La casa torcida

La casa torcida


CAPÍTULO NUEVE

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CAPÍTULO NUEVE

Encontré a Brenda Leónides sentada exactamente donde la habíamos dejado. Me miró de un modo penetrante cuando entré.

—¿Dónde está el inspector Taverner? ¿Va a volver?

—Por ahora, no.

—¿Quién es usted?

Al fin me habían hecho la pregunta que había esperado toda la mañana.

Contesté con algo que se aproximaba a la verdad.

—Estoy relacionado con la policía, pero soy también un amigo de la familia.

—¡La familia! ¡Son unos bestias! ¡Los odio!

Me miró, con la boca contraída. Tenía una expresión huraña, asustada y enfadada.

—Siempre se han portado muy mal conmigo… siempre. Desde el principio. ¿Por qué no había de casarme yo con su precioso padre? ¿Qué les importaba a ellos? Tenían todos dinero a montones. Él se lo dio. Ellos no hubieran tenido cabeza para hacerlo por sí mismos.

»¿Por qué no ha de casarse un hombre de nuevo, aunque sea un poco viejo? —continuó Brenda—. Y realmente no era nada viejo… no estaba viejo. Yo le quería mucho. Le quería mucho —y me miró desafiante.

—Comprendo —dije—. Comprendo.

—Me figuro que usted no lo creerá, pero es cierto. Estaba harta de los hombres. Quería tener un hogar, quería alguien que se cuidara de mí y me dijera cosas bonitas. Arístides me decía cosas muy bonitas… y me hacía reír y era muy listo. Se le ocurrían toda clase de ideas estupendas para saltarse a la torera todas esas disposiciones estúpidas. Era muy listo, listísimo. No me alegro de que se haya muerto. Lo siento.

Se recostó en el sofá. Se sonrió de un modo extraño, soñoliento, torciendo hacia un lado su ancha boca.

—He sido feliz aquí. Me he sentido segura. Fui a todos esos modistos, a los que sólo conocía por lo que leía de lejos. Yo era tan buena como cualquiera, y Arístides me daba cosas muy bonitas.

Extendió una mano, mirando el rubí que lucía en ella.

Durante un instante, vi la mano y el brazo como la garra extendida de un gato y su voz me sonó como a ronroneo. Ella seguía sonriendo para sí misma.

—¿Qué había de malo en esto? —preguntó—. Yo fui buena con él y le hice feliz —se inclinó hacia delante—. ¿Sabe usted cómo le conocí?

Y continuó, sin esperar respuesta:

—Estaba yo en el restaurante «Gay Shamrock». Él había encargado huevos revueltos con tostadas y cuando se los llevé, iba llorando. «Siéntese —me dijo— y cuénteme lo que le pasa». «No puedo —le respondí—, me pondrían de patitas en la calle si hiciera una cosa así». «No lo harán —me aseguró—; este lugar es mío». Entonces le miré. Al principio me pareció un hombre tan extraño… pero ejercía como una especie de influjo. Se lo conté todo… Supongo que ya ellos se lo habrán contado… dando a entender que yo era una tirada, pero no lo era. He sido educada en muy buenos principios. Teníamos una tienda, una tienda de primera categoría, de bordados artísticos. Nunca he sido de esas chicas que tienen muchos novios y no se hacen respetar. Pero Perry era distinto. Era irlandés… y se marchaba muy lejos… Nunca me escribió ni volví a saber de él… Supongo que he sido una tonta. Pero ya no tenía remedio. Me encontraba en un apuro… como una pobre muchacha cualquiera.

Su voz tenía un énfasis desdeñoso.

—Arístides se portó estupendamente. Me dijo que todo se arreglaría. Dijo que se sentía muy solo y que nos casaríamos en seguida. Fue como un sueño. Y entonces me enteré de que era el poderoso señor Leónides. Era dueño de montones de tiendas, restaurantes y clubs nocturnos. Fue como un cuento de hadas, ¿verdad?

