La casa torcida
CAPÍTULO DIECISÉIS
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CAPÍTULO DIECISÉIS
El viejo había dicho:
—«Déjalos que hablen».
A la mañana siguiente, mientras me afeitaba, consideré los resultados obtenidos.
Edith de Haviland había hablado conmigo, me había buscado con ese propósito determinado. Clemencia había hablado conmigo, ¿no había hablado yo con ella? Magda, en cierto sentido, había hablado conmigo, es decir, yo había formado parte de su público. Sofía, naturalmente, había hablado conmigo. ¿Sabía yo más del asunto después de lo que me habían contado? ¿Había alguna palabra, alguna frase significativa? Más aún, ¿había alguna señal de aquella vanidad anormal en la que mi padre había hecho hincapié? Yo no la veía.
La única persona que no había mostrado el menor deseo de hablar conmigo sobre ningún tema era Felipe. ¿No era eso, en cierto sentido, anormal? Debía saber ya que yo deseaba casarme con su hija. Sin embargo, continuaba comportándose como si yo no estuviera en la casa. Probablemente le desagradaba mi presencia. Edith de Haviland le había disculpado. Había dicho que era su «actitud externa». Se había mostrado preocupada por Felipe. ¿Por qué?
Me puse a analizar al padre de Sofía. En todos los sentidos, era un reprimido. Había sido un niño celoso y desgraciado. Le habían hecho encerrarse en sí mismo. Se había refugiado en el mundo de los libros, en el pasado histórico. Su estudiada frialdad y reserva podían ocultar una pasión intensa. El hecho de que con la muerte de su padre obtuviera ventajas económicas me pareció un motivo completamente inadecuado; ni por un momento pensé que Felipe Leónides fuera capaz de matar a su padre por no tener tanto dinero como desearía tener. Pero puede que hubiera una profunda razón psicológica que le hiciera desear la muerte de su padre. Felipe había ido a vivir a casa de su padre y, más tarde, como resultado de los ataque aéreos, Rogerio había ido también allí y Felipe había tenido que ver todos los días cómo su hermano era el preferido de su padre… ¿Habrían llegado las cosas a tal punto en su mente torturada que el único consuelo posible para él hubiera sido la muerte de su padre? ¿Y si esa muerte le fuera atribuida a su hermano mayor? Rogerio andaba mal de dinero, al borde del desastre. No estando enterado de la última entrevista de Rogerio con su padre ni del ofrecimiento de este último, ¿no habría pensado Felipe que, con motivos tan poderosos, se sospecharía inmediatamente de Rogerio? ¿Sería tan grave el desequilibrio mental de Felipe como para llevarle a cometer un asesinato?
Me corté la barbilla con la cuchilla y lancé una exclamación.
¿Qué diablos estaba yo tratando de hacer? ¿Haciendo recaer el asesinato en el padre de Sofía? ¡Vaya acción más bonita! No era para eso para lo que Sofía quería que yo fuera a su casa.
¿O… sería para eso? Tras la llamada de Sofía, había habido algo oculto durante todo el tiempo. Si de su mente no se apartaba la sospecha de que su padre era el asesino, nunca consentiría en casarse conmigo, por si su sospecha era cierta. Y siendo Sofía, la Sofía valiente de ojos claros, tenía que desear la verdad, pues la incertidumbre hubiera sido una eterna barrera entre los dos. ¿Acaso no me había dicho: «Demuestra que esta idea horrible que tengo no es cierta, pero si es cierta, demuéstramelo de modo que pueda saber lo peor y afrontarlo»?
¿Sabía o sospechaba Edith de Haviland que Felipe era culpable? ¿Qué había querido decir con aquello de «esto raya en idolatría»?
¿Y qué había querido decir Clemencia cuando me miró de aquel modo extraño, al preguntarle yo de quién sospechaba y contestarme: «Brenda y Laurencio son los más sospechosos»?
Toda la familia deseaba que Brenda y Laurencio fueran los culpables, tenían la esperanza de que lo fueran, pero en realidad no lo creían…
Y, naturalmente, podía equivocarse toda la familia y ser, al fin y al cabo, Laurencio y Brenda los culpables.
O podía haber sido Laurencio y no Brenda…
Ésta hubiera sido una solución mucho mejor.
