La casa torcida
CAPITULO SEIS
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CAPITULO SEIS
La puerta principal estaba abierta. La cruzamos y nos encontramos en un vestíbulo extraordinariamente amplio. Los muebles eran sobrios, de roble oscuro, bien pulimentado y con relucientes clavos de bronce. Al fondo, donde debía aparecer la escalera, había un panel blanco y en él una puerta.
—La parte de la casa de mi cuñado —dijo la señorita de Haviland—. El piso bajo es de Felipe y Magda.
Cruzando una puerta a la izquierda, pasamos a un gran salón cuyas paredes tenían papeles de color azul pálido. Los muebles estaban tapizados de pesado brocado y en las mesas y en las paredes había colgadas fotografías y cuadros de actores y bailarines y bocetos y escenas de teatro. Sobre la chimenea colgaba un grupo de bailarinas de «ballet» de Degas. Había muchas flores, enormes crisantemos color castaño y grandes jarrones con claveles.
—Querrá usted ver a Felipe, ¿verdad? —preguntó la señorita de Haviland.
¿Quería ver a Felipe? No tenía la menor idea. Todo lo que yo pretendía era ver a Sofía y ya lo había hecho. Había apoyado con entusiasmo el plan del viejo, pero ahora había desaparecido de la escena; seguramente andaría telefoneando a la pescadería, sin haberme indicado cómo debía proceder. ¿Debería presentarme ante Felipe Leónides como un hombre que ansiaba casarse con su hija, como un conocido que se presentaba de improviso, ¡y en qué momento!, o como un aliado de la policía?
La señorita de Haviland no me dio tiempo de meditar su pregunta. En realidad, no era una pregunta, sino más bien una afirmación categórica. Me pareció que la señorita de Haviland era más aficionada a hacer afirmaciones categóricas que a interrogar.
—Vamos a la biblioteca —dijo.
Salimos del salón y me condujo a lo largo de un pasillo a través de otra puerta.
Era un gabinete grande lleno de libros. No había libros únicamente en las estanterías, que llegaban al techo, sino en las sillas, en las mesas y hasta por el suelo. Y sin embargo, no daban sensación de desorden.
El cuarto estaba frío. Eché de menos algún olor que había esperado sentir. Olía a la humedad de los libros viejos y un poco a cera. Segundos más tarde caí en la cuenta de cuál era el olor que había echado en falta. Era el olor del tabaco. Felipe Leónides no era fumador.
Estaba sentado detrás de su mesa y cuando entramos se levantó. Era un hombre alto, de unos cincuenta años y extraordinariamente guapo. Todo el mundo había insistido tanto en la fealdad de Arístides Leónides, que había esperado que su hijo fuera feo también. No estaba preparado para encontrarme con aquella perfección de facciones: la nariz recta, la impecable línea de la mandíbula, el pelo rubio, que empezaba a encanecer, peinado hacia atrás, dejando al descubierto la frente bien formada.
—Éste es Carlos Hayward, Felipe —dijo Edith de Haviland.
—¡Ah! ¿Cómo está usted?
No podía decir si había oído o no hablar de mí. La mano que me tendió estaba fría. Su rostro no mostraba la menor curiosidad. Permaneció tranquilo y desinteresado y yo me sentí nervioso.
—¿Dónde están esos horribles policías? —preguntó la señorita de Haviland—. ¿Han estado aquí?
—Creo que el inspector jefe… —Echó una mirada a una tarjeta que tenía sobre la mesa— Taverner vendrá pronto a hablar conmigo.
—¿Dónde está ahora?
—No tengo idea, tía Edith. Supongo que arriba.
—¿Con Brenda?
—No lo sé.
Viendo a Felipe Leónides parecía completamente imposible que se hubiera cometido un asesinato cerca de él.
—¿Se ha levantado Magda?
—No sé. No suele levantarse antes de las once.
—Eso es muy propio de ella —dijo incisiva Edith.
Lo que me pareció muy de la señora de Felipe Leónides fue una voz que, hablando alto y muy rápidamente se acercaba muy de prisa a nosotros. La puerta detrás de mí se abrió bruscamente y una mujer entró en la habitación. No sé cómo se las arregló para dar la impresión de que, en lugar de una, eran tres las mujeres que habían entrado.
