La casa torcida
CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO
Minutos más tarde, Taverner y yo corríamos en dirección a Swinly Dean en un rápido coche de la policía.
Recordé a Josefina surgiendo de entre las cisternas y la ligereza con que había observado que «había llegado la hora del segundo asesinato». La pobre niña no tenía ni idea de que la víctima probable del «segundo asesinato» era ella misma.
Acepté sin reservas la censura tácita de mi padre. Evidentemente, debía haber vigilado a Josefina. Aunque ni Taverner ni yo teníamos una pista real sobre la personalidad del asesino del viejo Leónides, era muy posible que Josefina la tuviera. Lo que yo había tomado por tonterías de niña y ganas de presumir podía muy bien haber sido algo completamente distinto. Siendo su ocupación favorita el andar husmeando y espiando, Josefina podía haberse enterado de algo a lo que ella misma no daba su verdadero valor.
Recordé la ramita que había crujido en el jardín.
Había sentido entonces vagamente que el peligro estaba cerca y había actuado de acuerdo con esa sensación, pero luego me había parecido que mis sospechas eran melodramáticas e irreales. Por el contrario, debía haberme dado cuenta de que se había cometido un asesinato, de que el asesino, quienquiera que fuese, había arriesgado su vida y de que, por consiguiente, no vacilaría en repetir el crimen si con ello garantizaba su seguridad.
Puede que Magda, por un vago instinto maternal, se hubiera dado cuenta de que Josefina estaba en peligro, y ésa podía haber sido la causa de la urgencia febril y repentina con que quería enviar a la niña a Suiza.
Sofía salió a recibirnos cuando llegamos. Josefina, dijo, había sido enviada en una ambulancia al Hospital General de Market Basing. El doctor Gray les haría saber, tan pronto como fuera posible, el resultado del examen radioscópico.
—¿Cómo ocurrió? —preguntó Taverner.
Sofía nos condujo hacia la parte posterior de la casa y a través de una puerta, hasta llegar a un pequeño patio abandonado. En una esquina había una puerta entreabierta.
—Es una especie de lavadero —explicó Sofía—. Hay un agujero cortado cerca del fondo de la puerta y Josefina ponía el pie dentro de él y se columpiaba de un lado para otro.
Recordé que yo también me columpiaba en las puertas cuando era niño.
El lavadero era pequeño y estaba oscuro. Había en él cajas de madera, mangas de riego viejas, algunas herramientas de jardín abandonadas y varios muebles rotos. Junto a la puerta, por el interior, había un bloque de mármol en forma de león, de los que se usan para asegurar las puertas.
—Lo usamos para asegurar la puerta principal —explicó Sofía—. Deben de haberlo dejado en equilibrio en la parte superior de la puerta.
Taverner levantó una mano hacia el borde superior de la puerta. Era una puerta baja, sólo treinta centímetros más alta que su cabeza.
—Una trampa —dijo.
Hizo pruebas con la puerta, moviéndola de un lado para otro. Después se inclinó sobre el bloque de mármol, pero no lo tocó.
—¿Ha tocado alguien esto?
—No —dijo Sofía—. No he dejado que nadie lo tocara.
—Muy bien. ¿Quién la encontró?
—Yo. No vino a comer a la una. Nannie estaba llamándola. Había pasado por la cocina, en dirección a las caballerizas, alrededor de un cuarto de hora antes. Nannie dijo: «Está jugando a la pelota, o columpiándose otra vez en esa puerta». Yo dije que iría a buscarla.
Sofía hizo una pausa.
—¿Dice usted que tenía la costumbre de jugar de esa manera? ¿Quién conocía este hecho?
Sofía se encogió de hombros.
—¿Quién más usaba este lavadero? ¿Los jardineros acaso?
Sofía negó con la cabeza.
—Casi nunca entra nadie aquí.
—¿Y no se ve desde la casa este pequeño patio? —Taverner recapituló—. Cualquiera puede haber salido furtivamente de la casa o deslizarse por el frente y preparar la trampa. Pero sería arriesgado…
Se interrumpió, mirando a la puerta y moviéndola suavemente de un lado a otro.
—No era nada seguro. O se acertaba o se fallaba. Y más probable era fallar que acertar. Pero la niña no tuvo suerte y le dio.
Sofía se estremeció.
Taverner escudriñó el suelo, donde había varias marcas profundas.
—Parece como si alguien hubiera estado haciendo pruebas antes… para ver exactamente cómo caería… El ruido no se oiría desde la casa…
—No, no hemos oído nada. No teníamos idea de que hubiera ocurrido nada malo hasta que vine aquí y la encontré tendida boca abajo… con las piernas y los brazos abiertos… —La voz de Sofía se quebró ligeramente—. Tenía sangre en el pelo.
—¿Es suya aquella bufanda? —preguntó Taverner, señalando una bufanda de lana a cuadros, tirada en el suelo.
—Sí.
Utilizando la bufanda, cogió con cuidado el bloque de mármol.
—Puede que haya huellas dactilares —dijo, pero habló sin mucha esperanza—, aunque me inclino a pensar que el que lo hizo fue… cuidadoso.