Froté suavemente mi barbilla cortada y bajé a desayunarme, decidido a tener cuanto antes una entrevista con Laurencio Brown.
Y mientras tomaba mi segunda taza de café, se me ocurrió pensar por primera vez que la Casa Torcida estaba ejerciendo su influencia también en mí. Yo también deseaba encontrar, no la solución verdadera, sino la que más me satisfacía.
Después de desayunar crucé el vestíbulo y subí la escalera. Sofía me había dicho que encontraría a Laurencio dando clase a Eustaquio y Josefina en el cuarto de estudio.
Titubeé en el rellano de la escalera, delante de la puerta de la habitación de Brenda. ¿Llamaría o entraría sin llamar? Decidí considerar aquella parte de la casa como perteneciente al hogar de los Leónides, no como la residencia privada de Brenda.
Abrí la puerta y entré. Todo estaba en silencio. No parecía haber nadie. La puerta del gran salón a mi izquierda estaba cerrada. A mi derecha, dos puertas abiertas dejaban ver un dormitorio y el baño contiguo. Sabía que ése era el baño contiguo al dormitorio de Arístides Leónides, donde se guardaban la eserina y la insulina.
La policía había terminado ya de inspeccionar el baño. Empujé la puerta y me metí dentro. Entonces caí en la cuenta de lo sencillo que le habría sido a cualquiera de la casa, o a cualquiera de fuera, subir y entrar sin ser visto en el cuarto de baño.
Me quedé en el baño, mirando a mi alrededor. Estaba equipado suntuosamente, con baldosas relucientes y una bañera empotrada en el suelo. A uno de los lados había aparatos eléctricos, una parrilla, un cacito, un tostador, todo lo que puede necesitar el ayuda de cámara de un anciano señor. Junto a la pared había un armario esmaltado de blanco. Lo abrí. Dentro había utensilios médicos, dos frascos de medicina, un baño para los ojos, un cuentagotas y unas cuantas botellas con etiquetas. Aspirina, ácido bórico, yodo, vendas, etc. En un estante aparte, colocadas en fila, las botellas de insulina, dos agujas hipodérmicas y una botella de alcohol. En un tercer estante había una botella con la inscripción «Tabletas. Tómese una o dos por la noche, según prescripción facultativa». Sin duda en ese estante había estado el frasco de las gotas para los ojos. Estaba todo a la vista, bien ordenado, de modo que el acceso al armario fuera fácil en caso de una prisa… Y había sido fácil también para el asesino.
Pude haber hecho lo que hubiera querido con las botellas, salir sin hacer ruido y bajar de nuevo la escalera, sin que nadie supiera que yo había estado allí. Todo esto, naturalmente, no era ninguna novedad, pero me hizo ver claramente lo difícil que era la labor de la policía.
Sólo el culpable o culpables podrían darnos la información que necesitábamos.
«Atúrdalos —me había dicho Taverner—. Póngalos en danza. Que crean que nos traemos algo entre manos, demostrando mucha actividad. Si lo hacemos así, más tarde o más temprano nuestro criminal dejará de estarse quieto, tratará de ser más inteligente todavía, y entonces… ya lo tendremos».
Bueno; hasta ahora el criminal no había respondido al tratamiento.
Salí del cuarto de baño. Seguía sin haber nadie a la vista. Continué a lo largo del pasillo. Pasé el comedor a la izquierda y el dormitorio y el baño de Brenda a la derecha. Por el baño andaba una de las doncellas. La puerta del comedor estaba cerrada. Desde un cuarto más lejano oí la voz de Edith de Haviland telefoneando al inevitable pescadero. Una escalera de caracol conducía al piso superior. Subí por ella. Sabía que arriba estaba el dormitorio y el saloncito de Edith de Haviland, dos cuartos de baño más y el cuarto de Laurencio Brown. A continuación, otra vez los escalones, que terminaban en la gran habitación construida sobre las dependencias de los criados, en la parte de atrás, y que se utilizaba como cuarto de estudio.
Me detuve junto a la puerta. Desde donde estaba podía oír la voz de Laurencio Brown, que hablaba en tono ligeramente alto.
