La casa torcida

La casa torcida


CAPÍTULO DIECISIETE

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CAPÍTULO DIECISIETE

La atmósfera en el despacho de mi padre era un poco forzada. El viejo estaba sentado detrás de su mesa y el inspector Taverner se recostaba contra el marco de la ventana. En la butaca de las visitas se sentaba el señor Gaitskill, que parecía irritado.

«… con una extraordinaria falta de confianza», estaba diciendo con acritud.

—Claro, claro —dijo mi padre, apaciguador—. ¡Ah, hola, Carlos!, has llegado muy pronto. Ha ocurrido algo sorprendente.

—Algo sin precedentes —dijo el señor Gaitskill.

Era evidente que algo había molestado al pequeño abogado, llegándole al alma. Detrás de él, el inspector Taverner me sonrió.

—¿Me permite que reconstruya los hechos? —dijo mi padre—. El señor Gaitskill recibió esta mañana una comunicación sorprendente, Carlos. La comunicación procedía del señor Agradopoulos, propietario del restaurante «Delfos». Es un hombre muy viejo, griego de nacimiento, y en su juventud, Arístides Leónides le ayudó y le dio su amistad. Agradopoulos ha continuado siempre muy agradecido a su amigo y benefactor y parece ser que Arístides Leónides tenía mucha fe en él.

—Nunca hubiera creído que Leónides fuera de una naturaleza tan reservada y desconfiada —dijo el señor Gaitskill—. Claro que tenía muchos años, puede decirse que estaba ya chocho.

—La nacionalidad tira —dijo mi padre suavemente—. Ya ve usted, Gaitskill, cuando uno llega a viejo, nuestros pensamientos se detienen con frecuencia en los días y en los amigos de la juventud.

—Pero los asuntos de Leónides habían estado en mis manos desde hacía bastante más de cuarenta años —dijo el señor Gaitskill—. Cuarenta y tres años y seis meses justos.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunté.

El señor Gaitskill abrió la boca para hablar, pero mi padre se le anticipó.

—El señor Agradopoulos declaraba, en su comunicación, que obedecía ciertas instrucciones de un amigo: Arístides Leónides. Abreviando, hace cosa de un año, el señor Leónides le había confiado un sobre sellado, que el señor Agradopoulos enviaría al señor Gaitskill inmediatamente después de la muerte del señor Leónides. En caso de que el señor Agradopoulos muriera primero, su hijo, ahijado del señor Leónides, se encargaría de seguir las mismas instrucciones. El señor Agradopoulos se disculpa por haberse retrasado, pero explica que ha estado enfermo con pulmonía y no se enteró de la muerte de su antiguo amigo hasta ayer por la tarde.

—Todo este asunto es de lo más antirreglamentario —dijo el señor Gaitskill.

—Cuando el señor Gaitskill hubo abierto el sobre sellado y se hubo enterado de su contenido, creyó su deber…

—Teniendo en cuenta las circunstancias que concurren… —dijo el señor Gaitskill.

—Dejarnos ver el contenido del sobre. Se trataba de un testamento, debidamente firmado por el testador y los testigos, y una carta explicatoria.

—¿De modo que al fin ha aparecido el testamento? —dije.

El señor Gaitskill se puso purpúreo.

—No es el mismo testamento —vociferó—. Éste no es el documento que yo redacté a petición del señor Leónides. Éste ha sido escrito por su propia mano, cosa muy peligrosa para un lego en la materia. Parece que el señor Leónides se propuso hacerme quedar como un tonto de remate.

El inspector Taverner se esforzó en sembrar un poco de calma en la reunión.

—Era un señor muy anciano, señor Gaitskill —dijo—. Cuando llegan a viejos ya sabe usted que suelen volverse raros; no tontos, claro, pero sí un poco excéntricos.

El señor Gaitskill lanzó un resoplido.

—El señor Gaitskill nos telefoneó —dijo mi padre— y nos enteró de lo más importante del testamento y yo le pedí que viniera y trajera los dos documentos. También te llamé a ti, Carlos.

No vi muy claro el porqué yo había sido llamado. Me parecía un proceder muy poco ortodoxo por parte de mi padre y de Taverner. Me hubiera enterado de lo del testamento a su debido tiempo y, en realidad, el modo como el viejo Leónides había dejado su dinero no tenía nada que ver conmigo.

—¿Es diferente este testamento? —pregunté—. Es decir, ¿dispone de su fortuna de distinto modo?

