La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 36

Página 41 de 50

36

 

SIN ELLA

 

 

 

La echo de menos durante todo el fin de semana. No puedo negarlo y no me lo niego. Me repito una y otra vez que Nerea ha entrado en mi vida de manera temporal y que pronto me iré a Miami y podré olvidarme de ella. Pero una voz desde lo más profundo de mi corazón me grita que deje de mentirme y acepte que esa mujer significa más, mucho más. Y lo sé, lo sé como lo supe cuando apenas era un niño, como lo supe cuando, hace tres años, la volví a encontrar y como lo he sabido desde que Cristina nos obligó a cruzar, de nuevo, nuestros destinos. Pero al mismo tiempo que asumo que la amo, tanto o más que el día que ese sentimiento explotó dentro de mí, un millar de miedos se apoderan de mi cuerpo y de mi mente y dejan bajo un manto de desolación ese amor que le profeso.

Morí cuando me dejó.

Dejé de creer cuando desapareció.

Me costó tanto superarla que aún duele.

Tampoco puedo negar que mis sentimientos por Nerea despiertan esa magia que llevo dentro y que convierte mis sensaciones en letras que llegan al alma de todo el mundo.

Tarareo el estribillo de la nueva canción, sentado sobre la cama, a la vez que apunto en una partitura algunas notas y las convierto en una música viva al acariciar las cuerdas de mi guitarra.

—Pablo, ¿estás listo? —Samantha entra en la habitación del chalet de La Finca en la que suelo pernoctar cuando decido quedarme aquí. Dejo el instrumento a un lado, me incorporo y ella se detiene delante de mí, muy cerca—. ¿Una nueva canción? ¿Me dejarás escucharla? —Acaricia mi abdomen por encima de la camiseta, mimosa.

Le agarro la mano y se la retiro sin brusquedad, pero ni aún así me libro de su mirada dolida.

—Sam, ya lo hemos hablado.

—A mí no me importa lo que tengas con esa mujer.

—Pero a mí sí.

—Hace un par de días te fotografiaron con Dayana. ¿Con ella también has terminado?

—No tengo por qué darte explicaciones —contesto, ahora molesto.

—No te pongas así —replica, arrepentida, o eso parece.

—Siempre has sabido lo que había entre nosotros —trato de explicarme—. Nunca hemos tenido una relación más allá de la amistad.

—Lo sé —musita—; pero creí que podríamos… ya sabes… —vuelve a poner sus manos sobre mi cuerpo, esta vez rodeando mi cuello—. Pensé que seguiríamos pasándolo bien —acerca su boca a la mía.

Allan aparece y nos interrumpe, justo antes de que la empuje y la separe de mí.

—Estamos esperando —nos avisa mi amigo, con una ceja levantada.

 

La fiesta en la casa de La Finca se alarga hasta bien entrada la madrugada. Terminamos en la piscina, algunos con menos ropa de la que el protocolo aconseja, y decido acostarme cuando la luz del sol incide con fuerza a través de las grandes ventanas. Al entrar en mi dormitorio, me encuentro a Chase y Robbie esnifando coca junto a tres chicas en ropa interior. Les pido amablemente que se vayan y una de ellas me invita a pasarlo bien con el polvo blanco. Chase y Robbie se miran entre ellos y luego posan sus ojos sobre mí. Durante un segundo, solo un segundo, me planteo olvidarme de todo durante unas horas y sumergirme en una fantasía propia, no obstante, niego con la cabeza y les repito, esta vez mucho más rudo, que desaparezcan de mi vista.

 

El sábado por la tarde voy a un programa de radio en el que me tratan genial. Conozco a los chicos que lo conducen y me invitan a cenar después. La prensa nos sigue hasta el bar en cuestión, nos acosa tanto que salgo del local y les pido que nos dejen en paz. Poco caso me hacen; comienzan a hacer preguntas y a conjeturar sobre mi vida. Mila, una de las presentadoras, sale a ayudarme y, aunque le agradezco la intención, empeora la situación.

—¿Es tu nueva novia?

—¿Sabe tu historia con Dayana?

—Señorita Cepeda, ¿desde cuándo salen juntos?

