La casa torcida

La casa torcida


CAPÍTULO VEINTIDÓS

Página 25 de 31

CAPÍTULO VEINTIDÓS

Al volver un recodo del jardín rocoso, Rogerio y Clemencia vinieron hacia nosotros a paso vivo. El traje de tweed, con bolsillos de cartera, le sentaba a Rogerio mejor que su ropa normal de hombre de negocios. Parecía ansioso y excitado. Clemencia fruncía el ceño.

—¡Hola!, los dos —dijo Rogerio—. ¡Por fin! Creí que no iban a arrestar nunca a esa malvada. No sé qué estarían esperando. Bueno, ya los han agarrado, a ella y a su despreciable amigo, y espero que los ahorquen a los dos.

El ceño de Clemencia se acentuó y dijo:

—¡No seas salvaje, Rogerio!

—¿Salvaje? ¡Bah, tonterías! Envenenan premeditadamente y a sangre fría a un anciano confiado y desvalido, y cuando me alegro de que hayan cogido a los asesinos y de que paguen su crimen, dices que soy un salvaje. Te aseguro que de buena gana estrangularía a esa mujer con mis propias manos. —Y añadió—: Estaba con usted cuando vino la policía a buscarla, ¿verdad? ¿Cómo se portó?

—Fue horrible —dijo Sofía en voz baja—. Estaba loca de miedo.

—Bien merecido lo tiene.

—No seas vengativo —dijo Clemencia.

—Ya lo sé, querida; pero es que tú no comprendes. No era tu padre. Yo quería a mi padre. ¿No lo entiendes? ¡Lo quería!

—Ya es hora de que lo vaya entendiendo —dijo Clemencia.

—No tienes imaginación, Clemencia. Supón que fuera yo el envenenado…

La vi bajar los párpados rápidamente y crispar las manos.

—No digas esas cosas ni en broma —dijo vivamente.

—No te preocupes, mi vida; pronto saldremos de todo esto.

Tomamos la dirección de la casa. Rogerio y Sofía iban delante y Clemencia y yo cerrábamos la marcha.

—Supongo que ahora… nos dejarán marchar —dijo.

—¿Tiene usted tantos deseos de marcharse? —pregunté.

—Todo esto me está agotando.

La miré sorprendido. Me devolvió la mirada con una sonrisa pálida y desesperada y haciendo con la cabeza una señal de asentimiento.

—¿No se da usted cuenta, Carlos, de que mi lucha es constante? Lucho por mi felicidad, por la de Rogerio. He pasado tanto miedo a que su familia le convenciera de que se quedara en Inglaterra… de que continuáramos mezclados con todos ellos, ahogados por lazos familiares. Tuve miedo a que Sofía le ofreciera una renta y de que se quedara en Inglaterra para que yo disfrutara de mayor comodidad y más diversiones. Lo malo de Rogerio es que no se aviene a razones. Se le meten las ideas en la cabeza, y nunca las ideas adecuadas. No entiende nada. Y es lo bastante Leónides para pensar que la felicidad para una mujer está unida a las comodidades y al dinero. Pero yo lucharé por mi felicidad; sí, lucharé. Sacaré a Rogerio de aquí y le daré la vida para la que está mejor dispuesto, con la que no se sentirá fracasado. Lo quiero para mí, lejos de todos ellos… muy lejos.

Había hablado en voz baja y apresurada, con una especie de desesperación que me asustó. No me había dado cuenta de lo sobreexcitada que estaba. Como tampoco de cuan desesperado y absorbente era su amor por Rogerio.

Me trajo a la imaginación la extraña frase de Edith de Haviland. Había dicho con una entonación especial que «aquello rayaba en idolatría». Me pregunté si estaría pensando en Clemencia.

Rogerio, pensé, había amado a su padre más de lo que nunca podría querer a nadie, más incluso que a su mujer, a pesar de lo mucho que la quería. Por primera vez comprendí cuan urgente era el deseo de Clemencia de tener a su marido para ella sola. Comprendí que su amor por Rogerio constituía toda su existencia. Era su hijo, al mismo tiempo que su esposo y su amante.