Fumaba un cigarrillo sujeto a una boquilla larga y llevaba una negligé de raso color melocotón, cuyo borde levantaba con una mano. Por la espalda le caía una cascada de pelo dorado rojizo. Su rostro tenía el aspecto de desnudez casi escandalosa que tienen hoy en día las mujeres sin maquillaje. Sus ojos eran azules y enormes y hablaba muy rápidamente, con voz clara y atractiva y una pronunciación muy clara.
—Querido, no puedo soportarlo, es que no puedo más. Piensa en la publicidad. Todavía no está en los periódicos, pero vendrá, naturalmente. Y es que no acabo de decidirme sobre lo que voy a ponerme para la sumaría. ¿Algo muy discreto? Pero negro no, yo diría que morado oscuro… Y no me queda ni un solo cupón para comprar la tela. He perdido la dirección de aquel hombre horrible que me la vendía… Ya sabes, es un garaje cerca de la avenida Shaftesbury. Y si fuera allá en el coche, la policía me seguiría y podrían hacerme toda clase de preguntas embarazosas, ¿verdad? Porque, ¿qué puede uno decirles? ¡Pero qué tranquilo eres, Felipe! ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? ¿No te das cuenta de que ahora podemos dejar esta horrible casa? ¡Libres, libres! ¡Oh, qué mala soy, el pobre viejecito! Claro que en vida nunca lo hubiéramos dejado. ¿Verdad que nos quería con locura?, y eso a pesar de las dificultades que trató de crear entre nosotros la mujer de arriba. Estoy completamente segura de que si nos hubiéramos marchado, dejándoselo a ella, nos hubiera dejado sin un céntimo. Es una criatura horrible. Después de todo, nuestro pobre viejecito tenía casi noventa años y todos los lazos familiares del mundo no hubieran podido nada contra una mujer como ésa, aquí junto a él. ¿Sabes, Felipe? Creo que ésta sería una oportunidad magnífica de poner en escena la obra de Edith Thompson. Este asesinato nos daría mucha publicidad por anticipado. Bildenstein me dijo que podría conseguir el teatro Thespian; esa obra tan aburrida, en verso, sobre mineros, va a ser retirada en cualquier momento; y es un papel maravilloso. Ya sé que dicen que debo hacer siempre comedia, por la forma de mi nariz, pero yo te digo que se puede sacar mucha comedia de Edith Thompson; la comedia aumenta el «suspense». Ya sé exactamente cómo lo haría… vulgar, tonta, fingiendo hasta el último momento, y entonces…
Extendió un brazo y el cigarrillo se cayó sobre la mesa de caoba de Felipe y empezó a quemar la madera. Felipe, impasible, lo cogió y lo tiró al cesto de los papeles.
—Y entonces —susurró Magda Leónides, abriendo súbitamente los ojos y el rostro rígido— terror…
La rigidez del miedo permaneció en su rostro durante unos veinte segundos, luego pareció relajarse, encogerse, y parecía una niña aturdida por completo, a punto de echarse a llorar.
De pronto, como si pasaran una esponja por su rostro, desapareció de él toda emoción y, volviéndose hacia mí, me preguntó en tono práctico:
—¿No cree usted que éste es el modo como debe interpretarse a Edith Thompson?
Le dije que, en efecto, era así exactamente como debía interpretarse a Edith Thompson. En aquel momento recordaba sólo vagamente quién era Edith Thompson, pero tenía mucho interés en empezar bien con la madre de Sofía.
—Parecida a Brenda, ¿verdad? —dijo Magda—. Nunca había pensado en eso. Es muy interesante. ¿Deberé hacérselo notar al inspector?
El hombre sentado detrás del escritorio frunció ligeramente el entrecejo.
—Verdaderamente, Magda, no es necesario que lo veas —dijo—. Yo le diré todo lo que quiera saber.
—¿Que no lo vea? —dijo ella, alzando la voz—. Naturalmente que debo verle. ¡Querido Felipe, tienes tan poca imaginación! No te das cuenta de la importancia de los detalles. Querrá saber con exactitud cómo y cuándo ocurrió todo, y las pequeñas cosas que hemos notado y nos han llamado la atención…
—Mamá —dijo Sofía, entrando en la habitación—, no le contarás al inspector un montón de mentiras…
—Sofía, corazón.
