La casa torcida
CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE
Del salón grande salía un murmullo de voces. Estuve dudando, pero no entré. Anduve al azar por el pasillo y, movido por un impulso repentino, empujé la puerta giratoria. Detrás, el pasillo estaba oscuro, pero, de pronto, una puerta se abrió, dejando ver una amplia cocina iluminada. En el umbral se hallaba una anciana bastante voluminosa. Tenía atado alrededor de la cintura un delantal blanco muy limpio y en el momento en que la vi comprendí que todo iba bien. Es la sensación que siempre produce una de estas buenas criadas antiguas. Tengo treinta y cinco años, pero me sentí exactamente como si fuera un niño de cuatro.
Que yo sepa, Nannie nunca me había visto, pero dijo en seguida:
—Es usted el señor Carlos, ¿verdad? Venga a la cocina y le daré una taza de té.
Era una cocina grande y alegre. Me senté junto a la mesa del centro y Nannie me trajo una taza de té y dos galletas dulces en un plato. Más que nunca, me sentí como si estuviera de nuevo en el cuarto de niños. Todo iba bien y ya no sentía miedo a la oscuridad y a lo desconocido.
—La señorita Sofía se alegrará de que haya usted venido —dijo Nannie—. Está poniéndose muy excitada —y añadió, con desaprobación—: Todos están muy excitados.
Miré por encima de mi hombro.
—¿Dónde está Josefina? Entró conmigo.
Nannie hizo con la lengua un ruidito de desaprobación.
—Escuchando detrás de las puertas y escribiendo cosas en ese estúpido cuadernito que lleva consigo —dijo—. Debía de haber ido al colegio y jugar con niñas de su edad. Se lo he dicho a la señorita Edith y ella está de acuerdo conmigo, pero para el señor, está mejor aquí en su casa.
—Le tendrá mucho cariño —dije.
—Se lo tenía, señor. Los quería mucho a todos.
Me mostré ligeramente sorprendido, preguntándome por qué ponía tan decididamente en el pasado el cariño de Felipe por su hija. Nannie vio mi expresión, y sonrojándose ligeramente, dijo:
—Al decir el señor, me refería al anciano señor Leónides.
Antes de que pudiera contestar, se abrió la puerta precipitadamente y Sofía entró:
—¡Ay, Carlos! —dijo, y continuó rápidamente—: Nannie, me alegro tanto de que haya venido…
—Ya lo sé, rica.
Nannie recogió unas ollas y unos cazos y salió con ellos de la cocina, para fregarlos en alguna dependencia interior, cerrando la puerta al salir.
Me levanté y me acerqué a Sofía. La rodeé con mis brazos y la estreché contra mí.
—Estás temblando, mi vida —dije—. ¿Qué te pasa?
Sofía dijo:
—Tengo miedo, Carlos. Tengo miedo.
—Te quiero —dije—. Si pudiera sacarte de aquí…
Se separó de mí y negó con un movimiento de cabeza.
—No, eso es imposible. Tenemos que terminar con esto. Pero no me gusta, Carlos. No me gusta pensar que alguien… alguien de esta casa… alguien a quien veo y hablo cada día, mata a sangre fría y con premeditación…
No supe qué contestarle. A una persona como Sofía no puede animársela con frases sin sentido.
—El no saber debe de ser lo peor —concedí.
—¿Sabes lo que me horroriza de todo esto? —dijo en un susurro—. Que acaso no lo sepamos nunca…
Pude imaginar fácilmente lo horrible de esa pesadilla… Y me pareció muy probable que nunca llegara a saberse quién había matado al señor Leónides.
Y esto me recordó también una pregunta que había querido hacer a Sofía sobre un punto que había despertado mi interés.
—Dime, Sofía —dije—. ¿Cuántas personas en la casa sabían lo de las gotas de eserina para los ojos, quiero decir: a) que tu abuelo las tenía, y b) que eran venenosas y cuál era la dosis fatal?
—Ya sé adónde quieres ir a parar, Carlos. Pero no sirve de nada. Todos lo sabíamos.
