La casa torcida

La casa torcida


CAPÍTULO DIEZ

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CAPÍTULO DIEZ

Volví al estado consciente tan gradualmente, que al principio no me di cuenta de que había estado durmiendo.

A mi olfato llegó el olor de las flores. Delante de mí parecía flotar en el espacio una burbuja blanca y redonda. Tardé unos minutos en darme cuenta de que era un rostro humano lo que yo miraba, un rostro suspendido en el aire, a unos 30 ó 60 centímetros de mí. Según fui recobrando mis facultades, la visión se hizo más precisa. El rostro recordaba al de un duende, era redondo, la frente abombada, el cabello peinado hacia atrás y los ojos negros, pequeños y brillantes como cuentas de cristal. Pero, decididamente estaba unido a un cuerpo, a un cuerpo pequeño y flaco. Aquello me miraba muy seriamente.

—¡Hola! —dijo.

—¡Hola! —contesté parpadeando.

—Soy Josefina.

Ya había hecho yo esa deducción. La hermana de Sofía, Josefina, tendría, a mi parecer unos once o doce años. Era una niña condenadamente fea con un gran parecido a su abuelo. Me pareció muy posible que tuviera también su inteligencia.

—Tú eres el novio de Sofía —dijo Josefina.

Reconocí la exactitud de esta observación.

—Pero has venido aquí con el inspector Taverner. ¿Por qué has venido con el inspector Taverner?

—Es amigo mío.

—¿Sí? No me gusta. No pienso decirle nada.

—¿Nada de qué?

—De lo que sé. Sé muchas cosas. Me gusta saber cosas.

Se sentó en el brazo del butacón y continuó con su minucioso examen de mi rostro. Empecé a sentirme molesto.

—Mi abuelo ha sido asesinado. ¿Lo sabías?

—Sí —dije—. Lo sabía.

—Fue envenenado con e-se-ri-na. —Pronunció la palabra con mucho cuidado—. Es interesante, ¿verdad?

—Puede que sí.

—Eustaquio y yo estamos muy interesados. Nos gustan las novelas policíacas. Siempre he querido ser detective. Ahora estoy haciendo de detective. Estoy reuniendo pistas.

Me pareció que era una chiquilla morbosa.

Volvió a la carga.

—El hombre que ha venido con el inspector Taverner es también detective, ¿verdad? Los libros dicen que siempre se conoce un detective de paisano por sus botas. Pero este detective va calzado con gruesos zapatos de antílope.

—El viejo estilo ha cambiado —dije.

Josefina interpretó esta observación de acuerdo con sus ideas.

—Sí —dijo—. Supongo que ahora habrá aquí muchos cambios. Iremos a vivir a Londres, en una casa a la orilla del río. Mamá hace mucho que lo deseaba. Le gustará mucho. A papá no creo que le importe, si sus libros van con él. Antes no podía permitirse ese lujo. Perdió mucho dinero con «Jezabel».

—¿Jezabel? —pregunté.

—Sí. ¿No la has visto?

—¡Ah! ¿Era una obra de teatro? No, no la he visto. Estaba en el extranjero.

—No duró mucho en el cartel. La verdad es que fue un fracaso de espanto. No creo que mamá sea el tipo adecuado para interpretar Jezabel, ¿y tú?

Hice un balance de mis impresiones de Magda. Ni con la negligé color melocotón ni con el traje sastre sugería en absoluto la idea de Jezabel, pero estaba dispuesto a creer que había otras Magdas todavía desconocidas para mí.

—Puede que no —dije, con cautela.

