La casa torcida

La casa torcida


CAPÍTULO ONCE

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CAPÍTULO ONCE

Entré en el despacho de mi padre, en Scotland Yard, y encontré a Taverner terminando de relatar lo que había sido, al parecer, una historia muy triste.

—Y eso es lo que hay —estaba diciendo—. Los he vuelto al revés a todos ellos y ¿qué es lo que consigo? Nada en absoluto. Y todo lo que hemos sacado en limpio en contra de la viuda y su amiguito es que él ponía ojos de cordero cuando ella le servía el café.

—Vamos, vamos, Taverner —dije—. Voy a ponérselo mejor.

—Conque sí, ¿eh? Bueno, señorito Carlos, ¿qué es lo que ha conseguido usted?

Me senté, encendí un cigarrillo, me recosté en mi asiento y se lo conté todo.

—Rogerio Leónides y su esposa planeaban marcharse al extranjero el próximo martes. Rogerio y su padre tuvieron una entrevista tormentosa el día de la muerte del padre. El viejo Leónides se había enterado de que algo andaba mal y Rogerio admitía su culpabilidad.

Taverner se puso como la grana.

—¿De dónde diablos ha sacado usted todo eso? —preguntó—. Si fue por medio de los criados…

—No lo he sabido por los criados —dije—. Lo he sabido por un agente de investigación privada.

—¿Qué quiere usted decir?

—Y he de decir que, de acuerdo con los cánones de las mejores novelas policíacas, él, o ella, ha derrotado por completo a la policía. Y creo también —continué— que mi detective privado esconde en la manga algunas cosas más.

Taverner abrió la boca y volvió a cerrarla. Quería hacer tantas preguntas al mismo tiempo que no sabía por dónde empezar.

—¡Rogerio! —bufó—. ¿De modo que Rogerio es un mal bicho, no es así?

Sentí cierta repugnancia al contarlo. Me había agradado Rogerio Leónides. Recordando su cuarto de trabajo, confortable y acogedor, y su propio encanto afable, me desagradó la idea de lanzar tras él a los sabuesos de la justicia. Naturalmente, era posible que toda la información de Josefina fuera falsa, pero no lo creía yo así.

—¿De modo que se lo ha dicho la chiquilla? —dijo Taverner—. Parece estar enterada de todo lo que ocurre en la casa.

—Los niños suelen enterarse de todo —dijo mi padre secamente.

De ser cierta esta información cambiaba todo el asunto. Si Rogerio había estado malversando fondos de Abastecimientos Reunidos, según había insinuado Josefina confidencialmente, y si su padre lo había descubierto, hubiera sido de una importancia vital el hacer callar al viejo y abandonar Inglaterra antes de que se descubriera la verdad. Era posible que Rogerio hubiera contraído responsabilidad criminal.

Quedó decidido que, sin pérdida de tiempo, había que hacer una investigación en los asuntos de Abastecimientos Reunidos.

—Si corre la noticia, habrá un escándalo mayúsculo —observó mi padre—. Es una empresa muy importante. Hay muchos millones metidos en ella.

—Si realmente el negocio está hundido, tenemos lo que necesitamos —dijo Taverner—. El padre llama a Rogerio. Rogerio se derrumba y confiesa. Brenda Leónides estaba fuera, en el cine. Lo único que Rogerio tiene que hacer es dejar el cuarto de su padre, entrar en el cuarto de baño, vaciar un frasco de insulina y volverlo a llenar con la solución concentrada de eserina, y ahí lo tiene. O puede que lo haya hecho su mujer. Fue a la otra ala de la casa aquel día, después de volver de Londres; dice que fue a buscar una pipa que Rogerio había dejado allí. Pero pudo haber ido a manipular con la medicina antes de que Brenda viniera de la calle y le pusiera la inyección. Hubiera sido muy capaz de hacerlo con toda frialdad.

Yo asentí.

—Sí, me la imagino a ella como la autora real del hecho. Tiene serenidad suficiente para cualquier cosa. Y no creo realmente que Rogerio hubiera pensado en utilizar el veneno… Ese ardid de la insulina tiene algo de femenino.

—Ha habido muchos hombres envenenadores —indicó mi padre fríamente.

—Sí, señor, ya lo sé —dijo Taverner.

—De todos modos, no creo que Rogerio encaje en el tipo de envenenador.

—Prichard —le recordó al viejo— hacía buenas mezclas.

—Lo dejaremos en que los dos intervinieron en el asunto.

