La casa torcida
CAPÍTULO VEINTICUATRO
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CAPÍTULO VEINTICUATRO
La pesadilla empezaba de nuevo.
Mientras Taverner y yo salíamos de Londres en dirección a Swinly Dean, iba pensando en eso. Era como una repetición de nuestro primer viaje.
De cuando en cuando, Taverner lanzaba una maldición.
En cuanto a mí, repetía una y otra vez, estúpidamente y sin provecho alguno:
—De modo que no han sido Brenda y Laurencio. No han sido Brenda y Laurencio.
¿Habría creído yo sinceramente que habían sido ellos? Me había alegrado tanto de creerlo, de huir de otras posibilidades más siniestras…
Se habían enamorado, se habían escrito cartas tontas, románticas y sentimentales, se habían recreado en la esperanza de que el anciano esposo de Brenda muriera pronto, feliz y contento… Pero llegué incluso a dudar de que hubieran deseado vivamente su muerte. Tuve la sensación de que la desesperación y las ansias de un amor desgraciado les satisfacían tanto o más que la vulgar vida de matrimonio. No creía que Brenda fuera realmente apasionada. Era demasiado anémica, demasiado apática. Era romance lo que ella deseaba ardientemente. Y pensé que también Laurencio era de los que disfrutan más con las privaciones y vagos sueños de una felicidad futura que con las satisfacciones reales de la carne.
Habían sido cogidos en una trampa y, aterrorizados, no habían tenido la inteligencia suficiente para encontrar la salida. Laurencio, con una estupidez increíble, ni siquiera había destruido las cartas de Brenda. Probablemente, Brenda había destruido las suyas, puesto que no habían sido encontradas. Y no había sido Laurencio el que había puesto el bloque de mármol en equilibrio sobre la puerta del lavadero. Había sido otra persona, cuyo rostro continuaba oculto tras una máscara.
Nos acercamos a la puerta de la casa. Taverner salió del coche y yo le seguí. En el vestíbulo había un hombre de paisano a quien yo no conocía. Saludó a Taverner y éste se lo llevó aparte.
Me llamó la atención un montón de maletas que había en el vestíbulo. Los bultos tenían las etiquetas puestas y estaban dispuestos para la marcha. Mientras contemplaba el equipaje, Clemencia bajó la escalera y cruzó la puerta del fondo, que estaba abierta. Llevaba puesto el mismo vestido rojo, un abrigo tweed y un sombrero rojo de fieltro.
—Llega usted a tiempo de decirnos adiós, Carlos —dijo.
—¿Se marchan?
—Nos quedamos esta noche en Londres. Nuestro avión sale mañana temprano.
Estaba tranquila y sonriente, pero me pareció advertir en su mirada una depresión vigilante.
—¡Pero no podrán irse ahora!
—¿Por qué no? —preguntó con voz dura.
—Con esta muerte…
—La muerte de Nannie no tiene nada que ver con nosotros.
—Puede que no. Pero de todos modos…
—¿Por qué dice usted «puede que no»? No tiene nada que ver con nosotros. Rogerio y yo hemos estado arriba, terminando de hacer el equipaje. No bajamos ni una sola vez durante el tiempo en que el chocolate estuvo en la mesa del vestíbulo.
—¿Puede usted probarlo?
—Yo puedo responder por Rogerio. Y Rogerio puede responder por mí.
—No es suficiente. Son ustedes marido y mujer, recuérdelo.
Clemencia montó en cólera.
—¡Es usted insoportable, Carlos! Rogerio y yo nos vamos… a vivir nuestra propia vida. ¿Por qué íbamos a querer envenenar a una vieja inofensiva y estúpida que nunca nos ha hecho daño alguno?
—Puede que no fuera a ella a quien ustedes pretendieran envenenar.
—Todavía es más inverosímil que envenenemos a una niña.
—Eso depende en gran parte de la niña, ¿no es cierto?
—¿Qué quiere usted decir?
—Josefina no es una niña como las demás. Sabe muchas cosas, a cuál más significativas, de todo el mundo. Le…
Me interrumpí. Josefina había aparecido por la puerta que conducía al salón. Estaba comiendo la inevitable manzana y, por encima de la rosada redondez de la fruta, sus ojos brillaban con una especie de placer morboso.
—Nannie ha sido envenenada —dijo—. Como el abuelo. Qué emocionante, ¿verdad?
—¿No lo sientes? —pregunté severamente—. Tú la querías, ¿verdad?
—No mucho. Siempre estaba regañándome por una cosa o por otra. Siempre estaba encima de uno.
—¿Tú quieres a alguien, Josefina? —preguntó Clemencia.
