La casa torcida

La casa torcida


CAPÍTULO DOCE

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CAPÍTULO DOCE

A la salida de Taverner siguió un corto silencio.

Luego dije:

—Papá, ¿cómo son los asesinos?

El viejo me miró pensativo. Nos comprendíamos tan bien el uno al otro que supo con exactitud lo que andaba por mi cabeza al hacer la pregunta. Y contestó a ella muy seriamente:

—Sí —dijo—. Eso es importante ahora, muy importante… para ti. Estás ya muy relacionado con el asesinato. No puedes seguir mirándolo desde fuera.

Siempre me habían interesado, como aficionado, algunos de los casos más espectaculares de que se había ocupado el Departamento de Investigación Criminal, pero, como había dicho mi padre, me habían interesado desde fuera, contemplándolos, por decirlo así, desde la barrera. Pero ahora, como Sofía había comprendido más rápidamente que yo, el asesinato se había convertido en factor dominante de mi vida.

El viejo continuó:

—No sé si seré yo la persona indicada para contestar a tu pregunta. Podría ponerte en contacto con un par de psiquiatras de los que trabajan para nosotros. Esto es rutina para ellos. O Taverner te puede dar nuestros informes secretos. Pero creo que lo que tú quieres es oír lo que yo, personalmente, como resultado de mi experiencia sobre criminales, pienso de este asunto, ¿verdad?

—Eso es lo que quiero —dije, agradecido.

Mi padre trazó con el dedo un pequeño círculo en la tapa del escritorio.

—¿Cómo son los asesinos? Algunos de ellos —una sonrisa melancólica asomó a su rostro— han sido unos chicos extraordinariamente simpáticos.

Creo que me sobresalté ligeramente.

—Sí, sí, muy simpáticos —dijo—. Tipos corrientes, como tú y como yo, o como el que acaba de salir, Rogerio Leónides. El asesinato, ¿sabes?, es un crimen de aficionados. Hablo, naturalmente, de la clase de asesinatos a que tú te refieres, no de las faenas de los gángsters. Muchas veces, estos hombres agradables y corrientes dan la impresión de que hubieran sido sorprendidos por el asesinato, casi por accidente. Se encontraban en una situación muy difícil o deseaban algo apasionadamente, dinero o una mujer, y mataron para conseguirlo. El freno que nos detiene a la mayoría de nosotros no actúa sobre ellos. Un niño convierte su deseo en acción sin remordimiento. Un niño se enfada con su gatito, dice «te mataré» y le golpea en la cabeza con un martillo… ¡y luego se le destroza el corazón porque el gatito no vuelve a la vida! Muchos niños tratan de sacar de su cochecito a su hermano menor para «ahogarlo» porque les roba la atención de los mayores o porque les molesta en sus juegos. Llegan, a edad muy temprana, a un grado en el que saben que eso está «mal», es decir, que si lo hacen los castigarán. Más tarde, sienten que está mal. Pero sospecho que algunas personas no maduran normalmente. Saben que el asesinato es malo, pero no lo sienten. Como resultado de mi experiencia, no creo que ningún asesino se haya arrepentido realmente… Puede que sea ésta la marca de Caín. Los asesinos son seres aparte, son «diferentes»; el asesinato es malo, pero no para ellos, para ellos es necesario; la víctima «se lo ha buscado»; era «la única solución».

—¿Crees —pregunté— que si alguien odiara al viejo Leónides, le hubiera odiado, digamos, durante mucho tiempo, sería ésta una buena razón para, en el momento actual, matarlo?

—¿Puro odio? Me parece muy poco probable. —Mi padre me miró con curiosidad—. Cuando dices odio, supongo que quieres decir antipatía llevada al exceso. El odio por celos, que tiene su raíz en el amor y en el desengaño, es diferente. Constantina Kent, lo dijo todo el mundo, quería mucho al hermanito a quien mató. Pero al parecer quería para ella la atención y el cariño que se ponía en él. Creo que la gente mata con mayor frecuencia a los que quiere que a los que odia. Posiblemente porque sólo aquellos a quienes uno quiere de verdad pueden hacer intolerable nuestra vida.