—Pero que la intervención de lady Macbeth fue mayor —dijo mi padre cuando Taverner se marchaba—. ¿Te parece a ti una lady Macbeth, Carlos?

Volví a ver con la imaginación la ligera y grácil figura, de pie junto a la ventana de la austera habitación.

—No exactamente —dije—. Lady Macbeth era fundamentalmente ambiciosa. No creo que Clemencia Leónides lo sea. No creo que desee las riquezas o le importen.

—Pero en cambio, ¿podría importarle, hasta la desesperación, la seguridad de su marido?

—Eso sí. Y desde luego, podría ser… cruel.

«Diferentes tipos de crueldad…». Eso era lo que Sofía había dicho.

Levanté la vista y vi que mi padre me observaba.

—¿Qué te preocupa, Carlos?

Pero no se lo dije entonces.

Me llamaron al día siguiente y me encontré a Taverner y a mi padre juntos.

Taverner parecía satisfecho de sí mismo y ligeramente excitado.

—Abastecimientos Reunidos está en muy mala situación —confesó mi padre.

—Irá a la bancarrota en cualquier momento —añadió Taverner.

—Ya he visto que anoche las acciones bajaron mucho —observé—. Pero esta mañana parece que se han recuperado algo.

—Hemos tenido que andar con mucho cuidado —dijo Taverner—. Ni averiguaciones directas ni nada que cause pánico o ponga nervioso a nuestro fugitivo caballero. Pero contamos con ciertas fuentes privadas de información y lo que hemos sabido a este respecto es terminante. Abastecimientos Reunidos está al borde del desastre. Le es completamente imposible hacer frente a sus compromisos. Parece ser que desde hace años lo han dirigido muy mal.

—¿Rogerio Leónides?

—Sí. Ha tenido plenos poderes.

—Y ha cogido dinero…

—No —atajó Taverner—. No creemos que lo haya hecho. Para hablar con franqueza, puede que sea un asesino, pero no creemos que sea un estafador. Sinceramente, lo que ha sido es… tonto. Parece que no tenía el menor discernimiento. Se lanzaba a empresas arriesgadas cuando debía retraerse, y ha dudado y se ha retraído cuando debía arriesgarse. Ha delegado poderes en las personas que menos lo merecían. Es un tipo confiado, y ha confiado en quien no debía. En todo momento, en cada ocasión, ha hecho lo contrario de lo que debía hacer.

—Hay personas así —dijo mi padre—. Y no es que sean realmente tontas. No saben juzgar al prójimo, esto es todo. Y se entusiasman con cualquiera cuando no es el momento indicado.

—Un hombre así no debería meterse en negocios —cortó Taverner.

—Y probablemente no se hubiera metido —dijo mi padre— de no ser por la circunstancia familiar de ser hijo de Arístides Leónides.

—El asunto iba viento en popa cuando el viejo lo puso en manos de su hijo. ¡Pudo haber sido una mina de oro! Parecía que lo único que tenía él que hacer era sentarse y dejar que el negocio marchara por sí solo.

—No —mi padre negó con la cabeza—. Ningún negocio marcha por sí solo. Siempre hay que tomar decisiones, despedir a un hombre, contratar a otro… Pequeñas cuestiones que requieren sagacidad. Y, al parecer, Rogerio Leónides ha tomado siempre el camino equivocado.

—Eso es cierto —dijo Taverner—. Por otra parte, es un hombre fiel. Conservaba en la empresa tipos completamente inútiles, sólo porque les tenía afecto o porque llevaban allí mucho tiempo. Y de cuando en cuando tenía ideas disparatadas e irrealizables, y se empeñaba en ponerlas en práctica a pesar del enorme desembolso que suponían.

—Pero ¿no hizo nada fuera de la ley? —insistió mi padre.

—No, nada criminal.

—Entonces, ¿por qué cometer el asesinato? —pregunté.

—Puede que haya sido tonto y no un bribón —dijo Taverner—. Pero el resultado era el mismo… o casi el mismo. Lo único que podía haber salvado a Abastecimientos Reunidos del desastre era una cantidad de dinero verdaderamente colosal, lo más tarde el… —consultó su librito de notas— el próximo miércoles.

—¿Una cantidad de dinero como la que iba a heredar, o la que pensaba que iba a heredar, por el testamento de su padre?

—Exacto.

—Pero no hubiera podido obtener esa suma en dinero.

—No. Pero hubiera conseguido crédito. Es lo mismo.

El viejo hizo una señal de asentimiento.

—¿No hubiera sido más sencillo ir al viejo Leónides y pedirle ayuda? —sugirió.