—Déjennos tranquilos —les pido, rodeando a Mila por el hombro y resguardándonos dentro.

 

El broche final a la noche se lo pone la tan aclamada Dayana que, como venganza porque en la última llamada le dije que no quería saber nada más de ella, me tira un vaso de champán sobre la camiseta en medio de una discoteca en la que quedamos con la banda.

Decido irme a mi apartamento y descansar después del intenso fin de semana. Duermo poco, no puedo parar de pensar en Nerea y en lo diferente que me siento y que es mi vida cuando ella anda cerca.

Me despierta el sonido del timbre, demasiado temprano si contamos las horas de sueño desde que conseguí adentrarme en la profunda oscuridad. No me da tiempo a levantarme de la cama y abrir; me encuentro a mis padres en el salón de mi casa, con bolsas de un supermercado muy conocido en las manos.

—Pero qué mala cara tienes, hijo. —Mi madre se acerca a mí y me acaricia la mejilla.

—He dormido poco. ¿Por qué no llamáis antes de entrar? —les regaño de alguna manera.

—¿Estás con alguien? Si lo prefieres, dejamos esto y nos vamos. Estoy segura que tienes el frigorífico vacío.

—Estoy solo, pero prefiero que me avises antes de venir. —Tomo asiento sobre el sofá y cierro los ojos.

—Bebiste anoche. —Me regaña.

—Solo un poco —replico, molesto.

—Pablo, confiamos en ti.

—Pues no lo parece. ¿Venís a ver si estoy drogado? ¿Te meo en un vaso? —Tiro de humor negro.

—No me hace gracia. —Pone los ojos en blanco y suspira—. Venimos a invitarte a comer.

Mi padre sale de la cocina, donde ha entrado a dejar la compra.

—No puedo. He quedado. —Informo, con la intención de llamar a Nerea y verla.

—Espero que sea con Nerea.

Me encojo de hombros.

—Te darás una ducha antes de verla —avisa.

—Sí, mamá.

—¿Sabe que te vas a Miami?

La miro y asiento.

—¿Y qué vais a hacer? —sigue con el interrogatorio.

—No lo sé, mamá. —Odio cuando se pone tan pesada—. No estamos saliendo. Es solo una amiga.

—¡Qué ignorante sois los hombres!

—Cariño, estoy aquí —le avisa mi padre, ante el descarado insulto.

—Nerea es especial y, si no te das cuenta pronto, la vas a perder. ¡Va a volver con su marido, o se va a ir con otro!

Suspiro.

—¿Y qué crees que tengo que hacer? —Me revuelvo el pelo.

—Casarte con ella.

Suelto una risa seca.

—¡Has perdido la cabeza! ¡Estás loca!

—No me hables así. —Me da un colleja—. Soy tu madre.

—¡Ay! —Me rasco la zona afectada.

—¿No estás harto de luchar contra tus sentimientos?

No respondo a su pregunta y me quedo embobado en un punto fijo en la pared.

—Cariño. Piensa bien lo que quieres y lucha por ello. No dejes que tus miedos te impidan vivir la vida que te mereces.

Mi madre me conoce mejor que nadie.

—Ella es muy importante para mí.

—Pues díselo hoy. Mañana puede ser demasiado tarde.

—Estoy atemorizado. ¿Qué pasa si vuelve a ocurrir?

—Ay, mi niño. No conozco a nadie más terco que tú.

 

Los convenzo para que vayan a comer sin mí y llamo a Nerea varias veces sin conseguir ponerme en contacto con ella. Insisto a lo largo del día, hasta que al finalizar la tarde (tras haber perdido toda esperanza y fe) decide atenderme.

—¡Hola, Pablo! —me saluda, bastante alterada.

—¿Has salido a correr? —Parece que viene de hacer ejercicio. O de follar, pero la sola idea de que se haya acostado con otro me come por dentro y la aparto de mi mente.

—Corro detrás de los hijos de Carol, que corren detrás de una rata. —Me extraño por su respuesta, no obstante, me alivia saber que no acaba de practicar sexo con nadie.

—¿Una rata?

—Sí, no sabemos cómo ha llegado hasta aquí.

—¿Necesitáis ayuda? —Por el ruido, da la sensación que luchan contra un oso.

