La casa torcida

La casa torcida


CAPÍTULO OCHO

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CAPÍTULO OCHO

Una doncella nos abrió la puerta del ala opuesta a la que acabábamos de dejar. Al ver a Taverner pareció asustada y ligeramente despectiva, al mismo tiempo.

—¿Quieren ver a la señora?

—Sí, por favor.

Nos condujo a un gran salón y se marchó.

Las dimensiones de la habitación eran las mismas que las del salón del piso de abajo. Había cretonas de colores muy alegres y cortinas de seda de rayas. Sobre la chimenea había un retrato que atrajo mi atención, no solamente por la mano maestra que lo había pintado, sino también por el rostro sorprendente del modelo.

Era el retrato de un hombre pequeño, de ojos oscuros y penetrantes. Llevaba un casquete de terciopelo negro y tenía la cabeza hundida entre los hombros, pero la vitalidad y el poder de aquel hombre irradiaba desde la tela. Los ojos chispeantes parecían apresar los míos.

—Ése es —dijo el inspector Taverner—. Pintado por Augustus John. Tiene personalidad, ¿verdad?

—Sí —dije, y el monosílabo me pareció inadecuado.

Comprendí entonces lo que Edith de Haviland había querido decir cuando habló de lo vacía que parecía la casa sin él. Éste es el Hombrecito Torcido que había hecho la Casita Torcida, y, sin él, la Casita Torcida había perdido su significado.

—Aquélla es su primera mujer, pintada por Sargent —dijo Taverner.

Examiné el cuadro, colocado entre dos ventanas. Tenía cierta crueldad, como muchos de los retratos de Sargent. Me pareció que el artista había exagerado algo la longitud del rostro, su indiscutible corrección y su vago parecido con la especie caballar. Era el retrato de una señora típicamente inglesa, de la buena sociedad campesina. Hermosa pero sin vida. Una mujer sorprendente para el pequeño déspota gesticulante que estaba sobre la chimenea.

La puerta se abrió y entró el sargento Lamb.

—He hecho lo que he podido para sonsacar a los criados —dijo—. No he conseguido nada.

Taverner suspiró.

El sargento Lamb sacó su libro de notas y se retiró al otro extremo de la habitación, donde se sentó discretamente.

La puerta se abrió de nuevo y entró en la habitación la segunda esposa de Arístides Leónides.

Iba vestida de luto, un luto muy raro y riguroso, que la envolvía hasta el cuello y las muñecas. Se movía con facilidad e indolencia y era evidente que el negro la favorecía. Su rostro tenía una belleza suave y llevaba su hermoso cabello castaño peinado de un modo muy complicado. A pesar del colorete, los polvos y los labios pintados, saltaba a la vista que había estado llorando. De su cuello colgaba un hilo de perlas muy gruesas, en una mano lucía una sortija con una gran esmeralda y en la otra un enorme rubí.

También observé otra cosa en ella: parecía muy asustada.

—Buenos días, señora Leónides —saludó Taverner tranquilamente—. Siento tener que molestarla de nuevo.

—Ya me figuro que no podrá evitarse —respondió ella, con una voz desprovista de entonación.

—Ya comprenderá usted, señora Leónides, que si desea que esté presente su abogado, está en su perfecto derecho.

Me pregunté si comprendería el significado de esas palabras. Al parecer, no. Se limitó a decir, con expresión huraña:

—No me gusta el señor Gaitskill. No quiero que venga. No lo necesito.

—Puede usted tener su propio abogado, señora Leónides.

—¿Debo hacerlo? No me gustan los abogados. Me confunden.

—Eso es cosa suya —dijo Taverner, sonriendo de un modo automático—. ¿Continuamos, entonces?

El sargento Lamb humedeció su lápiz. Brenda Leónides se sentó en un sofá, dando la cara a Taverner.

—¿Ha descubierto usted algo? —preguntó.

Observé que sus dedos retorcían una y otra vez, nerviosamente, en uno de los pliegues de su vestido de terciopelo chiffon.

—Podemos afirmar sin lugar a dudas que su esposo ha muerto envenenado con eserina.

—¿Quiere usted decir que le mataron aquellas gotas para los ojos?