—Creo que lo hizo —dijo Taverner—. Creo que eso fue lo que la niña oyó. Supongo que el viejo se negó categóricamente a meter más dinero en un mal negocio. Sería muy suyo.

Me pareció que Taverner tenía razón en este punto. Arístides Leónides había rehusado apoyar la obra de Magda; había dicho que no tendría éxito de taquilla. Los acontecimientos habían demostrado que tenía razón. Era un hombre generoso con su familia, pero no de los que tiran el dinero en empresas improductivas. Y Abastecimientos Reunidos era un asunto de cientos de miles de libras. Se negó categóricamente, y lo único que podía salvar a Rogerio era la muerte de su padre.

Sí, era evidente que había un motivo.

Mi padre consultó su reloj.

—Le he dicho que venga aquí —dijo—. Llegará de un momento a otro.

—¿Rogerio?

—Sí.

—¿Quieres venir a mi casa?, dijo la araña a la mosca —murmuré.

Taverner me miró escandalizado.

—Le haremos todas las advertencias que son del caso —dijo con severidad.

La escena estaba dispuesta y el taquígrafo preparado. Poco después sonó el zumbador y Rogerio Leónides entraba en la habitación.

Entró, anhelante y torpe, tropezando con una silla. Como en otras ocasiones, me recordó a un gran perro amistoso. Al mismo tiempo, me convencí absolutamente de que no había sido él quien había llevado a cabo el cambio de la insulina por la eserina. Hubiera roto el frasco, derramado el líquido o hecho fracasar la operación de un modo u otro. No. Había sido Clemencia la que había actuado, aunque Rogerio hubiera estado en antecedentes.

Habló atropelladamente.

—¿Querían verme? ¿Han descubierto algo? Hola, Carlos, no le había visto. Es usted muy amable en haber venido. Pero dígame, por favor, sir Arturo…

Un hombre tan agradable, tan sumamente agradable… Pero muchos asesinos habían sido hombres agradables, según sus asombrados amigos habían dicho después. Sintiéndome Judas, le dirigí una sonrisa de salutación.

Mi padre adoptó una actitud circunspecta, fríamente oficial. Se dijeron las frases de rigor: declaración… sería anotada… no estaba obligado… un abogado…

Rogerio Leónides las rechazó todas con su característica vehemencia impaciente.

Sorprendí la sonrisa sardónica del inspector Taverner y por ella adiviné cuáles eran sus pensamientos.

«Esos tipos… siempre seguros de sí mismos. No pueden cometer un error. ¡Son demasiado inteligentes!».

Me senté discretamente en una esquina y escuché con interés.

—Le he pedido que venga aquí, Leónides —dijo mi padre—, no para darle las últimas noticias, sino para solicitar información de usted, información que usted ha retenido con anterioridad.

Rogerio Leónides pareció aturdido.

—¿Retenido? ¡Pero si les he dicho a ustedes todo… absolutamente todo!

—Creo que no. ¿Sostuvo usted una conversación con el muerto en la tarde de su fallecimiento?

—Sí, sí; tomé el té con él. Se lo he dicho a ustedes.

—Sí, nos lo ha dicho usted; pero no nos ha dicho de qué hablaron.

—Pues hablamos.

—¿De qué?

—De cosas corrientes de la casa, de Sofía.

—¿Y no mencionaron ustedes a Abastecimientos Reunidos?

Creo que hasta entonces, en mi interior, había mantenido la esperanza de que Josefina hubiera inventado toda la historia. Si era así, mi esperanza se desvaneció en el acto.

El rostro de Rogerio se transformó, pasando en un momento de la ansiedad a algo que estaba muy cerca de la desesperación.

—¡Dios mío! —dijo. Y se dejó caer en una butaca, escondiendo el rostro entre las manos.

Taverner sonrió como un gato satisfecho.

—¿Admite usted, señor Leónides, que no ha sido franco con nosotros?

—¿Cómo ha llegado a enterarse? Creí que no lo sabía nadie… No me explico cómo ha podido saberlo nadie…

—Tenemos medios para enterarnos de estas cosas, señor Leónides. —A sus palabras siguió una pausa solemne—. Creo que comprenderá usted ahora que es mejor que nos diga la verdad.

—Sí, sí. Claro. Se la diré. ¿Qué quieren ustedes saber?

—¿Es cierto que Abastecimientos Reunidos está al borde del desastre?