—Parece que no. Kitty Pryde acaba de impartir justicia —me comunica.

—¿Quién?

—Rocío. —Se escuchan voces de fondo—. Disculpa un momento.

Tarda unos segundos en volver a hablar conmigo.

—¿Pablo?

—Estoy aquí.

—Has llamado en mal momento.

—Me lo imagino. Se escucha como si estuvieras en medio de una guerra. Puedo llamarte más tarde, pero prométeme que me cogerás el teléfono.

—Ya ha pasado todo.

—¿Podemos vernos?

—Estoy con las chicas.

—Puedo ir a recogerte.

—No sé…

Respiro con fuerza y me toco el cabello.

—Está bien, Nerea. Lo entiendo —me resigno.

—¿Qué entiendes?

—Te he llamado como unas cien veces a lo largo del día. Supongo que no quieres verme.

—Claro que quiero verte. No es por ti, Pablo. Ayer vino Sebastian a casa y no fue muy agradable.

—¿Te hizo daño? —De repente, la sangre me hierve en las venas.

—¡No! Por supuesto que no. Me refiero a que fue duro para los dos.

—Dime dónde estás. —Las ganas de verla y protegerla se multiplican por un millar—. Nerea… déjame cuidar de ti.

—Estoy en casa de Rocío, en Chamberí.

—Tardo unos veinte minutos.

—Te mando ubicación.

 

Llego sin problemas, el tráfico de Madrid me da una tregua y se alía con mis ganas de verla y mi necesidad de tenerla cerca. La veo al girar la calle, mira hacia el otro lado y la brisa le mueve el cabello. Lleva unos vaqueros ajustados y una americana amarilla. Detengo el coche frente a ella y me quedo embobado, observando su menudo cuerpo y cómo se aparta el pelo de la cara. En ese simple movimiento, nuestras miradas se encuentran y sonreímos.

—Hola —me saluda, tras tomar asiento a mi lado.

—Hola. —Nos quedamos mirándonos—. Dame un beso —le pido, y nos acercamos.

—¿Por qué?

—Porque lo necesito —musito, ya rozando sus labios.

La necesito.

A ella.

Y se lo he dicho.

—Nerea…

Me calla con sus dedos sobre mi boca y me pide, bajo un susurro desesperado:

—Llévame a tu cama.

 

Hacer el amor con ella no es un acto apresurado, por mucha prisa que nos demos en devorarnos, siempre se convierte en un proceso intenso y duradero. Sentir su calor y su humedad me transporta a las estrellas, pero es ella, ella y su sonrisa, la que consigue mantenerme ahí, suspendido en un mar de sensaciones a miles de kilómetros del suelo. Nerea es como una droga: me mata pero me hace feliz, aunque solo sea durante el instante que me permito soñar con un bonito final para los dos, juntos.

—Arggg. —Me corro dentro, después de empujar entre sus piernas durante más de hora y media. El sudor de mi frente cae sobre la almohada y junto a su cabeza, mientras termino de moverme dentro de su cuerpo.

Ella gime sobre mi boca con los ojos cerrados y vuelve a ponérseme dura en unos segundos.

—Dame una tregua —dice entre suspiros.

—De eso nada. Dentro de poco me iré y tardaré mucho tiempo en volver a tenerte así. —Le beso el cuello y la clavícula.

—Pablo… —Me empuja hacia atrás, despacio, con un reconocible cambio en el tono de la voz. Se pone mi camiseta, que tiramos a un lado de la cama, y se incorpora—. Necesito un cigarrillo.

Me toco el pelo y lo revuelvo, acto reflejo de mi frustración. Debo ser idiota, porque no me entero de nada. Algo he tenido que decir o hacer para que Nerea salga huyendo así de mí. Porque eso es lo que acaba de pasar.

Abro el grifo y decido ducharme mientras le concedo tiempo y espacio, pero no demasiado. No me gustaría que se diera cuenta de lo rematadamente gilipollas que soy y salga corriendo antes incluso de que nuestros caminos se separen de nuevo.