—El abuelo siempre había dicho que sería un fracaso. Dijo que no pondría ningún dinero en una de esas obras histórico-religiosas. Dijo que nunca sería un éxito en taquilla. Pero mamá se había empeñado. A mí personalmente no me gustaba mucho. No se parecía nada a la historia de la Biblia. Quiero decir que Jezabel no era mala, como en dicho libro. Era muy patriota y buena persona. La tiraban por una ventana. Sólo que no venían los perros a comérsela. Fue una lástima, ¿verdad? La parte que más me gusta es cuando los perros se la comen. Mamá dice que no pueden tenerse perros en el escenario, pero yo no veo por qué. Se podrán utilizar perros amaestrados. —Y citó, deleitándose—: «Y los perros se la comieron toda, menos las palmas de las manos». ¿Por qué no se comieron las palmas de las manos?

—No tengo idea —dije.

—¿Verdad que es raro que los perros fueran tan remilgados? Los nuestros no lo son. Comen cualquier cosa.

Josefina se quedó rumiando este misterio bíblico durante algunos segundos.

—Siento que la obra haya sido un fracaso —dije.

—Sí. Mamá estaba disgustadísima. Las críticas fueron terribles. Cuando las leyó se echó a llorar y estuvo llorando todo el día y le tiró a Gladys la bandeja del desayuno y Gladys se marchó. Fue muy divertido.

—Veo que te gusta el drama, Josefina —dije.

—Le hicieron la autopsia al abuelo —dijo Josefina— para saber de qué había muerto. A la autopsia le llaman P. M. y resulta muy confuso, ¿verdad que sí?, porque P. M. también quiere decir Primer Ministro. Y pasado meridiano[6] —añadió pensativa.

—¿Sientes que se haya muerto tu abuelo? —pregunté.

—No mucho. No le quería mucho. No me dejó estudiar ballet.

—¿Querías aprender ballet?

—Sí, y mamá me dejaba estudiar, y a papá no le importaba, pero el abuelo dijo que no valdría.

Se dejó resbalar por el brazo del butacón, se quitó los zapatos y trató de ponerse en lo que creo se llama técnicamente «puntas».

—Claro que hay que tener zapatos apropiados —explicó—, y aun así, a veces, se hacen unos abscesos horribles en la punta de los dedos.

Se puso de nuevo los zapatos y preguntó inesperadamente:

—¿Te gusta esta casa?

—No estoy muy seguro —dije.

—Me figuro que ahora la venderán. A no ser que Brenda siga viviendo aquí. Y supongo que tío Rogerio y tía Clemencia no se marcharán ya.

—¿Se iban a marchar? —pregunté, sintiendo que mi interés se despertaba.

—Sí. Se marchaban el martes, a un país extranjero. Se iban en avión. Tía Clemencia se compró una de esas maletas de peso pluma.

—No sabía nada de que se marchaban al extranjero —dije.

—No —dijo Josefina—. Nadie lo sabía. Era un secreto. No pensaban decírselo a nadie hasta después. Pensaban dejar una nota para el abuelo.

Y añadió:

—No iban a dejar la nota clavada en el acerico. Eso sólo ocurre en los libros anticuados; lo hacían las mujeres cuando dejaban a sus maridos. Pero ahora sería una estupidez, porque nadie tiene acericos.

—Claro que no. Josefina, ¿sabes por qué… se marchaba tu tío Rogerio?

Me dirigió una mirada atravesada y astuta.

—Creo que lo sé. Tiene algo que ver con la oficina de tío Rogerio en Londres. Creo, no estoy segura, que ha hecho un desfalco.

—¿Qué es lo que te hace pensar así?

Josefina se acercó a mí y sentí su respiración agitada.

—El día que el abuelo fue envenenado, tío Rogerio había estado encerrado con él en su cuarto durante mucho tiempo. Estuvieron hablando mucho. Tío Rogerio decía que nunca había valido para nada, que le había fallado, y que no era tanto por el dinero en sí, que era la sensación de que no era digno de confianza. Estaba hecho polvo.

Miré a Josefina con sentimientos encontrados.

—Josefina —dije—, ¿no te han dicho nunca que es muy feo escuchar detrás de las puertas?

—Claro que sí. Pero si uno quiere enterarse de cosas, hay que escuchar detrás de las puertas. Apuesto algo a que el inspector Taverner lo hace. ¿Tú no lo crees?