Creo que la costumbre de Josefina de husmear debía de ser contagiosa. Sin el menor rubor, me recosté contra el quicio de la puerta y escuché.
Estaba dando una lección de historia y la época de que se trataba era el Directorio.
Según escuchaba, mis ojos se abrieron de asombro. Me sorprendió considerablemente el descubrir que Laurencio Brown era un profesor magnífico.
No sé por qué me sorprendí tanto. Al fin y al cabo, Arístides Leónides había sabido siempre escoger a los hombres. A pesar de su aspecto insignificante, Laurencio Brown tenía el don supremo de poder despertar el entusiasmo y la imaginación de sus alumnos. El drama de Termidor, el decreto de proscripción contra los partidarios de Robespierre, el esplendor de Barras, la astucia de Fouché, Napoleón, joven teniente de artillería, medio muerto de hambre… Todos estos personajes vivían.
De pronto, Laurencio se detuvo, hizo unas preguntas a Eustaquio y Josefina y les hizo representar primero un personaje y luego otro de los del drama. Aunque no consiguió mucho de Josefina, cuya voz sonaba como si estuviera constipada, Eustaquio parecía completamente distinto de su irritable modo de ser habitual. Demostró tener inteligencia y el agudo sentido de lo histórico que, sin duda alguna, había heredado de su padre.
Entonces oí el ruido de sillas. Me retiré hasta los escalones y aparentemente me disponía a bajarlos cuando la puerta se abrió.
Salieron Eustaquio y Josefina.
—¡Hola! —los saludé.
Eustaquio pareció sorprenderse al ver que yo estaba allí.
—¿Quería usted algo? —preguntó empleando un tono más bien cortés.
Josefina, sin interesarse por mi presencia, pasó por mi lado.
—Sólo quería ver el cuarto de estudio —dije débilmente.
—¿No lo vio usted el otro día? En realidad es sólo un sitio para niños. Antes era el cuarto de jugar. Todavía hay muchos juguetes.
Me abrió la puerta y yo entré.
Laurencio Brown estaba de pie junto a la mesa. Levantó la vista, enrojeció, murmuró algo entre dientes, en respuesta a mi saludo, y salió apresuradamente de la habitación.
—Le ha asustado usted —dijo Eustaquio—. Se asusta con mucha facilidad.
—¿No le tienes simpatía?
—¡Ah, sí!, no es mal chico. Completamente estúpido, por supuesto.
—Pero no es mal profesor, ¿verdad?
—No, la verdad es que es muy interesante. Sabe una barbaridad. Le hace ver a uno las cosas desde un ángulo distinto. Yo no sabía que Enrique VIII había escrito versos, a Ana Bolena, claro, y versos muy aceptables.
Durante unos minutos hablamos de temas como la poesía «El viejo marinero», de Chauser, las complicaciones políticas que siguieron a las Cruzadas, el concepto medieval de la vida y el hecho, sorprendente para Eustaquio, de que Oliverio Cromwell hubiera prohibido la celebración de la Navidad. Tras los modales despectivos y malhumorados de Eustaquio, existía, según pude apreciar, una mente curiosa e inteligente.
Muy pronto empecé a comprender la causa de su mal humor. Su enfermedad había sido para él, no sólo una tremenda prueba, sino también un retroceso y un motivo de reprensión, precisamente en el momento en que estaba disfrutando de la vida.
—Iba a formar parte del equipo del colegio en el curso siguiente. Es muy duro tener que quedarse en casa y dar clase con una niña tonta como Josefina. Sólo tiene doce años.
—Pero no daréis las mismas lecciones, ¿verdad?
—No, claro; ella no da matemáticas superiores ni latín. Pero no le gusta a uno tener el mismo profesor que una chica.
Traté de apaciguar su dolido orgullo masculino con la observación de que Josefina era una niña muy inteligente para su edad.
—¿Lo cree usted así? A mí me parece una estúpida. Está como loca con todo eso de los detectives… anda por ahí metiendo las narices en todas partes y escribiendo en un cuadernito negro y haciendo ver que está descubriendo muchas cosas. Es una niña tonta y nada más —dijo Eustaquio con altivez. Después añadió—: En cualquier caso, las chicas no pueden ser detectives. Ya se lo he dicho a ella. Creo que mamá tiene razón, y cuanto antes la manden a Suiza, mejor.
