La casa torcida

La casa torcida


CAPÍTULO VEINTITRÉS

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CAPÍTULO VEINTITRÉS

Hacía varios días que no veía a mi padre. Le encontré ocupado en otros asuntos no relacionados con el caso Leónides y fui en busca de Taverner.

Taverner estaba disfrutando de un breve descanso y accedió a salir conmigo a tomar una copa. Le felicité por haber resuelto el caso y aceptó mi felicitación, pero su actitud distaba de ser alegre.

—Bueno, ya se terminó todo —dijo—. Hay base para el juicio. Nadie puede decir que no la hay.

—¿Cree usted que conseguirá que los declaren culpables?

—Eso no puede saberse. Sólo contamos con pruebas de indicios, como ocurre en casi todos los casos de asesinato. Depende mucho de la impresión que causen en el jurado.

—¿Son muy comprometedoras las cartas?

—A primera vista, son bastante condenatorias. Hay alusiones a la época en que puedan vivir juntos, después de muerto el marido de ella. Frases como «ahora ya no falta mucho». Pero fíjese en lo que le digo: la defensa tratará de presentar estas frases de modo completamente distinto: el marido era tan viejo, que, naturalmente, podían con razón tener esperanzas de que muriera. No se menciona expresamente el asesinato, pero hay ciertos pasajes que podrían significar eso. Depende del juez que tengamos. Si es el viejo Carberry, los tratará sin piedad. Es siempre muy recto en lo que se refiere a los amores ilícitos. Supongo que a ellos los defenderá Eagles, o Humphrey Kerr. Humphrey es magnífico en estos casos, pero le gusta que su defendido tenga una buena hoja de servicios de guerra, o algo por el estilo, que le ayude en su trabajo. Un hombre que no va al frente por escrúpulos de conciencia va a estropear su estilo. La cuestión es ésta: ¿Causarán buena impresión en el jurado? Estos dos no son realmente tipos simpáticos. Ella es una mujer guapa que se casó con un hombre muy viejo por su dinero, y Brown es un escrupuloso neurótico. El crimen resulta tan familiar, tan de acuerdo con los patrones, que cuesta mucho trabajo creer que no lo hayan cometido. Claro que pueden decidir que lo cometió él y ella no sabía nada, o por el contrario que ella lo cometió sin saberlo él, o que los dos juntos lo hicieron.

—¿Y usted qué cree?

Me miró con una cara inexpresiva.

—Yo no creo nada. Presenté los hechos, se enviaron al juez de instrucción y se decidió que había base para la acción criminal. Eso es todo. Conque ya lo sabe, Carlos.

Pero yo no sabía. Comprendí que, por alguna razón, Taverner estaba descontento.

Hasta tres días más tarde no me desahogué con mi padre. Tampoco él me había mencionado el caso. Había habido como una barrera entre los dos y creí conocer el motivo. Pero yo tenía que derribar aquella barrera.

—Vamos a hablar sin rodeos —dije—. Taverner no está satisfecho con la solución del caso Leónides, ni tú tampoco lo estás.

Mi padre movió la cabeza y dijo lo mismo que Taverner había dicho:

—Ya no está en nuestras manos. Hay base para el proceso. Eso no puede negarse.

—Pero ni tú ni Taverner creéis que son culpables…

—Eso lo decidirá el jurado.

—¡Por amor de Dios! —exclamé—. No te libres de mí con términos técnicos. ¿Qué es lo que creéis, los dos, personalmente?

—Mi opinión personal no vale más que la tuya, Carlos.

—Sí que vale. Tú tienes más experiencia.

—Entonces seré sincero contigo. La verdad es que… no sé.

—¿Puede que sean culpables?

—Ah, sí.

—Pero ¿no estás seguro de que lo sean?

—¿Cómo puede uno estar seguro?

—No andes con rodeos conmigo, papá. Otras veces has estado seguro, ¿verdad? ¿Completamente seguro? ¿Sin que te quedara ni sombra de duda?

—Algunas veces, sí. No siempre.

—Desearía con toda mi alma que estuvieras seguro esta vez.

—Y yo también.

Nos quedamos en silencio. Yo pensaba en aquellas dos figuras deslizándose por el jardín al anochecer, las figuras de dos personas abandonadas, perseguidas y atemorizadas. Desde el principio, habían tenido miedo. ¿No sería esto señal de que sus conciencias no estaban tranquilas?

Pero me contesté a mí mismo: «No forzosamente». Brenda y Laurencio tenían miedo a la vida, no tenían confianza en sí mismos, en su habilidad para evitar el peligro y la derrota. El amor culpable que conduce al asesinato era algo tan familiar, que ya se veían envueltos sin remedio.

