La casa torcida

La casa torcida


CAPÍTULO SIETE

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CAPÍTULO SIETE

—Y ahora —siguió Taverner— vamos a cambiar unas palabras con la esposa de Felipe Leónides. Su nombre en las tablas es Magda West.

—¿Es buena actriz? —pregunté—. Conozco el nombre y creo que la he visto en varias obras, pero no puedo recordar cuándo ni dónde.

—Es una de esas actrices que están muy cerca del éxito, sin llegar a alcanzarlo por completo —dijo Taverner—. En una o dos ocasiones se presentó en el West End haciendo el papel principal y se ha hecho un nombre en el Repertory de Edimburgo. Actúa mucho para los pequeños teatros de intelectuales y los clubs dominicales. Creo que la ha perjudicado mucho el no tener necesidad de ganarse la vida con el teatro. Ha podido permitirse el escoger demasiado, ir adonde le pareciera y de cuando en cuando, patrocinar una obra porque se encaprichaba por un papel… por regla general el papel menos adecuado para ella. El resultado es que se ha quedado un poco en la categoría amateur, en lugar de estar en la profesional. Y le advierto que es buena, sobre todo en comedia, pero a los directores no les gusta mucho; dicen que es demasiado independiente, enredadora, que fomenta peleas a su alrededor y disfruta haciendo un poco de daño. No sé hasta qué punto será esto verdad, pero no es muy popular entre los demás artistas.

Sofía salió del salón y dijo:

—Mi madre está aquí, inspector.

Seguí a Taverner al salón. Por un momento me costó trabajo conocer a la mujer sentada en un sofá.

Llevaba el cabello rubio rojizo en lo alto de la cabeza, al estilo eduardiano, y vestía un traje de chaqueta color gris oscuro, de buen corte, y una blusa plisada de color malva, cerrada en el cuello con un pequeño camafeo. Por primera vez aprecié el encanto de su nariz, deliciosamente respingona. Parecía completamente increíble que fuera la tormentosa criatura del negligé color melocotón.

—¿El inspector Taverner? —inquirió—. Pase y siéntese. ¿Quiere fumar? Éste es un asunto espantoso. No acabo de comprenderlo…

Habló con voz grave y desprovista de emoción; era la voz de una persona decidida a toda costa a mostrar dominio de sí misma.

—Por favor —continuó—, dígame si puedo ayudarle en algo.

—Gracias, señora Leónides. ¿Dónde se encontraba usted en el momento de la tragedia?

—Me figuro que estaría de regreso de Londres, en coche. Había almorzado aquel día en el restaurante Ivy con una amiga. Después fuimos a una exposición de modelos. Tomamos una copa con otros amigos en el Berkeley y me volví a casa. Cuando llegué aquí, la casa estaba trastornada. Al parecer a mi suegro le había dado un ataque de repente. Estaba… muerto.

Su voz tembló sólo un poquito.

—¿Quería usted a su suegro?

—Lo adoraba…

Su voz subió de tono. Sofía enderezó, muy ligeramente, el cuadro del Degas. La voz de Magda volvió a su anterior tono amortiguado.

—Le quería mucho —insistió con voz tranquila—. Todos le queríamos mucho. Era… muy bueno y generoso con nosotros.

—¿Se llevaba usted bien con la señora Leónides?

—No veíamos mucho a Brenda.

—¿Por qué?

—No teníamos mucho en común. ¡La pobre Brenda! La vida debe de haber sido dura con ella algunas veces.

De nuevo alteró Sofía la posición del Degas.

—¿De verdad? ¿En qué sentido?

—¡Ah, no sé! —Magda movió la cabeza con una sonrisa triste.

—¿Era feliz la señora Leónides con su esposo?

—Sí, sí; eso creo.

—¿No había disputas entre ellos?

Otra vez aquel movimiento de cabeza, acompañado de la sonrisita tenue.

—No lo sé realmente, inspector. La parte de la casa que ocupaban está separada de ésta.

—¿No es cierto que ella y el señor Laurencio Brown eran muy buenos amigos?

Magda Leónides se puso rígida. Sus ojos miraron con reproche a Taverner.

—No creo que deba usted preguntarme cosas como ésa —dijo con dignidad—. Brenda es muy amiga de todo el mundo. Es una persona de natural afectuoso.

—¿Le agrada a usted el señor Laurencio Brown?

—Es muy callado. Muy agradable, pero su presencia apenas se nota. No lo he visto mucho, en realidad.