—Ya sé, mamaíta, que lo tienes todo preparado y que estás dispuesta a interpretar una escena maravillosa. Pero estás equivocada, completamente equivocada…
—¡Tonterías! Tú qué sabes…
—Sí lo sé. Tienes que interpretarla de un modo completamente distinto, mamaíta. Discreta, diciendo muy pocas cosas, reservándote toda información, en guardia para proteger a la familia.
El rostro de Magda Leónides mostró la ingenua perplejidad de una niña.
—Pero, hijita, ¿tú crees sinceramente que…?
—Sí. Hay que cambiar por completo la escena.
Al tiempo que una sonrisita complacida asomaba al rostro de su madre, dijo Sofía:
—Te he hecho un poco de chocolate. Lo he dejado en el salón.
—¡Ah, muy bien! ¡Estoy desfallecida!
Se detuvo en la puerta.
—¡No sabe usted —dijo, y sus palabras podían dirigirse lo mismo a mí que a la estantería detrás de mi cabeza— lo maravilloso que es tener una hija!
Y de este modo tan teatral salió de la habitación.
—Dios sabe lo que dirá a la policía —dijo la señorita de Haviland.
—No te preocupes —dijo Sofía—. Interpretará la escena como le diga el director. Yo soy el director.
Salió detrás de su madre, pero giró sobre sus talones para decir:
—Papá, está aquí el inspector jefe Taverner, que quiere verte. No te importa que Carlos se quede, ¿verdad?
Me pareció que en el rostro de Felipe Leónides asomaba una ligera expresión de asombro. Y no era para menos. Pero su natural falta de curiosidad me resultó muy ventajosa.
—No, claro que no —dijo vagamente.
El inspector jefe Taverner entró en la habitación. Su aspecto inspiraba confianza y sus ademanes rápidos y eficientes produjeron un efecto sedante.
«Tan sólo una pequeña molestia —parecía decir— y nos marcharemos para siempre y nadie se alegrará más de ello que nosotros. No tenemos el menor deseo de andar rondando por aquí, se lo aseguro a ustedes…».
No sé cómo se las arregló para dar esa impresión, sin decir una palabra, simplemente acercando una silla al escritorio, pero surtió el efecto apetecido. Me senté un poco aparte, discretamente.
—Usted dirá, inspector —dijo Felipe.
La señorita de Haviland dijo bruscamente:
—¿Me necesita, inspector?
—Por el momento no, señorita de Haviland. Después si pudiera hablar unas palabras con usted…
—Naturalmente. Estaré arriba.
Salió cerrando la puerta tras de sí.
—Usted dirá, inspector —repitió Felipe.
—Ya sé que tiene usted muchas ocupaciones y no le molestaré mucho rato. Pero puedo decirle confidencialmente que nuestras sospechas se han confirmado. Su padre no ha muerto de muerte natural. Su muerte fue el resultado de una dosis excesiva de fisostigmina, más conocida como eserina.
Felipe hizo una inclinación de cabeza, sin demostrar ninguna emoción especial.
—¿No le sugiere nada esto? —continuó el inspector Taverner.
—¿Qué quiere que me sugiera? Mi opinión personal es que mi padre debe de haber tomado el veneno por equivocación.
—¿Lo cree usted, realmente, señor Leónides?
—Sí, me parece muy posible. Andaba muy cerca de los noventa años, recuérdelo, inspector, y su vista era ya muy defectuosa.
—De modo que vació el contenido del frasco de sus gotas para los ojos en la botella de insulina… ¿De verdad le parece posible la idea, señor Leónides?
Felipe no contestó. Su rostro estaba más desprovisto que nunca de expresión.
Taverner continuó:
—Hemos encontrado el frasco de la medicina de los ojos, vacío, en el cubo de la basura. No hay huellas dactilares. Eso en sí ya es extraño. Normalmente debía de haber habido huellas; las de su padre de seguro, y probablemente las de su esposa, o las del criado…
Felipe Leónides levantó la vista.
—¿Y el criado? —dijo—. ¿Qué hay de Johnson?