Con un pantalón de chándal y una camiseta negra la busco por toda la casa. La encuentro en la terraza con la luz encendida y un cigarrillo entre dos dedos. Echa el humo por la boca, de pie, con la mirada sobre la ciudad, que se prepara para descansar y afrontar un nuevo día.

Pulso el interruptor y nos quedamos a oscuras. La abrazo desde atrás y pego mi mejilla a la suya.

—Es mejor así. Un fotógrafo puede andar cerca —justifico mi acción.

—No lo he pensado —contesta, apesadumbrada.

Poso mis labios sobre la piel de su cuello y la escucho suspirar.

—Hoy el cielo está lleno de estrellas —miro el firmamento—. Parece que se han multiplicado desde que volviste a mí.

—¿Eso crees? ¿Que volví a ti? —musita.

—En realidad creo que jamás te fuiste.

—Sí que me fui… —Su voz pierde fuerza conforme habla.

Le doy medio giro y la dejo frente a mí.

—¿Crees en el destino? —pregunto.

—Tal vez… No lo sé.

—Yo no creo que el destino esté escrito. Prefiero pensar que tenemos la libertad de elegir nuestro sino. De luchar por lo que queremos.

—No sé adónde quieres llegar.

Clavo mis ojos en los suyos y los veo sonreír.

—A ti, Nerea. Siempre he querido llegar a ti.

 

El lunes por la tarde, comienzo, junto a la banda, con los preparativos para el viaje. Sam nos informa de la hora exacta de salida y mi ansiedad se multiplica cuando sé a ciencia cierta las horas que me quedan junto a Nerea: unas noventa. El viernes tomamos rumbo a Miami, ciudad en la que pasaremos un par de meses, tal vez se alarguen a tres; todo dependerá de cómo vaya la grabación y el tiempo de promoción por Estados Unidos. El primer concierto lo daremos en Madrid el nueve de octubre, una semana después de que el disco salga a la venta. Muy arriesgado, todos lo sabemos, pero nos gusta apostar fuerte por lo que amamos.

Llego a casa de Nerea agotado, sin embargo, cuando la veo, la sangre comienza a bombear con fuerza a través de mis venas.

 

Justo antes de que el sueño pueda con nosotros, después de follármela contra la puerta y sobre la encimera del lavabo, le prometo que esta semana será especial.

—Contigo todos los días son especiales… —balbucea, entre mis brazos, medio dormida.

—Mañana lo será más… —le beso la sien y le acaricio el pelo con la nariz. Huele a jabón y a felicidad plena.

Y acierto, el martes no se nos olvidará a ninguno de los dos.

 

Al día siguiente la espero en la puerta de su oficina, ilusionado como un niño pequeño. Bajo del coche cuando la veo salir y camino hasta ella con una sonrisa idiota en los labios. Rodeo su cuello con mis dos manos y atraigo su boca hasta la mía.

—Sabes a chicle de melón —susurro sobre su boca, y ella sonríe.

—Tú sabes a cerveza.

—Se me hacen eternos los días sin ti.

—A mí también.

Suspiro con fuerza y le pido que nos vayamos.

 

Le preparo un picnic (con manta incluida) junto al Templo de Debod, una construcción arquitectónica de piedras, cuadrada con unos arcos separados por varios metros de la capilla principal y con la misma forma. Cierran el parque por completo para nosotros dos. La cena no la hago yo, aunque fue mi primera opción. Llamé a Allan para que me ayudara y, aunque en principio se negó en rotundo, lo convencí y se presentó en mi casa (delantal en mano). Pronto nos dimos cuenta de que lo mejor sería encargar la comida y así no mataríamos a Nerea de una indigestión.

La recojo poco después de las ocho, y vemos anochecer tumbados sobre el césped con los dedos entrelazados, justo después de cenar. La luz amarilla que alumbra las piedras del monumento egipcio, y se refleja sobre el agua del lago artificial que lo rodean, bañan el lugar con una magia inaudita.

No disfruto del momento idílico porque lo único en lo que puedo pensar es en que dentro de tres días me iré y tendré que alejarme de ella.

—¿Crees que lo nuestro podría funcionar? —pregunto, franco.

—Pablo…

—Dime la verdad. ¿Lo crees?