—Vamos, Carlos —dijo mi padre, con voz grave y cariñosa—. Hablemos claro. Todavía piensas que uno de los Leónides es el verdadero culpable, ¿verdad?

—No tengo seguridad. Sólo tengo dudas…

—No, lo crees. Puedes estar equivocado, pero lo crees.

—Sí —dije.

—¿Y por qué?

—Porque… —consideré la cuestión, tratando de ver claro dentro de mí—, porque… —sí, eso era—, porque ellos mismos lo creen así.

—¿Que ellos mismos lo creen? Eso es interesante. Muy interesante. ¿Quieres decir que cada uno sospecha de los demás o que sabe realmente quién lo hizo?

—No estoy seguro —dije—. Todo está muy confuso. Creo que, en general, tratan de ocultarse a sí mismos lo que saben.

Mi padre asintió.

—Rogerio, no —dije—. Rogerio cree sinceramente que fue Brenda y sinceramente desea que la ahorquen. Es… es un alivio estar con Rogerio, porque es sencillo y categórico y no tiene reservas mentales. Pero los otros dan explicaciones, están intranquilos, insisten en que me asegure de que Brenda tenga la mejor defensa posible, de que se le den también todas las ventajas… ¿Por qué?

Mi padre contestó:

—Porque en lo más íntimo de sus corazones, no creen que sea culpable… Sí, es lógico.

Luego preguntó en voz baja:

—¿Quién puede haber sido? ¿Has hablado con todos ellos? ¿Quién es el más probable?

—No lo sé —dije—. Y el no saberlo me está poniendo frenético. Ninguno de ellos encaja en la idea que uno se forma del asesino, y, sin embargo, tengo la impresión… Sí, tengo la impresión de que uno de ellos es un asesino.

—¿Sofía?

—No. ¡Por Dios, no!

—La posibilidad de que haya sido Sofía está en tu imaginación, Carlos… Sí, no lo niegues. Con mucha más fuerza porque no quieres reconocerlo. ¿Y qué hay de los otros? ¿Y Felipe?

—De haberlo hecho, habría sido por un motivo de lo más fantástico.

—A veces los motivos son fantásticos… o insignificantes. ¿Qué motivo podía tener Felipe?

—Está terriblemente celoso de Rogerio, toda su vida lo ha estado. La preferencia de su padre por Rogerio hizo que Felipe se encerrara en sí mismo. Rogerio estaba al borde del desastre y el viejo se enteró y prometió levantarlo de nuevo. Supongamos que Felipe se enteró. Si el viejo muriera aquella noche, no ayudaría a Rogerio y Rogerio se arruinaría por completo. Ya sé que es absurdo…

—No, no lo es. No es normal, pero ocurre. Es humano. ¿Y Magda?

—Es muy infantil. Desorbita las cosas. Pero nunca hubiera pensado que pudiera estar envuelta en este asunto, si no hubiera sido por el modo tan repentino en que quería mandar a Josefina a Suiza. No pude menos de pensar que tenía miedo de algo que la pequeña Josefina supiera o pudiera decir…

—Y entonces a Josefina le parten la cabeza.

—¡Eso no puede haberlo hecho su madre!

—¿Por qué no?

—Pero, papá, una madre sería incapaz…

—Carlos, Carlos, ¿has leído alguna vez los informes de la policía? Ocurre muchas veces que una madre empieza a aborrecer a uno de sus hijos. Sólo a uno… puede querer mucho a los demás. Suele haber alguna asociación mental, alguna razón, pero generalmente cuesta trabajo llegar a ella. Esa aversión, cuando existe, es inmoderada.

—Llamaba a Josefina cara de mono —admití de mala gana.

—¿Y no le importaba a la niña?

—No lo creo.

—¿Quién queda? ¿Rogerio?

—Rogerio no mató a su padre. Estoy completamente seguro.

—Absolveremos a Rogerio entonces. Y su mujer… ¿cómo se llama? ¿Clemencia?

—Sí —dije—. Si mató al viejo Leónides fue por una razón muy extraña.

Le conté mis conversaciones con Clemencia. Le dije que era posible que, en su deseo exagerado de sacar de Inglaterra a Rogerio hubiera envenenado premeditadamente al viejo Leónides.

—Había persuadido a Rogerio de que se marchara sin decir nada a su padre. Entonces el viejo se enteró. Iba a apoyar a Abastecimientos Reunidos. Clemencia vio frustrados todos sus planes y esperanzas. Y la verdad es que quiere a Rogerio desesperadamente… con idolatría.