—De modo muy distinto, indudablemente —dijo el señor Gaitskill.

Mi padre me miraba. El inspector Taverner evitaba cuidadosamente el mirarme. Me sentí intranquilo, sin saber por qué…

Algo rondaba sus mentes, algo de lo que yo no tenía ni idea.

Miré a Gaitskill con expresión interrogante.

—No es cosa mía —dije—, pero…

—Naturalmente, las disposiciones testamentarias del señor Leónides no son un secreto. Creí mi deber poner primeramente los hechos en conocimiento de la policía, y que ellos me indicaran cuál debía ser mi proceder ulterior. Tengo entendido —hizo una pausa— que hay… digamos cierto entendimiento sentimental entre la señorita Sofía Leónides y usted.

—Quiero casarme con ella —dije—; pero no consiente en formalizar nuestras relaciones por el momento.

—Muy sensato —dijo el señor Gaitskill.

Yo no era de la misma opinión. Pero no era momento de entrar en discusiones.

—Por este testamento —dijo el señor Gaitskill— fechado el veintinueve de noviembre del año pasado, el señor Leónides, después de un legado de cien mil libras a su esposa, deja todos sus bienes, muebles e inmuebles, a su nieta, Sofía Catalina Leónides.

Lancé un sonido entrecortado. Había esperado cualquier cosa menos eso.

—¡Lo deja todo a Sofía! —exclamé—. ¡Qué cosa más extraordinaria! ¿Da alguna razón para ello?

—Expresa sus razones con toda claridad en la carta explicatoria —dijo mi padre, y cogiendo una hoja de papel del despacho ante el que se sentaba, continuó—: ¿Tiene usted algo que objetar a que Carlos lea esto?

—Estoy en sus manos —dijo el señor Gaitskill fríamente—. La carta da una explicación, y puede que una excusa de la extraordinaria conducta del señor Leónides.

El viejo me entregó la carta. Estaba escrita con tinta muy negra y con una letra pequeña y enmarañada. La escritura indicaba carácter e individualismo. No parecía en absoluto la letra de un anciano, excepto, quizá, por el cuidado de formar las letras, característico de una época ya pasada, cuando la caligrafía tenía gran valor.

Querido Gaitskill:

Se quedará usted atónito al recibir esta carta y, probablemente se ofenderá. Pero tengo mis razones para obrar de un modo que puede que le parezca innecesariamente reservado. Hace mucho tiempo que creo en el individuo. En cada familia, lo he observado siendo un muchacho y no lo he olvidado nunca, hay siempre un carácter fuerte y, por regla general, es a esta persona a quien corresponde cuidar y llevar la carga del resto de la familia. En mi familia, yo fui esa persona. Vine a Londres, me establecí aquí, sostuve a mi madre y a mis ancianos abuelos en Esmirna, salvé a uno de mis hermanos de las garras de la Ley, liberé a mi hermana de un matrimonio desgraciado, y así sucesivamente. Dios se ha servido concederme una larga vida y he podido vigilar y cuidar a mis hijos y a los hijos de mis hijos. Muchos de ellos me han sido arrebatados por la muerte; los demás, tengo la satisfacción de poder decir que están bajo mi techo. Cuando yo muera, la carga que he llevado sobre mis hombros debe recaer sobre otra persona. He pensado en dividir mi fortuna, con la mayor equidad posible, entre los que quiero, pero, de hacerlo así, al final no se obtendría una verdadera igualdad. Los hombres no nacen iguales, para compensar las diferencias de la naturaleza hay que enderezar la balanza. En otras palabras, alguien debe sucederme, debe llevar sobre sus hombros la responsabilidad del resto de la familia.

Después de un detenido examen, no considero a ninguno de mis hijos apto para cargar con esta responsabilidad. Mi queridísimo hijo Rogerio carece por completo de sentido comercial y, aunque se hace querer, es demasiado impulsivo para tener juicio claro. Mi hijo Felipe tiene demasiada poca confianza en sí mismo para hacer nada que no sea retirarse ante la vida. Eustaquio, mi nieto, es muy joven y no creo que tenga ni el sentido, ni el buen juicio necesarios. Es insolente y se deja influir muy fácilmente por las ideas del primero que conoce. Creo que sólo mi nieta Sofía posee las cualidades requeridas. Tiene inteligencia, buen juicio, valor, una mente justa e imparcial, y según creo, espíritu generoso. A ella encomiendo el bienestar de la familia y el de mi buena cuñada Edith de Haviland, a la que agradezco profundamente su devoción de toda la vida para con la familia.