—Sí, bueno, de un modo vago; pero quiero decir con precisión…
—Todos lo sabíamos con precisión. Estábamos todos arriba un día con mi abuelo para tomar café, después del almuerzo. Le gustaba tener a toda la familia a su alrededor, ¿sabes? Los ojos le habían estado molestando mucho. Brenda cogió la eserina, para ponerle una gota en cada ojo, y Josefina, que siempre está haciendo preguntas sobre todas las cosas, dijo: «¿Por qué dice "Gotas para los ojos. No Tomarlas" en la botella? ¿Qué ocurriría si tomaras toda la botella?». Y el abuelo sonrió y dijo: «Si Brenda se equivocara y me inyectara las gotas en lugar de la insulina… sospecho que daría una boqueada, se me pondría la cara azul y moriría, porque mi corazón ya no es muy fuerte». Y Josefina dijo: «¡Oh!». y el abuelo continuó: «De modo que tenemos que ir con cuidado de que Brenda no me ponga una inyección de eserina, en lugar de insulina, ¿verdad?».
Sofía hizo una pausa de breves momentos y luego continuó:
—Todos estábamos allí, escuchando. ¿Comprendes…? ¡Todos lo oímos!
Comprendí. Suponía que se habría necesitado cierto conocimiento de la especialidad. Pero ahora resultaba que el viejo Leónides había, por decirlo así, suministrado el bosquejo de su propio asesinato. El asesino no había tenido que idear un plan, ni organizar ni inventar nada. La propia víctima había procurado un método sencillo de causarle la muerte.
Suspiré profundamente. Sofía, adivinando mis pensamientos, dijo:
—Sí, es horrible, ¿verdad?
—¿Sabes, Sofía? —dije lentamente—. Se me ocurre una cosa.
—¿Sí?
—Que tienes razón, que no pudo haber sido Brenda. No podía haberlo hecho así, exactamente, habiéndolo oído todos y sabiendo que lo recordaríais.
—No lo sé. Es un poco torpe en ciertos aspectos.
—No tan torpe como para eso —dije—. No, no puede haber sido Brenda.
Sofía se apartó de mí.
—No quieres que sea Brenda, ¿verdad? —preguntó.
¿Qué podía contestar yo? No podía, no, no podía decir categóricamente: «Sí, espero que sea Brenda».
¿Y por qué no podía? ¿Era tan sólo el saber que Brenda estaba completamente sola en un campo; y en el otro, en pie de guerra, la poderosa familia Leónides, con su intensa animosidad? ¿Era caballerosidad? ¿Compasión hacia el más débil, hacia el indefenso? La recordaba sentada en el sofá, con sus costosas ropas de luto, su voz desesperada y sus ojos llenos de miedo.
Nannie volvió del fregadero muy oportunamente. No sé si notaría que entre Sofía y yo había cierta tensión.
Dijo en tono reprobatorio:
—Hablando de asesinatos y cosas por el estilo. Hay que olvidarse de eso, es lo que yo digo. Dejárselo a la policía. Eso es asunto de ellos, no de ustedes.
—¡Ah, Nannie! ¿No te das cuenta de que alguien de la casa es un asesino?
—Tonterías, señorita Sofía; se me acaba la paciencia. ¿No está la puerta principal abierta todo el tiempo, todas las puertas abiertas, nada cerrado, como llamando a los ladrones y escaladores?
—Pero no puede haber sido un ladrón, no han robado nada. Además, ¿por qué iba a entrar un ladrón a envenenar a nadie?
—No he dicho que fuera un ladrón, señorita Sofía. Sólo he dicho que todas las puertas estaban abiertas. Puede haber entrado cualquiera. Si quiere que le diga mi opinión, creo que fueron los comunistas.
Nannie movió la cabeza con satisfacción.
—¿Pero a santo de qué iban a querer los comunistas envenenar al pobre abuelo?
—Bueno, todo el mundo dice que están detrás de todo lo que pasa. Pero si no fueron los comunistas, fíjese en lo que le digo, fueron los protestantes.
Con el aire de quien ha dicho la última palabra, Nannie desapareció por segunda vez en dirección al cuarto de fregar.
Sofía y yo nos reímos.
—Una católica de la vieja escuela —dije.
—¿Verdad que sí? Vamos, Carlos, vamos al salón. Hay una especie de cónclave familiar. Había sido proyectado para esta noche, pero empezó prematuramente.
—Será mejor que no me inmiscuya, Sofía.
—Si es que vas a entrar algún día en la familia, mejor es que antes nos veas cuando nos quitamos los guantes.
—¿De qué se trata?
—De los asuntos de Rogerio. Al parecer, ya has andado tú metido en ellos. Pero estás loco al pensar que Rogerio hubiera sido capaz de matar al abuelo. ¡Si lo adoraba…!
—En realidad, no he creído que lo hubiera hecho Rogerio. Creí que podía haberlo hecho Clemencia.
