La casa torcida

La casa torcida


CAPÍTULO QUINCE

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CAPÍTULO QUINCE

—Tu cuarto está listo —dijo Sofía.

Estaba de pie a mi lado mirando al jardín que presentaba un aspecto frío y gris con los árboles medio desnudos balanceándose al viento. Sofía se hizo eco de mis pensamientos al decir:

—¡Qué desolado está!

Mientras estábamos allí mirando, una figura salió del jardín rocoso a través del seto de tejo y poco después la siguió otra. Las dos figuritas grises tenían un aspecto inmaterializado en la luz mortecina.

La primera de las dos figuras era Brenda Leónides. Iba arropada en un abrigo gris de chinchilla y había algo felino y furtivo en su modo de andar. Se deslizaba en la luz crepuscular con una especie de gracia misteriosa.

Pude ver su rostro cuando pasó por delante de la ventana. Iba sonriendo a medias con la sonrisa torcida que había llamado mi atención.

Unos minutos más tarde Laurencio Brown, delgado y encogido, se deslizó también en la luz del crepúsculo. No puedo expresarlo de otro modo. No parecían dos personas andando, dos personas que vienen de dar un paseo. Había algo furtivo e inmaterializado en ellos como si fueran dos fantasmas.

Me pregunté cuál de los dos pies habría hecho sonar una ramita, si el de Brenda o el de Laurencio.

—¿Dónde está Josefina?

—Seguramente con Eustaquio, en el cuarto de estudio.

Sofía frunció el ceño.

—Me preocupa Eustaquio, Carlos —dijo.

—¿Por qué?

—Es tan irritable y tan raro… Ha cambiado mucho desde aquella desgraciada parálisis. No sé lo que tiene en la cabeza. Algunas veces parece como si nos odiara a todos.

—Lo más probable es que se le pase. Esto es sólo una crisis.

—Sí, supongo que sí. Pero me preocupa un poco, Carlos.

—¿Por qué, corazón?

—Creo que será porque ni mi padre ni mi madre se preocuparon nunca por nada. No son como los demás padres.

—Puede que sea mejor así. Hay más hijos que sufren porque se ocupen sus padres demasiado de ellos que porque no se ocupen.

—Eso es cierto. ¿Sabes? Nunca lo había pensado hasta que volví del extranjero, pero mis padres forman una pareja muy extraña. Mi padre, viviendo en un mundo lleno de oscuridades históricas, y mi madre pasándolo estupendamente con sus escenas teatrales. Esa payasada de esta tarde fue obra exclusivamente de mamá. No había ninguna necesidad de esa reunión. Sencillamente, quería representar la escena de la reunión familiar. Se aburre aquí y tiene que crear su drama.

Por un momento tuve una visión fantástica. Vi a la madre de Sofía envenenando alegremente a su anciano suegro, para observar directamente una escena de asesinato, interpretando ella el papel principal.

¡Vaya idea más divertida! La deseché como tal, pero me dejó un poco intranquilo.

—A mamá hay que vigilarla constantemente —dijo Sofía—. ¡Nunca se sabe lo que está tramando!

—Olvídate de tu familia, Sofía —dije con firmeza.

—Me encantaría poder hacerlo, pero es un poco difícil en estos momentos. Yo era feliz en El Cairo, cuando me había olvidado de todos ellos.

Recordé que Sofía nunca había mencionado ni su hogar ni su familia.

—¿Es por eso por lo que nunca me habías hablado de ellos? —pregunté—. ¿Porque querías olvidarlos?

—Creo que sí. Todos nosotros hemos vivido siempre demasiado unidos. Nos… nos queremos demasiado. No somos como otras familias, donde todos se detestan. Eso debe de ser muy desagradable, pero casi es peor vivir todos atados por afectos encontrados.

Y añadió:

—Creo que era eso lo que quería expresar cuando dije que vivíamos todos en una casita torcida. No quería decir que fuera torcida en el sentido de poco honrada. Creo que quería decir que no habíamos crecido con independencia, manteniéndonos en pie, derechos, por nosotros mismos. Todos estamos un poco retorcidos y enroscados unos a otros.

Recordé a Edith de Haviland aplastando con el pie unos hierbajos del camino al añadir Sofía:

—Como correhuelas.

De pronto apareció Magda, abriendo la puerta súbitamente y exclamando:

—Pero, hijos, ¿por qué no encendéis las luces? Casi no se ve.

Encendió las luces de las paredes y de las mesas, entre los tres corrimos las pesadas cortinas color de rosa y nos encontramos en la habitación cerrada, oliendo a flores. Dejándose caer en el sofá, Magda exclamó:

—Qué escena más sorprendente, ¿verdad? ¡Qué enfadado estaba Eustaquio! Me dijo que todo aquello era una indecencia. ¡Qué raros son los chicos!

Suspiró.