—Sí, una especie de cuento de hadas —repetí con sequedad.

—Nos casamos en una pequeña iglesia de la City[5] y nos fuimos al extranjero.

—¿Y el niño?

Fijó en mí una mirada que parecía venir de muy lejos.

—No hubo niño. Me había equivocado.

Sonrió, con una sonrisa un poco torcida.

—Me prometí a mí misma que sería para él una buena esposa, y lo fui. Le encargaba todas las comidas que le gustaban, me vestía con sus colores favoritos e hice cuanto pude para agradarle. Y fue feliz conmigo. Pero no pudimos librarnos de su familia. Siempre exprimiéndole y viviendo a costa de él. La señorita de Haviland… cuando nos casamos, me pareció que debía marcharse, y así se lo dije a Arístides. Pero me contestó: «Ha estado aquí durante tanto tiempo, que éste es ahora su hogar». Lo cierto es que le gustaba tenerlos a todos a su alrededor, manejándolos a su antojo. Se portaron conmigo de un modo horrible, pero parecía que no lo notaba o no le importaba. Rogerio me odia… ¿Ha visto usted a Rogerio? Siempre me ha odiado. Está celoso. Y Felipe es tan estirado… nunca me habla. Y ahora pretenden que yo lo he matado. Pero no lo he matado. ¡No lo he matado! —Se inclinó hacia mí—. ¡Por favor, no lo he matado! Se lo aseguro.

Me pareció muy patética su situación. En aquel momento, juzgué completamente inhumano el desprecio con que la familia Leónides había hablado de ella y su ansiedad por creer que era ella la que había cometido el crimen. Estaba sola, indefensa, acorralada.

—Y si no yo, creen que fue Laurencio —continuó.

—¿Qué me dice de Laurencio? —pregunté.

—Me da muchísima pena Laurencio. Está delicado y no pudo ir al frente. No es que sea un cobarde, es que es demasiado sensitivo. He tratado de animarle y hacerle sentirse a gusto. Tiene que dar clase a esos horribles niños. Eustaquio está siempre burlándose de él; y Josefina… bueno, ya ha visto usted a Josefina. Ya sabe cómo es.

Dije que todavía no conocía a Josefina.

—Algunas veces, creo que esa niña no está bien de la cabeza. Es muy solapada y tiene una mirada muy extraña. A veces me da escalofríos.

Yo no quería hablar de Josefina. Volví a Laurencio Brown.

—¿Quién es? —pregunté—. ¿De dónde es?

La torpeza de mis preguntas la hizo enrojecer.

—No es nadie especial. Es exactamente como yo… ¿Qué vamos a poder nosotros contra todos ellos?

—¿No cree usted que se está poniendo un poco histérica?

—No, no. Quieren demostrar que ha sido Laurencio… o yo. Tienen a ese policía de su parte. ¿Qué puedo hacer yo?

—No debe usted torturarse —dije.

—¿Por qué no puede ser uno de ellos el que lo mató? ¿O alguien de fuera? ¿O uno de los criados?

—No tenían motivo.

—¡Ah, sí, el motivo! ¿Y qué motivo tenía yo? ¿O Laurencio?

Dije, sintiéndome muy incómodo:

—Pueden creer, me figuro, que usted y… Laurencio, están enamorados y que querían casarse.

Brenda se enderezó en su asiento.

—Es una maldad insinuar semejante cosa. Y falso. Nunca nos hemos dicho uno al otro nada de todo eso. Le he tenido lástima y he tratado de alegrarle. Hemos sido amigos; eso es todo. Me cree usted, ¿verdad?

La creí. Es decir, creía que ella y Laurencio eran, como ella decía, sólo amigos. Pero también creí que, quizá sin darse cuenta, estaba enamorada del joven profesor.

Con este pensamiento en mi imaginación, bajé a buscar a Sofía.

