¡¡Vete a la mierda, Sebastian!! ¡¡Vete a la jodida mierda!! —le bramo en su cara.
Da un par de zancadas hasta mí, se detiene a unos centímetros de mi cara y baña mi piel con su agitada respiración. Mi aún marido se ha convertido en un animal enjaulado, sin salida, acorralado por la situación e, incluso, agresivo. Aún así, no me da miedo, sé a ciencia cierta que jamás me haría daño físico.
—Salir de ella es lo que intento —sisea con la mandíbula apretada.
Unos segundos más tarde, se separa, recoge la chaqueta del sofá, camina hasta la puerta y cierra con fuerza, tanto que el golpe me asusta y pego un pequeño brinco.
Rompo en un llanto demoledor antes de que el ascensor llegue a la planta del sótano y Sebas salga del edificio. Lloro. Lloro porque, a pesar de todo, lo echo de menos, echo de menos un poco de tranquilidad y estabilidad en mi vida. Lloro porque le he hecho daño, porque él está tan destrozado como yo. Lloro porque me hubiese gustado que nada de esto hubiera pasado. Lloro porque estoy desorientada y perdida, porque a pesar de que tengo claro lo que quiero, no sé si algún día lo voy a conseguir. Lloro porque Pablo se va a Miami y porque quizás mi marido lleve razón y no soy la única mujer en su vida.
—No puedo creerme que te dijera eso —comenta Carol, sentada detrás del volante de su monovolumen.
—Me lo tengo merecido. Lleva razón. Le he mentido —manifiesto, mirando a través de la ventana.
—Has hecho lo que creías que era lo mejor. No te martirices.
—Estaba fatal. Y es por mi culpa.
—Algún día se recuperará. No es culpa de nadie. No puedes obligarte a quererlo.
Los niños comienzan a pelearse entre ellos en la parte de atrás del coche y su madre les regaña para que se porten bien el resto del trayecto.
—Ya vamos a llegar —los alienta a que aguanten lo que queda y no nos provoquen dolor de cabeza. No sería la primera vez. Sé por experiencia que pueden llorar durante tres horas seguidas sin atender a razones—. Abre la guantera —me ordena—. Hay piruletas. Dale una a cada uno. Se calmarán.
Hago lo que me pide y Raúl y Manel, tan educados como siempre, me dan las gracias y sonríen.
—Míralos. Parece que no han roto nunca un plato. —Río yo también mientras vuelvo a mi posición original.
—He dejado de contar las vajillas que he comprado desde que comenzaron a andar. —Se resigna.
Saco mi teléfono del bolso, que suena (por quinta vez en el día de hoy) y miro la pantalla. Leo su nombre, resoplo y lo guardo también por quinta vez.
—¿Por qué no se lo coges? —Intuye lo que ocurre.
—Lo paso bien con él, pero Pablo me hará daño. Lo sé.
—¿Cómo el que tú le hiciste a él?
—Gracias, amiga —respondo, irónica.
—Me refiero a que él hace tres años se arriesgó por vosotros, te abrió su corazón sin saber qué ocurriría y no tuvo miedo a que lo destrozaras.
—Ahora sí que lo tiene, créeme.
—Y lo entiendo perfectamente —replica. Nos quedamos en silencio durante dos manzanas—. Verás, cariño. Es normal que Pablo no se fíe de ti ni de lo vuestro. Ya lo dejaste una vez, ¿quién puede asegurarle que no volverías a hacerlo?
—¿Podrías tú jurarle a Andrés que estarás siempre a su lado?
—No, claro que no. Se trata de confianza. Y Pablo, ahora, no la tiene.
—¿Y qué hago? Nunca me había sentido así.
—Sé sincera con él y deja que pase lo que tenga que pasar. Hay cosas que se nos escapan.
—Ojalá fuera más fácil.
—Si fuera fácil, no merecería la pena.