—Sí. Ya no puede evitarse por más tiempo. La quiebra es inevitable. Si mi padre hubiera muerto sin saberlo… Me siento tan avergonzado… tan cubierto de ignominia…

—¿Hay posibilidades de que se siga acción criminal?

Rogerio se enderezó con viveza.

—No, en absoluto. Habrá quiebra… pero será una quiebra honrosa. A los acreedores se les pagará hasta el último penique, si invierto en ello mi capital, cosa que haré. No, si siento vergüenza es por haber fallado a mi padre. Él confió en mí. Puso en mis manos esa empresa, la más importante y su preferida entre todas las demás. Nunca intervino, nunca me preguntó lo que hacía. Puso toda su confianza en mí… Y yo le fallé.

Mi padre dijo fríamente:

—Ha dicho usted que no había posibilidad de causa criminal. ¿Por qué entonces habían planeado usted y su esposa marcharse al extranjero sin comunicar su intención?

—¿También saben eso?

—Sí, señor Leónides.

—Pero ¿no comprenden? —Se inclinó hacia delante, ansiosamente—. No podía presentarme ante él con la verdad. Hubiera parecido como si pidiera dinero, como si quisiera que me sacara a flote otra vez. Él me… me quería mucho. Hubiera querido ayudarme. Pero yo no podía… no podía continuar… hubiera vuelto a embrollar las cosas… No valgo para nada. No tengo habilidad. No soy como mi padre. Siempre he sabido que no lo era. He hecho tentativas, pero en vano. He sido tan desgraciado… ¡Dios mío! ¡No saben ustedes lo desgraciado que he sido! Tratando de salir del atolladero, con la esperanza de poder arreglar las cosas y de que mi pobre padre no se enterara nunca. Y entonces se acabó… se acabaron mis esperanzas de evitar la quiebra. Clemencia, mi esposa, lo comprendió y estuvo de acuerdo conmigo. Trazamos el plan. No decir nada a nadie, marcharnos y dejar que la tormenta estallara después. Le dejaría una carta a mi padre contándoselo todo, diciéndole lo avergonzado que estaba y pidiéndole que me perdonara. ¡Ustedes no saben lo bueno que ha sido siempre conmigo! Pero entonces sería demasiado tarde para que pudiera hacer nada. Eso era lo que yo quería. No pedirle ayuda, ni siquiera que pudiera pensar que se la pedía. Empezar de nuevo por mis propios medios en algún otro lugar. Vivir sencilla y humildemente. Cultivar la tierra, café, frutas… Cubrir las necesidades elementales de la vida. Sería duro para Clemencia, pero aseguró que no le importaba. Es maravillosa… sencillamente maravillosa.

—Ya. —La voz de mi padre era seca—. ¿Y qué fue lo que le hizo cambiar de opinión?

—¿Cambiar de opinión?

—Sí. ¿Qué le decidió ir a pedir ayuda a su padre, a pesar de todo?

Rogerio se le quedó mirando.

—¡Si no fui!

—¡Vamos, señor Leónides!

—Está usted completamente equivocado. No acudí a él. Fue él quien me hizo llamar a mí. Se había enterado no sé cómo, en la City. Supongo que oiría algún rumor. Claro que él siempre lo sabía todo. Alguien se lo había dicho. Me acorraló y, claro, me derrumbé… Se lo conté todo. Le dije que no era por el dinero, sino porque había confiado en mí y yo le había fallado.

Rogerio tragó saliva convulsivamente.

—¡Mi padre querido! —dijo—. No pueden imaginarse lo bueno que fue conmigo. No me hizo ningún reproche. Sólo tuvo palabras de bondad. Le dije que no quería ayuda, que prefería que no me ayudara, que lo mejor era que me marchara, como había planeado. Pero no quiso escucharme. Insistió en salvarme… en sacar a flote a Abastecimientos Reunidos.

Taverner dijo, mordaz:

—¿Pretende usted que creamos que su padre tenía intención de ayudarle económicamente?

—Desde luego. Escribió en el mismo momento a sus corredores, dándoles instrucciones.

Debió ver la incredulidad en los rostros de los dos hombres, porque enrojeció.

—Escuchen —dijo—. Todavía tengo la carta. Iba a echarla al correo, pero claro, luego con… con la conmoción y el jaleo, se me olvidó. Seguramente la tengo aquí.

Sacó su billetero y empezó a rebuscar en él. Finalmente encontró lo que quería. Era un sobre arrugado con el sello puesto. Me incliné y vi que estaba dirigida a los señores Greatorex y Hanbury.

—Lean ustedes mismos, si no me creen —dijo.

