La casa torcida
CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE
El informe se desarrolló tal como yo había predicho, y fue aplazado a petición de la policía.
Estábamos contentos porque la noche anterior habían llegado noticias del hospital de que las heridas de Josefina eran mucho menos graves de lo que se había temido y que su restablecimiento sería rápido. Por el momento, dijo el doctor Gray, no se autorizaban visitas, ni siquiera la de su madre.
—Su madre menos que nadie —me había dicho Sofía—. Se lo especifiqué bien al doctor Gray. De todos modos, él conoce a mamá.
Debí mostrar mi disconformidad porque Sofía dijo vivamente:
—¿Qué es lo que desapruebas?
—La verdad, una madre…
—Me gusta ver que tienes ideas antiguas y hermosas, Carlos. Pero todavía no sabes de todo lo que es capaz mi madre. La pobre no puede evitarlo, pero tendría que representar una sublime escena dramática. Y las escenas dramáticas no son muy indicadas para una convaleciente de heridas en la cabeza.
—Piensas en todo, ¿verdad, mi vida?
—Bueno, alguien tiene que pensar, ahora que el abuelo no está.
Me quedé mirándola, considerando que la perspicacia del viejo Leónides no le había fallado. El peso de su responsabilidad estaba ya sobre los hombros de Sofía.
Terminada la pesquisa, Gaitskill nos acompañó a los Three Gables. Se aclaró la garganta y dijo pomposamente:
—Es mi deber hacerles a ustedes una declaración.
A este fin, la familia se reunió en el salón de Magda. Yo sentía en aquellos momentos la agradable sensación de estar entre bastidores. Sabía por anticipado lo que Gaitskill tenía que decir.
Me dispuse a observar la reacción de cada uno.
Gaitskill fue breve y cortante. Dominó perfectamente cualquier muestra de disgusto o molestia personales. Leyó primero la carta de Leónides y después el testamento.
Era muy interesante observar la escena. Lo único que hubiera deseado era que mis ojos pudieran estar en todas partes al mismo tiempo.
No presté mucha atención a Brenda y Laurencio. Las disposiciones de este testamento con respecto a Brenda eran las mismas. Observé primero a Rogerio y Felipe, y luego a Magda y Clemencia.
Mi primera impresión fue la de que todos ellos se portaban muy bien.
Los labios de Felipe estaban muy apretados y recostaba su hermosa cabeza contra el respaldo de la butaca alta en la que se sentaba. No habló.
Magda, por el contrario, rompió a hablar tan pronto como Gaitskill hubo terminado, y su voz llena surgió en oleadas sobre la aguda del abogado, como una pleamar que inundara un riachuelo.
—Pero, querida Sofía, ¡qué extraordinario, qué romántico! ¡Hay que ver el querido viejecito, qué astuto y qué solapado, como un niñito travieso! ¿No tuvo confianza en nosotros? ¿Pensó que nos enfadaríamos? Nunca demostró querer a Sofía más que a los demás. Realmente, esto es de lo más dramático.
De pronto, Magda se puso en pie, levantándose con ligereza, se acercó, danzando, a Sofía y le hizo una magnífica reverencia de corte.
—Doña Sofía, vuestra anciana madre, enferma y sin un céntimo, os pide una limosna.
Adoptó un tono quejumbroso propio de los barrios bajos londinenses y continuó:
—Dame una perrita, guapa. Tu pobrecita mami quiere ir al cine.
Su mano crispada tiraba con apremio de Sofía.
Felipe, sin moverse, dijo por entre sus labios apretados:
—Por favor, Magda, no hay necesidad de hacer payasadas.
—¡Ah, Rogerio! —exclamó Magda, volviéndose de pronto a Rogerio—. ¡Pobrecito Rogerio! Papaíto iba a ayudarle y entonces, antes de que pudiera hacerlo, se muere. Y ahora Rogerio se queda sin nada. Sofía —se volvió hacia ella en tono imperioso—, tienes que hacer algo por Rogerio.
—No —dijo Clemencia. Se había adelantado un paso, con expresión desafiadora—. No debe hacer nada. Absolutamente nada.
Rogerio se acercó a Sofía, bamboleándose como un oso afectuoso, y le cogió las manos con cariño.
—No quiero ni un penique, querida Sofía. Tan pronto como este asunto se aclare, Clemencia y yo nos vamos a las Indias Occidentales a vivir una vida sencilla. Si alguna vez me encuentro muy apurado, acudiré al jefe de la familia —dijo sonriendo de un modo cautivador— pero hasta entonces, no quiero ni un penique. En realidad, querida Sofía, yo soy una persona muy sencilla; pregúntaselo a Clemencia.