—¿No la echarás de menos?
—¿Echar de menos a una pequeña de su edad? —dijo Eustaquio en tono altanero—. Desde luego que no. ¡Qué barbaridad! ¡Esta casa es el colmo de los colmos! Mamá, siempre corriendo de aquí a Londres y de Londres aquí, obligando a los autores sumisos a que rehagan sus obras para ella y armando jaleos horribles sin ningún motivo. Y papá encerrado en sus libros y algunas veces sin oírle a uno siquiera, cuando se le habla. No sé por qué habré tenido que cargar con semejantes padres, tan raros. Y luego tío Rogerio, tan lleno de vitalidad que hay que echarse a temblar. Tía Clemencia no es mala, no le molesta a uno, pero algunas veces pienso que está un poco tocada. Tía Edith puede pasar, pero es vieja. Esto se ha vuelto un poco más alegre desde que Sofía ha regresado, aunque a veces es muy dura. Pero somos una familia extraña, ¿no le parece?, con una abuela lo bastante joven para ser mi tía o mi hermana mayor. Este ambiente le hace a uno sentirse completamente estúpido.
Comprendí hasta cierto punto sus sentimientos. Recordé, muy confusamente, mi exagerada sensibilidad cuando tenía la edad de Eustaquio, mi horror a parecer, por cualquier motivo, distinto de los demás, o a que mis parientes más próximos se salieran de lo corriente.
—¿Y qué me dices de tu abuelo? —pregunté—. ¿Le tenías cariño?
Una expresión extraña cruzó rápidamente por el rostro de Eustaquio.
—El abuelo —dijo— era decididamente antisocial.
—¿En qué sentido?
—Sólo pensaba en el lucro. Laurencio dice que eso está muy mal. Y era muy individualista. Todo eso tiene que desaparecer, ¿no lo cree usted así?
—Bueno —dije brutalmente—; él ha desaparecido ya.
—Creo que ha sido mejor así —dijo Eustaquio—. No quiero parecer insensible, pero a esa edad no puede uno realmente gozar de la vida.
—¿No gozaba él de la vida?
—No podía. Y en cualquier caso, era hora de que terminara. Él…
Eustaquio se interrumpió al entrar de nuevo Laurencio Brown en el cuarto de estudio.
Laurencio empezó a revolver en unos libros, pero me pareció que me observaba con el rabillo del ojo.
Miró su reloj y dijo:
—Por favor, Eustaquio, tienes que estar aquí otra vez a las once en punto. Hemos perdido demasiado tiempo estos últimos días.
—Bien, señor.
Eustaquio se dirigió perezosamente a la puerta y salió, silbando.
Laurencio Brown me dirigió otra mirada penetrante. Se humedeció los labios una o dos veces. Me convencí de que había vuelto al cuarto de estudio con la sola idea de hablar conmigo.
Poco después, tras haber permanecido un rato quitando libros de los estantes y volviéndolos a poner, pretendiendo que buscaba un libro que no encontraba, habló:
—¡Hum! ¿Qué tal van las cosas? —dijo.
—¿A quién?
—A la policía.
Su nariz se contraía nerviosamente. Un ratón en una ratonera, pensé; eso parecía exactamente: un asustado ratón en una ratonera.
—No me hacen confidencias —dije.
—¡Ah! Creí que su padre era comisario de policía.
—Y lo es —dije—. Pero, como es natural, no va a traicionar secretos oficiales.
Intencionadamente hablé con voz pomposa.
—Entonces, no sabe usted cómo… que… si… —empezó a divagar—. No van a hacer ninguna detención, ¿verdad?
—Que yo sepa, no. Pero de todos modos, como le digo, yo no lo sabría.
«Póngalos en danza», había dicho el inspector Taverner; «atúrdalos». Pues bien, Laurencio Brown estaba completamente aturdido. Empezó a hablar rápida y nerviosamente.
—Usted no sabe lo que es esto… La tensión… No saber qué…, es decir, entrando y saliendo, haciendo preguntas… Preguntas que no parece que tengan nada que ver con el asunto…
Se interrumpió. Yo esperé. Ya que quería hablar, que hablara.