—¿Es buen profesor?

—Creo que sí. Pero no podría decírselo con seguridad. Felipe parece que está muy satisfecho.

Taverner ensayó una táctica por sorpresa.

—Siento hacerle esta pregunta, pero ¿cree usted que había relaciones amorosas entre el señor Brown y la señora Brenda Leónides?

Magda se levantó. Su actitud era muy de grande dame.

—Nunca he visto nada que probara semejante cosa —exclamó—. Realmente, inspector, creo que no debe usted hacerme esas preguntas. Es la esposa de mi suegro.

Sentí deseos de aplaudir.

El inspector se levantó también.

—¿Es más bien una pregunta para hacer a los criados? —insinuó.

Magda no contestó.

—Gracias, señora Leónides —terminó el inspector, y salió de la habitación.

—Lo hiciste maravillosamente, mamá —dijo Sofía a su madre con calor.

Magda, con expresión pensativa, retorció un rizo detrás de su oreja derecha y se miró al espejo.

—Sí —dijo—. Creo que ése era el modo de interpretar la escena.

Sofía me miró.

—¿No es mejor que vayas con el inspector? —preguntó.

—Mira, Sofía, ¿qué quieres que yo…?

Me detuvo. No podía preguntar abiertamente, en presencia de la madre de Sofía, cuál era con exactitud el papel que yo debía representar. Magda Leónides no había demostrado hasta entonces el menor interés por mi presencia; tan sólo se había fijado en mí como espectador de su mutis sobre las hijas. Podía haber sido un periodista, el prometido de su hija, un moscón de la policía, o incluso un empleado de la funeraria; para Magda Leónides, todos iban incluidos bajo el título general de «público».

Mirándose los pies, la señora Leónides dijo con disgusto:

—Estos zapatos no son apropiados. Son frívolos.

Obedeciendo a la imperativa señal que me hizo Sofía con la cabeza, me apresuré a seguir a Taverner. Le alcancé en el vestíbulo exterior, cruzando la puerta en dirección a la escalera.

—Voy arriba, a ver al hermano mayor —explicó.

Le planteé mi problema sin más rodeos.

—Escuche, Taverner. ¿Quién soy yo aquí?

Pareció sorprenderle mi pregunta.

—¿Que quién es usted aquí?

—Sí. ¿Qué estoy haciendo aquí, en esta casa? Si alguien me pregunta, ¿qué contesto?

—¡Ah, comprendo!

Consideró un momento la cuestión. Después sonrió apaciblemente.

—¿Le ha preguntado alguien?

—Pues… no.

—Entonces, ¿por qué no dejarlo así? Sin explicaciones. Ésta es una divisa estupenda. Sobre todo en una casa trastornada como está ésta. Todos están demasiado llenos de temores personales para ponerse a hacer preguntas. Le admitirán a usted con tal de que se muestre seguro de sí mismo. Es un gran error decir cosas cuando no hay necesidad de ello. ¡Hum! Ahora pasamos por esa puerta y subimos la escalera. Nada está cerrado. ¡Ya se habrá dado usted cuenta de que todas estas preguntas que estoy haciendo son una paparrucha! No importa un comino quién estaba en casa y quién no estaba ni dónde estaba cada uno aquel día…

—¿Por qué entonces…?

Taverner continuó:

—Porque eso al menos me da una oportunidad de mirarlos a todos ellos, de calibrarlos, de oír lo que tienen que decir y de esperar que, por casualidad, alguien me haga una indicación útil.

Se quedó silencioso por un momento y luego murmuró:

—Apuesto algo a que Magda Leónides podría decirnos mucho si quisiera.

—¿Y sería digno de crédito lo que dijera? —pregunté.

—¡Ah!, no —saltó Taverner—; no sería digno de crédito. Todo el mundo en esta maldita casa ha tenido medios y oportunidad de hacerlo. Lo que necesito es un motivo.

En lo alto de la escalera una puerta cerraba el acceso al corredor de la derecha. En la puerta había un llamador de bronce, que el inspector Taverner hizo sonar discretamente.

Un hombre, que debía de estar detrás de la puerta, abrió con rapidez sorprendente. Era un gigantón de aspecto torpe, de poderosos hombros, cabellos oscuros y en desorden y un rostro extraordinariamente feo, pero al mismo tiempo muy agradable. Nos miró y después retiró la vista rápidamente, de ese modo furtivo y embarazado que adopta con frecuencia la gente tímida pero decente.

