La casa torcida
CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES
Siempre había despertado en mí cierto interés el trabajo de mi padre, pero nunca hubiera creído que llegaría el momento en que me interesara directa y personalmente.
Todavía no había visto al viejo[3]. Estaba fuera cuando yo había llegado y después de tomar un baño, afeitarme y mudarme, había salido a encontrarme con Sofía. Sin embargo, cuando volví a casa, Glover me dijo que estaba en su despacho.
Sentado ante su mesa escritorio, examinaba, con el ceño fruncido, un montón de papeles. Se puso en pie de un salto cuando entré en la habitación.
—¡Carlos! ¡Vaya, vaya; cuánto tiempo ha pasado!
Nuestro encuentro, después de cinco años de guerra, hubiera desilusionado a un francés. Pero en realidad, aunque lo ocultáramos, estábamos sinceramente emocionados. El viejo y yo nos tenemos mucho cariño y nos comprendemos perfectamente.
—Tengo un poco de whisky —dijo, sirviéndome—. Siento haber estado fuera cuando llegaste. Estoy abrumado de trabajo. Acaba de presentarse un caso endiablado.
—¿El de Arístides Leónides? —pregunté.
Inmediatamente frunció el ceño y me dirigió una rápida mirada inquisitiva.
—¿Por qué dices eso, Carlos? —me preguntó con voz fría y cortés.
—¿Tengo razón entonces?
—¿Cómo te has enterado de este asunto?
—Por información recibida.
El viejo aguardó.
—Mi información —dije— viene de la fuente misma.
—Vamos, Carlos, cuéntamelo.
—Puede que no te guste —dije—. Conocí a Sofía Leónides en El Cairo. Me enamoré de ella, voy a casarme con ella, y esta noche hemos cenado juntos.
—¿Que ha cenado contigo? ¿En Londres? ¡No sé cómo se las habrá arreglado! Se le pidió a la familia… claro que muy cortésmente, que no saliera de casa.
—Eso es. Pero Sofía se dejó caer por una tubería desde la ventana del cuarto de baño.
Una fugaz sonrisa crispó los labios del viejo.
—Parece una señorita de recursos —dijo.
—Pero tus policías son muy competentes —dije—. Un tipo muy agradable, de aspecto militar, la siguió hasta el restaurante de Mario. Voy a figurar en los informes que te den: un metro sesenta y ocho centímetros, pelo castaño, ojos castaños, traje azul oscuro…
Me miró con fijeza.
—¿Es… cosa seria? —preguntó.
Hubo un momento de silencio.
—Sí, papá, es serio —afirmé y, tras una pausa, pregunté—: ¿Te importa?
—No me hubiera importado… hace una semana. Es una familia bien situada, la chica tendrá dinero, y te conozco; sé que no pierdes la cabeza fácilmente. Pero ahora…
—¿Ahora qué, papá?
—Puede que todo vaya bien, si…
—Si ¿qué?
—Si el asesino es quien debe de ser.
Era la segunda vez aquella noche que oía aquella frase. Empecé a interesarme.
—¿Y quién es exactamente quien debe de ser?
Me dirigió una mirada rápida.
—¿Cuánto sabes tú de esto?
—Nada.
—¿Nada? —Se sorprendió—. ¿No te lo contó la chica?
—No. Dijo que prefería que yo lo viera todo… desde fuera.
—¿Por qué diría eso?
—¿No te parece clarísimo?
—No, Carlos; no lo es.
Empezó a pasearse por la habitación con el ceño fruncido. Había encendido un puro y lo había dejado consumir. Este detalle me mostró cuan preocupado estaba.
—¿Qué es lo que sabes de la familia? —me espetó.
—¡Diablos! Sé que había el viejo y un conjunto de hijos y nietos y parientes políticos. No entiendo bien los parentescos.
Hice una pausa y continué:
—Será mejor que me pongas en antecedentes, papá.
Mi padre tomó asiento.