—Estás repitiendo lo que dijo Edith de Haviland.

—Sí. Y Edith es otra de las personas a quienes creo capaces de haberlo hecho. Pero no sé por qué. Lo único que creo es que podría tomarse la justicia por su mano, de tener un motivo que le pareciera bueno y lo bastante fuerte. Es de esa clase de personas.

—¿Y también deseaba que Brenda tuviera la defensa adecuada?

—Sí. Eso podría ser por motivos de conciencia. No creo ni por un momento que, si ha cometido el crimen, intente culparles a ellos.

Probablemente no. Pero ¿hubiera sido capaz de golpear a la niña, a Josefina?

—No —dije lentamente—. Eso no puedo creerlo. Y esto me recuerda que Josefina me dijo algo que tengo en la cabeza, pero no puedo recordar lo que es. Se me ha olvidado. Pero es algo que no encaja en donde debía encajar. Si pudiera recordarlo…

—No importa. Ya lo recordarás. ¿Tienes alguna idea sobre alguien o algo más?

—Sí —dije—. ¿Qué sabes de la parálisis infantil? Me refiero a sus efectos sobre el carácter.

—¿Eustaquio?

—Sí. Cuanto más pienso en ello, más me parece que Eustaquio reúne todas las condiciones. Su aversión y su resentimiento contra su abuelo, su carácter extraño y variable… No es normal. Es el único de la familia al que puedo imaginarme golpeando a Josefina con la mayor frialdad, si supiera algo de él… y es muy probable que sepa algo de él. Esa chica lo sabe todo. Lo escribe en un cuadernito…

Me detuve.

—¡Dios mío! —dije obedeciendo a un recuerdo—. ¡Qué estúpido soy!

—¿Qué ocurre?

—Ahora sé dónde estaba nuestra equivocación. Taverner y yo dimos por sentado que el desorden del cuarto de Josefina, el frenético registro, era obra de alguien que buscaba las cartas. Creí que Josefina las había cogido y escondido en el cuarto de las cisternas. Pero cuando estaba hablando conmigo el otro día, me dijo bien claramente que había sido Laurencio el que las había escondido allí. Le vio salir del cuarto de las cisternas y anduvo husmeando por allí hasta que encontró las cartas. Entonces, naturalmente, las leyó. ¡Muy suyo! Pero las dejó en seguida en el sitio en que estaban.

—¿Y bien?

—¿No comprendes? El autor del registro del cuarto de Josefina no podía buscar las cartas. Tenía que buscar otra cosa.

—¿Y esa cosa…?

—Esa cosa era el cuadernito de pasta negra donde escribe el resultado de sus actividades detectivescas. ¡Eso era lo que buscaba! Creo también que esa persona, quienquiera que fuera, no encontró lo que buscaba. Creo que Josefina lo tiene todavía. Pero en ese caso…

Hice ademán de levantarme de mi asiento.

—En ese caso —dijo mi padre— todavía no está a salvo. ¿Es eso lo que ibas a decir?

—Sí. No estará fuera de peligro en tanto no salga para Suiza. Ya sabes que tienen el propósito de mandarla allá.

—¿Y ella quiere ir?

Consideré la cuestión.

—Creo que no.

—Entonces probablemente no se ha ido —dijo mi padre secamente—. Pero creo que tienes razón en lo del peligro. Será mejor que vayas allá.

—¿Eustaquio? —exclamé con desesperación—. ¿Clemencia?

Mi padre dijo suavemente:

—Para mí, los hechos señalan claramente en una dirección. Me extraña que tú no lo veas. Yo… me parece que todo trasluce.

Glover abrió la puerta y dijo, dirigiéndose a mí:

—Perdone, señor, le llaman por teléfono. Es la señorita Leónides desde Swinly Dean. Es urgente.

Parecía una horrible repetición. ¿Habría sido víctima Josefina de un nuevo atentado? ¿Y habría acertado esta vez el asesino?

Corrí al teléfono.

—¿Sofía? Soy Carlos.

La voz de Sofía me llegó con una especie de fría desesperación.

—Carlos, todavía no se ha terminado esto. El asesino sigue aquí.

—¡Por Dios! ¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué ocurre? ¿Es… Josefina?

—No es Josefina. Es Nannie.

—¿Nannie?

—Sí. Ha sido el chocolate… el chocolate de Josefina; no lo tomó y lo dejó en la mesa. Nannie pensó que era una lástima desperdiciarlo y se lo tomó.

—¡Pobre Nannie! ¿Está muy mal?

La voz de Sofía se quebró.

—¡Ay, Carlos, ha muerto!

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