Le interrumpió una voz inesperada. Era la voz de Edith de Haviland.
—Todo esto está muy bien —dijo—, pero tienes que pensar un poco en las apariencias. Si tú vas a la quiebra, Rogerio, y te marchas al fin del mundo sin que Sofía te tienda una mano, habría muchas habladurías malintencionadas, que serían muy desagradables para Sofía.
—¿Qué importa la opinión pública? —preguntó Clemencia con desprecio.
Y Rogerio asintió:
—Ya sabemos que a ti no te importa, Clemencia —dijo Edith de Haviland, cortante—; pero Sofía vive en este mundo. Es una chica inteligente y de buen corazón y no tengo la menor duda de que Arístides estuvo acertado al elegirla a ella para depositaria de la fortuna familiar, aunque el pasar por encima de sus dos hijos vivos parezca un poco extraño a nuestras ideas inglesas; pero creo que sería muy lamentable que se corriera por ahí la voz de que Sofía no había mostrado la menor generosidad, dejando que Rogerio fuera al desastre sin tratar de ayudarle.
Rogerio se acercó a su tía, la rodeó con sus brazos y la abrazó.
—Tía Edith —dijo—, eres un ángel y una luchadora empedernida, pero no acabas de entender. Clemencia y yo sabemos lo que queremos y lo que no queremos.
Clemencia se quedó en pie ante ellos, desafiándolos. Sus mejillas estaban rojas.
—Ninguno de vosotros —dijo— comprende a Rogerio. Nunca le habéis comprendido. Y no creo que lleguéis a comprenderle nunca. Vamos, Rogerio.
Salieron de la habitación y el señor Gaitskill empezó a aclararse la garganta y a ordenar sus papeles. Su semblante expresaba desaprobación. Era evidente que le había desagradado mucho la escena precedente.
Finalmente, mi vista se fijó en Sofía. Estaba de pie junto a la chimenea, con la barbilla levantada y la mirada tranquila, erguida y muy guapa. Acababa de heredar una inmensa fortuna, pero no pude menos de pensar en lo sola que se había quedado de pronto. Entre ella y su familia acababa de alzarse una barrera. En adelante estaba separada de ellos. Me pareció que se daba cuenta de este hecho y lo afrontaba. El viejo Leónides sabía que dejaba una carga sobre sus hombros y ella lo sabía también. Él había creído que los hombros de su nieta eran lo bastante fuertes para soportar la carga, pero en aquel momento sentí por ella una compasión indecible que ni yo mismo sabía explicarme.
Todavía no había dicho ni una palabra; en realidad, no le habían dado ni tiempo para ello, pero muy pronto se vería obligada a hablar. Tras el afecto de su familia, sentía ya una hostilidad latente. Incluso en la jocosa escena de Magda me pareció advertir una malicia sutil. Y todavía había otros sentimientos más turbios que no habían salido a la luz.
El señor Gaitskill se aclaró la garganta y empezó su discurso, preciso y mesurado:
—Permítame que la felicite, Sofía —dijo—. Es usted una mujer muy rica. No le aconsejaría a usted ninguna… ¡hum…!, acción precipitada. Puedo adelantarle la cantidad necesaria para los gastos que se presenten. Si desea discutir disposiciones para el futuro, con mucho gusto le aconsejaré, según mi leal entender. Entrevístese conmigo en «Lincoln’s Inn» cuando haya tenido tiempo de reflexionar.
—Rogerio… —empezó Edith de Haviland con obstinación.
El señor Gaitskill se apresuró a interrumpir.
—Rogerio —empezó— debe valerse por sí mismo. Es un hombre hecho y derecho… cincuenta y cuatro años creo que tiene. Y Arístides Leónides tenía razón, no es un hombre de negocios. Nunca lo será —miró a Sofía—. Si quiere usted reorganizar Abastecimientos Reunidos, no se haga ilusiones de que Rogerio pueda dirigirla con éxito.
—No me ha pasado por la imaginación el reorganizar Abastecimientos Reunidos —dijo Sofía.
Fueron sus primeras palabras. Su voz era decidida y práctica.
—Sería una estupidez hacerlo —añadió.
Gaitskill la miró por debajo de sus cejas y sonrió para sí. Luego dijo adiós a todos y se marchó.
