La casa torcida
CAPÍTULO CUATRO
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CAPÍTULO CUATRO
Al día siguiente me dirigí a Three Gables en compañía de Taverner. Mi posición era muy particular. Lo menos que podía decirse de ella era que no tenía nada de convencional. Pero el viejo nunca había sido muy amigo de convencionalismos.
Yo gozaba de cierta reputación por haber trabajado con la Sección Especial de Scotland Yard en los primeros tiempos de la guerra.
Claro que el asunto que nos ocupaba era completamente distinto, pero mis anteriores actuaciones me habían procurado, por decirlo así, cierto renombre oficial.
—Si queremos tener alguna probabilidad de resolver este caso —dijo mi padre—, tenemos que conseguir que cante alguien en la casa. Tenemos que saber todo lo que se refiere a la familia. Tenemos que conocerles desde dentro, no desde fuera. Tú eres la persona indicada para conseguir esto.
No me gustó la idea. Tiré la colilla de mi cigarrillo en el hogar de la chimenea y dije:
—Que me convierta en un espía de la policía, ¿no es eso? Tengo que sonsacar a Sofía, la chica a quien quiero y que también me quiere y confía en mí, o al menos eso creo.
El viejo se irritó y dijo en tono cortante:
—Por el amor de Dios, no lo consideres desde el punto de vista tópico. Primero, tú no crees que tu chica haya asesinado a su abuelo, ¿verdad?
—Claro que no. Ésa es una idea completamente absurda.
—Muy bien. Tampoco lo creemos nosotros. Ha estado fuera durante varios años y siempre se ha llevado perfectamente con él. Tenía una renta muy saneada y creo que a él, por su parte, le hubiese encantado saberla en relaciones formales contigo y probablemente le hubiera dado una bonita dote. No sospechamos de ella. ¿Por qué habíamos de sospechar? Pero hay una cosa de la que puedes estar bien seguro; si este asunto no se aclara, la chica no se casará contigo. Por lo que me has dicho, estoy seguro de ello. Y fíjate en lo que te digo: éste es uno de los crímenes que quizá no se aclaren nunca. Podemos estar bastante convencidos de que la mujer y el chico se pusieron de acuerdo para cometer el crimen, pero probarlo es otra cosa. Por el momento, ni siquiera podemos presentar el caso al juez de Instrucción. Y a menos que consigamos pruebas concluyentes contra ella, siempre quedará la maldita duda. Comprendes, ¿verdad?
Sí, lo comprendí.
Entonces dijo el viejo con calma:
—¿Por qué no decírselo a ella?
—¿Quieres decir pedirle a Sofía que…? —me interrumpí.
El viejo asintió con enérgicos movimientos de cabeza.
—Claro, claro. No pretendo que te cueles en la casa sin decirle a la chica lo que te traes entre manos. Entérate de lo que dice ella de todo esto.
Y por eso al día siguiente me dirigí en coche a Swinly Dean, en compañía del inspector Taverner y del sargento Lamb.
Poco después de pasar el campo de golf cruzamos la verja que rodeaba a Three Gables, por donde me imagino habría antes de la guerra una monumental puerta de hierro. El patriotismo o la requisa despiadada la habían arrancado de allí. Subimos una larga avenida en curva, flanqueada de rododendros y salimos a una gran extensión de grava situada frente a la casa.
¡Parecía increíble! Me pregunté por qué le llamarían «Tres buhardillas». Once buhardillas hubiera sido un título más adecuado. Lo más curioso era que daba la impresión de ser una tergiversación, y me pareció comprender el motivo. Era, en realidad, como una casita de campo, una casita que hubiera crecido desproporcionadamente, y vista a través de una lente que ampliara la imagen de un modo gigantesco. Las vigas inclinadas, los tejados abuhardillados… eran exactamente la casita torcida del cuento, que había crecido como un hongo durante la noche.