—¿Insinúa usted que Johnson pudo ser el criminal? Desde luego, tuvo oportunidad. En cambio, si se piensa en el motivo ya es otra cosa. Su padre tenía la costumbre de darle una gratificación todos los años, y cada año aumentaba la cantidad. Su padre se expresó con toda claridad que esto era en lugar de cualquier cantidad que hubiera de dejarle en su testamento. Después de siete años de servicio, la gratificación había alcanzado una suma considerable y todavía seguía subiendo. Es evidente que a Johnson le interesaba que su padre viviera aún muchos años. Además, estaban en excelentes relaciones y su hoja de servicios es impecable. Es un criado sumamente activo y muy fiel. —Hizo una pausa—. No sospechamos ni lo más mínimo de Johnson.
Felipe contestó con voz desprovista de entonación:
—Comprendo.
—Y ahora, señor Leónides, ¿quiere usted hacerme una relación detallada de sus movimientos el día de la muerte de su padre?
—Desde luego, inspector. Estuve aquí, en esta habitación, durante todo el día, con excepción de las comidas, naturalmente.
—¿Vio usted a su padre?
—Le di los buenos días después del desayuno, según era mi costumbre.
—¿Estuvo usted solo con él entonces?
—Mi… madrastra estaba en la habitación.
—¿Era normal su aspecto?
Con cierto matiz irónico, Felipe contestó:
—No demostró tener conocimiento por anticipado de que iba a ser asesinado aquel día.
—¿Está completamente separada de ésta la parte de la casa reservada a su padre?
—Sí, el único acceso entre ésta y aquélla es la puerta del vestíbulo.
—¿Suele estar cerrada esa puerta?
—No.
—¿Nunca?
—No sé que se haya cerrado nunca.
—¿Cualquier persona podía ir libremente de aquella parte de la casa a ésta?
—Por supuesto. La separación es puramente doméstica.
—¿Cómo se enteró de la muerte de su padre?
—Mi hermano Rogerio, que ocupa el ala izquierda del piso de arriba, bajó corriendo a decir que a mi padre le había dado un ataque de repente. Respiraba con dificultad y parecía muy enfermo.
—¿Qué hizo usted?
—Telefoneé al médico, lo que a nadie se le había ocurrido, al parecer. El doctor no estaba en casa, pero le dejé recado de que viniera lo antes posible. Entonces subí.
—¿Y luego?
—Era evidente que mi padre estaba muy enfermo. Murió antes de que llegara el médico.
La voz de Felipe no revelaba la menor emoción. Se limitó a hacer constar el hecho.
—¿Dónde estaba el resto de su familia?
—Mi esposa estaba en Londres. Volvió poco después. Creo que Sofía estaba fuera también. Los dos pequeños, Eustaquio y Josefina, estaban en casa.
—Espero que no me interprete mal, señor Leónides, si le pido que diga exactamente cómo afecta a su posición económica la muerte de su padre.
—Comprendo perfectamente que quiera usted conocer todos los hechos. Hace muchos años que mi padre nos emancipó económicamente. A mi hermano le hizo presidente y principal accionista de Abastecimientos Reunidos, su empresa más importante, y puso su dirección enteramente en sus manos. A mí me transfirió lo que consideró una suma equivalente, creo que fueron ciento cincuenta mil libras en valores y obligaciones, de tal modo que pudiera hacer uso del capital si lo deseaba. También les asignó cantidades muy generosas a mis dos hermanas, que han muerto hace algún tiempo.
—Pero se reservó seguramente a sí mismo una buena fortuna…
—No, realmente sólo había retenido para sí una renta relativamente modesta. Dijo que eso le haría tener interés en la vida. Desde entonces… —Por primera vez, una pálida sonrisa surcó los labios de Felipe—, como consecuencia de varias operaciones llegó a ser todavía más rico de lo que había sido antes.
—Usted y su hermano han venido a vivir aquí. ¿No fue eso resultado de… dificultades económicas?
—En absoluto. Fue sólo cuestión de conveniencia. Mi padre nos había dicho siempre que seríamos bien recibidos si queríamos vivir con él. Por varias razones de orden familiar, esto me resultó conveniente. Además —añadió Felipe, meditativo—, yo quería muchísimo a mi padre. Vine aquí con mi familia en 1937. No pago alquiler, pero sí una parte proporcional de los impuestos.
—¿Y su hermano?
—Mi hermano vino aquí cuando su casa de Londres fue bombardeada en 1943.
—Y ahora, señor Leónides, ¿tiene usted alguna idea de cuáles son las disposiciones testamentarias de su padre?