Al darme cuenta del panorama dentro del ascensor, a punto estoy de pulsar el botón de abrir las puertas y salir allí antes de que los dos diablillos consigan descolgarlo. Carol riñe a sus hijos para que dejen de saltar y yo les informo que el elevador no es una atracción de feria. Comienzan a gritar: «Feria, feria, feria, feria» hasta que salimos de la diminuta caja de metal y me juro y perjuro que jamás volveré a subirme ahí con niños. Después bajaré por las escaleras.
Rocío nos recibe con una sonrisa en la boca y los ojos brillantes como dos faros.
—Acabo de echar un polvo —es su saludo más particular.
Les tapamos los oídos a los niños y le advertimos que tenga más cuidado el resto de la tarde.
Su casa es un loft, no demasiado grande, en el norte de Chamberí, un barrio muy castizo y adornado con la herencia arquitectónica de la aristocracia. Aún así, su piso está decorado de manera muy moderna y funcional. Nada de sillas viejas y vintage ni «sofás de abuela», como ella misma los denomina.
—¿Por qué no los has dejado con la niñera? —Nos invita a pasar al salón.
—Hoy es domingo.
—¿Y el padre?
—Tenía que trabajar. Oye, ¿te molestan mis hijos? —pregunta, incómoda.
—Es por ti, nena. Necesitas una tarde de relax —explica.
—Llevas razón. Perdona. —Hace un puchero. Rocío le da un abrazo y le susurra que no se preocupe.
Tomamos café en la terraza mientras los niños ven dibujos en el televisor. Dejamos la cristalera abierta y no perdemos de vista a esos pequeños delincuentes. La temperatura de Madrid en esta época del año es perfecta, aún no hace mucho calor y pasar el día al aire libre se convierte en todo un placer que disfrutar con amigas y un té frío con limón.
—Eres una andaluza rara —pienso en voz alta, sin levantar la vista de mi vaso, mirando a través del cristal.
—¿Por qué?
—No sé. Te gusta el té. Debería gustarte… el gazpacho. —Lo dejo sobre la mesa de Teka.
—Odio el gazpacho.
—¿Ves? Eres rara.
—Vale, soy rara. Pero no por eso. —Se levanta, recoge el toldo y una brisa muy agradable nos acaricia la piel—. Carlo ha vuelto a casa —dice sin más, a la vez que toma asiento.
—Ya lo sé, nena —le aseguro. Me mira con el ceño levantado y me explico—. Nunca tienes la cocina así de recogida y limpia. Eso es cosa del chef. —Abre los ojos al entenderme.
—Yo también me he dado cuenta —apunta la pediatra—. Supongo que por eso nos has invitado a merendar. Para darnos la noticia.
—Sí… Bueno, hay algo más que tengo que contaros.
—Ay, dios… —me asusto.
—A ver qué se te ha ocurrido… —contesta Carol.
—La fama que tengo… —la anfitriona pone los ojos en blanco, resignada.
—La que tú te has creado, cari —replico.
—Me voy a vivir a Nueva York.
—¿Adónde?
—¿Qué?
—Carlo va a abrir allí un restaurante. Nos trasladaremos en enero. —Ve nuestros semblantes de máxima sorpresa y se explica—. Solo serán dos años, como mucho. Después volveremos a Madrid.
—¿Y tu carrera? —me preocupo.
—Creo que es hora de hacer las américas. —Sonríe.
—¿Estás segura?
—Quien no arriesga, no gana.
—En eso llevas razón. —Carol la mira a ella y después a mí, recordándome la conversación de antes en el coche.
Hablamos sobre el cambio tan drástico que le dará a su vida dentro de seis meses y la felicitamos por ser tan valiente y elegir a Carlo como acompañante en el trayecto. Nos informa (sin necesidad) de que seguirán siendo una pareja liberal, pero sin excesos y siempre con el consentimiento de la otra persona. Se me escapa una lagrimilla cuando me doy cuenta que no tendré a mi andaluza preferida cerca cada día.
—No te pongas así, vendré de vez en cuando y hablaremos todos los días.