Un coche se acercó a la puerta principal.

—¡Vaya! ¡Ahí está Josefina! —dije.

Josefina y Magda salieron del coche. Josefina traía una venda alrededor de la cabeza, pero aparte de eso, tenía un aspecto saludable.

Dijo en seguida:

—Quiero ver mi carpa —y se acercó corriendo hacia nosotros y el estanque.

—¡Querida! —exclamó Magda—, es mejor que entres primero y descanses un poco, y puede que te hiciera bien un poquito de sopa.

—No fastidies, mamá —dijo Josefina—. Estoy muy bien y odio la sopa de sustancia.

Magda se quedó indecisa. Yo sabía que Josefina estaba en condiciones de salir del hospital desde hacía varios días y que sólo por indicación de Taverner había continuado allí. No quería arriesgar la vida de Josefina hasta que sus sospechosos estuvieran seguros y bajo llave.

Le dije a Magda:

—Me permito opinar que el aire fresco le hará bien. Iré con ella y la vigilaré.

Alcancé a Josefina antes de que llegara al estanque.

—Han ocurrido muchas cosas mientras has estado fuera —dije.

Josefina no contestó. Oteó el estanque con ojos miopes.

—No veo a Fernando —dijo.

—¿Quién es Fernando?

—La de cuatro colas.

—Ésa es una especie muy cómica. Me gusta aquella dorada, brillante.

—Ésa es muy corriente.

—La que no me gusta mucho es aquella blanca, como apolillada.

Josefina me lanzó una mirada de desprecio.

—Ésa, precisamente, cuesta muchísimo. Mucho más que las carpas.

—¿No quieres saber lo que ha ocurrido durante tu ausencia, Josefina?

—Me figuro que ya lo sé.

—¿Sabías que ha sido encontrado otro testamento y que tu abuelo le dejó su dinero a Sofía?

—Me lo dijo mamá. Pero de todos modos, ya lo sabía.

—¿Quieres decir que te has enterado en el hospital?

—No; quiero decir que sabía que mi abuelo había dejado a Sofía todo su dinero. Le oí cuando se lo decía.

—¿Otra vez escuchando?

—Sí. Me gusta escuchar.

—Es una cosa vergonzosa, y recuerda esto: el que escucha, su mal oye.

Josefina me miró de un modo extraño.

—Oí qué le dijo a Sofía de mí, si es a eso a lo que te refieres.

Y añadió:

—Nannie se pone negra si me coge escuchando detrás de las puertas. Dice que esas cosas no las hacen las señoritas.

—Y tiene razón.

—¡Bah! —exclamó Josefina—. En estos tiempos no hay señores. Eso dicen en los programas de cara al público. Dicen que es an-ti-cua-do —pronunció la palabra con mucho cuidado.

Cambié de tema.

—Has llegado a casa un poco tarde para el gran acontecimiento —dije—. El inspector Taverner ha arrestado a Brenda y a Laurencio.

Esperaba que Josefina, como detective aficionada que era, se hubiera emocionado con esta información, pero se limitó a decir una vez más, con su irritante tono aburrido:

—Sí, ya lo sé.

—No puedes saberlo. Acaba de ocurrir ahora mismo.

—El coche se cruzó con nosotros en la carretera. El inspector Taverner y el detective de los zapatos de antílope iban dentro, con Brenda y Laurencio. Conque me supuse que los habían arrestado. Supongo que les habrán hecho las recomendaciones de rigor. Tienen que hacerlo.

Le aseguré que Taverner había actuado de completo acuerdo con la ética profesional.

—Tuve que decirle lo de las cartas —dije disculpándome—. Las encontré detrás de la cisterna. Te hubiera dejado que se lo dijeras tú, pero, por entonces, estabas herida.

Josefina se llevó con cuidado la mano a la cabeza.

—Debían haberme matado —dijo con complacencia—. Ya te dije que era hora de que se cometiera el segundo asesinato. La cisterna era un sitio horrible para esconder las cartas. Lo adiviné en seguida, un día en que vi a Laurencio saliendo de allí. Porque él no es de esos hombres mañosos, que andan con plomos y cañerías, de modo que tenía que haber estado escondiendo algo.