Todo esto justifica el documento adjunto. Lo que es más difícil de explicar, más difícil de explicárselo a usted, mi viejo amigo, es la estratagema de que me he valido. Me pareció conveniente que la distribución que hago de mi dinero no fuera motivo de conjeturas y no tengo intención de enterar a mi familia de que Sofía será mi heredera. Teniendo en cuenta que mis dos hijos han recibido ya fortunas considerables, no creo que mis disposiciones testamentarias les pongan en posición humillante.

Para evitar cualquier curiosidad o conjeturas, le pedí que me redactara un testamento. Reuní a los miembros de mi familia y les leí el testamento. Lo puse en mi escritorio, coloqué sobre él un pliego de papel secante e hice llamar a los criados. Cuando vinieron, corrí un poco hacia arriba el papel secante, dejando ver la parte inferior de un documento, firmé y les hice firmar a ellos. No necesito decir que el testamento que ellos y yo firmamos era el que ahora adjunto y no el que usted había redactado y yo leído en voz alta.

No tengo esperanzas de que comprenderá usted los motivos que me indujeron a valerme de esta estratagema. Solamente le pido que me perdone por no haberle puesto al corriente de todo. A un hombre tan viejo como yo le gusta tener sus secretitos.

Gracias, querido amigo, por la cuidadosa atención con que se ha ocupado siempre de mis asuntos. Transmítale a Sofía todo mi cariño y pídale que cuide de la familia y la libre de daño.

Con todo afecto.

Arístides Leónides.

Leí con mucho interés el curiosísimo documento.

—¡Extraordinario! —comenté.

—De lo más extraordinario —corroboró el señor Gaitskill, levantándose—. Repito que mi viejo amigo el señor Leónides debió haberse confiado a mí.

—No, Gaitskill —dijo mi padre—; Leónides era un vivo. Le gustaba, por decirlo así, hacer las cosas por procedimientos torcidos.

—Eso es cierto, señor —dijo el inspector Taverner—. Era un vivo, donde los haya.

Habló con calor.

Gaitskill salió de la habitación con expresión digna y sin dejarse ablandar. Había sido herido hasta lo más hondo de su ser profesional.

—Le ha dolido mucho —dijo Taverner—. «Gaitskill Callum & Gaitskill». Trabajaban para él media docena de firmas de abogados. Era un vivo.

—Y nunca más vivo que cuando hizo su testamento —dijo mi padre.

—Hemos sido unos tontos —insistió Taverner—. Si se piensa en ello, la única persona que podía haber hecho trampa con el testamento era el propio viejo. Ni nos pasó por la imaginación que quisiera hacerlo.

Recordé la sonrisa de superioridad de Josefina al decir:

«Los policías son unos tontos».

Pero Josefina no había estado presente cuando la lectura del testamento. Y aunque hubiera estado escuchando detrás de la puerta, lo que no me extraña nada, no hubiera podido adivinar lo que su abuelo estaba haciendo. ¿Por qué, entonces, aquellos aires de superioridad? ¿Qué era lo que sabía para poder decir que los policías eran unos tontos? ¿O estaría presumiendo otra vez, y nada más?

Sorprendido por el silencio reinante, levanté la vista con ansiedad. Mi padre y Taverner me observaron. No sé lo que vi en su actitud que salté en tono de reto:

—Sofía no sabe nada de esto. Nada en absoluto.

—¿No? —dijo mi padre.

No pude saber con seguridad si se trataba de una afirmación o de una pregunta.

—Se quedará estupefacta.

—¿Sí?

—Estupefacta.

Siguió una pausa. Luego, el teléfono de la mesa de mi padre sonó, lo que me pareció una esperanza inesperada.

—¡Diga!

Levantó el micrófono, escuchó y luego dijo:

—Póngame con ella.

Me miró.

—Es tu chica —dijo—. Quiere hablar con nosotros. Es urgente.

Me apoderé del teléfono.

—¿Sofía?

—¿Eres tú, Carlos? Se trata de… Josefina.

Su voz se quebró ligeramente.

—¿Qué le pasa a Josefina?

—Le han dado un golpe en la cabeza. Tiene conmoción. Está… está bastante mal… Dicen que a lo mejor no se salva…

Me volví hacia los otros dos.

—A Josefina le han herido gravemente de un golpe en la cabeza —dije.

Mi padre se apoderó del teléfono y dijo severamente:

—¡Te dije que vigilaras a esa niña…!

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