—Sólo porque yo te metí la idea en la cabeza. Pero también en eso te equivocas. No creo que a Clemencia le importara un bledo el que Rogerio perdiera todo su dinero. Creo incluso que se alegraría. Siente una pasión extraña por carecer de todo. Anda, vamos.
Cuando Sofía y yo entramos en el salón, las personas que estaban hablando callaron de repente. Todo el mundo nos miró.
Estaban todos allí. Felipe sentado en un butacón tapizado de brocado rojo, entre las dos ventanas, el hermoso rostro convertido en una máscara fría y rígida. Parecía un juez a punto de dictar sentencia. Rogerio estaba sentado a horcajadas sobre un gran cojín, junto a la chimenea. Se había revuelto el pelo entre los dedos y lo tenía todo alborotado. La pernera izquierda de su pantalón estaba encogida y su corbata torcida. Estaba sofocado y con aspecto de haber estado discutiendo. Clemencia se sentaba detrás de él y su delicada figura parecía demasiado pequeña para la gran butaca mullida. Su mirada no se fijaba en ninguno de los presentes, sino que parecía estar estudiando los paneles de la pared con expresión desapasionada. Edith estaba sentada, muy erguida, en un sillón orejero. Hacía una labor de punto, con energía sorprendente, manteniendo los labios muy apretados. Lo más hermoso para la vista que había en la habitación era el grupo que formaban Magda y Eustaquio. Parecían un retrato de Gainsborough. Estaban sentados en el sofá, uno al lado del otro, el muchacho, moreno y hermoso, con expresión sombría, y junto a él, con uno de los brazos extendidos a lo largo del respaldo del sofá, Magda, la duquesa de las Tres Buhardillas, con un vestido en tafetán muy pintoresco, y uno de sus pequeños pies, calzados con zapatillas de brocado, extendido delante de ella. Felipe frunció el ceño.
—Sofía —dijo—, perdona; pero estamos discutiendo, muy detenidamente, asuntos de familia de índole privada.
Las agujas de la señorita de Haviland sonaron una contra otra. Me disponía a disculparme y retirarme de la habitación, pero Sofía se me adelantó, diciendo con voz clara y decidida:
—Carlos y yo pensamos casarnos. Quiero que esté aquí.
—¿Y por qué no? —exclamó Rogerio, saltando de su cojín con energía explosiva—. ¡No me cansaré de decirte, Felipe, que no hay en todo esto nada privado! Mañana o pasado lo sabrá todo el mundo. De todos modos, amigo mío —se acercó a mí y puso amistosamente una mano en mi hombro—, usted ya lo sabe todo. Estaba allí esta mañana.
—Dígame —exclamó Magda, inclinándose hacia delante—. ¿Cómo es Scotland Yard? Siempre se lo pregunta uno. ¿Hay una mesa? ¿Un escritorio? ¿Butacas? ¿Qué clase de cortinas? Supongo que no habrá flores… ¿Y habrá un dictáfono?
—Cállate, mamá —dijo Sofía—. Has dicho a Vavasour Jones que suprimiera la escena de Scotland Yard. Dijiste que era un anticlímax.
—Hacía que la obra pareciera demasiado una comedia policíaca —añadió Magda Leónides—. Decididamente. «Edith Thompson» es drama psicológico, o drama apasionante… ¿Cómo os parece que suena mejor?
—¿Estaba usted allí esta mañana? —me preguntó Felipe con voz cortante.
Aumentó mi convencimiento de que mi presencia no era bien recibida, pero la mano de Sofía se agarraba a mi brazo. Clemencia me acercó una silla.
—Siéntese —dijo.
Le dirigí una mirada agradecida y acepté.
—Podéis decir lo que os parezca —dijo la señorita de Haviland, al parecer continuando la conversación donde la habían dejado—, pero yo pienso que debemos respetar los deseos de Arístides. Cuando todo esto del testamento se resuelva, por lo que a mí respecta, mi herencia está a tu entera disposición, Rogerio.
Rogerio se tiró frenéticamente de los cabellos.
—¡No, tía Edith! ¡No! —gritó.
—Me gustaría poder decir lo mismo —dijo Felipe—, pero hay que considerar todos los factores…
—Querido Felipe, pero ¿no lo comprendes? No cogeré un penique de nadie.
—¡Claro que no lo hará! —Saltó Clemencia.
—De todos modos, Edith —dijo Magda—, si lo del testamento se arregla, tendrá su parte.
—Pero no puede arreglarse a tiempo, ¿verdad? —preguntó Eustaquio.