—¿Estaba usted allí cuando el inspector hizo aquella monstruosa insinuación el otro día? Sobre la señora Leónides y yo… Fue monstruoso… ¡Le hace a uno sentirse tan indefenso! Uno no puede evitar que la gente piense cosas. Y todo es una malvada mentira. Sólo porque ella es… era… mucho más joven que su marido. La gente tiene una imaginación horrible, una imaginación horrible… Pienso… no puedo evitar el pensar que todo esto es una conspiración.
—¿Una conspiración? Esto es, verdaderamente, muy interesante.
Era interesante, pero no en el sentido que él le dio.
—La familia, ¿sabe?, la familia del señor Leónides, nunca me ha tenido simpatía. Siempre han estado muy distanciados conmigo. Siempre he tenido la impresión de que me despreciaban.
Sus manos empezaron a temblar.
—Sólo porque ellos han sido siempre ricos… y poderosos. Me miraban con desprecio. ¿Qué era yo para ellos? Sólo el profesor. Sólo un desgraciado que no fue a la guerra por escrúpulos de conciencia. Y tenía escrúpulos de conciencia. Sí, los tenía.
No dije nada.
—Muy bien —estalló—. ¿Y qué si… tenía miedo? Miedo de hacerlo mal, miedo de que cuando fuera a apretar el gatillo no me decidiera a hacerlo. ¿Cómo puede tener uno la seguridad de que el hombre que va a matar es un nazi? Puede que fuera un buen chico, un campesino, sin tendencias políticas, llamado a filas para servir a su patria. Creo que la guerra es mala. ¿Entiende?
Continué en silencio. Me pareció que mi silencio estaba consiguiendo más que cualquier frase de contradicción o asentimiento. Laurencio Brown estaba discutiendo consigo mismo y, al hacerlo, descubría gran parte de su ser.
—Todo el mundo se ha reído de mí siempre —su voz se estremeció—. Parece que tengo el don de ponerme en ridículo. No es que me falte valor, realmente, pero siempre lo hago todo mal. Entré en una casa en llamas para rescatar a una mujer que decían había quedado encerrada dentro. Pero me perdí en seguida y el humo me hizo perder el sentido y a los bomberos les costó mucho trabajo el encontrarme. Les oí decir: «¿Por qué este estúpido no nos lo habrá dejado hacer a nosotros?». No me sirve de nada el esforzarme; todo el mundo está contra mí. Quienquiera que sea el que haya matado al señor Leónides, se las arregló de modo que se sospechara de mí. Alguien lo mató para causar mi perdición.
—¿Y qué me dice de la señora Leónides? —pregunté.
Enrojeció. De pronto pareció más hombre y menos ratón.
—La señora Leónides es un ángel —bufó—; un ángel. Su dulzura, su bondad para con su anciano esposo, han sido maravillosas. Relacionarla a ella con el envenenamiento es cosa de risa, de risa. Y ese inspector es tan torpe que no lo ve.
—Está prevenido en contra de ella —repuse—, porque tiene en su archivo muchos casos de ancianos esposos envenenados por sus dulces y jóvenes esposas.
—¡El muy imbécil! —dijo Laurencio Brown con ira.
Se acercó a una estantería de libros colocada en una esquina y empezó a revolver entre ellos. Me pareció que ya no podría sacar nada más de él, y salí lentamente de la habitación.
Mientras avanzaba a lo largo del pasillo, se abrió una puerta a mi izquierda y poco faltó para que Josefina cayera encima de mí. Surgió tan repentinamente como un demonio en una antigua pantomima.
Tenía la cara y las manos sucias y de su oreja izquierda colgaba una tela de araña.
—¿Dónde has estado, Josefina?
Atisbé a través de la puerta entreabierta. Un par de escalones conducían a un espacio rectangular abuhardillado, en cuya semioscuridad se veían varias tinajas.
—En el cuarto de las cisternas.
—¿Qué has ido a hacer al cuarto de las cisternas?
Josefina contestó brevemente, en tono práctico:
—Investigar.
—Pero ¿qué diablos tenías que investigar entre las cisternas?
A esto, Josefina se limitó a contestar:
—Tengo que lavarme.
—Evidentemente.