Sin embargo, comprendí la idea. Era la idea que tenía un hostelero griego de lo inglés. ¡El hogar de un inglés, en el tamaño de un castillo! Me pregunté qué habría pensado de la casa la primera señora Leónides. Supuse que no habría sido consultada ni le habrían enseñado los planos, sino que seguramente su exótico esposo se la habría ofrecido como una sorpresita. Y ella, ¿habría sentido un escalofrío de horror, o habría sonreído?
Al parecer, su vida allí había sido muy feliz.
—Abruma un poco, ¿verdad? —preguntó el inspector Taverner—. El viejo Leónides fue añadiendo edificaciones a la construcción original, haciendo, por decirlo así, tres casas separadas, con cocinas y todo lo demás. Por dentro está estupendo, equipado como un hotel de lujo.
Sofía salió por la puerta principal. Iba sin sombrero y llevaba una blusa verde y una falda de tweed.
Se paró en seco al verme.
—¿Tú? —exclamó.
—Sofía —dije—. Tengo que hablarte. ¿Dónde podemos ir?
Creí por un momento que iba a hacer alguna objeción, pero cambió de idea y dijo:
—Por aquí.
Bajamos a través del césped. La perspectiva que se divisaba desde allí era hermosa: en primer término el campo de golf número 1 de Swinly Dean, detrás de un altozano cubierto de pinos y, al fondo, ya confuso y nebuloso, el paisaje campesino.
Sofía me condujo a un jardín con rocas artificiales, un poco descuidado, donde había un banco rústico de madera muy incómodo, en el que nos sentamos.
—Bueno, di —murmuró.
Su voz era alentadora.
Dije todo lo que tenía que decir, sin ocultar nada.
Me escuchó con mucha atención. Su rostro no dejaba ver cuáles eran sus pensamientos, pero cuando puse punto final a mi relato, suspiró profundamente.
—Es muy inteligente tu padre —exclamó.
—El viejo tiene puntos de vista propios. A mí, personalmente, me parece una idea descabellada, pero…
Me interrumpió.
—No, no; la idea no tiene nada de descabellada. Es lo único que puede ayudarnos. Tu padre, Carlos, sabe exactamente lo que me preocupa. Lo sabe bastante mejor que tú.
Con vehemencia súbita y casi desesperada, apretó con fuerza sus manos crispadas.
—Tengo que conocer la verdad. Tengo que saber.
—¿Por nosotros? ¡Pero… mi vida…!
—No solamente por nosotros, Carlos. Tengo que saber por mi propia tranquilidad. ¿Sabes, Carlos?, anoche no te lo dije, pero la verdad es que tengo miedo.
—¿Miedo?
—¡Sí, miedo, miedo, miedo! La policía, tu padre, tú, todo el mundo cree que fue Brenda.
—Las probabilidades…
—Sí, sí, es probable, es posible. Pero cuando me digo «lo probable es que haya sido Brenda», me doy cuenta de que quiero engañarme a mí misma, porque en el fondo no lo creo.
—¿No lo crees? —pregunté lentamente.
—No lo sé. Lo has sabido todo desde fuera, como yo quería. Ahora te lo mostraré desde dentro. Sencillamente, no me parece que Brenda sea una persona así, no la creo capaz de hacer nada que pueda acarrearle algún peligro. Cuida demasiado de su persona.
—¿Y qué hay de ese joven, Laurencio Brown?
—Laurencio es un pusilánime. No tendría agallas para hacerlo.
—No se sabe.