—Sí. Pues bien, empezaré por el principio, con Arístides Leónides. Llegó a Inglaterra muy joven, cuando tenía veinticuatro años.
—Era griego, de Esmirna.
—¿Sabías eso?
—Sí; pero es poco más o menos todo lo que sé.
La puerta se abrió y entró Glover para decir que había llegado el inspector Taverner.
—Es él quien se encarga del caso —dijo mi padre—. Será mejor que pase. Ha estado siguiendo la pista a la familia. Sabe de ellos más que yo.
Pregunté si la policía local había acudido a Scotland Yard.
—Está en nuestra jurisdicción. Swinly Dean pertenece al gran Londres.
Hice un gesto de comprensión. Entró el inspector Taverner. Hacía muchos años que nos conocíamos. Me recibió con grandes muestras de afecto y me felicitó por haber regresado felizmente.
—Estoy enterando a Carlos —dijo el viejo—. Corríjame si me equivoco, Taverner. Leónides vino a Londres en mil ochocientos ochenta y cuatro. Abrió en Soho un pequeño restaurante y le fue bien. Abrió otro restaurante. Pronto era dueño de siete u ocho. Todos alcanzaron un éxito rápido.
—Nunca cometió un error en ninguno de sus negocios —dijo el inspector Taverner.
—Tenía un don natural —corroboró mi padre—. Terminó por estar detrás de casi todos los restaurantes famosos de Londres. Entonces entró en el negocio en gran escala de suministros de banquetes para bodas, etcétera.
—Estaba también detrás de otros muchos negocios —exclamó Taverner—. Compraventa de ropas, tiendas de bisutería barata, un montón de cosas. Claro que… —añadió pensativo— siempre fue un vivo.
—¿Quiere usted decir que era un criminal? —pregunté.
Taverner negó con la cabeza.
—No, eso no; criminal no… pero sus métodos eran torcidos. Nunca hizo nada que estuviera fuera de la ley, pero era de esos tipos que siempre encuentran el medio de sortearla. De este modo, incluso en esta última guerra se puso las botas, ya viejo como era. Nunca hizo nada ilegal, pero tan pronto como se metía en algo, había que hacer una nueva ley; no sé si me entiendes. Pero para entonces, ya estaba él en otro asunto.
—No resulta muy atractiva la descripción —dije.
—Pues por raro que parezca era un hombre atractivo. Tenía una personalidad que hacía sentir su fuerza. Físicamente no era gran cosa, era un enano feo, pero con cierto magnetismo. Las mujeres se enamoraban de él.
—Hizo un matrimonio sorprendente —dijo mi padre—. Se casó con la hija de un miembro de la nobleza campesina.
Hice un gesto de sorpresa.
—¿Por dinero?
El viejo negó.
—No; fue un matrimonio de amor. Le conoció con motivo de los preparativos para el banquete de boda de una amiga suya, banquete que sirvió Leónides, y se enamoró de él. Sus padres se enfadaron mucho, pero ella estaba decidida a conseguirlo. Ya he dicho que el hombre tenía su atractivo; había en él algo exótico y dinámico que la atrajo. Se aburría de muerte con los de su mundo.
—¿Y fue un matrimonio feliz?
—Muy feliz, por extraño que parezca. Claro que sus respectivos amigos no se trataban (en aquellos tiempos, todavía el dinero no borraba todas las diferencias sociales), pero no parece que eso les haya preocupado. Se hizo una casa de lo más absurda en Swinly Dean y allí vivieron y tuvieron ocho hijos.
—Es una auténtica crónica de familia.
—El viejo Leónides fue muy listo al escoger Swinly Dean. Empezaba entonces a estar de moda; todavía no existían ni el segundo ni el tercer campo de golf. Había allí una mezcla de personas ancianas, muy amantes de sus jardines y que simpatizaron con la señora Leónides, y ricos hombres de negocios que querían relacionarse con Leónides, de modo que pudieron escoger sus amistades. Creo que fueron muy felices hasta que ella murió de pulmonía, en mil novecientos cinco.