—Pasen —dijo—. Sí, pasen. Me marchaba… pero no importa. Pasen al cuarto de estar. Llamaré a Clemencia. ¡Ah, estás aquí, querida! Es el inspector Taverner. ¿Hay cigarrillos? Esperen un segundo, por favor.

Chocó contra un biombo; le dijo en su atolondramiento: «Usted perdone», y salió de la habitación.

Fue como si hubiese salido un abejorro y dejase tras de sí un silencio perceptible.

La esposa de Rogerio Leónides estaba en pie junto a la ventana. Su personalidad y la atmósfera de la habitación en que nos hallábamos despertaron inmediatamente mi interés.

Sin ningún género de duda, aquélla era su habitación.

Estaba completamente seguro.

Las paredes estaban pintadas de blanco, de blanco auténtico, no de color marfil o crema pálido, que es lo que se entiende generalmente por blanco en decoración de interiores. No había cuadros en ellas excepto uno sobre la chimenea, una fantasía geométrica en triángulos color gris oscuro y azul grisáceo. Apenas había muebles, sólo objetos útiles e indispensables, tres o cuatro sillas, una mesa recubierta de cristal y una pequeña estantería con libros. No había adornos. Había luz, espacio y aire. Era tan distinto del gran salón lleno de flores y brocados del piso de abajo, como la tiza del queso. Y la esposa de Rogerio Leónides era tan diferente de la de Felipe Leónides como pueda serlo una mujer de otra. Mientras Magda Leónides daba la impresión de poder ser, y con frecuencia lo era, por lo menos media docena de mujeres distintas, Clemencia Leónides, estaba seguro de ello, nunca podría ser sino ella misma. Era una mujer de personalidad muy aguda y definida.

Supuse que tendría unos cincuenta años. Su cabeza era pequeña y bien formada y llevaba el cabello gris muy corto, pero le crecía de un modo muy bonito, que carecía de la fealdad que siempre he asociado a ese corte de pelo. Tenía un rostro inteligente y sensitivo y unos ojos gris pálido de una intensidad penetrante y extraña. Llevaba puesto un sencillo vestido de lana color rojo oscuro, que sentaba admirablemente a su esbeltez.

Tuve la sensación inmediata de que era una mujer alarmante… Creo que me produjo esa sensación porque supuse que los principios por los que luchaba no podían ser los de una mujer ordinaria. Comprendí en seguida por qué Sofía había empleado la palabra crueldad refiriéndose a ella. La habitación estaba fría y me estremecí ligeramente.

Clemencia Leónides dijo con voz suave y cultivada:

—Siéntese, inspector. ¿Hay algo nuevo?

—La muerte fue producida por eserina, señora Leónides.

La señora Leónides dijo pensativa:

—De modo que ha sido asesinado. ¿Supongo que no habrá posibilidad de que se trate de un accidente?

—No, señora Leónides.

—Por favor, inspector, sea usted muy amable con mi esposo. Esto le afectará mucho. Adoraba a su padre y siente las cosas muy intensamente. Es muy emocional.

—¿Estaba usted en buenas relaciones con su suegro, señora Leónides?

—Sí, muy buenas —y añadió con voz pausada—: No me gustaba mucho.

—¿Por qué?

—No me gustaban los objetivos de su vida… ni su modo de alcanzarlos.

—¿Y la señora Brenda Leónides?

—¿Brenda? No la he visto mucho.

—¿Cree usted posible que hubiera algo entre ella y el señor Laurencio Brown?

—¿Quiere usted decir… relaciones amorosas? No lo creo. Pero de haberlas habido tampoco lo hubiera sabido.

Su voz no mostraba el menor interés.

Rogerio Leónides volvió precipitadamente, produciendo de nuevo el efecto de un abejorro.

—Me han entendido —dijo—. El teléfono. ¿Qué hay, inspector? ¿Qué hay? ¿Sabe usted algo de nuevo? ¿De qué ha muerto mi padre?

—Ha muerto envenenado con eserina.

—¿Sí? ¡Dios mío! ¡Entonces fue esa mujer! ¡No pudo esperar! La sacó del arroyo, o poco menos, y así se lo paga. ¡Lo asesinó a sangre fría! ¡Me hierve la sangre de pensar en ello!

—¿Tiene usted alguna razón especial para pensar así? —preguntó Taverner.