—Rogerio es un sol. Me gusta cuando se revuelve todo el pelo y empieza a tropezar con las cosas. ¿Verdad que Edith tuvo una buena idea al ofrecerle su herencia? Y tenía intención de hacerlo, no es que fuera sólo un gesto, no. Pero fue una completa estupidez. Podía haber hecho que Felipe se creyera obligado a hacer lo mismo. Por supuesto, Edith haría cualquier cosa por la familia. Hay algo sumamente patético en el amor de una solterona por los hijos de su hermana. Algún día interpretaré el papel de una de esas sacrificadas tías solteronas. Inquisitivas, obstinadas y sacrificadas.

—La vida debe de haber sido dura para ella después de la muerte de su hermana —dije, rehusando ser arrastrado a discutir otro de los papeles de Magda—. Desagradándole tanto el viejo Leónides…

—¿Que le desagradaba? ¿Quién le ha dicho eso? Estaba enamorada de él.

—¡Mamá! —exclamó Sofía.

—No me contradigas, Sofía. Naturalmente, como eres joven crees que el amor sólo es cosa de dos jóvenes guapos, a la luz de la luna.

—Me dijo que siempre le había tenido antipatía.

—Probablemente eso era cierto cuando vino aquí. Se había enfadado con su hermana por casarse con él. Me figuro que habrá habido siempre cierto antagonismo entre ellos, pero ¡ya lo creo que estaba enamorada de él! Hijita, sé muy bien lo que me digo. Claro que siendo la hermana de su difunta esposa y todo eso no hubiera podido casarse con ella, y me figuro que ni le pasó por la imaginación, y probablemente tampoco a ella. Se contentaba con criar a los niños y con pelearse con él. Pero no le gustó que se casara con Brenda. ¡No le gustó nada!

—Tampoco os gustó ni a papá ni a ti —replicó Sofía.

—¡No, claro que nos disgustó mucho! ¡Naturalmente! Pero a Edith le disgustó mucho más. Hijita, la he sorprendido a veces mirando a Brenda de un modo…

—¡Vamos, mamá! —atajó Sofía.

Magda le dirigió una mirada afectuosa y medio culpable, la mirada de una niña traviesa y malcriada.

Continuó, sin darse cuenta al parecer de la falta de ilación de sus palabras:

—He decidido que Josefina debe ir al colegio.

—¿Josefina? ¿Al colegio?

—Sí. A Suiza. Me ocuparé de eso mañana. Creo que debemos mandarla fuera en seguida. Es muy malo para ella el verse mezclada en un asunto tan horrible como éste. Se está poniendo muy morbosa. Lo que necesita es otras chicas de su edad, vida de colegio. Siempre lo he pensado.

—El abuelo no quería que fuera al colegio —dijo Sofía lentamente—. Era completamente contrario a ello.

—El querido viejecito nos quería a todos aquí bajo su dominio. Las personas muy mayores suelen ser muy egoístas en este sentido. Una niña debe andar con otras niñas. Y Suiza es tan saludable, con los deportes de invierno, al aire y una comida muchísimo mejor que la que tenemos aquí.

—Será difícil ir a Suiza ahora, ¿no es cierto?, con todas esas disposiciones sobre la moneda —dije.

—Eso son tonterías, Carlos. Hay una especie de mercado negro para estudiantes, o se hace un intercambio con una chica suiza… Hay muchos medios de hacerlo. Rodolfo Alistair está en Lausanne. Le telegrafiaré mañana para que se encargue de todo. ¡Podemos mandarla, si no surge algún impedimento, a finales de esta semana!

Magda ahuecó el cojín, nos sonrió, se dirigió a la puerta y se quedó un momento de pie, volviendo la cabeza de un modo encantador.

—Hay que pensar sólo en los jóvenes —dijo de un modo delicioso—. Siempre deben ser ellos los primeros. Y pensad en las flores, queridos, las gencianas azules, los narcisos…

—¿En octubre? —preguntó Sofía.

Pero Magda se había marchado.

Sofía dejó escapar un suspiro exasperado.

—La verdad es que mamá constituye una verdadera prueba —dijo—. Se le ocurren de pronto esas ideas y manda miles de telegramas y todo tiene que arreglarse en un momento. ¿Por qué tanta excitación y tanta prisa en mandar a Josefina a Suiza?

—Puede que haya algo de cierto en lo que dice del colegio. Creo que el tratar a otras niñas de su edad le hará mucho bien a Josefina.

—El abuelo no lo creía así —dijo Sofía con obstinación.

Me sentí ligeramente irritado.

—Querida Sofía, ¿crees sinceramente que un señor de más de ochenta años es la persona más indicada para juzgar lo que le conviene a una niña?

—Sabía mejor que nadie lo que le convenía a cada uno en esta casa —dijo Sofía.

—¿Mejor que tu tía Edith?

—No, puede que no. Ella prefería el colegio. Concedo que Josefina se está poniendo muy difícil; ha cogido la horrible costumbre de andar espiando. Pero creo que eso es únicamente porque juega a los detectives.

¿Era sólo la preocupación por el bienestar de Josefina lo que había causado la súbita decisión de Magda? Josefina estaba demasiado enterada de cosas que habían ocurrido antes del asesinato y que, desde luego, no eran de su incumbencia. Una vida de colegio, saludable, y mucho deporte, probablemente le harían mucho bien. Pero me dio qué pensar la precipitación y urgencia de Magda… Suiza estaba muy lejos.

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