La casa torcida
CAPÍTULO VEINTIUNO
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CAPÍTULO VEINTIUNO
Durante ese tiempo, lo único que sentía era que Josefina estuviera fuera. ¡Hubiera disfrutado tanto!
Su restablecimiento fue rápido y se la esperaba en casa de un día para otro, pero sin embargo se perdió otro acontecimiento de importancia.
Estaba en el jardín rocoso una mañana con Sofía y Brenda, cuando a la puerta principal se acercó un coche del que bajaron Taverner y el sargento Lamb. Subieron los escalones y entraron en la casa.
Brenda se quedó inmóvil, la vista fija en el coche.
—Son esos hombres —dijo—. Vuelven otra vez, y yo creía que ya habían abandonado el asunto, creí que todo había terminado.
La vi estremecerse.
Se había unido a nosotros unos diez minutos antes envuelta en su abrigo de chinchilla. «Si no tomo un poco de aire —había dicho— y no hago un poco de ejercicio, me volveré loca. Si cruzo la verja del jardín, siempre hay un periodista esperando para echarse sobre mí. Es como estar sitiada. ¿Es que va a durar esto toda la vida?».
Sofía había dicho que suponía que los periodistas se cansarían pronto.
—Puedes salir en el coche —había añadido.
—Ya te he dicho que necesito hacer un poco de ejercicio.
Luego había dicho bruscamente:
—Sofía, has echado a Laurencio. ¿Por qué?
Sofía había contestado con calma:
—Tenemos otros planes para Eustaquio. Y Josefina se marcha a Suiza.
—Has dado a Laurencio un disgusto enorme. Cree que no tienes confianza en él.
A esto Sofía no había contestado y en aquel momento llegó el coche de Taverner.
Allí, de pie, tintando bajo el húmedo aire otoñal, Brenda musitó:
—¿Qué es lo que quieren? ¿Por qué han venido?
Creí saber por qué habían venido. No le había dicho nada a Sofía de las cartas que había encontrado junto a la cisterna, pero sabía que habían ido a manos del juez de instrucción.
Taverner volvió a salir de la casa y, cruzando la calzada y el césped, se dirigió hacia nosotros. El temblor de Brenda se hizo más violento.
—¿Qué es lo que quiere? —repitió nerviosamente—. ¿Qué es lo que quiere?
Y entonces Taverner llegó junto a nosotros. Habló en tono oficial, cortante, y empleó frases de rigor.
—Tengo una orden de arresto contra usted. Se le acusa de haber suministrado eserina a Arístides Leónides el diecinueve de septiembre último. Es mi deber advertirla que lo que diga podrá utilizarse contra usted en el juicio.
Entonces Brenda se desmoronó. Gritó, se agarró a mí y exclamó:
—¡No, no; no es cierto! Carlos, dígales que no es cierto. Yo no lo hice. No sé nada de todo esto. Todo es un complot contra mí. No les deje que me lleven. Le digo que no es cierto… No es cierto… Yo no he hecho nada…
Era horrible… horrible. Traté de calmarla, hice que soltara mi brazo y le dije que tenía que tranquilizarse, que yo le buscaría un buen abogado y que él lo arreglaría todo.
Taverner la cogió suavemente por el codo.
—Vamos, señora Leónides —dijo—. No quiere ponerse el sombrero, ¿verdad? Entonces, nos iremos en seguida.
Ella se echó hacia atrás mirándome con sus ojos de gato enormemente abiertos.
—Laurencio —dijo—. ¿Qué le han hecho ustedes a Laurencio?
—El señor Laurencio Brown está también arrestado —exclamó Taverner.
Entonces Brenda se derrumbó. Su cuerpo pareció desplomarse y encogerse. Las lágrimas corrieron por sus mejillas. Se marchó mansamente con Taverner a través del césped en dirección al coche. Vi a Laurencio Brown y al sargento Lamb salir de la casa. Todos ellos entraron en el coche y éste arrancó.
Dejé escapar un suspiro prolongado y me volví a Sofía. Estaba muy pálida y con expresión de dolor.
—Es horrible, Carlos —dijo—. Es horrible.
—Sí.
—Tienes que conseguirle un abogado de los mejores… el mejor que haya.
—No se da uno cuenta —dije— de cómo son estas cosas. Nunca había visto arrestar a nadie.
—No, no tiene uno idea.