Me quedé considerando la cuestión. Josefina continuó con vehemencia:

—Y de todos modos, si él no escucha, el otro sí, el de los zapatos de antílope. Y miran los escritorios de la gente y leen sus cartas y se enteran de todos sus secretos. ¡Sólo que son tontos! ¡No saben dónde tienen que mirar!

Josefina habló con fría superioridad. Había sido estúpido por mi parte el sugerirlo. La desagradable niña continuó:

—Eustaquio y yo sabemos muchas cosas, pero yo sé más que él. Y no pienso decírselas. Dice que las mujeres no pueden ser buenos detectives. Pero yo digo que sí que saben. Voy a escribirlo todo en un cuaderno y entonces, cuando la policía esté completamente desconcertada, me presentaré y les comunicaré: «Yo puedo deciros quién lo mató».

—¿Lees muchas novelas policíacas, Josefina?

—Verdaderas montañas.

—Y me figuro que crees saber quién ha matado a tu abuelo.

—Sí, creo que lo sé; pero tengo que encontrar algunas pistas más. —Hizo una pausa y añadió—: El inspector Taverner cree que fue Brenda, ¿verdad?, o Brenda y Laurencio juntos, porque están enamorados.

—No debes decir estas cosas, Josefina.

—¿Por qué no? Están enamorados.

—No puedes saberlo.

—Sí que puedo. Se escriben cartas de amor.

—¡Josefina! ¿Cómo lo sabes?

—Porque las he leído. Unas cartas muy sentimentales. Claro que Laurencio es un sentimental. Tenía demasiado miedo para ir a la guerra. Se metió en un sótano, a encender calderas. Cuando caían bombas por aquí, se ponía verde… completamente verde. Eustaquio y yo nos reíamos horrores.

No sé lo que hubiera contestado, porque entonces oímos el ruido de un coche que se detenía. En un momento, Josefina estuvo en la ventana, apretando contra el cristal su nariz de porrón.

—¿Quién es? —pregunté.

—Es el señor Gaitskill, el abogado del abuelo. Me figuro que viene por lo del testamento.

Jadeando de excitación, salió corriendo del cuarto, sin duda para reanudar sus actividades de sabueso.

Magda Leónides entró en la habitación y, con gran sorpresa por mi parte, se acercó y cogió mis manos entre las suyas.

—Querido amigo —dijo—, gracias a Dios que está usted aquí todavía. ¡Es tan necesaria la presencia de un hombre!

Me soltó las manos, cruzó la habitación, hacia una butaca de alto respaldo cuya posición alteró ligeramente, echó una ojeada a su imagen en el espejo y luego, cogiendo una caja de esmalte de encima de la mesa, se quedó pensativa, abriéndola y cerrándola.

Era una «pose» muy atractiva.

Sofía asomó la cabeza por la puerta y advirtió en un susurro:

—¡Gaitskill!

—Lo sé —dijo Magda.

Segundos más tarde, Sofía entraba en la habitación, acompañada de un hombre de baja estatura y mediana edad, y Magda dejó la caja de esmalte y se acercó a saludarle.

—Buenos días, señora Leónides. Voy arriba. Parece que hay algún error sobre el testamento. Su esposo me ha escrito bajo la impresión de que el testamento estaba en mi poder. Yo tenía entendido, por el propio señor Leónides, que estaba en el Banco. ¿Usted no sabrá nada de esto?

—¿Del testamento del pobre viejecito? —Magda abrió unos ojos llenos de asombro—. No me diga que esa malvada de arriba lo ha destruido.

—Vamos, señora Leónides. —El abogado la amenazó con un dedo—. Nada de suposiciones temerarias. Se trata únicamente de averiguar dónde lo guardaba su padre político.

—¡Pero si se lo mandó después de firmado…! ¡Claro que se lo mandó! Nos lo dijo él.

—Creo que la policía ha revisado los papeles privados del señor Leónides —dijo el señor Gaitskill—. Hablaré con el inspector Taverner.