Hubo unos segundos de silencio, como para darse cuenta de que estaban en familia.
Luego Felipe se puso en pie.
—Tengo que volver a la biblioteca —dijo—. He perdido mucho tiempo.
—Papá… —atajó Sofía en tono casi suplicante.
La sentí estremecerse y retroceder al volver Felipe hacia ella una mirada fría y hostil.
—Perdona si no te felicito —dijo—. Pero esto ha sido para mí una impresión muy fuerte. Nunca hubiera creído que mi padre me humillara de este modo, que no considerara toda una vida de devoción… sí, de devoción.
Por primera vez el hombre auténtico surgía tras la máscara de fría reserva.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Cómo ha podido hacerme esto a mí? Siempre fue injusto conmigo… siempre.
—No, no Felipe; no debes pensar eso —exclamó Edith de Haviland—. No consideres esto como un nuevo desaire. No lo es. Cuando la gente se hace vieja, se vuelve por naturaleza hacia los más jóvenes… Te aseguro que sólo fue por eso… y además, Arístides tenía un gran sentido comercial. Le he oído decir muchas veces que pagar dos cuotas de derechos reales…
—Nunca me quiso —dijo Felipe con voz baja y ronca—. Siempre Rogerio, Rogerio… Bueno, al fin —una extraordinaria expresión de odio desfiguró de pronto sus hermosas facciones— se dio cuenta de que Rogerio era un tonto y un fracasado. También lo suprimió a él.
—¿Y yo qué? —dijo Eustaquio.
Casi no me había fijado en Eustaquio hasta aquel momento, pero entonces le vi temblar bajo una violenta emoción. Tenía el rostro encendido y me pareció ver lágrimas en sus ojos. Su voz se elevó, temblorosa.
—¡Es una vergüenza! —exclamó, colérico—. ¡Una maldita vergüenza! ¿Cómo se atrevió mi abuelo a hacerme esto a mí? ¿Cómo se atrevió? Yo era su único nieto. ¿Cómo se atrevió a pasar por encima de mí en favor de Sofía? No es justo. Le odio. Le odio. No le perdonaré mientras viva. Era un viejo brutalmente tiránico. Deseaba su muerte. Quería salir de esta casa. Quería ser dueño de mis actos. Y ahora tengo que aguantar que Sofía me maneje y me fastidie, y encima hacer el tonto. Quisiera morirme…
Su voz se quebró en un sollozo y se precipitó fuera de la habitación.
Edith de Haviland hizo restallar la lengua.
—Carece de dominio —murmuró.
—Comprendo exactamente cómo se siente —exclamó Magda.
—Estoy segura de ello —dijo Edith con remarcada acritud.
—¡Pobrecito mío! Debo ir a su lado.
—Vamos, Magda.
Edith se apresuró a salir tras ella.
Sus voces se apagaron a lo lejos. Sofía continuaba mirando a Felipe. Me pareció que suplicaba con la mirada. De ser así, su súplica no obtuvo respuesta. Felipe la miró fríamente, de nuevo dueño de sí.
—Una jugada muy hábil, Sofía —dijo, y salió de la habitación.
—Ha sido muy cruel lo que ha dicho —exclamé—, Sofía…
Extendió hacia mí sus manos y la cogí entre mis brazos.
—Esto es demasiado para ti, querida.
—Comprendo muy bien lo que siente —dijo Sofía.
—El diablo de tu abuelo no debía haberte metido en esto.
Sofía enderezó sus hombros.
—Creyó que podría con ello. Y puedo. Pero quisiera… quisiera que a Eustaquio no le doliera tanto.
—Se le pasará.
—¿Tú lo crees? No lo sé. Es de esos que rumian las cosas terriblemente. Y me resulta insoportable el que mi padre se sienta herido.
—Tu madre lo tomó muy bien.
—Le importa muy poco. Cree normal acudir a una hija a pedirle dinero para presentar obras de teatro. Antes de que des media vuelta estará detrás de mí para que patrocine la de Edith Thompson.
—¿Y qué vas a decirle? Si eso hace…
Sofía se desprendió de mis brazos y echó la cabeza hacia atrás.
—¡Le diré «no»! La obra no vale nada y el papel no es para mamá. Sería tirar el dinero.
Me reí suavemente, sin poderlo evitar.
—¿Por qué te ríes? —preguntó con recelo.
—Estoy empezando a comprender por qué tu abuelo te dejó el dinero. No desmientes tu casta, Sofía…