»Pero todo esto no te ayuda gran cosa, ¿verdad? —continuó—. Si he interpretado bien tus sentimientos, lo que tú quieres es algún distintivo, alguna señal universal que te ayude a señalar a un asesino dentro de una familia aparentemente normal y agradable.

—Sí, eso es.

—Me pregunto si habrá un denominador común. ¿Sabes? —Se detuvo—. Si lo hay, creo que es la vanidad.

—¿La vanidad?

—Sí. Nunca he encontrado un asesino que no fuera vanidoso… Nueve veces de cada diez, es su vanidad lo que los lleva a la ruina. Aunque tengan miedo de que los cojan, no pueden evitar el pavonearse y alardear y, por regla general, están convencidos de que han sido demasiado listos para que los cojan. Y hay otra cosa: el asesino necesita hablar.

—¿Hablar?

—Sí. ¿No comprendes? El haber cometido un asesinato les deja en una gran soledad. Al asesino le gustaría contárselo todo a alguien… y no puede. Y eso hace que lo desee aún más. Y así, si no puede hablar de cómo lo hizo, al menos puede hablar del crimen, discutirlo, exponer teorías, analizarlo.

»En tu lugar, Carlos, yo buscaría eso. Vuelve allí y mézclate con todos ellos y hazlos hablar. Claro que no será coser y cantar. Inocentes o culpables, todos se alegrarán de tener la oportunidad de hablar con un extraño, porque a ti pueden decirte cosas que no pueden decirse entre ellos. Pero creo posible que adviertas cierta diferencia. La persona que tiene algo que ocultar no puede permitirse en absoluto el lujo de hablar. Bien lo sabían los muchachos del Servicio Secreto durante la guerra. Si eran capturados, decían su nombre, grado y número, pero nada más. Los que pretenden dar falsa información casi siempre cometen algún error. Hazlos hablar a todos y busca ese desliz o que alguien se delate a sí mismo.

Le dije lo que me había dicho Sofía acerca de la crueldad que había en el seno de la familia, de diferentes clases de crueldad. Mi padre demostró mucho interés.

—Sí —dijo—. Tiene razón tu chica. La mayoría de las familias tienen una tara, un tendón de Aquiles. Con una de estas debilidades puede uno entendérselas, por regla general, pero no con dos de diferente especie. Muy interesante esto de la herencia. Consideremos, por ejemplo, la insensibilidad de los Haviland y lo que podamos llamar la falta de escrúpulos de los Leónides porque, aunque, sin escrúpulos, son bondadosos. Pero piensa en un descendiente que hereda ambos rasgos. ¿Comprendes lo que quiero decir?

No había considerado el asunto según ese aspecto. Mi padre continuó:

—Pero no debo preocuparte con esto de la herencia. Es un tema muy complicado y difícil. No, hijo mío, ve allá y déjales que te hablen. Tu Sofía tiene toda la razón en una cosa: sólo la verdad os dejará satisfechos a ella y a ti. Tenéis que saber.

Y añadió, al dejar yo la habitación:

—Y ten cuidado con la niña.

—¿Josefina? Quieres decir que no le deje saber lo que me traigo entre manos…

—No, no quise decir eso. Quise decir que… la cuides. No queremos que le ocurra nada.

Me quedé mirándole.

—Vamos, Carlos, comprende que en algún lugar de la casa hay un asesino que mata a sangre fría. Esa niña, Josefina, parece que sabe casi todo lo que allí pasa.

—Es cierto que sabía todo lo de Rogerio, aunque sacó la consecuencia de que era un estafador. Su relato de lo que escuchó parece completamente correcto.

—Sí, sí. Las declaraciones de los niños son siempre las mejores. Siempre me fío de ellas. Claro que ante un tribunal no sirven. Los niños no pueden resistir las preguntas directas. Se ponen a mascullar o adoptan una expresión estúpida y dicen lo que no saben. Cuando están mejor es cuando se ponen a presumir. Así es como conseguirás saber más de ella. No empieces a hacerle lo que la niña hizo contigo, presumir. De ese modo no contestará a tus preguntas. Haz como que crees que no sabe nada. Eso la hará hablar.

Y añadió:

—Pero cuida de ella. Puede que sepa demasiado para la seguridad de alguien.

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