Josefina desapareció a través de la puerta del baño más próximo. Miró hacia atrás y dijo:
—Opino que ha llegado la hora del segundo asesinato, ¿verdad? En los libros hay siempre otro asesinato, aproximadamente a estas alturas. Alguien que sabe algo es sacado de en medio antes de que pueda hablar.
—Lees demasiadas novelas policíacas, Josefina. En la vida real no ocurren esas cosas. Y si en esta casa hay alguien que sabe algo, no parece que tenga muchas ganas de hablar.
La respuesta de Josefina me llegó muy confusa por el ruido del agua que corría de un grifo.
—Algunas veces saben cosas que no saben que saben.
Parpadeé, tratando de comprender el sentido de sus palabras. Luego, dejando a Josefina con sus abluciones, me dirigí al piso de abajo.
En el momento en que cruzaba la puerta exterior, que conducía a la escalera, Brenda salió del salón precipitadamente y sin ruido.
Se me acercó y puso una mano en mi brazo, levantando la vista para mirarme.
—¿Qué hay? —preguntó.
Era la misma solicitud de información que había hecho Laurencio; únicamente variaban las palabras. Y su frase, tan corta, resultó de mucho más efecto.
Moví la cabeza.
—Nada —dije.
Dejó escapar un suspiro prolongado.
—Estoy tan asustada… —dijo—. Estoy tan asustada, Carlos…
Su temor era auténtico. En aquel reducido espacio, se me transmitió a mí. Quise tranquilizarla, ayudarla. De nuevo sentí una dolorosa impresión al verla tan sola en un ambiente hostil.
Tenía motivos sobrados para gritar: ¿Quién está conmigo? ¿Quién me ayudará?
¿Y cuál hubiera sido la respuesta? ¿Laurencio Brown? Y, sin embargo, ¿qué era Laurencio Brown? No era un refugio. Era un débil barquichuelo.
Los recordé a los dos tal como los había visto la noche anterior, viniendo del jardín, como a la deriva.
Quise ayudarla. Lo deseaba intensamente.
Pero no podía decir ni hacer gran cosa. Y muy dentro de mí me sentía culpable y molesto, como si me estuvieran observando los ojos despectivos de Sofía. Recordé cuando me había dicho: «¡Conque te ha cogido!…».
Y Sofía no veía la situación, no quería verla, desde el ángulo de Brenda. Sola, con la sospecha de asesinato pesando sobre ella, sin nadie de su parte.
—Mañana en la encuesta —dijo Brenda—. ¿Qué… qué ocurrirá?
En ese punto pude tranquilizarla.
—Nada —dije—. No se preocupe por eso. Será aplazada, para que la policía siga investigando. Sin embargo, probablemente la Prensa se desatará. Hasta ahora no ha habido en los periódicos la menor insinuación de que no se trate de una muerte natural. Los Leónides tienen mucha influencia. Pero al aplazarse la encuesta, la danza empezará.
¡Qué cosas tan extraordinarias se dicen! ¡La danza! ¿Por qué habré escogido esa palabra precisamente?
—¿Se… se portarán muy mal?
—Yo, en su lugar, no les concedería ninguna entrevista. Mire, Brenda, debe usted tener un abogado.
Retrocedió con un grito de espanto, y yo continué:
—No, no; no es lo que usted cree. Pero necesita alguien que se encargue de sus intereses y que la aconseje sobre su modo de proceder, y le diga lo que debe decir y hacer y qué no. —Me miró con desamparo, y añadí—: Está usted muy sola.
Su mano apretó mi brazo con más fuerza.
—Sí —dijo—. Usted se da cuenta de ello. Me ha ayudado usted mucho, Carlos, mucho…
Bajé la escalera con una cálida sensación de satisfacción… Entonces vi a Sofía, de pie junto a la puerta principal. Me habló con voz fría y seca.
—¡Cuánto has tardado! —dijo—. Te han telefoneado de Londres. Tu padre te necesita.
—¿En Scotland Yard?
—Sí.
—¿Qué querrán de mí? ¿No lo han dicho?
Sofía negó con la cabeza. Sus ojos estaban llenos de ansiedad. La atraje hacia mí.
—No te alarmes, mi vida —dije—; volveré pronto.
Dejó escapar un suspiro prolongado.