Josefina volvió hacia Clemencia sus ojos llenos de regocijo maligno.
—Quiero a tía Edith —dijo—. Quiero mucho a tía Edith. Y querría a Eustaquio si no fuera tan bruto conmigo y tuviera interés en saber quién ha hecho todo esto.
—Será mejor que dejes de andar averiguando cosas, Josefina —dije—. Es peligroso.
—No necesito averiguar nada más —contestó Josefina—. Lo sé todo.
Hubo un momento de silencio. La mirada de Josefina, grave e imperturbable, estaba fija en Clemencia. Un sonido que me pareció un suspiro prolongado llegó a mis oídos. Giré rápidamente sobre mis talones. Edith de Haviland permanecía en pie, a mitad de la escalera, pero no creí que fuera ella la que había suspirado. El sonido había llegado de más allá de la puerta por la que Josefina acababa de pasar.
Me encaminé vivamente hacia esa puerta y la abrí de un empujón. No había nadie a la vista.
Sin embargo, me quedé muy preocupado. Alguien había estado detrás de la puerta y había oído las palabras de Josefina. Volví sobre mis pasos y cogí a Josefina por un brazo. Seguía comiendo su manzana y mirando a Clemencia con fijeza. Detrás de su seriedad me pareció que había como una cierta satisfacción perversa.
—Vamos, Josefina —dije—. Vamos a hablar tú y yo.
Me figuro que Josefina hubiera querido protestar, pero yo no estaba dispuesto a soportar tonterías. La arrastré a la fuerza hasta la parte de la casa donde ella vivía. Había allí un pequeño cuarto que no se utilizaba y donde podríamos estar bastante seguros de no ser molestados. La llevé allí, cerré firmemente la puerta y la hice sentar en una silla. Yo cogí otra silla y la acerqué, colocándome frente a ella.
—Ahora, Josefina —dije—, me lo vas a contar todo. ¿Qué es exactamente lo que sabes?
—Muchas cosas.
—Sobre eso no tengo la menor duda. Debes de tener la mollera llena hasta desbordar de información, venga o no venga al caso. Pero tú sabes perfectamente lo que quiero decir. ¿No es cierto?
—Claro que sí. Yo no soy idiota.
No sé si el desprecio era para mí o para la policía, pero no le presté atención y continué:
—¿Sabes quién puso el veneno en el chocolate?
Josefina asintió con un movimiento de cabeza.
—¿Sabes quién asesinó a tu abuelo?
Josefina asintió nuevamente.
—¿Y quién te golpeó en la cabeza?
Por tercera vez Josefina asintió.
—Entonces vas a contármelo todo… y ahora mismo.
—No.
—Tienes que hacerlo. Hay que comunicarle a la policía hasta los datos más insignificantes que hayas descubierto.
—No le diré nada a la policía. Son estúpidos. Creyeron que la culpable era Brenda… o Laurencio. Yo no fui tan estúpida como todo eso. Yo sabía muy bien que no habían sido ellos. Durante todo el tiempo he tenido una idea, y entonces hice una especie de prueba… y ahora sé que tengo razón.
Terminó en tono triunfal.
Le pedí al cielo paciencia y volví a empezar.
—Escucha, Josefina, ya sé que eres inteligentísima. —Josefina pareció agradecer el cumplido—. Pero no te servirá de mucho el ser inteligente si no estás viva para disfrutar de esta circunstancia. ¿No ves, tonta, que mientras sigas guardando tus secretos de este modo estúpido estás en peligro inminente?
Josefina asintió, satisfecha.
—Claro que estoy en peligro.
—Ya por dos veces te has librado de milagro. Uno de los atentados por poco acaba contigo. El otro le ha costado la vida a otra persona. ¿No comprendes que si continúas contoneándote por la casa y proclamando a voz en grito que sabes quién es el asesino se repetirán los atentados y tú u otra persona morirá?
—En algunos libros matan a una persona después de otra —me informó Josefina con deleite—. Acaba uno por saber quién es el asesino porque es la única persona que queda.
—Esto no es una rueda policíaca. Esto es Three Gables, Swinly Dean, y tú eres una niña tonta que ha leído más de lo que conviene. Me dirás todo lo que sabes, aunque tenga que sacudirte hasta que lo sueltes.
—Puedo decirte una mentira.
—Puedes, pero no lo harás. ¿Qué es lo que estás esperando?
—Tú no entiendes —dijo Josefina—. A lo mejor no lo digo nunca. Puede que… que le tenga cariño a esa persona.
Hizo una pausa, como para dejar que esto penetrara bien en mí.