Nos quedamos en silencio. Yo pensaba en el terror desesperado que expresaba el rostro de Brenda. Su expresión me había parecido familiar y de pronto comprendí por qué: era la misma expresión que había visto en el rostro de Magda Leónides el día de mi primera visita a la Casa Torcida, cuando había estado hablando de la obra de Edith Thompson.
—Y entonces —había dicho— ¡terror…! ¿No les parece?
Terror, un terror primitivo, eso era lo que había expresado el rostro de Brenda. Brenda no tenía espíritu de lucha. Me extrañó que hubiera tenido el valor de cometer un asesinato. Pero quizá no lo había tenido. Posiblemente había sido Laurencio Brown, con su manía persecutoria y su personalidad vacilante, el que había vaciado el contenido de una botellita en otra botellita, un acto bien sencillo, para liberar a la mujer que amaba.
—Conque ya se acabó todo —murmuró Sofía.
Suspiró profundamente y luego preguntó:
—Pero ¿por qué los han arrestado ahora? Creí que no había suficientes pruebas.
—Han aparecido nuevas pruebas. Cartas.
—¿Quieres decir cartas de amor entre ellos?
—Sí.
—¡Qué estúpidas son algunas personas al guardar esas cosas!
—Sí, en efecto; qué estúpidas. Y no les sirve de nada la experiencia ajena. No hay vez que no se abra un periódico que no se encuentre uno con algún ejemplo de esa clase de estupidez, de la pasión de conservar la palabra escrita, la seguridad escrita del amor.
»Es horrible, Sofía —dije—; pero no se consigue nada con preocuparse. Al fin y al cabo, esto es lo que hemos estado deseando todo el tiempo, ¿verdad? Esto es lo que dijiste aquella noche en el restaurante de Mario. Dijiste que todo iría bien con tal de que el asesino de tu abuelo fuera quien debía de ser. Te referías a Brenda, ¿verdad? ¿O a Laurencio?
—Por favor, Carlos, me haces sentirme odiosa.
—Pero es que debemos tener cabeza. Ahora podemos casarnos, Sofía. No puedes apartarme por más tiempo.
Me miró fijamente. Hasta entonces no me había dado cuenta de lo azules que eran sus ojos.
—Sí —dijo—. Supongo que ahora quedamos fuera de esto. Estamos fuera… ¿Estás seguro?
—Querida Sofía, ninguno de vosotros tenía el menor motivo.
Su rostro palideció de pronto.
—Excepto yo, Carlos. Yo tenía motivo.
—Sí, claro —me sorprendí de pronto—. Pero en realidad, no. Tú no sabías lo del testamento.
—Sí lo sabía, Carlos —dijo en un susurro.
—¿Qué?
La miré, sintiendo un frío repentino.
—Durante todo el tiempo he sabido que mi abuelo me dejaba a mí el dinero.
—Pero ¿cómo?
—Me lo dijo. Una o dos semanas antes de ser asesinado. Me dijo de pronto: «Te dejo a ti todo el dinero, Sofía. Tú deberás cuidar de la familia cuando yo desaparezca».
Le miré fijamente.
—No me lo dijiste.
—No. Cuando todos explicaron lo del testamento y de que él lo había firmado, pensé que a lo mejor se había equivocado, que se imaginaba que me había dejado a mí el dinero, y nada más. O que si había hecho un testamento dejándome a mí el dinero, habría desaparecido y no aparecería nunca. Yo no quería que apareciera… Tenía miedo.
—¿Miedo? ¿De qué?
—Supongo que… por el asesinato.
Recordé la mirada de terror de Brenda, su pánico salvaje e irracional. Recordé también el pánico que Magda había conjurado voluntariamente cuando se imaginó interpretando el papel de una asesina. En la mente de Sofía no cabía el pánico, pero era realista y podía ver claramente que el testamento de Leónides la hacía sospechosa. Creí comprender mejor entonces su negativa a formalizar nuestras relaciones y su insistencia en que descubriera la verdad. Sólo con la verdad se conformaba, había dicho. Y recordé la pasión, la ansiedad con que había hablado.
Habíamos dado vuelta en dirección a la casa y, de pronto, al llegar a un determinado lugar, recordé algo más que Sofía había dicho.
Había dicho que quizá fuera capaz de asesinar a alguien, pero que, de hacerlo, tendría que ser por algo que valiera la pena.