—Tú no sabes nada de estas cosas, Eustaquio —dijo Felipe.
—El chico tiene toda la razón —exclamó Rogerio—. Ha puesto el dedo en la llaga. Nada puede evitar el desastre. Nada.
Habló con una especie de fruición.
—En realidad no hay que discutir —dijo Clemencia.
—Además, ¿qué importa? —preguntó Rogerio.
—Yo diría que importa muchísimo —replicó Felipe, apretando los labios.
—No —dijo Rogerio—. ¡No! ¿Hay algo que tenga importancia comparado con el hecho de que nuestro padre ha muerto? ¡Mi padre ha muerto! Y nosotros nos sentamos aquí a discutir asuntos de dinero.
Un ligero tinte rosado coloreó las mejillas de Felipe.
—Sólo tratamos de ayudarte —dijo secamente.
—Ya lo sé, Felipe, querido, ya lo sé. Pero nadie puede hacer nada. Conque asunto terminado.
—Me figuro —dijo Felipe— que yo podría allegar cierta cantidad de dinero. Los valores han bajado mucho y parte de mi capital está colocado de tal forma que no puedo tocarlo: la dote de Magda y demás, pero…
Magda contestó rápidamente:
—Pero si no puedes allegar el dinero, querido. Sería absurdo el intentarlo y… no muy justo para los niños.
—¡Os digo que no estoy pidiendo nada a nadie! —gritó Rogerio—. Ya estoy ronco de tanto decirlo. Estoy conforme con que las cosas sigan su curso.
—Es cuestión de prestigio —dijo Felipe—. Del prestigio de nuestro padre, del nuestro.
—No era un negocio familiar. Era exclusivamente mío.
—Sí —remachó Felipe mirándolo—. Era exclusivamente tuyo.
Edith de Haviland se levantó y exclamó:
—Creo que ya hemos discutido bastante sobre esto.
En su voz había esa nota de auténtica autoridad que nunca dejaba de producir efecto.
Felipe y Magda se levantaron. Eustaquio salió despacio de la habitación y observé la rigidez con que se movía. No es que fuera precisamente cojo, pero su andar era quizá vacilante.
Rogerio cogió del brazo a Felipe y dijo:
—Has sido muy bueno al pensar siquiera en semejante cosa.
Los dos hermanos salieron juntos.
Magda murmuró:
—¡Tanto alboroto!
Y le siguió, y Sofía dijo que tenía que ocuparse de mi habitación.
Edith de Haviland se quedó recogiendo su labor. Me miró y creí que iba a hablarme. En su mirada había una expresión que era casi una llamada. Sin embargo, cambió de opinión y salió con los demás.
Clemencia se había acercado a la ventana y miraba hacia el jardín. Me acerqué a su lado y ella volvió ligeramente la cabeza hacia mí.
—Gracias a Dios que se ha terminado todo esto —dijo, y añadió con disgusto—: ¡Qué absurda es esta habitación!
—¿No le gusta?
—No puedo respirar en ella. Siempre huele a polvo y a flores podridas.
Me pareció que su opinión sobre el salón era injusta. Pero comprendí lo que quería decir: la habitación era decididamente un interior.
Era un cuarto femenino, exótico, muelle, aislado contra las inclemencias del tiempo. No era una habitación en la que un hombre pudiera relajarse, leer el periódico, fumar una pipa y poner los pies en alto. Sin embargo, yo lo prefería a la abstracta expresión de sí misma que era el cuarto de Clemencia. En conjunto, prefiero un «boudoir» a la sala de operaciones.
Clemencia dijo, mirando con gran detenimiento a su alrededor:
—Está decorado como un escenario, como fondo para que Magda represente sus escenas —me miró—. Se da usted cuenta de lo que hemos estado haciendo, ¿verdad? Acto segundo: Reunión Familiar. Magda lo preparó todo. No tenía ningún objeto. No había nada que hablar, nada que discutir. Todo está resuelto… terminado.
No había tristeza en su voz… Había más bien satisfacción. Sorprendió mi mirada.
—¡Oh, usted lo comprende! —dijo impaciente—. ¡Somos libres, por fin! ¿No se da usted cuenta de que Rogerio ha sido desgraciado, terriblemente desgraciado durante muchos años? Nunca tuvo la menor disposición para los negocios. Le gustan otras cosas, como los caballos, las vacas y hacer pequeños trabajos de campo. Pero adoraba a su padre, todos lo adoraban. Eso es lo malo de esta casa: demasiada familia. No quiero decir que el padre fuera un tirano, o los oprimiera, o los intimidara. No era así. Les daba dinero y libertad. Los quería mucho y ellos nunca dejaron de quererle.