—¿Dejándole ocho hijos?
—Uno de ellos había muerto de niño. Dos de los hijos murieron en la última guerra. Una hija se casó y se fue a Australia, donde murió. Una hija soltera se mató en un accidente de automóvil. Otra murió hace un par de años. Todavía viven dos, el mayor, Rogerio, casado, sin hijos, y Felipe, que se casó con una conocida actriz, de la que tiene tres hijos: tu Sofía, Eustaquio y Josefina.
—¿Y viven todos juntos en…, cómo se llama?, ¿Three Gables?
—Sí. La casa de Rogerio Leónides y su esposa fue bombardeada al principio de la guerra. Felipe y su familia han vivido allí desde mil novecientos treinta y siete. Y hay también una tía mayor, la señorita de Haviland, hermana de la difunta señora Leónides. Al parecer, siempre ha odiado a su cuñado, pero cuando murió su hermana, consideró su deber aceptar la invitación del viudo de ir a vivir con él y criar a los niños.
—Tiene un alto sentido del deber —dijo el inspector Taverner—. Pero no es de las personas que cambian de opinión respecto a los demás. Nunca le ha gustado Leónides y siempre ha desaprobado sus métodos.
—Bien —dije—. Parece una familia bastante numerosa. ¿Quién cree usted que le ha matado?
—Es muy pronto para decirlo —dijo—. Muy pronto.
—Vamos, Taverner —dije—. Apuesto algo a que cree usted saber quién lo hizo. No estamos ante el tribunal, hombre.
—No —dijo Taverner, sombrío—. Y puede que nunca lo estemos.
—¿Quiere usted decir que puede que no haya sido asesinado?
Taverner sacudió la cabeza.
—No, eso no; fue asesinado, eso es seguro. Le envenenaron. Pero ya saben ustedes lo que pasa con estos casos de envenenamiento, que es muy difícil encontrar pruebas. Muy difícil. Puede ocurrir que todo señale en una dirección…
—Ahí es donde quiero yo ir a parar. Lo tiene usted todo en su cabeza, ¿no es así?
—En este caso hay un asesino muy probable. Parece clarísimo; la construcción es perfecta. Pero no sé, no sé. Es más difícil de lo que parece.
Miré al viejo con expresión suplicante y él dijo lentamente:
—Como sabes, Carlos, en los casos de asesinato la solución obvia suele ser la acertada. El viejo Leónides se volvió a casar, hace diez años.
—¿A los setenta y siete?
—Sí, y con una joven de veinticuatro.
Lancé un silbido.
—¿Qué clase de mujer?
—Una joven que trabajaba en un salón de té. Una chica muy respetable y guapa, de una belleza anémica y apática.
—¿Y es ella la probable asesina?
—Usted verá, señor —dijo Taverner—. Tiene sólo treinta y cuatro años ahora, y ésa es una edad peligrosa. Le gusta la buena vida. Y hay un joven en la casa, preceptor de los nietos. No ha hecho la guerra, tiene malo el corazón, o algo así. Los dos son uña y carne.
Le miré pensativo. Realmente, la situación resultaba muy conocida, y la segunda señora Leónides, según había recalcado mi padre, era muy respetable. Muchos crímenes se han cometido en nombre de la respetabilidad.
—¿Con qué fue? —pregunté—. ¿Con arsénico?
—No. No tenemos todavía el resultado del análisis, pero… el médico opina que se trata de eserina.
—No es un veneno muy corriente, ¿verdad? Será fácil localizar al comprador.
—En este caso, no. El veneno estaba en una medicina del muerto: gotas para los ojos.
—Leónides padecía de diabetes —dijo mi padre—. Le ponían con regularidad inyecciones de insulina. La insulina se sirve en pequeñas botellas con una tapa de goma. Con una aguja hipodérmica se atraviesa la tapa de goma y se extrae el líquido.