Y salió de la habitación.

—Hijita —exclamó Magda—, lo ha destruido. Sé que estoy en lo cierto.

—No digas tonterías, mamá. No iba a hacer una estupidez como ésa.

—No sería ninguna estupidez. Si no hay testamento, lo coge ella todo.

—Sí… Aquí vuelve el señor Gaitskill.

El abogado entró nuevamente en la habitación. El inspector Taverner venía con él y detrás de Taverner les seguía Felipe.

—Tenía entendido, por lo que me dijo el señor Leónides —estaba diciendo el señor Gaitskill—, que había guardado el testamento en el Banco para tenerlo seguro.

Taverner negó con la cabeza.

—Me he puesto en comunicación con el Banco. No tienen documentos privados del señor Leónides, aparte de unas obligaciones que le guardaban.

Felipe dijo:

—Puede que Rogerio o tía Edith… Sofía, ¿quieres decirles que vengan?

Pero Rogerio Leónides, convocado con los demás a la reunión, no pudo ayudar.

—¡Pero esto es absurdo… completamente absurdo! —declaró—. Mi padre firmó el testamento y dijo claramente que iba a mandárselo por correo al día siguiente al señor Gaitskill.

—Si mi memoria me es fiel —dijo el señor Gaitskill, recostándose en su asiento y entornando los ojos—, fue el veinticuatro de noviembre del año pasado cuando envié un proyecto de testamento, redactado de acuerdo con las instrucciones del señor Leónides. Aprobó el proyecto, me lo devolvió y, en su oportunidad, le envié el testamento para su firma. Después de un lapso de una semana, me atreví a recordarle que aún no había recibido el testamento debidamente firmado por él y por los testigos, preguntándole si deseaba hacer alguna alteración. Declaró estar completamente satisfecho y añadió que, después de haberlo firmado, había enviado el testamento a su Banco.

—Todo esto es cierto —dijo Rogerio con vehemencia—. Fue hacia fines de noviembre del año pasado, ¿te acuerdas, Felipe? Nos reunió a todos una tarde y nos leyó el testamento.

Taverner se volvió hacia Felipe Leónides.

—Sí —dijo Felipe.

—Fue como en La herencia de los Voysey —dijo Magda, suspirando con satisfacción—. Siempre he creído que los testamentos son tan dramáticos…

—¿Y usted qué dice, señorita Sofía?

—Sí —dijo Sofía—. Lo recuerdo perfectamente.

—¿Y las cláusulas del testamento? —preguntó Taverner.

El señor Gaitskill estaba a punto de contestar a su manera precisa, pero Rogerio Leónides le tomó la delantera.

—Era un testamento sencillísimo. Electra y Joyce habían muerto y sus dotes habían vuelto a mi padre. El hijo de Joyce, William, había muerto en Birmania, en acción de guerra, y el dinero que dejó había ido a parar a su padre. Felipe, yo y los chicos éramos los únicos parientes que le quedábamos, según nos explicó mi padre. Le dejaba cincuenta mil libras, exentas de derechos, a tía Edith; cien mil libras exentas de derechos y esta casa a Brenda, o en su lugar una casa adecuada que se le compraría en Londres, como ella prefiriera. El resto se dividía en tres partes iguales: una para mí, otra para Felipe, y la tercera a repartir entre Sofía, Eustaquio y Josefina; la herencia de los dos últimos quedaba en depósito hasta su mayoría de edad. Creo que era así, ¿verdad, señor Gaitskill?

—Ésas son, en términos vulgares, las cláusulas del testamento que yo redacté —convino el señor Gaitskill, mostrando cierta aspereza por no habérsele permitido hablar por sí mismo.

—Mi padre nos lo leyó —dijo Rogerio—. Preguntó si nos gustaría hacer algún comentario. Naturalmente, no hubo comentarios.

—Brenda hizo un comentario —indicó la señorita de Haviland.