—¿Hay algo de malo en ello?
—Yo creo que sí. Yo creo que cuando los hijos han crecido, uno debe separarse de ellos, anularse, escurrirse, obligarles a que le olviden a uno.
—¿Obligarles? ¿No cree que es una medida demasiado drástica? ¿No es tan mala la coerción en un sentido como en otro?
—Si él no hubiera adquirido una personalidad tan fuerte…
—Una personalidad no se adquiere —dije—. Se tiene. Él la tenía.
—Tenía demasiada para Rogerio. Rogerio le adoraba. Hacía todo lo que su padre quería que hiciera: quería ser la clase de hijo que su padre deseaba. Y no pudo. Su padre le cedió Abastecimientos Reunidos, su mayor orgullo y satisfacción, y Rogerio se esforzó en seguir las huellas de su padre. Pero no tenía esa habilidad especial. En cuestiones de negocios, Rogerio es… sí, lo diré sin ambages, es un tonto. Y sufrió muchísimo por eso. Ha sido muy desgraciado durante muchos años, luchando, viendo cómo todo se venía abajo, teniendo de pronto «ideas» maravillosas y «planes» que siempre resultaban mal y ponía las cosas peor de lo que estaban. Es algo espantoso el sentirse un fracasado año tras año. Usted no sabe lo desgraciado que ha sido. Yo sí lo sé.
De nuevo volvió hacia mí su rostro.
—Usted creyó y, hasta se lo insinuó a la policía, que Rogerio había matado a su padre… ¡por dinero! Usted no sabe lo… lo ridícula que es esa idea.
—Ahora lo sé —dije humildemente.
—Cuando Rogerio supo que no podía retardar más el desastre, que la bancarrota era inevitable, se sintió en realidad aliviado. Sí, aliviado. Le preocupaba el que su padre lo supiera, pero nada más. Estaba deseando empezar nuestra vida.
Su rostro se estremeció ligeramente y su voz se dulcificó.
—¿Adónde iban a ir ustedes? —pregunté.
—A la Barbada. Un primo lejano mío murió hace poco y me dejó una pequeña tierra allá. ¡Nada de importancia! Pero es un sitio adonde ir. Hubiéramos sido muy pobres, pero nos hubiéramos ganado la vida…, lo que se dice vivir cuesta muy poco. Hubiéramos estado juntos, libres de preocupaciones y lejos de todos ellos.
Suspiró.
—Rogerio es ridículo. Le preocupaba yo, el que yo fuera pobre. Debe de tener muy arraigada la actitud de Leónides hacia el dinero. Cuando mi primer marido vivía, éramos terriblemente pobres, y Rogerio cree que yo fui tan valiente, tan maravillosa. No se da cuenta de que yo era feliz, verdaderamente feliz. Nunca he vuelto a ser tan feliz. Y sin embargo… nunca he querido a Ricardo como quiero a Rogerio.
Entornó los ojos. Me di cuenta de la intensidad de sus sentimientos.
—Conque ya lo ve usted, yo nunca hubiera matado a nadie por dinero. No me gusta el dinero.
Tuve la seguridad de que sentía lo que decía. Clemencia Leónides era una de esas raras personas sobre quienes el dinero no ejerce ninguna atracción. Les disgusta el lujo, prefieren la austeridad y desconfían de las riquezas.
Sin embargo, hay muchas personas a quienes el dinero no atrae por sí mismo, pero pueden ser tentadas por el poder que confiere.
—Puede que a usted no le interese el dinero para usted misma —dije—, pero bien administrado, el dinero puede servir para hacer muchas cosas interesantes. Puede dotar centros de investigación científica o de carácter semejante, por ejemplo.
Me había figurado que Clemencia sería una fanática de su trabajo, pero se limitó a decir:
—Dudo que las dotaciones sirvan para gran cosa. Por regla general, no se gasta bien el dinero. Las cosas de verdadero interés suele llevarlas a cabo alguien con entusiasmo, capacidad y visión natural. Los equipos costosos, el entrenamiento y la experimentación no obtienen los resultados que serían de esperar. Suele aprovecharse de ellos quien no debe.