Mi padre rasgó el sobre. Taverner se puso detrás de él. Yo no vi la carta entonces, pero la vi más tarde. Les daba instrucciones a los señores Greatorex y Hanbury para que hicieran unas inversiones y solicitaba para el día siguiente la presencia de un miembro de la firma para darle órdenes respecto a los asuntos de Abastecimientos Reunidos. Parte de la carta me resultó ininteligible, pero su propósito era evidente: Arístides Leónides se disponía a levantar de nuevo a Abastecimientos Reunidos.

Taverner dijo:

—Le daremos un recibo de esta carta, señor Leónides.

Rogerio cogió el recibo, se levantó y dijo:

—¿Desean algo más? Ahora ya ven ustedes cómo ocurrió todo, ¿verdad?

Taverner dijo:

—El señor Leónides le dio esta carta y usted le dejó. ¿Qué hizo entonces?

—Fui corriendo a mi parte de la casa. Mi esposa acababa de regresar. Le dije lo que mi padre se proponía hacer, lo maravillosamente que se había portado. Yo… la verdad es que casi no sabía lo que hacía.

—¿Y cuánto tardó su padre en ponerse enfermo, después de eso?

—Déjeme que piense… puede que media hora, o una hora. Brenda entró corriendo. Estaba espantada. Dijo que mi padre tenía un aspecto muy raro. Yo… salí corriendo con ella. Pero ya se lo he dicho a ustedes antes.

—En su anterior visita, ¿fue usted al baño contiguo al cuarto de su padre?

—Creo que no. No… no, estoy seguro de que no fui. Pero no es posible que ustedes piensen que yo…

Mi padre sofocó la súbita indignación de Rogerio. Se levantó y estrechó su mano.

—Gracias, señor Leónides —dijo—. Ha sido usted una gran ayuda. Pero debía usted habernos contado antes todo esto.

La puerta se cerró tras Rogerio. Me levanté y me acerqué a la mesa de mi padre para leer la carta.

—Puede que sea una falsificación —dijo Taverner, esperanzado.

—Puede —dijo mi padre—; pero no lo creo. Me parece que tendremos que aceptar los hechos. El viejo Leónides estaba dispuesto a sacar a su hijo del atolladero. Mejor lo haría el pobre por sí mismo que Rogerio después de muerto su padre, sobre todo si ahora resulta que no se encuentra el testamento y que, por consiguiente, la herencia de Rogerio será objeto de controversia. Habrá demoras y dificultades. Tal como están las cosas, la quiebra no puede evitarse. No, Taverner. Rogerio Leónides y su esposa no tenían motivos para quitar de en medio al viejo. Al contrario… —Se detuvo y repitió—: Al contrario.

—¿Qué está pensando, señor? —preguntó Taverner.

El viejo dijo lentamente:

—Si Arístides Leónides hubiese vivido sólo veinticuatro horas más, Rogerio se hubiera salvado. Pero no vivió veinticuatro horas. Murió de repente y trágicamente en poco más de una hora.

—¡Hum! —dijo Taverner—. ¿Cree que alguien de la casa quería que Rogerio se arruinara? ¿Alguien con intereses opuestos a los suyos? No parece probable.

—¿Cuál es la situación en lo que se refiere al testamento? —preguntó mi padre—. ¿Quién hereda en realidad el dinero del viejo Leónides?

Taverner dejó escapar un suspiro de enojo.

—Ya sabe usted cómo son los abogados. Es imposible sacar de ellos una respuesta clara. Hay un testamento anterior, hecho cuando se casó con la segunda señora Leónides. En él se le deja a ella la misma cantidad, algo menos a la señorita Haviland y el resto a Felipe y Rogerio. Yo creía que si el testamento no estaba firmado, el viejo tendría valor legal, pero parece que no es tan fácil como eso. Para empezar, el nuevo testamento revoca al anterior y hay testigos de que lo firmó y la «intención del testador». Si resulta que Leónides murió ab intestato, es cuestión de cara o cruz. Entonces la viuda, al parecer, lo coge todo… o la renta vitalicia, en cualquier caso.

—¿De modo que si el testamento no aparece, Brenda Leónides es probablemente la persona que más se beneficiaría con ello?

—Sí. Si ha habido manganilla en esto, parece probable que esté ella en el fondo del asunto. Y está clarísimo que ha habido engaño, pero que me aspen si veo cómo pudo hacerse.

Yo tampoco lo veía. Es posible que estuviésemos completamente obtusos. Pero, claro, mirábamos el asunto desde un ángulo equivocado.

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