—Sí —dijo Magda, con expresión satisfecha—. Dijo que no podía resistir el oír hablar de muerte a su adorado Arístides. Le «producía escalofrío», dijo. Y que, muerto él, no querría ni tan siquiera un céntimo de su horrible dinero.

Ésa fue una observación cruel y mordaz. Comprendí de pronto cuan profunda era la aversión que Edith de Haviland sentía hacia Brenda.

—Una distribución de su capital muy justa y razonable —aceptó el señor Gaitskill.

—Y después de leerlo, ¿qué ocurrió? —preguntó el inspector Taverner.

—Después de leerlo —dijo Rogerio— lo firmó.

Taverner se inclinó hacia delante.

—¿Exactamente cómo y cuándo lo firmó?

Rogerio volvió la vista a su mujer, como pidiendo ayuda. Clemencia habló, en respuesta a aquella mirada. El resto de la familia pareció contento de que lo hiciera.

—¿Quiere usted saber exactamente lo que ocurrió?

—Sí, por favor, señora Leónides.

—Mi padre político dejó el testamento en su escritorio y pidió a uno de nosotros, a Rogerio creo, que tocara el timbre. Rogerio así lo hizo. Cuando se presentó Johnson, en respuesta a la llamada, mi padre político le pidió que fuera a buscar a Juana Woolmer, la primera doncella. Cuando los dos estuvieron aquí, firmó el testamento y les dijo a ellos que pusieran su firma debajo de la suya.

—Es el modo correcto de proceder —afirmó el señor Gaitskill—. El testamento debe ser firmado por el testador en presencia de dos testigos, quienes deben estampar sus firmas en el mismo tiempo y lugar.

—¿Y después? —preguntó Taverner.

—Mi padre político les dio las gracias y ellos se fueron. Seguidamente cogió el testamento, lo metió en un sobre alargado y dijo que se lo enviaría al señor Gaitskill al día siguiente.

—¿Están todos de acuerdo —pidió Taverner, mirando a su alrededor— en que ésta es la relación exacta de lo ocurrido?

Se oyeron murmullos de asentimiento.

—Dijo usted que el testamento estaba en el escritorio. ¿A qué distancia de él estaba cada uno de ustedes?

—No muy cerca. Puede que el más próximo estuviera a unos cinco o seis metros.

—Cuando el señor Leónides les leyó el testamento, ¿estaba sentado delante del escritorio?

—Sí.

—¿Se levantó o se separó del escritorio, después de leer el testamento y antes de firmarlo?

—No.

—¿Pudieron los criados leerlo cuando firmaban?

—No —dijo Clemencia—. Mi padre político colocó una hoja de papel sobre la parte superior del documento.

—Con muy buen criterio —dijo Felipe—. El contenido del testamento no era de la incumbencia de los criados.

—Ya —dijo Taverner—. A menos que… No comprendo.

Con un movimiento rápido, mostró un sobre alargado y se inclinó hacia el abogado para entregárselo.

—Eche una ojeada a esto —dijo—, y dígame lo que es.

El señor Gaitskill sacó del sobre un documento doblado y se quedó mirándolo con vivísimo asombro, dándole vueltas y más vueltas entre las manos.

—Esto —dijo— es sorprendente. No lo entiendo en absoluto. ¿Me permite que le pregunte dónde estaba?

—En la caja de caudales, entre los demás papeles del señor Leónides.

—Pero ¿qué es? —preguntó Rogerio—. ¿A qué viene todo esto?

—Éste es el testamento que yo redacté para que su padre lo firmara, Rogerio, pero… no lo comprendo, después de lo que han dicho todos ustedes… no está firmado.

—¿Qué? Bueno, será sólo un borrador.

—No —dijo el abogado—. El señor Leónides me devolvió el borrador original. Entonces yo redacté el testamento, este testamento —lo golpeó con el dedo—, y se lo envié para que lo firmara. Según lo que han declarado ustedes, lo firmó en presencia de todos, y dos testigos añadieron sus firmas. Y, sin embargo, este testamento no está firmado.