—¿Le importaría dejar su trabajo cuando vayan a la Barbada? —pregunté—. Porque supongo que se irán, de todos modos…
—Sí, sí, tan pronto la policía nos deje. No me importará en absoluto dejar mi trabajo. ¿Por qué había de importarme? No me gustaría permanecer ociosa, pero en la Barbada no estaré ociosa.
Y añadió con impaciencia:
—¡Si todo esto se pusiera pronto en claro y pudiéramos marcharnos!
—Clemencia —dije—, ¿tiene usted alguna idea de quién lo hizo? Suponiendo que ni usted ni Rogerio han intervenido en este asunto, y realmente no veo razón para que lo hicieran, seguramente usted, tan inteligente, tendrá alguna idea sobre quién lo hizo.
Me dirigió una mirada extraña, rápida y oblicua. Cuando habló, su voz había perdido su espontaneidad y parecía turbada.
—No pueden hacerse suposiciones. Es anticientífico —exclamó—. Sólo puedo decir que Brenda y Laurencio son los más sospechosos.
—¿De modo que cree usted que fueron ellos?
Clemencia se encogió de hombros.
Se quedó un momento como escuchando, luego salió de la habitación, cruzándose en la puerta con Edith de Haviland. Edith se dirigió a mí directamente.
—Quiero hablar con usted —dijo.
Las palabras de mi padre acudieron a mi mente. ¿Sería esto…?
Pero Edith de Haviland continuó:
—Espero que no haya formado usted una opinión falsa —dijo—. Me refiero a Felipe. Felipe es difícil de entender. Puede que le haya parecido a usted frío y reservado, pero no es así, en absoluto. Es su actitud externa. No puede evitarlo.
—Realmente, yo no había pensado… —empecé.
Pero ella continuó rápidamente:
—Hace un momento… con lo de Rogerio. No es que le escatime el dinero. Nunca ha sido mezquino en estas cuestiones. En el fondo es muy bueno… siempre lo ha sido…, pero hay que entenderle.
La miré, al menos eso espero, con la expresión del que está dispuesto a comprender. Ella continuó:
—En parte, creo que es por haber sido el segundo de los hermanos. Es frecuente que los hijos segundos tengan algo especial; empiezan con una desventaja. Felipe adoraba a su padre. Desde luego, todos sus hijos adoraban a Arístides y él los adoraba a todos. Pero Rogerio era su mayor orgullo y alegría, por ser el mayor, el primero. Y creo que Felipe se resintió de ello. Se encerró en sí mismo. Se aficionó a los libros, al pasado y a cosas que no tuvieran ninguna relación con la vida diaria. Debió sufrir… los niños sufren…
Hizo una pausa y continuó:
—Lo que quiero decir es que siempre ha estado celoso de Rogerio. Creo que quizá ni él mismo se da cuenta, pero que el hecho de que Rogerio se haya hundido por completo… ¡oh!, es horrible decir estas cosas, y estoy completamente segura de que él no se da cuenta, pero creo que quizá Felipe no lo sienta tanto como debiera.
—Quiere usted decir que le produce cierta satisfacción el que Rogerio haya hecho el ridículo…
—Sí —dijo la señorita de Haviland—. Eso es exactamente lo que quiero decir.
Y añadió, frunciendo ligeramente el ceño:
—Me dolió que no le ofreciera ayuda a su hermano inmediatamente.
—Pero ¿por qué había de hacerlo? —dije—. Al fin y al cabo, Rogerio lo estropeó todo. Es un hombre hecho y derecho y no tiene hijos. Si estuviera enfermo o verdaderamente necesitado, naturalmente, su familia le hubiera ayudado, pero no tengo la menor duda de que Rogerio prefiere mil veces empezar de nuevo por sus propios medios.
—¡Claro que sí! Lo único que le preocupa es Clemencia. Y Clemencia es una criatura extraordinaria. Le gusta de verdad carecer de comodidades y tener para tomar el té una sola taza en condiciones. Modernismo, supongo. No tiene sentido del pasado ni de la belleza.
Su mirada aguda me miró de arriba abajo.
—Todo esto es una prueba horrible para Sofía —dijo—. Me duele mucho que, tan joven, se vea mezclada en este asunto. Los quiero mucho a todos, a Rogerio y a Felipe, y ahora a Sofía, Eustaquio y Josefina. Mis queridos niños, los hijos de Magda. Sí, los quiero muchísimo a todos.
Hizo una pausa y añadió con voz cortante:
—Pero cuidado; esto raya en idolatría.
Giró bruscamente sobre sus talones y se marchó. Tuve la impresión de que con su última frase había querido decir algo cuyo sentido no comprendía.