Se volvió hacia mí y dijo:
—¿Qué mira usted?
Estaba mirando una silla de cocina, de madera, con el respaldo roto, que estaba entre los trastos. En el asiento de la silla había unos fragmentos de tierra.
—Es curioso —dijo Taverner—. Alguien se puso de pie en esta silla, con los pies llenos de fango. ¿Por qué?
Movió la cabeza.
—¿Qué hora era cuando la encontró usted, señorita Leónides?
—Debía ser la una y cinco.
—Y Nannie la vio salir alrededor de veinte minutos antes. ¿Quién fue la última persona de la que se sepa que estuvo en el lavadero antes de eso?
—No tengo idea. Probablemente la propia Josefina. La he visto columpiarse en la puerta esta mañana, después del desayuno.
Taverner hizo una señal de asentimiento.
—De modo que entre esa hora y la una menos cuarto, alguien puso la trampa. ¿Dice usted que ese trozo de mármol es el que usan ustedes para asegurar la puerta principal? ¿Tiene usted idea de cuándo faltó de su sitio?
Sofía negó con la cabeza.
—La puerta no ha estado abierta hoy en todo el día. Ha hecho demasiado frío.
—¿Tiene idea de dónde ha estado cada uno esta mañana?
—Yo salí a dar un paseo. Eustaquio y Josefina estuvieron en clase hasta las doce y media, con un descanso a las diez y media. Mi padre, creo que ha estado toda la mañana en la biblioteca.
—¿Y su madre?
—Salía de su cuarto cuando yo volvía de mi paseo, a eso de las doce y cuarto. No se levanta muy temprano.
Entramos de nuevo en la casa. Seguí a Sofía a la biblioteca. Felipe estaba sentado en su silla de costumbre, pálido y con aspecto cansado. Magda, acurrucada contra sus rodillas, lloraba silenciosamente. Sofía preguntó:
—¿Han telefoneado del hospital?
Felipe negó con la cabeza. Magda sollozó.
—¿Por qué no me han dejado ir con ella? Mi niña… mi niñita fea. Y yo la llamaba cara de mono y ella se enfadaba tanto. ¿Cómo he podido ser tan cruel? Y ahora se morirá. Estoy segura de que se morirá.
—Calla, querida, calla —gimió Felipe.
Me sentí fuera de lugar en esta escena familiar de ansiedad y dolor. Me retiré en silencio y salí al encuentro de Nannie. Estaba sentada en la cocina, llorando silenciosamente.
—Es un castigo que me manda Dios por las cosas malas que he estado pensando. Un castigo, eso es lo que es.
No me esforcé en tratar de comprender el significado de sus palabras.
—La maldad ha entrado en esta casa. Eso es lo que ocurre. Yo no deseaba ni verlo ni creerlo. Pero ver es creer. Alguien ha matado al amo y ese alguien ha tratado de matar a Josefina.
—¿Pero por qué iban a intentar matar a Josefina?
Nannie separó de los ojos una esquina de su pañuelo y me miró de un modo penetrante.
—Usted sabe bien cómo era ella, señorito Carlos. Le gustaba enterarse de las cosas. Siempre ha sido así, hasta cuando era así de pequeñita. Se escondía debajo de la mesa de comer y escuchaba lo que decían las muchachas y se lo echaba en cara. Eso le haría sentirse importante. Ya ve usted, la señora no le hacía mucho caso. No era guapa, como los otros dos. Siempre fue feúcha la pobrecita. La señora solía llamarla monito. Siempre se lo he censurado a la señora, porque creo que esto hizo que la niña se volviera amargada. Pero encontró una defensa extraña en descubrir cosas de los demás y en hacerles ver que las sabía. Y eso es peligroso cuando un envenenador no anda lejos.
Sí, había sido peligroso. Y eso trajo a mi memoria otra cosa. Pregunté a Nannie:
—¿Sabe usted dónde guardaba un cuadernito negro, un cuadernito de notas, o algo así, donde escribía Josefina sus cosas?
—Ya sé a lo que se refiere, señorito Carlos. Se traía muchos misterios con ese libro. Muchas veces la he visto chupando el lápiz y escribiendo en el librito y volviendo a chupar el lápiz. Yo le decía: «No hagas eso, te vas a envenenar con el plomo», y ella decía: «¡Qué va! ¡Si no es plomo; si es carbón!», aunque yo no veo cómo puede ser carbón, porque si se llama a una cosa lápiz de plomo, está claro que es porque tiene plomo[8].
—Eso sería lo natural —concedí—; pero lo cierto es que ella tenía razón. —Josefina siempre tenía razón—. ¿Y qué hay de ese librito? ¿Sabe usted dónde lo guardaba?
—No tengo la menor idea, señor. Era muy solapada para algunas cosas.
—¿No lo tenía con ella cuando la encontraron?
—¡Oh, no, señorito Carlos! No estaba allí.
¿Habría cogido alguien el cuadernito de notas? ¿O lo habría escondido ella en su cuarto? Se me ocurrió ir a mirar. No estaba muy seguro de cuál era el cuarto de Josefina, pero mientras estaba en el pasillo, dudando, me llamó la voz de Taverner:
—Venga aquí —dijo—. Estoy en el cuarto de la niña. ¿Ha visto usted algo parecido?