—Es cierto. Nunca se sabe. Quiero decir que la gente a veces le sorprende a uno de un modo horrible. Se forma uno una idea de las personas y, algunas veces, esta idea es completamente equivocada. No siempre, mas sí algunas veces. Pero de todos modos, Brenda —negó con la cabeza— siempre ha estado tan dentro de su papel… Es lo que yo llamo una mujer de harén. Le gusta tumbarse, comer dulces, tener joyas y vestidos bonitos, leer novelas baratas e ir al cine. Y aunque parezca extraño, si se piensa que el abuelo tenía ochenta y siete años, creo que la tenía impresionada. Mi abuelo ejercía como un dominio sobre las personas, ¿sabes? Creo que era capaz de hacer que una mujer se sintiera como… una reina, la favorita del sultán. Siempre he creído que hacía a Brenda sentirse una mujer romántica y excitante. Siempre había sabido cómo tratar a las mujeres, durante toda su vida, y eso es una especie de arte, una práctica que no se pierde, por muy viejo que se sea.
Dejé por un momento el problema de Brenda y volví a una frase de Sofía que me había desasosegado.
—¿Por qué has dicho que tenías miedo? —pregunté.
Sofía se estremeció ligeramente y se oprimió las manos, una contra otra.
—Porque es cierto —dijo en voz baja—. Es muy importante, Carlos, que comprendas esto. Somos una familia muy extraña… Hay en nosotros crueldad… crueldad de diferentes clases. Esto es lo que más me atormenta: las diversas clases.
Debió de ver, por mi expresión, que no había comprendido, porque siguió con vivacidad:
—Trataré de expresar claramente lo que quiero decir. Mi abuelo, por ejemplo. Una vez que nos estaba contando cosas de cuando era muchacho, en Esmirna, mencionó, sin darle importancia, que había apuñalado a dos hombres. Había habido por medio una pelea, un insulto imperdonable… no sé, pero la cosa había ocurrido con toda naturalidad. Él había olvidado el asunto casi por completo. Pero resultó tan extraño oírlo así, inesperadamente, en Inglaterra…
Hice un signo de comprensión.
—Ésa es una de las clases de crueldad —continuó Sofía—. Ahora vamos con mi abuela. Apenas la recuerdo, pero he oído hablar mucho de ella. Creo que debe de haber tenido la crueldad que resulta de carecer por completo de imaginación. Sus antepasados eran apasionados en la caza del zorro, generales a la antigua, llenos de rectitud y arrogancia, pero que no sentían el menor escrúpulo en decidir sobre la vida y la muerte.
—¿No queda muy atrás todo eso?
—Sí, claro, pero es un tipo de hombre que siempre me ha asustado. Muy rectos, pero crueles. Y luego tenemos a mi madre. Es actriz, es encantadora, pero no tiene el menor sentido de la proporción. Es una de esas egoístas inconscientes, incapaces de mirar las cosas como no sea relacionándolas consigo misma. Y esto, a veces, puede resultar terrible. Y luego Clemencia, la mujer de tío Rogerio. Es una mujer de ciencia, trabaja en no sé qué investigación muy importante; también es cruel, de un modo frío e impersonal. Tío Rogerio es todo lo contrario, es el hombre más bueno y encantador del mundo, pero tiene un genio temible. Cuando le hierve la sangre no sabe lo que hace. Y mi padre…
Hizo una larga pausa.
—Mi padre —continuó lentamente— se contiene demasiado. Nunca se sabe lo que piensa. Nunca demuestra la menor emoción. Probablemente, es una especie de autodefensa inconsciente contra las orgías emocionales de mi madre, pero algunas veces… me preocupa algo.
—Hijita mía —dije—, te estás torturando sin necesidad. Va a resultar que todos son capaces de cometer un asesinato.
—Eso creo, hasta yo.
—¡También tú!
—No, Carlos, no puedes hacer de mí una excepción. Me figuro que podría matar a alguien. Pero de hacerlo, tendría que ser por algo que valiera realmente la pena.
Me eché a reír, sin poderlo evitar. Sofía sonrió.
—Puede que sea una tonta —dijo—, pero tenemos que descubrir la verdad acerca de la muerte de mi abuelo. Tenemos que hacerlo. Si hubiera sido Brenda…
De pronto sentí lástima por Brenda Leónides.