—Parece completamente cierto, que, cuando usted le puso al señor Leónides aquella última inyección, fue eserina lo que le inyectó, no insulina.

—Pero yo no lo sabía. No tengo nada que ver con eso. De verdad que no, inspector.

—Entonces alguien, deliberadamente, tiene que haber sustituido la insulina por las gotas para los ojos.

—¡Qué cosa más horrible!

—Sí, señora Leónides; horrible.

—¿Cree usted que… alguien lo hizo intencionadamente? ¿O que fue un error? No puede tratarse de una… broma, ¿verdad?

Taverner no contestó.

—No creemos que se trate de una broma, señora Leónides.

—Debe de haber sido uno de los criados.

Taverner no contestó.

—Sí, tiene que haber sido uno de ellos. No se me ocurre qué otra persona podía haberlo hecho.

—¿Está usted segura de ello? Piense, señora Leónides. ¿No tiene usted ninguna idea? ¿No ha habido mala voluntad por parte de alguien? ¿Ninguna pelea, ningún resentimiento?

Ella continuó mirándole con sus grandes ojos desafiantes.

—No tengo la menor idea —contestó.

—¿Dijo usted que había estado en el cine aquella tarde?

—Sí… volví a las seis y media… era la hora de la insulina… Le… le… puse la inyección como de costumbre y entonces… se… se puso muy raro. Me quedé aterrorizada… Corrí junto a Rogerio… Ya se lo he dicho a usted antes. ¿Tengo que seguir repitiéndolo una y otra vez? —Su voz se elevó histéricamente.

—Lo siento mucho, señora Leónides. ¿Puedo ahora hablar con el señor Brown?

—¿Con Laurencio? ¿Por qué? Él no sabe nada de todo esto.

—De todos modos, me gustaría hablar con él.

Brenda se lo quedó mirando con desconfianza.

—Eustaquio está dando la lección de latín en el cuarto de estudios. ¿Quiere usted que venga aquí?

—No… iremos nosotros allá.

Taverner salió rápidamente de la habitación. El sargento y yo le seguimos.

—La ha asustado usted demasiado, señor —dijo el sargento Lamb.

Taverner lanzó un gruñido. Dirigiendo él la marcha, subimos unos escalones y seguimos a lo largo de un pasillo, hasta llegar a una gran habitación, con vistas al jardín. En ella, sentados delante de una mesa, estaban un joven rubio, de unos treinta años, y un muchacho de unos dieciséis, moreno y muy guapo.

Levantaron la vista al entrar nosotros. Eustaquio, el hermano de Sofía, me miró a mí; Laurencio Brown fijó en Taverner una mirada agonizante.

Nunca he visto a un hombre tan paralizado por el terror. Se puso en pie; luego volvió a sentarse.

—Bue… buenos días, inspector —dijo, con voz que era casi un chillido.

—Buenos días… —Taverner habló en tono cortante—. ¿Puedo hablar unas palabras con usted?

—Sí, claro. ¡Encantado! Es decir…

Eustaquio se levantó.

—¿Quiere usted que me vaya, inspector?

Su voz era agradable y un poco arrogante.

—Podemos… podemos continuar con la clase más tarde —dijo el profesor.

Eustaquio se encaminó lenta y descuidadamente hacia la puerta. Su andar era un poco rígido. Según cruzaba la puerta, su mirada se encontró con la mía, se pasó el dedo índice a través del cuello e hizo una mueca divertida. Luego cerró la puerta tras de sí.

—Bien, señor Brown —dijo Taverner—, el análisis no deja lugar a dudas. Fue eserina lo que ocasionó la muerte del señor Leónides.

—Yo…, ¿quiere usted decir que… que el señor Leónides fue asesinado? Tenía esperanzas de que…

—Fue envenenado —dijo Taverner, cortando—. Alguien sustituyó la insulina por eserina.

—No puedo creerlo… Es increíble.

—La cuestión es, ¿quién tendría motivos para desear su muerte?

—Nadie. ¡Nadie en absoluto!

La voz del joven se alzó, excitada.

—No desea usted que esté presente su abogado, ¿verdad? —preguntó Taverner.