—¿Razón? ¿Quién iba a ser si no? ¡Nunca tuve confianza en ella, nunca me gustó! A ninguno de nosotros le ha gustado. ¡Felipe y yo nos quedamos aterrados cuando papá vino un día y nos dijo lo que había hecho! ¡A su edad! Fue una locura, una locura. Mi padre era un hombre extraordinario, inspector. De inteligencia estaba tan joven y vigoroso como si tuviera cuarenta. Todo lo que tengo en el mundo se lo debo a él. No pudo hacer por mí más de lo que hizo… nunca me falló. Fui yo quien le fallé a él… Cada vez que lo pienso…

Se dejó caer pesadamente en una butaca. Su mujer se acercó a su lado, sin hacer ruido.

—Vamos, Rogerio, basta ya. No te tortures.

—Ya lo sé, mi vida, ya lo sé —cogió la mano de ella—. Pero… ¿cómo voy a estar tranquilo, cómo no voy a pensar en que…?

—En que todos tenemos que conservar la calma, Rogerio. El inspector necesita nuestra ayuda.

—Así es, señor Leónides.

Rogerio gritó:

—¿Sabe usted lo que me gustaría hacer? Me gustaría estrangular a esa mujer con mis propias manos. ¡Escatimarle al pobre viejo unos pocos años de vida! Si la tuviera aquí ahora mismo…

Se puso en pie de un salto, temblando de rabia y extendiendo sus manos convulsas.

—Sí, le retorcería el pescuezo, le retorcería el pescuezo…

—¡Rogerio! —exclamó Clemencia con voz aguda.

Él la miró confuso.

—Lo siento, mi vida —se volvió hacia nosotros—. Tengo que disculparme. Mis sentimientos son más fuertes que yo. Lo… lo siento.

Salió nuevamente de la habitación. Clemencia Leónides dijo con voz muy tenue:

—En realidad es incapaz de matar una mosca…

Taverner aceptó cortésmente la observación. Luego empezó con sus preguntas rutinarias.

Clemencia Leónides contestó con exactitud y precisión.

Rogerio Leónides había estado en Londres el día de la muerte de su padre, en Box House, las oficinas centrales de Abastecimientos Reunidos. Había vuelto temprano, por la tarde, y pasado algún tiempo con su padre, según su costumbre. Ella había estado, según solía, en el Instituto Lamben, en la calle Gower, donde trabajaba. Había vuelto a su casa un momento antes de las seis.

—¿Vio usted a su suegro?

—No. La última vez que le vi fue el día anterior. Tomamos café con él después de cenar.

—Pero ¿no le vio usted el día de su muerte?

—No. Fui a sus habitaciones porque Rogerio recordó que se había dejado allí su pipa, una pipa que apreciaba mucho, pero como estaba en la mesa del vestíbulo de su padre, no tuve necesidad de molestarle. Con frecuencia dormitaba después de las seis.

—¿Cuándo se enteró usted de que estaba enfermo?

—Brenda vino corriendo. Pasaban uno o dos minutos de las seis y media.

Estas preguntas, como yo ya sabía, carecían de importancia, pero me di cuenta de que examinaba con mucha atención a la mujer que las contestaba. Le hizo algunas preguntas acerca de la naturaleza de su trabajo en Londres. Ella dijo que estaba relacionado con los efectos radiactivos de la desintegración atómica.

—¿Trabaja usted en la bomba atómica?

—Mi trabajo no tiene nada de destructivo. El Instituto está realizando una serie de experimentos con fines terapéuticos.

Cuando Taverner se levantó expresó su deseo de echar una ojeada a su parte de la casa. Pareció ligeramente sorprendida, pero accedió con prontitud a los deseos del inspector. El dormitorio, con sus dos camas, cubiertas de colchas blancas y sencillos objetos de tocador, me recordó nuevamente un hospital o una celda monástica. El cuarto de baño era también de una sencillez severa, sin instalaciones lujosas ni despliegues de productos de belleza. La cocina era desnuda, inmaculadamente limpia y equipada con toda clase de aparatos prácticos para ahorrar trabajo. Llegamos a continuación a una puerta, que Clemencia abrió, diciendo:

—Éste es el estudio particular de mi marido.

—Pasen, pasen —exclamó Rogerio.