—Me encantaría. Pero… Te vas… Tu vida está muy lejos. Y yo… Yo la tengo en Madrid.

Observo sus labios, su nariz, su mentón, sus ojos, su pelo sobre la manta azul…

—Este templo no siempre ha estado aquí.

Me mira con extrañeza y sigo con la explicación.

—Fue un regalo de Egipto a la ciudad de Madrid. Iba a ser sepultado por la construcción de una presa y desaparecería bajo el agua para siempre. Fue transportado y reconstruido piedra a piedra… Incluso se mantuvo la orientación de su lugar de origen: de este a oeste.

—Yo también lo he visitado alguna vez. Me gusta ver la ciudad de noche desde aquí.

Muevo mi cuerpo y lo pongo sobre el de ella, sin dejarme caer del todo y aplastarla. Apoyo las manos junto a su cabeza.

—A veces tenemos que movernos para no desaparecer. Adaptarnos a la nueva situación para sobrevivir y no morirnos bajo un montón de miedos. Podemos ser feliz en cualquier sitio si estamos con la persona que convierte nuestro mundo en especial, aunque no la tengamos a nuestro lado constantemente. —Me acaricia los costados por dentro de la chaqueta, hasta que detiene el movimiento para llevarse las manos al cuello.

—Pablo… —carraspea y su tez blanca me indica que algo no va bien—. Pablo… No puedo respirar.

—¿Qué? —Me incorporo con rapidez y la dejo sentada a mi lado. Ella intenta tragar sin conseguirlo y se tira de la camiseta hacia abajo—. ¿Qué ocurre? ¿Estás bien? —Comienzo a ponerme nervioso al ver sus labios colorearse de un tono morado.

—No puedo… no puedo respirar… —Las pulsaciones se me disparan  y no sé qué hacer, ni siquiera consigo manejar mis manos—. La… La comida… ¿Llevaba… almendras?

—¿Qué? ¡No! Creo… Creo que no… La pedí para alérgenos, como no estabas… ¿Han podido cometer tal equivocación? —Me toco el pelo, frenético.

—Llévame… Llévame al hospital… —farfulla, justo antes de desmayarse entre mis brazos.

 

No sé cómo llego a urgencias. No recuerdo semáforos ni coches ni calles de un único sentido ni paso de peatones. No freno en los pocos kilómetros que conduzco, asustado y muerto de miedo porque el cuerpo de mi chica ni se mueve, tumbado en el asiento de atrás.

Una enfermera aparece con una camilla en cuanto me ve entrar con Nerea desvanecida sobre mi pecho, la dejo sobre ella y, de pronto, varios médicos la rodean.

Un zumbido comienza a golpearme la sien y un rayo la atraviesa de lado a lado.

—Señor, señor, ¿qué ha ocurrido?

Alguien con bata blanca y estetoscopio me mira y espera mi contestación.

—Es… Es alérgica a las almendras. Puede… Puede que haya comido… —Todo comienza a dar vueltas.

—Esta bien. —Sigue a la camilla, que ya rueda a unos metros de nosotros, y comienza a dar órdenes a todos.

Pongo los brazos en jarra, me toco el cabello, miro hacia todos lados, me tapo la cara con las manos… Al final, tomo asiento en una de las incómodas sillas de hierro verde y espero. Diez minutos después, le pregunto a una enfermera por Nerea, y me responde que pronto saldrá el médico a informarme. No le grito por educación y respeto. Estoy desesperado por saber si se encuentra bien. Si le pasara algo, jamás me lo perdonaría.

Apoyo los codos en las rodillas y la cabeza entre los dedos, y me repito, una y otra vez, que no le va a ocurrir nada malo, se pondrá bien y esto quedará en un mal recuerdo.

—Disculpe… —me llaman. Levanto el mentón y me topo con la enfermera de antes—. ¿Es usted familia de Nerea González?

Lo pienso durante unos instantes.

—Soy su novio. ¿Está bien?

—Sí, no se preocupe. Ahora saldrá el doctor a informarle. Estas son sus cosas. La paciente necesita descansar y su móvil no paraba de sonar.

