La casa torcida

La casa torcida


CAPÍTULO DIECINUEVE

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CAPÍTULO DIECINUEVE

Mirando hacia atrás, me parece extraño que mi compasión y mi simpatía por Brenda Leónides desaparecieran tan de pronto y por completo al encontrar sus cartas, las que había escrito a Laurencio Brown. ¿Sería que mi vanidad no pudo soportar la revelación de que amaba a Laurencio Brown con una pasión ciega y almibarada y que me había mentido deliberadamente? No lo sé. No soy un psicólogo. Prefiero creer que fue el pensar en la pequeña Josefina, golpeada sin piedad y sin correr el menor riesgo, lo que terminó con mi simpatía.

—Mi opinión es que Brown colocó la trampa —dijo Taverner—, y eso explica lo que me desconcertó.

—¿Qué fue lo que le desconcertó?

—Pues que me pareció que era una cosa muy tonta. Mire, supongamos que la niña se apoderó de esas cartas. Lo primero que hay que hacer es tratar de recuperarlas. Pero no pueden recuperarlas, porque no las encuentran. Entonces, lo único que puede hacerse es quitar a la niña de en medio para siempre. Ya han cometido un asesinato y no tienen remilgos en cometer otro. Saben que le gusta columpiarse en una puerta de un patio que no se usa para nada. Lo ideal sería esperarla detrás de la puerta y, al entrar, golpearla en la cabeza con un atizador de la lumbre, una barra de hierro o un trozo de manguera. Todo estaba allí al alcance de la mano. ¿Por qué andar jugando con un trozo de mármol y colocarlo en lo alto de la puerta, lo que tenía tantas probabilidades de fallar como de acertar, y, aun en el caso de que acertara a darle, podía hacer el trabajo a medias, que es lo que en realidad ocurrió?

—Bueno —dije—; ¿cuál es la respuesta?

—Al principio, la única idea que tuve fue la de que se había hecho con la intención de que encajara en la coartada de alguien. Alguien tendría una buena coartada para la hora en que Josefina era golpeada. Pero esta idea no sirve, primero, porque no parece que nadie tenga la menor coartada, y, segundo, porque alguien tendría que buscar a la niña a la hora de comer y encontrarían la trampa y el bloque de mármol y todo el procedimiento saltaría a la vista. Claro que si el asesino hubiera retirado el bloque de mármol antes de que la niña fuera encontrada, nos hubiéramos quedado completamente desconcertados. Pero tal como está la cosa, no tiene el menor sentido.

Extendió las manos.

—¿Y cuál es su explicación actual?

—El factor personal, la idiosincrasia. La idiosincrasia de Laurencio Brown. No le gusta la violencia, no puede obligarse a sí mismo a cometer un acto de violencia. Le sería literalmente imposible colocarse detrás de la puerta y golpearla. Sí podría, en cambio, colocar la trampa, marcharse y no ver el resultado.

—Sí, comprendo —dije lentamente—. Otra vez lo de la eserina en la botella de insulina, ¿verdad?

—Exactamente.

—¿Cree usted que lo hizo sin que Brenda lo supiera?

—Eso explicaría por qué ella no se deshizo de la botella de insulina. Claro que pueden haberse puesto de acuerdo entre ellos, o puede haber sido ella la que pensara en la treta del veneno. Una muerte fácil y agradable para su anciano y cansado esposo y mandarle al mejor de los mundos. Las mujeres no tienen ninguna fe en que las cosas mecánicas funcionen bien. Y tienen razón. Yo creo que lo de la eserina fue idea de ella, pero que hizo que su humilde esclavo la pusiera en práctica. Es una de esas personas que evitan el hacer nada equívoco ellas mismas. Así pueden quedarse con la conciencia tranquila.

Hizo una pausa y continuó:

—Con estas cartas creo que el juez de instrucción dirá que puede iniciarse la acción. Les va a costar trabajo explicarlas. Y luego, si la niña se pone bien, volverá la alegría al jardín del Edén.

Me miró de reojo.

—¿Cómo se siente uno al estar comprometido con un millón de libras aproximadamente?

Retrocedí. Con la excitación de las últimas horas había olvidado los últimos acontecimientos relacionados con el testamento.

—Sofía no lo sabe todavía —dije—. ¿Quiere usted que se lo diga?

—Tengo entendido que Gaitskill va a dar la mala, o buena noticia, mañana, después de la indagatoria.

Taverner hizo una pausa y me miró pensativo.

—Me pregunto —dijo— cómo reaccionará la familia…

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