Cuando me disponía a entrar en el salón, Sofía asomó la cabeza por una puerta al fondo del pasillo.

—¡Hola! —dijo—. Estoy ayudando a Nannie con la comida.

Me hubiera unido a ella, pero salió al pasillo, cerró la puerta tras de sí y cogiéndome del brazo me llevó al salón, que estaba vacío.

—Bueno —dijo—. ¿Has visto a Brenda? ¿Qué te ha parecido?

—Francamente —dije—. Me ha dado lástima.

Sofía pareció divertida.

—Ya —dijo—. Conque te ha cogido…

Me sentí ligeramente irritado.

—Lo que ocurre —dije— es que yo puedo comprender su punto de vista. Al parecer, tú no puedes.

—¿Qué punto de vista?

—Sinceramente, Sofía, desde que ha venido aquí, ¿ha habido alguien de la familia que fuera agradable con ella, o al menos correcto?

—No, no hemos sido agradables con ella. ¿Por qué habíamos de serlo?

—Por pura caridad cristiana, ya que no por otra cosa.

—¡Vaya, Carlos, qué tono tan moral! Brenda debe de haber hecho muy bien su papel.

—La verdad, Sofía…, no sé qué te pasa.

—Que soy sincera y no ando fingiendo. Has podido ver el punto de vista de Brenda, según dices. Ahora echa una ojeada al mío. No me gustan esas mujeres que inventan una historia desgraciada para casarse con un viejo rico. Tengo perfecto derecho a que no me guste ese tipo de mujer y no hay razón en el mundo que me haga fingir lo contrario. Y si los hechos se escribieran fríamente en el papel, tampoco a ti te gustaría esa mujer.

—¿Era inventada la historia?

—¿Lo del niño? No sé. Mi opinión es que sí.

—¿Y te duele que tu abuelo se haya dejado engañar?

—¡Ah, no!, mi abuelo no se dejó engañar. —Sofía se rió—. Mi abuelo nunca se dejó engañar por nadie. Quiso hacer el papel de gran señor con su mendiga. Sabía exactamente lo que hacía y todo salió tal como lo había planeado. Desde el punto de vista del abuelo, el matrimonio resultó un completo éxito… como todas sus demás operaciones.

—¿Y el contratar a Laurencio Brown como profesor fue otro de los éxitos de tu abuelo? —pregunté irónicamente.

Sofía frunció el ceño.

—Pues mira, no estoy segura de que no haya sido también un éxito. Quería tener a Brenda contenta y divertida. Puede que pensara que las joyas y los trajes no eran suficientes. Puede que creyera que necesitaba también en su vida una historia romántica e inocente. Puede ser que calculara que una persona como Laurencio Brown, alguien verdaderamente manso, no sé si me entiendes, haría perfectamente el juego. Una hermosa amistad de las almas, teñida de melancolía, que hubiera evitado el que Brenda tuviera un amor auténtico con alguien de fuera. Creo a mi abuelo muy capaz de planear algo de este tipo. Era diabólico, ¿sabes?

—Sí, debe de haberlo sido —dije.

—Claro que él no podía prever que esta situación conduciría al asesinato… Y por eso —dijo Sofía, hablando con súbita vehemencia— es por lo que en realidad no creo, por más que lo desee, que ella lo mató. Si ella hubiera planeado asesinarle, o si ella y Laurencio lo hubieran planeado juntos, mi abuelo lo hubiese sabido. Supongo que todo esto te parecerá un poco rebuscado…

—Te confieso que sí —dije.

—Es que tú no has conocido al abuelo. Nunca hubiera sido cómplice de su propio asesinato. Conque así estamos. En un callejón sin salida.

—Tiene miedo, Sofía —dije—. Tiene mucho miedo. Estoy convencido.

—¿Del inspector Taverner y su alegre pandilla? Sí, la verdad es que son alarmantes. Me figuro que Laurencio se habrá puesto nervioso, ¿verdad?