Miro a la chica y al bolso de Nerea varias veces. Debí dejarlo en la camilla junto a ella. No me acuerdo. Las imágenes de la última hora se difuminan antes de que pueda darles forma a ninguna. Lo cojo y me lo quedo observando. Unos segundos tarda el teléfono en volver a sonar. Decido sacarlo y atender la llamada. Imposible que nadie sepa lo que ha ocurrido, sin embargo, los medios de comunicación han podido seguirnos y la noticia correr como la pólvora, así que decido sacarlo y ver quién llama.

Me pongo rígido cuando leo el nombre de Hugo en la pantalla y dos llamadas perdidas de esta misma persona. Aprieto la mandíbula y cierro con fuerza mis dedos alrededor del infernal aparato. No puedo evitarlo, me cabreo al no entender qué cojones hace llamando a Nerea a estas horas de la noche. Esta bien. No es el hecho de que pasen las once lo que hace que me convierta en un jodido gilipollas egoísta, sino que la llame y punto. Me planteo hablar con el hermano de Lucas y decirle que la deje en paz, pero me obligo a tranquilizarme y pensarlo mejor y no entrometerme en su vida como si fuera dueño de ella. En realidad no soy nadie para decidir sobre su presente ni sobre su futuro. Me doy cuenta que no sé nada, quizás sale con Hugo además de conmigo. Tal vez no soy el único con el que se acuesta.

Qué iluso…

El médico me informa que ha tenido un shock anafiláctico y que ya está controlado, pero que su tensión arterial ha bajado bastante y la tendrán en observación durante varias horas.

—¿Puedo estar con ella? —pregunto, aún asustado, y olvidando mi cabreo.

—Puede entrar a verla, pero solo durante unos minutos.

 

Encontrarme con su cuerpo menudo, dormido y desprotegido sobre esa cama me resquebraja el corazón dentro del pecho.

Tiene los ojos cerrados, el pelo colocado hacia un lado y un camisón blanco del hospital. Me siento a su lado y le tomo de la mano. Agacho la cabeza y pongo la frente sobre ella.

—Eh… —me llama en un susurro y la miro.

—Vaya susto me has dado…

—No ha sido nada —susurra.

—No reaccionabas… No sabía qué hacer… —Me altero un poco al recordar lo ocurrido.

—Solo ha sido una reacción alérgica.

—Es culpa mía.

—Tú no tienes la culpa.

—Debí tener más cuidado.

—Estas cosas pasan. No es la primera vez.

—¿Te ha ocurrido antes?

Asiente con la cabeza y me regala una sonrisa para tranquilizarme.

—Creí que te perdía. —Sonrío yo también.

—Eres muy dramático. Te llevarías bien con Joel.

—Lo digo en serio. No vuelvas a asustarme así. O… o dime qué tengo que hacer cuando ocurra.

De repente, poco a poco, ambos perdemos la sonrisa y una mueca de tristeza se nos borda en el semblante. Una realidad, la realidad, nos salpica la cara y nos despierta.

—Pronto te irás, y no estarás a mi lado. —Me suelta la mano y la deja sobre su vientre.

—No me voy al fin del mundo. Volveré.

—Y después volverás a irte.

—Señor, tiene que salir. —La voz de una mujer me avisa de que ha terminado el tiempo de visita.

—Estaré fuera. —Le beso la frente.

—Vete a casa. Estoy bien —repite.

—Prefiero llegar a casa contigo.

 

Vuelvo a mi silla de hierro y veo su bolso sobre ella. Por fortuna, la sala de espera está vacía y nadie se ha percatado de que lo he dejado olvidado. Podrían haberlo robado y, con mi despiste, ni me hubiera dado cuenta. Le escribo un mensaje a Cristina, que al final borro y no envío, para contarle lo ocurrido, pero decido que mejor hacerlo mañana cuando vea que su hermana se encuentra bien. Apoyo la cabeza en la pared y asumo que voy a pasar la noche en una silla de tortura, cuando suena el móvil de Nerea de nuevo. Lo saco y leo en la pantalla:

 

Hugo: «Dime que te has dejado el teléfono en casa

y por eso no consigo contactar contigo. Me encantaría

volver a verte pronto. Lo pasamos bien juntos. Un beso».

 

Lo estamparía contra la pared… Al móvil y a él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page