—Y si lo digo —continuó— lo haré como es debido. Sentaré a todo el mundo a mi alrededor y entonces expondré las pistas, todo el asunto, y de pronto diré: «Tú fuiste…».
Extendió dramáticamente el dedo índice y en ese momento entró Edith de Haviland en la habitación.
—Echa el corazón de la manzana en el cesto de los papeles, Josefina —dijo Edith—. ¿Tienes pañuelo? Tienes los dedos pegajosos. Voy a llevarte en el coche. —Me dirigió una mirada de inteligencia, como diciendo: «Estará más segura fuera de aquí por una hora o así». Como Josefina parecía rebelarse, Edith añadió—: Iremos a Longbridge a tomar un helado.
Los ojos de Josefina se iluminaron y dijo:
—Dos.
—Ya veremos —respondió Edith—. Ahora ve a ponerte el sombrero y el abrigo y tu bufanda azul oscuro. Hace frío fuera. Carlos, será mejor que la acompañe a buscarlos. No la deje usted. Tengo que escribir unas notas.
Se sentó ante el escritorio y yo salí de la habitación, escoltando a Josefina. Aun sin la recomendación de Edith me hubiera pegado a Josefina como una lapa.
Estaba convencido de que la niña estaba en un peligro muy próximo.
Cuando mi vigilancia del arreglo de Josefina tocaba a su fin entró Sofía en la habitación. Pareció asombrarse mucho al verme.
—Pero, Carlos, ¿te has convertido en niñera? No sabía que estabas aquí.
—Voy a Longbridge con tía Edith —dijo Josefina, dándose importancia—. Vamos a tomar unos helados.
—¡Brrr! ¿En un día como éste?
—Los helados están riquísimos siempre —dijo Josefina—. Cuando tienes frío dentro, te sientes más caliente por fuera.
Sofía frunció el ceño. Parecía preocupada y me impresionaron su palidez y los círculos que bordeaban sus ojos.
Volvimos al saloncito de mañana. Edith estaba secando dos sobres y se puso en pie con ligereza.
—Saldremos ahora mismo —dijo—. Le he dicho a Evans que saque el «Ford».
Rápidamente se dirigió al vestíbulo y nosotros la seguimos.
De nuevo se fijó mi vista en las maletas y en sus etiquetas azules. Por alguna oscura razón despertaron en mí una vaga inquietud. El «Ford 10» esperaba enfrente de la casa.
—Hace un día muy agradable —dijo Edith de Haviland, poniéndose los guantes y dirigiendo una mirada al cielo—. Frío…, pero sano. Un día típico de otoño inglés. ¡Qué hermosos están los árboles con sus ramas desnudas recortándose contra el cielo… y una o dos hojas doradas colgando!…
Se quedó silenciosa unos segundos. Luego se volvió y besó a Sofía.
—Adiós, querida —dijo—. No te preocupes demasiado. No hay más remedio que enfrentarse con ciertas cosas y soportarlas.
Luego dijo:
—Vamos, Josefina.
Y subió al coche. Josefina montó tras ella.
Las dos agitaron la mano mientras el coche arrancaba.
—Creo que tiene razón y que es mejor mantener a Josefina por un rato lejos de todo esto. Pero tenemos que obligar a esa chiquilla a que diga lo que sabe, Sofía.
—Lo más probable es que no sepa nada. Está sólo presumiendo. A Josefina le gusta darse importancia.
—No es eso sólo. ¿Saben qué veneno era el que había en el chocolate?
—Creen que es digitalina. Tía Edith toma digitalina para el corazón. Tenía arriba en su habitación una botella llena de tabletas. Ahora la botella está vacía.
—Debía tener esas cosas bajo llave.
—Y las tenía. Supongo que no le sería difícil a alguien saber dónde guardaba la llave.
—¿Alguien? ¿Quién?
Volví a mirar el montón de maletas.
—No pueden marcharse —dije de pronto, y en voz alta—. No puede permitírseles que se vayan.
Sofía pareció sorprendida.
—¿Rogerio y Clemencia? Carlos, no creerás…
—Bueno, ¿qué piensas tú?
Sofía extendió las manos en ademán desvalido.
—No sé, Carlos —murmuró—. Lo único que sé es que… la pesadilla ha empezado otra vez…
—Es cierto. Esas mismas palabras venía diciéndome yo al venir hacia aquí con Taverner.
—Porque esto es exactamente como una pesadilla. Moviéndonos entre personas que conocemos, mirándoles a la cara… y de pronto las caras se transforman y lo que uno mira no es una persona conocida, sino alguien extraño, extraño y cruel… Vamos fuera, Carlos —gritó—, vamos fuera. Hay menos peligro fuera… Tengo miedo de estar en esta casa.