—¡Pero es imposible! —exclamó Felipe Leónides, con mayor animación de la que hasta entonces vi yo en él.

Taverner preguntó:

—¿Tenía buena vista su padre?

—Sufría de glaucoma. Para leer, naturalmente, usaba cristales gruesos.

—¿Tenía puestas las gafas aquella tarde?

—Por supuesto. No se las quitó hasta después de haber firmado, ¿verdad?

—Así es —dijo Clemencia.

—¿Y están todos ustedes seguros de que nadie se acercó al escritorio antes de la firma del testamento?

—Ya me hace dudar —dijo Magda, entornando los ojos—. ¡Si pudiéramos ver de nuevo la escena…!

—Nadie se acercó al escritorio —atajó Sofía—; y el abuelo estuvo todo el tiempo sentado ante él.

—¿Estaba el escritorio en la misma posición en que está ahora? ¿No estaba cerca de una puerta, una ventana o una cortina?

—Estaba donde está ahora.

—Estoy tratando de imaginar cómo pudo haberse efectuado una sustitución —explicó Taverner—, porque ha debido de ocurrir algo parecido. El señor Leónides tenía el convencimiento de que firmaba el documento que acababa de leer en voz alta.

—¿No pueden haber sido borradas las firmas? —preguntó Rogerio.

—No, señor Leónides. Hubieran quedado señales. Hay otra posibilidad. Éste no es el documento enviado al señor Leónides por el señor Gaitskill y que firmó en presencia de ustedes.

—Todo lo contrario —dijo el señor Gaitskill—. Puedo jurar que éste es el documento original. Hay una pequeña falta en el papel, en la esquina superior de la izquierda, que, con cierta imaginación, recuerda un aeroplano. Me fijé entonces en ella.

Los miembros de la familia se miraron unos a otros desconcertados.

—Un conjunto de circunstancias curiosísimas —dijo el señor Gaitskill—. En toda mi experiencia, no hay ningún precedente.

—Todo esto es imposible —dijo Rogerio—. Estábamos todos aquí. Sencillamente, no pudo haber ocurrido semejante cosa.

La señorita de Haviland dejó oír una tosecita seca.

—A nada conduce perder el tiempo diciendo que algo que ha ocurrido no puede haber ocurrido —observó—. ¿Cuál es ahora la situación? Eso me gustaría saber.

Gaitskill se convirtió inmediatamente en el abogado cauteloso.

—La situación tendrá que ser examinada con todo cuidado —dijo—. Este documento, naturalmente, anula todos los testamentos anteriores. Hay muchos testigos que vieron al señor Leónides firmar lo que con toda seguridad creía de buena fe que era este testamento. ¡Hum! Muy interesante. Un verdadero problema legal.

Taverner lanzó una mirada a su reloj.

—Siento haberles hecho retrasar la comida.

—¿No se queda usted a comer, inspector? —preguntó Felipe.

—Gracias, señor Leónides; pero tengo que ver al doctor Gray, en Swinly Dean.

Felipe se volvió al abogado.

—¿No come usted con nosotros, Gaitskill?

—Gracias, Felipe, no.

Todos estábamos de pie. Me acerqué discretamente a Sofía.

—¿Me voy o me quedo? —murmuré.

—Será mejor que te vayas —dijo Sofía.

Salí de la habitación sin hacer ruido, detrás de Taverner. Josefina estaba haciendo girar una puerta recubierta de paño verde, que daba acceso a la parte de atrás de la casa. Parecía como si algo estuviera divirtiéndola mucho.

—Los policías son tontos —dijo.

Sofía salió del salón.

—¿Qué has estado haciendo, Josefina?

—Ayudando a Nannie.

—Creo que has estado escuchando detrás de la puerta.

Josefina le hizo una mueca y se marchó.

—Esa niña es un verdadero problema —dolióse Sofía.

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