La asistenta

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Tercera parte » Capítulo 59. Nina

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NINA

Dios santo —susurro.

La luz del desván está encendida, como ya me había parecido. Las bombillas que cuelgan del techo parpadean. Hay que cambiarlas. Aun así, bajo su claridad alcanzo a ver a Andy.

O más bien lo que queda de él.

Durante un minuto largo, soy incapaz de hacer otra cosa que mirar. Entonces me inclino hacia delante y vomito. Menos mal que esta mañana estaba demasiado nerviosa para desayunar.

—Hola, Nina.

Por poco sufro un ataque al corazón cuando la voz suena a mi espalda. Estoy tan asqueada por la visión que tengo ante mí que ni siquiera he oído los pasos que se acercaban por la escalera. Me giro en redondo, y ahí está ella. Millie. Apuntándome a la cara con un espray de pimienta.

—Millie —jadeo.

Le tiemblan las manos y está muy pálida. Es como si me hubieran puesto un espejo delante. Sin embargo, hay fuego en su mirada.

—Baja el espray —le digo con toda la serenidad de que soy capaz. Ella no obedece—. No te haré daño… Te lo prometo. —Bajo la vista al cuerpo que yace en el suelo antes de volver a posarla en Millie—. ¿Cuánto tiempo lleva aquí?

—¿Cinco días? —dice con un timbre inexpresivo—. ¿Seis? He perdido la cuenta.

—Está muerto. —Se trata de una afirmación, aunque la entono más bien como una pregunta—. ¿Cuánto hace que está muerto?

Como Millie sigue amenazándome con el aerosol de autodefensa, no me atrevo a hacer movimientos bruscos. Sé de lo que esta chica es capaz.

—¿Crees que está muerto del todo? —inquiere.

—Puedo comprobarlo…, ¿si quieres?

Tras vacilar unos instantes, asiente.

Me aparto de ella con lentitud, pues no quiero que me rocíe; sé muy bien lo que se siente cuando te entra gas pimienta en los ojos. Me agacho junto al cuerpo de mi marido, que se encuentra tendido en el suelo. No tiene pinta de estar vivo. Tiene los párpados entornados, las mejillas hundidas y los labios entreabiertos. El pecho no se le mueve. Pero lo peor es la sangre seca que tiene en torno a la boca y en la camisa blanca. Alcanzo a ver entre sus labios que le faltan varios dientes. Reprimo una arcada.

Aun así, cuando le acerco la mano para comprobar si tiene pulso en el cuello, temo que me agarre de pronto la muñeca. Pero no lo hace. Permanece totalmente inmóvil. Al presionar la arteria con el dedo, no noto nada.

—Está muerto —confirmo.

Millie me mira en silencio unos segundos antes de bajar el espray. Se desploma en el catre, tapándose la cara con las manos. Es como si acabara de tomar conciencia de la magnitud de lo ocurrido. De lo que ha hecho.

—Dios mío. Ay, no…

—Millie…

—Sabes lo que esto significa. —Alza los ojos enrojecidos hacia mí. La ira se ha evaporado y ya solo queda el miedo—. Ya está. Volveré a la cárcel para el resto de mi vida.

Le resbalan las lágrimas por las mejillas y sacude los hombros en silencio; Cece también llora así cuando no quiere que nadie se dé cuenta. De pronto, Millie parece lastimosamente joven. No es más que una chica.

Es entonces cuando tomo una decisión.

Me siento a su lado en el catre y la abrazo por los hombros con cautela.

—No, no irás a la cárcel.

—Pero ¿qué dices, Nina? —Alza el rostro arrasado en lágrimas—. ¡Lo he matado! ¡Lo he encerrado en esta habitación durante una semana y lo he dejado morir! ¿Cómo no voy a acabar en la cárcel?

—Porque ni siquiera estabas aquí —respondo.

Se enjuga los ojos con el dorso de la mano.

—¿De qué hablas?

«Cece, cariño, te ruego que me perdones por lo que estoy a punto de hacer».

—Vas a marcharte. Le diré a la policía que he estado aquí toda la semana. Que te di la semana libre.

—Pero…

—Es la única manera —digo con aspereza—. Yo tengo posibilidades de librarme. Tú no. Yo… ya he estado hospitalizada por problemas de salud mental. En el peor de los casos… —respiro hondo—, me ingresarán de nuevo en el psiquiátrico.

Millie arruga el entrecejo, con la nariz rosada.

—Fuiste tú quien dejó aquí el espray de pimienta, ¿verdad?

Muevo la cabeza afirmativamente.

—Tenías la esperanza de que me lo cargara.

Vuelvo a asentir.

—¿Y por qué no lo mataste tú misma?

Ojalá hubiera una respuesta sencilla a esta pregunta. Me preocupaba que me pillaran. Me preocupaba ir a la cárcel. Me preocupaba lo que sería de mi hija sin mí.

Pero en realidad todo se reduce a que simplemente no era capaz. No tenía agallas para quitarle la vida. Así que, en vez de eso, hice algo terrible: intentar engañar a Millie para que lo matara ella.

Tal como ha ocurrido.

Y ahora es posible que pague por ello durante el resto de su vida si no actúo de alguna manera para ayudarla.

—Por favor, márchate mientras aún estás a tiempo, Millie. —Las lágrimas me arden en los ojos—. Vete antes de que cambie de idea.

No necesita que se lo diga dos veces. Se pone de pie a toda prisa y sale a paso veloz de la habitación. Sus pisadas se alejan escaleras abajo. Cuando la puerta principal se cierra de golpe, me quedo sola en la casa… con Andy, que contempla el techo con sus ojos sin vida. Se acabó. Esta vez de verdad. Ya solo me queda una cosa por hacer.

Cojo mi teléfono y llamo a la policía.

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