Crucé la puerta y me quedé mudo de asombro.
Parecía que por el pequeño cuarto hubiera pasado un huracán. Los cajones de la cómoda estaban abiertos y su contenido desparramado por el suelo. A la camita le habían quitado las ropas y el colchón. Las alfombras estaban hechas un montón, las sillas patas arriba, los cuadros descolgados de la pared y las fotografías arrancadas de sus marcos.
—¡Cielo santo! —exclamé—: ¿Con qué objeto habrán hecho todo esto?
—¿Usted qué opina?
—Alguien estaba buscando algo.
—Exactamente.
Miré a mi alrededor y lancé un silbido.
—¿Pero quién pudo…? Yo diría que nadie pudo haber entrado aquí y hacer todo eso sin ser visto ni oído.
—¿Por qué no? La señora Leónides se pasa la mañana en su habitación haciéndose las manos, telefoneando a sus amigas y probándose sus vestidos. Felipe se sienta en la biblioteca a leer sus libros. La criada está en la cocina, pelando patatas y judías verdes. En una casa donde cada uno sabe las costumbres de los demás, es muy fácil… Y le diré una cosa: cualquiera de la familia pudo haber hecho este trabajito… pudo haber puesto la trampa para la niña y revolver el cuarto de este modo. Pero alguien que tenía prisa, alguien que no tenía tiempo de rebuscar sosegadamente.
—¿Dice usted que cualquiera de la familia?
—Sí, ya lo he comprobado. Todos tienen un rato más o menos largo del que no pueden dar cuenta, Felipe, Magda, la criada, su novia… Arriba, lo mismo, Brenda se pasó la mayor parte de la mañana sola. Laurencio y Eustaquio tuvieron media hora de descanso, de diez y media a once; usted estuvo con ellos parte del tiempo, pero no todo. La señorita de Haviland estaba sola en el jardín. Rogerio en su estudio.
—Únicamente Clemencia estaba en Londres en su trabajo.
—No, ni siquiera ella está fuera de esto. Se quedó hoy en casa con dolor de cabeza… estuvo sola en su cuarto, con el dolor de cabeza. Cualquiera de ellos, cualquiera. ¡Y no sé cuál de ellos ha sido! No tengo la menor idea. Si supiera qué es lo que buscaban aquí…
Sus ojos recorrieron rápidamente el cuarto en desorden.
—Y si supiera si lo han encontrado…
Algo se despertó en mi cerebro, un recuerdo…
Taverner me ayudó al preguntarme.
—¿Qué estaba haciendo la niña la última vez que la vio usted?
—Espere —dije.
Me precipité fuera de la habitación y escaleras arriba. Crucé la puerta de la izquierda y subí al último piso. Abrí de un empujón la puerta del cuarto de las cisternas, subí los dos escalones e, inclinando la cabeza, ya que el techo era bajo y abuhardillado, miré con todo cuidado a mi alrededor.
Al preguntarle lo que había estado haciendo allí, Josefina me había dicho que «investigando».
No pude comprender entonces lo que había investigado en un desván de telarañas y tinajas de agua. Pero ese desván sería un buen escondrijo. Me pareció probable que Josefina hubiese estado escondiendo algo allí, algo que ella sabía muy bien que no tenía derecho a retener. De ser así, no costaría mucho tiempo encontrar lo que fuera.
Me llevó exactamente tres minutos. Escondido detrás del mayor de los depósitos, del interior del cual salía un siseo que añadía a la atmósfera una nota de misterio, encontré un paquete de cartas, envueltas en un trozo roto de papel castaño.
Leí la primera de las cartas:
¡Ay Laurencio, mi amor, mi vida! Fue maravilloso anoche, cuando leíste aquella poesía. Sabía que iba dedicada a mí, aunque no me mirabas. Arístides dijo: «Lee usted bien el verso». No sospechó cuáles eran nuestros sentimientos. Mi vida: Estoy convencida de que todo va a arreglarse pronto. Entonces tendremos la satisfacción de que no haya sabido nada, de que haya muerto feliz. Ha sido bueno conmigo. No quiero que sufra. Pero la verdad es que no creo que vivir sea un placer después de los ochenta años. Yo no querría vivir. Pronto estaremos juntos para siempre. Será maravilloso cuando pueda decirte: «Mi adorado esposo…». Amor mío, hemos sido el uno para el otro. Te quiero, te quiero… Nuestro amor no tiene fin, yo…
Seguía mucho más, pero no deseé seguir leyendo.
Con expresión sombría, bajé la escalera y lancé el paquete a las manos de Taverner.
—Es posible —dije— que fuera esto lo que nuestro desconocido amigo andaba buscando.
Taverner leyó unos cuantos pasajes, lanzó un silbido y revolvió entre las distintas cartas.
Después me miró con la expresión del gato al que acaban de dar un plato de deliciosa crema.
—Bien —dijo suavemente—. Esto acaba con Brenda Leónides. Y con Laurencio Brown. De modo que habían sido ellos, al fin y al cabo…