—No tengo abogado. No lo necesito. No tengo nada que ocultar… nada…

—¿Se da usted cuenta de que lo que diga será tomado por escrito?

—Soy inocente… Se lo aseguro, soy inocente.

—No he insinuado lo contrario.

Taverner hizo una pausa.

—La señora Leónides era mucho más joven que su marido, ¿no es cierto?

—Su… supongo que sí. Es decir, sí, claro.

—Debe de haberse sentido sola algunas veces.

Laurencio Brown no contestó, limitándose a humedecerse con la lengua los resecos labios.

—Debe de haber sido agradable para ella tener viviendo en la casa a un compañero más o menos de su edad.

—Yo… no, en absoluto… es decir, no sé.

—A mí me parecía completamente natural que hubiera surgido entre ustedes dos un lazo de amistad.

El joven protestó con vehemencia.

—¡No hubo semejante lazo! ¡No lo hubo! ¡Nada de eso! ¡Ya sé lo que está usted pensando, pero no fue así! La señora Leónides ha sido siempre muy buena conmigo y yo he sentido por ella el mayor… el mayor de los respetos… pero nada más… nada más, se lo aseguro. ¡Es monstruoso! Soy incapaz de matar a nadie… ni de andar cambiando botellas, ni nada por el estilo. Soy muy sensible y excitable. La sola idea de matar es una pesadilla para mí. En el tribunal lo comprendieron… Tengo escrúpulos religiosos contra el matar. Trabajé en el hospital, en cambio… Estaba encargado de mantener el fuego de las calderas… era un trabajo muy pesado, no pude continuar en él, pero me dejaron reanudar mis clases. He hecho aquí lo que he podido con Eustaquio y Josefina, una niña muy inteligente, pero difícil. Y todos han sido muy bondadosos conmigo: el señor Leónides… la señora Leónides y la señorita de Haviland. Y ahora ocurre esta cosa tan horrible… ¡Y usted sospecha que yo, yo soy un asesino!

El inspector Taverner se le quedó mirando con interés inquisitivo.

—Yo no he dicho eso —hizo notar.

—¡Pero lo piensa! ¡Sé que lo piensa! ¡Lo piensan todos! Me miran. No… no puedo continuar hablando con usted. No me encuentro bien.

Salió precipitadamente de la habitación. Taverner volvió lentamente la cabeza para mirarme.

—Bien. ¿Qué opina usted de él?

—Está muerto de miedo.

—Ya lo sé, pero ¿es un asesino?

—Si quiere que le diga mi opinión —dijo el sargento Lamb—, nunca tendría valor para cometer un asesinato.

—No podría golpear a uno en la cabeza, o disparar una pistola —concedió el inspector—. Pero en este crimen, ¿qué es lo que hay que hacer? Manipular dos botellas y ayudar a un hombre viejo a salir de este mundo de manera relativamente poco dolorosa.

—Algo así como eutanasia —explicó el sargento.

—Y después, quizá, después de un período decoroso, casarse con una mujer heredera de cien mil libras exentas de derechos, que tiene ya a su nombre una cantidad parecida, y además perlas, rubíes y esmeraldas del tamaño de huevos. ¡En fin! —Taverner suspiró—. ¡Todo esto son teorías y conjeturas! Me las arreglé para asustarle, pero eso no prueba nada. Tiene tantos motivos para asustarse siendo inocente… De todos modos, dudo que haya sido él el que lo hizo. Es más probable que haya sido la mujer, sólo que, ¿por qué diablos no tiró la botella de insulina o no la lavó?

Se volvió al sargento.

—¿No le han contado los criados ninguna habladuría?

—La doncella dice que se gustan.

—¿En qué se funda?

—En el modo como él la mira cuando ella le sirve el café.

—¡Nos iba a servir de mucho ante el tribunal! ¿Nada de coqueteos?

—Nadie los ha visto.

—Apuesto a que, de haber algo, lo hubieran visto. Estoy empezando a creer que realmente no hay nada entre ellos —me miró—. Vuelva y hable con ella. Me gustaría saber qué impresión saca usted de la señora Leónides.

Fui, no de muy buena gana, pero interesado al mismo tiempo.

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