—Poco más o menos. Hizo una escena del peor gusto. No sé lo que podrá ver esa mujer en un hombre como ése, tan poca cosa, tan pusilánime.

—¿No? Pues la verdad es que Laurencio tiene mucho sex-appeal.

—Un canijo como ése… —dije, incrédulo.

—¿Por qué pensáis siempre los hombres que el único tipo atractivo para el sexo contrario ha de ser el hombre de las cavernas? Laurencio tiene mucho sex-appeal… pero no me extraña que tú no lo aprecies. —Me miró—. Brenda te ha atrapado bien.

—No seas absurda. Ni siquiera es muy guapa. Y desde luego, no…

—No trató de tentarte, ¿verdad? No, se contentó con que le tuvieras lástima. No es verdaderamente guapa, no es nada inteligente, pero tiene una condición muy característica y sobresaliente: es capaz de traer complicaciones. Ya lo ha hecho, entre tú y yo.

—¡Sofía! —exclamé horrorizado.

Sofía se dirigió hacia la puerta.

—Olvídalo, Carlos. Tengo que cuidar de la comida.

—Iré a ayudarte.

—No, tú te quedas aquí. Nannie se aturdiría, teniendo «un caballero en la cocina».

—Sofía —dije, cuando ya se marchaba.

—¿Qué quieres?

—Sólo un problema de servicio doméstico. ¿Por qué vosotros no tenéis criados y arriba nos abrió la puerta una mujer con gorro y delantal?

—El abuelo tenía cocinera, segunda doncella, primera doncella y un ayuda de cámara. Le gustaba tener criados. Les pagaba muchísimo, claro, y así los encontraba. Clemencia y Rogerio tienen sólo una mujer que viene todos los días a limpiar. No quieren tener criados, mejor dicho, no quiere Clemencia. Si Rogerio no tomara al mediodía en la City una buena comida, se moriría de hambre. Para Clemencia, el comer se reduce a una lechuga, tomates y zanahorias crudas. Nosotros tenemos criados de cuando en cuando, entonces mamá hace una de sus demostraciones temperamentales y se marchan; luego tenemos asistentas durante una temporada y después vuelta a empezar. Ahora estamos en la etapa de las asistentas. Nannie es la permanente, y nos saca de nuestros apuros. Ahora ya lo sabes todo.

Sofía salió. Me hundí en uno de los amplios butacones y me entregué a mis pensamientos.

En el piso de arriba había visto la situación desde el lado de Brenda. Ahora, Sofía me la había mostrado desde el suyo. Vi claramente la justicia desde el punto de vista de la familia Leónides. Les molestaba la presencia en la casa de una extraña, que se había introducido en ella por medios que consideraban innobles. Estaban completamente en su derecho. Como había dicho Sofía, aquella historia, escrita, no hubiera resultado bonita…

Pero había que considerar también el lado humano del asunto, que yo veía y ellos no. Ellos eran y habían sido siempre ricos, siempre habían estado bien situados. No tenían idea de las tentaciones de los derrotados. Brenda Leónides había deseado riquezas, y cosas bonitas y seguridad… y un hogar. Había afirmado que, a cambio, ella había hecho feliz a su anciano esposo. Me había inspirado compasión. Sí, verdaderamente, me había inspirado compasión. ¿Seguía sintiendo la misma compasión que entonces?

Dos aspectos de la cuestión, dos puntos de visión distintos. ¿Cuál era el ángulo correcto…?

Había dormido muy poco la noche anterior. Me había levantado temprano para acompañar a Taverner. Y en la atmósfera perfumada del salón de Magda, mi cuerpo se relajó en un butacón y mis párpados se cerraron.

Pensando en Brenda, en Sofía, en el retrato de un anciano, mis pensamientos se deslizaron hacia una agradable confusión.

Y me dormí.

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