Adiviné lo que venía después.
—Y en la botella no había insulina, sino eserina, ¿no es eso?
—Exactamente.
—¿Y quién le puso la inyección? —pregunté.
—Su mujer.
Comprendí entonces lo que Sofía quería decir con aquello de «si el asesino es quien debe de ser».
Pregunté:
—¿Se lleva bien la familia con la segunda mujer?
—No. Tengo la impresión de que apenas se hablan.
Todo parecía ir aclarándose cada vez más. Sin embargo, era evidente que el inspector Taverner no estaba satisfecho.
—¿Qué no le gusta de todo esto? —le pregunté.
—De ser ella, Carlos, le hubiera sido tan fácil sustituir después la botella por una de insulina… Realmente, si es la culpable, no puedo explicarme por qué diablos no lo hizo así.
—Sí, parece lo indicado. ¿Hay mucha insulina en la casa?
—¡Ah, sí, botellas vacías y llenas! Y si hubiese hecho lo que digo, habría una probabilidad entre diez de que el médico lo hubiera notado. Se sabe muy poco sobre los efectos del envenenamiento por eserina apreciables en la autopsia. Pero tal como hicieron las cosas, el médico examinó la insulina, por si la concentración no fuera la debida, o algo por el estilo, y claro, pronto se dio cuenta de que no era insulina.
—Así que una de dos —dije pensativo— o la señora Leónides fue muy estúpida o muy hábil.
—¿Qué quiere usted decir…?
—Que puede contar con que usted saque la consecuencia de que nadie podría ser tan estúpido. ¿Es ésa la única alternativa? ¿No hay otros sospechosos?
El viejo dijo quedamente:
—Prácticamente todos en la casa pueden haberlo hecho. Había siempre gran cantidad de insulina, por lo menos la necesaria para quince días. Pudo sustituirse el contenido de uno de los frascos, dejándolo de nuevo en su sitio con la seguridad de que, más tarde o más temprano, se haría uso del veneno.
—¿Y los frascos estaban al alcance de todos?
—No, estaban cerrados con llave. Los guardaban en un estante del armario de las medicinas del cuarto de baño de Leónides. Todos en la casa entraban y salían a su antojo.
—¿Hay alguien que tuviera un motivo de peso?
Mi padre suspiró:
—Querido Carlos, Arístides Leónides era inmensamente rico. Había dado parte de su dinero a la familia, es cierto, pero puede que alguien quisiera más.
—Pero la actual viuda sería la persona que más necesitara dinero. ¿Tiene dinero el joven preceptor?
—No. Es pobre como las ratas.
Algo acudió a mi cerebro. Recordé la cita de Sofía y de pronto, toda la estrofa de la canción infantil:
Érase un hombre torcido
que anduvo una milla torcida.
Encontró seis peniques torcidos
junto a un portillo torcido.
Tenía un gato torcido
que cogió un ratón torcido,
y todos vivieron juntos
en una casita torcida.
Le dije a Taverner:
—¿Qué impresión tiene usted de la señora Leónides? ¿Qué opina usted de ella?
Taverner replicó muy lentamente:
—Es difícil de decir. Muy difícil. No es una persona fácil de comprender. Es muy callada, de modo que nunca se sabe lo que está pensando. Pero le gusta darse buena vida; juraría que no me equivoco en esto. Me recuerda a un gato, a un gato grande, ronroneante y perezoso… No es que yo tenga nada en contra de los gatos. No me disgustan…
Suspiró.
—Lo que necesitamos —dijo— son pruebas.
Sí, pensé yo, todos necesitamos pruebas de que la señora Leónides había envenenado a su esposo. Sofía las necesitaba, yo las necesitaba y el inspector Taverner las necesitaba.
Entonces reinaría la paz en nuestros corazones.
Pero Sofía no estaba segura, yo no estaba seguro y me pareció que el inspector Taverner tampoco estaba seguro.