—Pero yo creí que… —me interrumpí al oír la voz de Edith de Haviland, que llamaba autoritariamente:

—Josefina, Josefina; ven aquí en seguida.

—Más rollo —gruñó—; pero será mejor que me vaya. Con tía Edith no hay más remedio.

Salió corriendo a través del césped. La seguí más despacio.

Después de un breve intercambio de palabras, Josefina entró en la casa. Me uní a Edith de Haviland en la terraza.

Aquella mañana representaba cumplidamente su edad. Me sorprendieron las líneas de cansancio y sufrimiento de su rostro. Parecía agotada y vencida. Vio mi expresión preocupada y trató de sonreír.

—A esa niña no parece haberle hecho mucho daño su aventura —dijo—. Debemos cuidarla mejor de aquí en adelante. Aunque… supongo que ya no hará falta.

Suspiró, añadiendo:

—Me alegro de que todo se haya terminado. ¡Pero qué espectáculo! Si a uno le arrestan por asesinato, hay que tener al menos cierta dignidad. No puedo soportar a las personas como Brenda, que se derrumban y chillan. No tienen arrestos. Laurencio Brown parecía un conejo acorralado.

Se me despertó un confuso sentimiento de compasión.

—¡Pobres diablos! —dije.

—¡Sí… pobres diablos! Supongo que tendrá cabeza y se ocupará de sí misma. Quiero decir, buenos abogados y todo eso.

Era extraña, pensé, la escrupulosa preocupación de todos ellos para que Brenda tuviera la mejor defensa, sintiendo por ella tanta aversión.

Edith de Haviland continuó:

—¿Cuánto durará todo?

Repuse que no lo sabía con exactitud. Se haría la acusación en el tribunal policíaco y probablemente serían condenados a juicio. Calculé que esto llevaría unos tres o cuatro meses, y si eran declarados culpables, habría apelación.

—¿Cree usted que serán declarados culpables? —preguntó.

—No lo sé. No sé exactamente cuántas pruebas tiene la policía. Hay unas cartas.

—¿Cartas de amor? ¿Eran amantes, entonces, como tantos pensábamos?

—Estaban enamorados.

Su rostro se ensombreció aún más.

—No me gusta esto, Carlos. No me gusta Brenda. En otro tiempo, la aborrecí mucho. He dicho de ella cosas mordaces. Pero ahora… quiero que tenga toda la ayuda posible. Arístides lo hubiera querido así. Creo que es mi deber ocuparme de que… de que a Brenda se le dé lo que es de justicia.

—¿Y Laurencio?

—¡Ah, Laurencio! —Se encogió de hombros con impaciencia—. Los hombres deben valerse por sí mismos. Pero Arístides nunca nos perdonaría si…

Dejó la frase sin terminar. Luego continuó:

—Debe de ser casi hora de comer. Será mejor que entremos.

Le expliqué que me iba a Londres.

—¿En su coche?

—Sí.

—¡Hum! ¿Me lleva con usted? Tengo entendido que nos dejan salir de la ratonera.

—Claro que la llevo; pero creo que Magda y Sofía van a Londres después de almorzar. Irá usted más cómoda con ellas que en mi dos plazas…

—No quiero ir con ellas. Lléveme con usted y no hable mucho de ello.

Me quedé sorprendido, pero hice lo que me pedía. No hablamos mucho durante el camino. Le pregunté dónde la dejaba.

—En la calle Harley[9].

Noté una ligera aprensión, mas preferí no decir nada.

—No, es demasiado temprano —continuó—. Déjeme en Debenhams. Comeré algo allí y más tarde iré a la calle Harley.

—Espero que… —empecé y me detuve.

—Por eso no he querido venir con Magda. Lo dramatiza todo. Haría muchos aspavientos.

—Lo siento mucho —dije.

—No tiene por qué sentirlo. Mi vida ha sido buena. Muy buena —se sonrió, de pronto—. Y no se ha terminado todavía.

Ir a la siguiente página

Report Page