—Te vamos a echar mucho de menos —me tiembla el labio.
—Y yo a vosotras. —Comienza a llorar—. Anda, venid. —Nos damos un abrazo de grupo—. Aún queda mucho para que me vaya… —la corta un gran estruendo que escuchamos dentro del salón. Pegamos un brinco y giramos la cabeza en dirección del ruido, donde encontramos el televisor de cincuenta pulgadas destrozado en el suelo y a Manel y Raúl mirándolo con cara de susto y culpabilidad.
Entramos en el apartamento corriendo, detrás de la aterrorizada madre, para comprobar que los niños están bien y no ha ocurrido nada grave.
—Yo no he sido —dice Raúl en modo Simpson, con la vista sobre su hermano pequeño.
—Solo quería coger al gato —informa Manel.
—¿Desde cuándo tienes un gato? —pregunto a Rocío, extrañada.
—Yo no tengo ningún gato.
—Está ahí. —El peque señala hacia la derecha.
—¿Qué coño es eso? —Ro abre los ojos de par en par.
Ante nosotros, un bicho negro y peludo bastante grande, se mueve con soltura.
—¡Es una rata! —grita Carol, ya subida a una silla. Ha sido tan rápida que ni me he dado cuenta—. Manel, por dios, ¡no la cojas!
—¿Nos la podemos llevar de mascota? —El pequeño de sus hijos camina hacia ella.
—¡No la toques! Esos animales traen muchas infecciones. ¡Subid aquí!
De pronto todo se convierte en un caos: los niños corren detrás del bicho, el bicho corre por todo el loft, yo trato de pillar a los niños, Carol grita a sus hijos que vuelvan y Rocío intenta matarlo con el palo de una escoba. En este caos, mi móvil comienza a sonar y lo cojo tras comprobar quién llama.
—¡Hola, Pablo! —saludo bastante acelerada.
—¿Has salido a correr?
—Corro detrás de los hijos de Carol, que corren detrás de una rata.
—¿Una rata?
—No sabemos cómo ha llegado hasta aquí.
—¿Necesitáis ayuda?
Un fuerte golpe seco me alerta, estiro el cuello como las jirafas dentro de la suit principal y observo que la ha matado de un certero leñazo en la cabeza.
—Parece que no. Kitty Pryde acaba de impartir justicia —le informo.
—¿Quién?
Sonrío al comprobar que no conoce a la heroína de Marvel.
—Rocío.
Escucho a Carol gritar si los niños están bien y le pido a Pablo que me disculpe unos segundos. Llamo a los hermanos, los llevo con su madre y le pido a mi amiga que baje de la silla
—El velociraptor ha muerto. Puedes dejar de temer por tu vida —bromeo, y ella me devuelve una muy mala cara mientras pone los pies en el suelo.
Me escondo en uno de los cuartos de baño y cierro la puerta.
—¿Pablo?
—Estoy aquí.
—Has llamado en mal momento.
—Me lo imagino. Se escucha como si estuvieras en medio de una guerra. Puedo llamarte más tarde, pero prométeme que me cogerás el teléfono.
—Ya ha pasado todo.
—¿Podemos vernos?
—Estoy con las chicas.
—Puedo ir a recogerte.
—No sé… —dudo.
—Está bien, Nerea. Lo entiendo.
—¿Qué entiendes? —pregunto, contrariada.
—Te he llamado como unas ocho veces a lo largo del día. Supongo que no quieres verme.
—Claro que quiero verte. —En realidad, no pienso en otra cosa—.
No es por ti, Pablo. Ayer vino Sebastian a casa y no fue muy agradable.
—¿Te hizo daño? —levanta el tono de voz unos decibelios.
—¡No! Por supuesto que no. Me refiero a que fue duro para los dos.
—Dime dónde estás.
Lo medito durante unos instantes.
¿Quiero estar con él?
Sí.
¿Debo ser sincera y abrirle mi corazón?
Tal vez.