Lancé un ligero suspiro de alivio. Aquella austeridad inmaculada estaba haciéndome sentir mal. Éste era un cuarto intensamente personal. Había un escritorio de tapa rodadera, cubierto desordenadamente de papeles, pipas viejas y ceniza, con grandes butacones raídos y, cubriendo el suelo, alfombras persas. Por las paredes, fotografías algo borrosas de grupos: grupos de colegio, grupos militares, grupos de equipos de criquet, además de acuarelas de desiertos y alminares y botes de vela y vistas marinas. Resultaba un gabinete agradable, el de un ser querido.

Rogerio, torpemente, sirvió bebidas y retiró libros y papeles de una de las sillas.

—Está todo revuelto. Estaba vaciando los cajones, ordenando papeles viejos a fin de poder encontrarlos con facilidad.

Él inspector no quiso beber. Yo sí, y Rogerio me entregó la copa, volviendo la cabeza al hacerlo, para hablar con Taverner.

—Tiene que perdonarme. Mis sentimientos me hicieron perder la prudencia.

Miró a su alrededor con expresión culpable, pero Clemencia Leónides no había entrado con nosotros en la habitación.

—¡Es tan maravillosa! —dijo—. Me refiero a mi esposa. Durante todo esto ha estado espléndida, ¡espléndida! No puedo expresarles cuánto la admiro. Y lo ha pasado tan mal… tan mal. Me gustaría contárselo a ustedes. Su primer marido valía mucho… de cabeza, quiero decir, pero muy delicado, tuberculoso, para ser exactos. Creo que estaba haciendo un trabajo de investigación muy valioso en cristalografía. Era un trabajo mal pagado y tenía que ser muy exacto, pero él no pensó en dejarlo. Ella se convirtió en su esclava, lo sostenía, materialmente, sabiendo todo el tiempo que estaba muriéndose. Y sin una queja, sin una palabra de impaciencia. Siempre ha dicho que era feliz. Entonces él se murió y ella sufrió muchísimo. Por último, consintió en casarse conmigo. ¡Me sentí tan feliz de poder ofrecerle descanso y un poco de felicidad! Me gustaría que hubiera dejado de trabajar, pero naturalmente, durante la guerra creyó que era su deber continuar y parece que sigue pensando lo mismo. Pero es una esposa maravillosa, la esposa más maravillosa que un hombre puede tener. ¡Dios mío, qué suerte he tenido! Haría cualquier cosa por ella.

Taverner dio una réplica adecuada y se embarcó de nuevo en las rutinarias y monótonas preguntas de costumbre:

—¿Cuándo se enteró usted de que su padre estaba enfermo?

—Brenda vino corriendo a llamarme. Dijo que mi padre estaba enfermo… había tenido un ataque… Había estado sentado con mi pobre padre tan sólo media hora antes. Entonces se encontraba perfectamente. Salí corriendo. Tenía la piel azul y jadeaba. Bajé corriendo a avisar a Felipe. Él telefoneó al médico. No pude… no pudimos hacer nada. Claro que entonces, ni se me pasó por la cabeza que todo fuera juego sucio. ¿Juego? ¿He dicho juego? ¡Dios mío, qué palabra para usar en estos momentos!

Con cierta dificultad, Taverner y yo nos libramos de la atmósfera emocional del estudio de Rogerio Leónides y nos encontramos de nuevo en la puerta exterior, en lo alto de la escalera.

—¡Puf! —exclamó Taverner—. ¡Qué contraste con el otro hermano! —Y añadió, incongruente—: Son curiosas las habitaciones. Le dicen a uno mucho de la gente que las habita.

Le di la razón y continuó:

—También es curioso que unas personas se casen con otras, ¿verdad?

No estaba seguro de si se refería a Clemencia y Rogerio o a Felipe y Magda. Sus palabras podían aplicarse igualmente a unos o a otros. Sin embargo, me pareció que ambos matrimonios podían clasificarse entre los felices. Desde luego, el de Rogerio y Clemencia lo era.

—No me parece un envenenador, ¿y a usted? —preguntó Taverner—. Espontáneamente, diría que no. Claro que nunca se sabe. Pero ella concuerda más con el tipo. Una mujer sin escrúpulos. Puede que esté un poco loca.

De nuevo le di la razón.

—Pero no creo —dije— que fuera capaz de asesinar a una persona sólo porque no aprueba su estilo de vida ni sus fines. Puede que si realmente odiara al viejo… pero ¿se cometen asesinatos por puro odio?

—Muy pocos —dijo Taverner—. Yo nunca me he encontrado con ninguno. No, creo que es mucho más seguro continuar con Brenda. Pero sólo Dios sabe si seremos capaces de conseguir alguna prueba.

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