—Una idea clarísima. Modificó su testamento en 1946. Mi padre no era hombre reservado. Tenía muy arraigado el sentimiento familiar. Nos reunió a todos en cónclave, y su abogado, que también estaba presente, nos explicó, a petición suya, los términos del testamento. Supongo que los conoce usted. Sin duda, el señor Gaitskill le habrá informado. En términos generales, le dejaba a mi madrastra cien mil libras, libres de derechos, además de la dote, muy generosa, que le había asignado al casarse. El resto del capital se dividía en tres partes, una para mí, otra para mi hermano y la tercera, en depósito, para los tres nietos. El capital es grande, pero los derechos reales, naturalmente, serán muy elevados.
—¿Algunos legados a los criados o a obras de beneficencia?
—Ningún legado. Los salarios pagados a los criados eran aumentados cada año si continuaban a su servicio.
—Perdone mi pregunta, señor Leónides, ¿no está usted necesitado de dinero?
—Los impuestos sobre la renta, como usted sabe, inspector, son muy elevados, pero mi renta cubre ampliamente mis necesidades y las de mi esposa. Además, mi padre nos hacía con frecuencia regalos muy generosos y, de surgir algún aprieto, nos hubiera ayudado inmediatamente.
Felipe añadió con voz fría y clara:
—Le aseguro, inspector, que no había razones económicas que me hicieran desear en modo alguno la muerte de mi padre.
—Sentiría mucho, señor Leónides, que creyera usted que estoy insinuando algo por el estilo. Pero tenemos que llegar a todos los hechos. Y ahora, lo siento, pero tengo que hacerle algunas preguntas muy delicadas. Se trata de las relaciones entre su padre y su esposa. ¿Eran felices?
—Que yo sepa, muy felices.
—¿No había en algunas ocasiones disputas entre ellos?
—No lo creo.
—¿No había… una gran diferencia de edad entre ellos?
—La había.
—Perdone mi pregunta, ¿aprobó usted el segundo matrimonio de su padre?
—No se solicitó mi aprobación.
—Eso no es una contestación, señor Leónides.
—Ya que insiste, le diré que el matrimonio me pareció… poco prudente.
—¿Reconvino usted a su padre por ello?
—Cuando me enteré era un hecho consumado.
—Fue un golpe para usted, ¿no es cierto?
Felipe no contestó.
—¿No hubo nunca resentimiento entre ustedes por este asunto?
—Mi padre tenía libertad absoluta de hacer lo que quisiera.
—¿Han sido amistosas sus relaciones con la señora Leónides?
—Por completo.
—¿Es usted buen amigo suyo?
—Nos vemos muy raramente.
El inspector Taverner cambió el rumbo del interrogatorio.
—¿Puede usted decirme algo del señor Laurencio Brown?
—Siento no poder ayudarle. Lo contrató mi padre.
—Pero fue contratado para dar clase a sus hijos, señor Leónides.
—Cierto. Mi hijo ha padecido parálisis infantil, afortunadamente benigna, y no se consideró conveniente mandarlo a un colegio. Mi padre sugirió que el niño y mi hija menor, Josefina, tuvieran un profesor particular. En aquella época no había mucho donde escoger, ya que el profesor tenía que estar libre del servicio militar. Éste tenía una buena hoja de servicios; a mi padre y a mi tía, que siempre se ha cuidado mucho de los niños, les pareció bien, y yo di mi consentimiento. Debo añadir que no tengo reparo que poner a su sistema de enseñanza; ha sido un maestro recto y eficaz.
—¿Cómo es que sus habitaciones no están aquí, sino en la parte de la casa destinada a su padre?
—Había más sitio allí.
—Siento tener que hacerle esta pregunta, pero ¿ha notado usted alguna vez muestra de intimidad entre Laurencio Brown y su madrastra?
—No he tenido oportunidad de observar nada por el estilo.
—¿Ha oído usted alguna murmuración o comadreo sobre este asunto?
—No escucho murmuraciones ni comadreos, inspector.
—Una actitud digna de encomio —aprobó el inspector Taverner—. ¿De modo que usted no ha visto nada malo, ni oído nada malo, ni tiene nada malo que decir?
—Si quiere usted expresarlo así, inspector…
El inspector Taverner se levantó.
—Bien. Muchas gracias, señor Leónides.
Le seguí discretamente fuera de la habitación.
—¡Puf! —exclamó Taverner—. ¡Qué tipo más frío!